Sábado por la mañana. He quedado con C. en la boca de metro de Tribunal para hacer una expedición friqui. Después de un cuarto de hora de prudente espera, una simple llamada de móvil nos sirve para saber que llevamos un buen rato esperándonos a pocos metros (cada uno en una boca diferente: ella en la de Fuencarral, yo en la de Barceló). La excursión friqui consiste en visitar el cementerio británico de Madrid. A mí en principio lo de visitar cementerios me da un poco de repelús, pero tengo que reconocer que me gustaron mucho el no católico de Roma y el judío de Praga. Son mis puntos de referencia inevitables.
Este cementerio fue creado en 1854 por el consulado británico para poder enterrar a sus súbditos (no católicos) fallecidos en Madrid, pues no se les permitía ser enterrados en los demás cementerios de la ciudad, al pertenecer a otra confesión. Tiene un aire al acattolico de Roma, pero no es tan grande ni tan bonito ni figuran entre sus inquilinos poetas tan ilustres como Keats y Shelley. Es un lugar tranquilo y recoleto, con cierto encanto. Aquí hay enterrados banqueros, militares, príncipes, masones, fundadores de circo y miembros de familias extranjeras bastante conocidas en la capital, como Loewe, Boetticher y Lhardy. Según leo, hay un piloto de la Royal Air Force, un coronel de los húsares que luchó contra los sijs, un director de cine húngaro (lo que, dicho así, suena muy exótico y hasta esotérico), un ministro inglés muerto en accidente de avión al ir a visitar a un grupo de combatientes de la II Guerra Mundial y las tumbas de los príncipes Bragation, de Georgia, "que se distinguieron en la lucha contra Napoleón". Hay unos cuantos judíos e incluso una tumba musulmana. Y hasta un ángel comunista (puño en alto).
De camino, en el coche, suenan las versiones remasterizadas de los Beatles, para entrar en calor, pues nos dirigimos a tierras de jurisdicción británica. Cuando vamos a entrar, vemos que la puerta está atada con una cuerda. Acude enseguida a abrir la puerta el guardés del cementerio; según nos explica, hace tanto viento que si no pone la cuerda hay tremendos portazos. Nos avisa además de que tengamos cuidado con los árboles, pues el otro día se le cayó una rama en la cabeza. El guardés lleva pantalón negro, camisa de cuadros, gorra azul y gafas de culo de vaso. Tiene un cuarto con una mesa y se pasa las horas muertas (valga la expresión en este caso) leyendo un libro de tapas amarillentas. El hule de la mesa tiene los mismos cuadritos azules que la camisa. Al fondo de la habitación, varias camisas cuelgan de una barra. Junto a la puerta hay unas carretillas apoyadas en la pared y una pila de sacos (¿cal?, ¿yeso?, ¿harina?) sobre la que descansa un casco de albañil. En todo el cementerio sólo tiene la compañía de un gato (en esto Roma gana por goleada).
Este cementerio fue creado en 1854 por el consulado británico para poder enterrar a sus súbditos (no católicos) fallecidos en Madrid, pues no se les permitía ser enterrados en los demás cementerios de la ciudad, al pertenecer a otra confesión. Tiene un aire al acattolico de Roma, pero no es tan grande ni tan bonito ni figuran entre sus inquilinos poetas tan ilustres como Keats y Shelley. Es un lugar tranquilo y recoleto, con cierto encanto. Aquí hay enterrados banqueros, militares, príncipes, masones, fundadores de circo y miembros de familias extranjeras bastante conocidas en la capital, como Loewe, Boetticher y Lhardy. Según leo, hay un piloto de la Royal Air Force, un coronel de los húsares que luchó contra los sijs, un director de cine húngaro (lo que, dicho así, suena muy exótico y hasta esotérico), un ministro inglés muerto en accidente de avión al ir a visitar a un grupo de combatientes de la II Guerra Mundial y las tumbas de los príncipes Bragation, de Georgia, "que se distinguieron en la lucha contra Napoleón". Hay unos cuantos judíos e incluso una tumba musulmana. Y hasta un ángel comunista (puño en alto).
De camino, en el coche, suenan las versiones remasterizadas de los Beatles, para entrar en calor, pues nos dirigimos a tierras de jurisdicción británica. Cuando vamos a entrar, vemos que la puerta está atada con una cuerda. Acude enseguida a abrir la puerta el guardés del cementerio; según nos explica, hace tanto viento que si no pone la cuerda hay tremendos portazos. Nos avisa además de que tengamos cuidado con los árboles, pues el otro día se le cayó una rama en la cabeza. El guardés lleva pantalón negro, camisa de cuadros, gorra azul y gafas de culo de vaso. Tiene un cuarto con una mesa y se pasa las horas muertas (valga la expresión en este caso) leyendo un libro de tapas amarillentas. El hule de la mesa tiene los mismos cuadritos azules que la camisa. Al fondo de la habitación, varias camisas cuelgan de una barra. Junto a la puerta hay unas carretillas apoyadas en la pared y una pila de sacos (¿cal?, ¿yeso?, ¿harina?) sobre la que descansa un casco de albañil. En todo el cementerio sólo tiene la compañía de un gato (en esto Roma gana por goleada).
C. hace una foto con su gran cámara de fotos y se da cuenta de que no ha cargado la batería. Quedo yo solo, por tanto, con mi pequeña cámara y mis encuadres rápidos, como testigo de la excursión. Os pongo algunas fotos:
7 comentarios:
Qué bonito.
¿Te has fijado en que el santo bebedor era de Samarkanda? Eso, a mí, ya me parece el colmo del exotismo y el misterio.
La placa torcida recoge un verdadero drama. ¿Te has fijado en las fechas de las muertes y las edades? Es terrible.
Sí, por lo visto en esa familia la palmaban metódicamente a los 2 años o a los veintitantos. ¿Sería por enfermedad? Pues tengo unas cuantas fotos más de personajes que a lo mejor te gustaban... Si quieres te mando alguna al email, que aquí ya he subido demasiadas.
En este cementerio hay miles de novelas, muchas de ellas de aventuras y policíacas. Y de espionaje. Seguro que hay mucho espía enterrado aquí, no sé. Dan Brown te hacía una trilogía, por lo menos.
Lo comentábamos mientras leíamos las lápidas: la cantidad de vidas exóticas, gente que nació en lugares lejanísimos y, quién sabe por qué, acabó muriendo en la villa y corte...
Mucha novela misteriosa, sí. Aunque quizás yo me quedaría con la novelucha o relatillo carveriano del guardés, ahí solo todo el día, leyendo un libro raído, rodeado de muertos exóticos.
Madrid tiene varios tesoros de este tipo. No te pierdas el cementerio del dos de mayo aunque solo abren ese día del año.
Sabía del cementerio inglés aunque nunca lo he visitado. Incluso estuve a punto de vivir en una casa que daba a ese camposanto pero al final me pudo la presión cultural...
Tras leerte me apetece traspasar sus puertas. Gracias
Sí, sí me interesarían, Conde.
Gracias.
Hay un cementerio de soldados alemanes al lado del monaterio de Yuste, un campo de cruces blancas, que es sencillamente impresionante...
Alguna vez voy al cementerio donde están enterrados Larra y Espronceda (la Sacramental creo que se llama), porque tengo un familiar allí, hay unas lápidas y unos panteones decimonónicos realmente dignos de ver
Hay un cementerio de soldados alemanes al lado del monaterio de Yuste, un campo de cruces blancas, que es sencillamente impresionante...
Alguna vez voy al cementerio donde están enterrados Larra y Espronceda (la Sacramental creo que se llama), porque tengo un familiar allí, hay unas lápidas y unos panteones decimonónicos realmente dignos de ver
Muchas gracias por la información, Alicia, Miguel, aunque esto del turismo de muertos no me atrae mucho. Quizás algún día me anime a ir. Porto, te lo mando.
De Larra he visto muchas veces el cartel que hay en la calle Escosura, donde fue enterrado primero (ahora es una casa normal) y José Zorrilla se hizo famoso leyendo un poema:
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana;
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
y dejó su existencia carcomida,
como una virgen al placer perdida
cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
vacío ya de ensueños y de gloria,
y se entregó a ese sueño sin memoria,
¡que nos lleva a otro mundo a despertar!
Era una flor que marchitó el estío,
era una fuente que agotó el verano:
ya no se siente su murmullo vano,
ya está quemado el tallo de la flor.
Todavía su aroma se percibe,
y ese verde color de la llanura,
ese manto de yerba y de frescura
hijos son del arroyo creador.
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!
Si existe un remoto cielo
de los poetas mansión,
y sólo le queda al suelo
ese retrato de hielo,
fetidez y corrupción;
¡digno presente por cierto
se deja a la amarga vida!
¡Abandonar un desierto
y darle a la despedida
la fea prenda de un muerto!
*
Poeta, si en el no ser
hay un recuerdo de ayer,
una vida como aquí
detrás de ese firmamento…
conságrame un pensamiento
como el que tengo de ti.
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