Wednesday, April 29, 2009

Wittgenstein: remachando el clavo

Estaba en COU cuando leí por primera vez el prólogo del Tractatus de Wittgenstein. Aunque tardaría tiempo en comprender el verdadero alcance de lo que allí se decía, me impresionó la contundencia de aquellas palabras, su belleza inapelable, su profundidad, la mezcla de soberbia y derrotismo, de orgullo (individual, casi egotista) y pesimismo (trascendental, de nuestras facultades, como especie). Quizás porque allí vi resumida en unos pocos párrafos toda la grandeza y toda la miseria de la filosofía:
"Quizás este libro sólo puedan comprenderlo aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan. No es por consiguiente un manual. Habrá alcanzado su objeto si logra satisfacer a aquellos que lo leyeren entendiéndolo.
El libro trata de problemas de filosofía y muestra, al menos así lo creo, que la formulación de estos problemas descansa en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse.
Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento, o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos; porque para trazar un límite al pensamiento tendríamos que ser capaces de pensar ambos lados de este límite, y tendríamos por consiguiente que ser capaces de pensar lo que no se puede pensar.
Este límite, por lo tanto, sólo puede ser trazado en el lenguaje y todo cuanto quede al otro lado del límite será simplemente un sinsentido. [...]
Si este libro tiene algún valor, este valor radica en dos cosas: Primero, que en él se expresan pensamientos, y este valor será mayor cuanto mejor estén expresados los pensamientos, cuanto más se haya remachado el clavo. Soy consciente, aquí, de no haber profundizado todo lo posible. Simplemente por esto, porque mis fuerzas son insuficientes para lograr esta tarea. Puedan otros emprenderla y hacerlo mejor.
Por otra parte, la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos. Y si no estoy equivocado en esto, el valor de este trabajo consiste, en segundo lugar, en el hecho de que muestra cuán poco se ha hecho cuando se han resuelto estos problemas".
(Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus)

Friday, April 24, 2009

El Día sin Libros: James Aira y César Agee

Iba a rescatar para la ocasión al Hombre Perdido, aquella rana Gustavo de los saraos culturales, pero de camino me perdí en unas cañas de cerveza (hacía una tarde estupenda para las terrazas). Mi resumen del Día del Libro queda, más o menos, así: me compré Elogiemos ahora a hombres famosos de James Agee y fui a la conferencia que dio César Aira en la Real Casa de Correos. Vamos, que no hice gran cosa, pero al menos cumplí con el mundo de la industria editorial haciendo un poco de gasto, que es lo que verdaderamente importa, pese al irrisorio 10 por ciento de rebaja en tiempo de crisis (ay, esa ley del precio fijo...).
De la existencia de este libro de James Agee con fotos de Walker Evans me enteré hace tiempo a través de Mabalot (grazie, amigo, por estos descubrimientos) y la verdad es que sólo en el rato que lo estuve leyendo de vuelta en el autobús era como si estuviese presenciando un acontecimiento importante, la epifanía de algo. Algo así como la contundencia literaria de la verdad, o la verdad de la literatura contundente, o la contundencia de la verdadera literatura. Quizás Agee consiguió eso tan difícil que es aunar crudismo y música en un texto sobre la realidad más inmediata: el detalle, la pobreza, lo humano, etc. Estoy seguro de que voy a disfrutar mucho con su lectura, aunque el cuidado de esta edición de Planeta-Backlist deja mucho que desear.
La conferencia de César Aira me gustó. Quizás se hizo un poco aburrida porque la llevaba escrita y lo único que hizo fue leerla, y así se pierde toda la gracia del directo, pero el contenido era muy interesante (habrá que leerla cuando se publique). Como no llevé cuadernito de notas no puedo reproducir ahora ninguna cita, pero hubo alguna frase muy buena. Habló en general de su relación con los libros y con la literatura. Habló de esas lecturas "perdonables", es decir, de esos libros que no atesoran gran calidad pero de cuya lectura uno puede disfrutar muchísimo. O sea, la llamada subliteratura o literatura de género. Habló de lo bueno que hay en la literatura mala y de lo malo que hay en la literatura buena. Habló de cómo los grandes autores se suelen comer a sus personajes y a sus libros, mientras que los autores pequeños les dejan vivir plenamente (el ejemplo paradigmático está en Sherlock Holmes y Conan Doyle: si éste fuera un escritor de primera línea, seguramente la figura de aquél se resentiría).
Hizo unas cuantas reflexiones sobre la literatura folletinesca y de ciencia-ficción francesa del siglo XIX. Habló de libros y autores que desconozco por completo (aunque algunos personajes me suenan, como Fantomas), e hizo un repaso bastante detallado de la obra de
Maurice Renard, del que elogió sobre todo sus primeros libros (especialmente, creo recordar, Las manos de Orlac); parece ser que a partir de su divorcio Renard empezó a escribir por dinero y ahí se estropeó todo, según Aira. Lo que me quedó claro escuchándolo es que este tío es un lector voraz, compulsivo, se ha debido de leer media Biblioteca de Alejandría o más, algo tremendo, pero al mismo tiempo es un lector muy inteligente y sagaz. Tiene una forma curiosa de ver la literatura. Y el personaje que se ha creado para caer mal a mí me cae bien.
Por cierto, que ya ha empezado la feria del libro antiguo de Recoletos. Habrá que pasarse por allí. Lo mismo encontramos ese Renard.

Monday, April 20, 2009

Bloguerías

El sábado vi en el cine La sombra del poder. Está bien hecha y es entretenida (a mí, al menos, me gustó), aunque el final es tan malo, por rebuscado y simple (valga la aparente contradicción), que casi lo estropea todo. Me hizo gracia que en varias ocasiones el protagonista (Russell Crowe), un periodista avezado y de gran experiencia, con muchos contactos en todos los ámbitos (política, ejército, bajos fondos, policía) y pocos escrúpulos a la hora de conseguir sus informaciones, se burlara de los blogs y cuestionara su validez, su seriedad, su veracidad, su capacidad de verificación, etcétera, frente a los periódicos tradicionales de papel. No estoy muy al tanto de los blogs periodísticos, y menos en Estados Unidos, así que no sé hasta qué punto es cierto eso (imagino que habrá de todo), pero viendo el grado general de fiabilidad de los periódicos de papel (sujetos a intereses corporativos, publicitarios y políticos de todo tipo) tampoco me las daría tan de chulito como Russell Crowe. Por cierto, que la imagen de este actor, metido en carnes, con una melenilla ridícula y sin cuello (¿dónde tiene el cuello, señor Lobatón?) resulta un pelín lastimosa. [Recordatorio: no poner tantos paréntesis.]
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Curiosamente, cada vez más escritores consagrados (o, al menos, bastante publicados, leídos y conocidos) se suman a esto de tener un blog. ¿Por qué será? Ni idea, pero esperemos que siga cundiendo el ejemplo.
Lo importante es que da gusto poder acompañar a José Luis García Martín en su periplo por Italia, compartir aficiones y poemas con Felipe Benítez Reyes o seguir las reseñas hilarantes del Lector Malherido, que ha vuelto por sus fueros. Y todo así de fácil, a tiro de click, sin rendir tributos a la ministra y sin moverse del sofá. Que siga, que siga.
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Y no sé qué hago que no me pongo a escribir ya mismo algo sobre el recién fallecido J. G. Ballard, al menos para darme un poco de pisto, como cualquier bloguero que se precie, sacando la banderita del "Yo estuve allí". [Podría empezar la entrada con un cadáver ahogado en una piscina vacía.]

Saturday, April 18, 2009

Vila-Matrix reloaded

A veces la insistencia (o la esperanza, o la pertinaz curiosidad) tiene sus recompensas. El otro día vi en la biblioteca un libro de Vila-Matas titulado Para acabar con los números redondos, lo hojeé un poco y me dije: "Bueno, vamos a ver qué tal esta vez". Y sí, me ha gustado. Me lo he leído del tirón, en otra tarde gozosa de lectura en terracita, que para mí ya empieza a ser un nuevo género literario. Quizás el mejor posible.

Se trata de una colección de artículos muy breves sobre distintos escritores, con la excusa (que no es tal) de celebrar el aniversario inexacto de sus muertes o nacimientos (por ejemplo, en el caso de Pessoa: "hace tres domingos se cumplieron exactamente 105 años de su nacimiento"). La mayor parte de ellos los fue publicando en 1995 y 1996 en su columna dominical de Diario 16. La idea era llegar a 52 columnas (un año completo), pero entre medias el periódico entró en crisis económica y V-M tuvo que abandonar el proyecto a nueve semanas del final (por cierto, que tiene gracia cómo lo cuenta en la introducción). Después lo retomaría para acabar este libro, publicado por Pre-Textos.
En este libro V-M no pretende analizar en gran profundidad a los autores de los que se ocupa (tampoco el espacio da para mucho), sino que se mantiene en todo momento en un tono anecdótico, relajado, ligero e impresionista que da gusto leer. Algunos pasajes son muy buenos.
Al terminar de leerlo me he preguntado: ¿por qué me ha gustado este libro de V-M y otros suyos no? Desde luego, en cuanto a temas y técnica parece que ha seguido llevando más o menos la misma línea. ¿Será sólo cuestión del estado de ánimo del lector? ¿O del diseño y tipografía de Pre-Textos, siempre con tan buen gusto? No lo creo.
Quizás aquí veo un estilo más desenvuelto y atractivo, más liberado; una visión de la literatura más abierta, más comedida, quizás menos posesiva (y por eso más sentida o verdadera, menos artificial; aquí se celebra la literatura lúdicamente, sin mayores pretensiones; no se la utiliza ramplonamente y sin sentido para otra cosa que no sabe muy bien qué es); un sentido del humor más normal, menos rebuscado y pedante, menos encantado de haberse conocido; y, sobre todo, creo yo, la ausencia de ese YO reiterado y pesadísimo que lo absorbe todo con su presencia autoficticia. En este libro V-M nos habla de esos escritores, nos los dibuja en rápidos trazos, pero no se mete a enredar ni a estorbar entre medias como ese señor cabezón que nos quita la visión de la pantalla en el cine (aunque en algunos momentos empieza a apuntar este vicio). Todo está como más aireado y menos encerrado en sí mismo. Es más natural, más normal (al final siempre acabo volviendo a estos adjetivos que quizás no digan nada, pero yo me entiendo). Es como si el virus de la literaturitis, ya metido en el cuerpo, todavía no hubiese devastado el cerebro del escritor y forzado la creación de Vila-Matrix, ese universo en el que la realidad no consigue distinguirse de la literatura, ese mundo en el que todo es siempre literaturismo y sólo a veces literatura.
Tendré que seguir reflexionando sobre el "caso" literario de Vila-Matas, sobre su trayectoria, porque todavía no he llegado a una conclusión; parece todo bastante extraño y confuso. A ver si en los próximos meses me leo sus primeras obras, que son las que me faltan, y me hago una idea más clara. A nivel general, se me ocurren dos hipótesis:
1.Quizás el afán de producir novelas (algo para lo que no parece muy dotado pero que le ha conducido al éxito) es precisamente lo que ha malogrado la escritura de V-M. Porque, aunque él mismo sea consciente de esa incapacidad y esgrima la intención de hacer novelas "que no parezcan novelas", eso no salva el producto final si éste es infumable.
2. En las distancias cortas es donde da más de sí su habilidad para contar anécdotas y recoger citas, siempre dentro del ámbito literario; resulta más interesante cuando sólo se ocupa de un objeto (tema o personaje) y no tiene que estirarlo y estirarlo artificialmente, forzando su relación "casual" (es decir, nada casual) con otros temas y personajes (aquí es cuando parece que nos está tomando el pelo). Merodear en torno a algo con sentido, no ir sacando una ristra de "algos", enredándolos sinuosamente hasta llegar -oh casualidad- a la dimensión requerida por la novela o el artículo de turno. No sé si me explico.
Una tercera hipótesis (ésta casi psicoanalítica, terreno pantanoso) estaría en la pérdida de la humildad desde el punto de vista creativo; en la creación de un personaje-escritor que acaba encerrado en sí mismo y que se repite más que el ajo (es, quizás, algo parecido a lo ocurrido con Paul Auster); en el endiosamiento de un yo ficticio que trata de superar sus complejos y dudas en una huida hacia adelante totalmente errónea pero alentada y reforzada por el éxito ("de crítica y público", como suele decirse). No sé, son sólo hipótesis.
Seguiremos investigando.

Tuesday, April 14, 2009

Las historias de Enric González

Desde que no cojo tanto el autobús, leo bastante menos. Prácticamente me paso el día pegado a la pantalla, traduciendo. (Perdonad si tengo una prosa rara o confusa, pero creo que es por esto, y por el cansancio). A ratos disfruto mucho de esta labor de traducción, sobre todo cuando consigo afinar el instrumento y atino con las expresiones después de darle algunas vueltas (los mejores hallazgos verbales siempre surgen de un salto, como las liebres frente al cazador, y hay que estar muy atento para el disparo), pero a veces me quedo atrapado (por propia incapacidad) en una frase imposible o me desespero intentando entender lo ininteligible o me dejo llevar por la desidia (ese piloto automático o voz en off de la traducción simultánea) y sé que no estoy haciéndolo todo lo bien que debiera e inevitablemente se me quitan las ganas de seguir, porque deja de tener sentido la tarea... En fin, dilemas míos.
A lo que voy es que estos días leo sobre todo por las tardes, para descansar un poco de los otros libros. O sea, la lectura como placer frente a la lectura como esfuerzo (juro que me lo haré mirar). Me gusta sentarme en la terracita, al fresco (y tan fresco), y ponerme a leer tranquilamente mientras de fondo se oyen los gritos de los niños que juegan en los columpios (hay un parquecito infantil enfrente). Y la lectura perfecta para estos momentos de placer es Enric González. Es un gustazo, os lo recomiendo. En resumen: te sientas al fresco con un libro suyo en una mano y una coca-cola en la otra y varias horas después vuelves al mundo cruel de los seres vivos pero sigues con la sonrisilla puesta. Has vivido muchas cosas y aprendido otras tantas, pero con tan mínimo esfuerzo que es como dibujar parábolas marcha atrás en la pista de patinaje. Ya sabéis que hay libros que te agreden, que te imponen su cilicio. Pues digamos que éstos te hacen masaje.
Me he leído de un tirón sus Historias de Londres y sus Historias de Nueva York, y no veo el momento en que saque unas Historias de Roma para devorarlas en otra tarde gozosa. Tendría que haber más libros así. No puede ser tan difícil ¿no? (bueno, quizás sí lo sea). Una manera sencilla y directa de contar las cosas, de ilustrarnos y de acercarnos a las ciudades, sus historias, sus lugares y sus gentes; una mirada inteligente, normal, agradable, cosmopolita, curiosa pero no cotilla, culta pero no tediosamente erudita, nada egocéntrica, a veces compasiva, a veces distanciada y hasta cínica (lo que se traduce en "decir las cosas como son"), generalmente irónica, y con un sentido del humor que es una verdadera gozada (por momentos parece inglés).
No sé por qué no hay más escritores de este tipo en España. ¿Acaso no tenemos más gente así? Me cuesta creerlo. No sé, quizás tampoco haya espacio editorial para este tipo de libros. Ya se sabe que todo lo que no sea novela resulta sospechoso. Nunca lo entenderé. Es absurda esa cerrazón. Con lo que se disfruta leyendo estas cosas...
Enric González ha sido corresponsal de El País en las ciudades más bonitas del mundo, París, Londres, Nueva York, Roma (pongo el orden suyo cronológico, no el mío valorativo), y ya sólo por eso se hace acreedor de toda nuestra envidia. Envidia cochina, no sana. Tiene cara de pillo y se le nota la pasión por el verdadero periodismo, por los "grandes" de la historia periodística, que naturalmente son ingleses o norteamericanos. Sus libros están bien escritos, sin excesos retóricos ni alaridos ni aspavientos (que cuando los periodistas se meten a poetas es mejor salir huyendo); están bien documentados, sobre todo en cuanto a anécdotas, lugares y personajes; y, por encima de todo, son muy entretenidos. ¿Qué más se necesita? Imagino que tiene que disfrutar muchísimo escribiendo estas historias, casi tanto como los demás leyéndolas.

Sunday, April 12, 2009

La Malvarrosa

Sea de noche o esté nublado, haga frío o llueva, incluso sin sol reflejándose en el agua, sin niños retozando en la orilla, sin mujeres de blanco, sin sombrillas... para mí la playa de la Malvarrosa siempre será Sorolla.

Tuesday, April 07, 2009

Una pequeña multa

A pequeños (pero a veces molestísimos) males, pequeños remedios: "Multaríamos también en el mundo actual a los que sólo van mirando las marcas de los autos, a los que se pasan la vida observando corbatas, a los que creen que ha sonado el teléfono cuando no ha sonado, a los que beben con un gesto suntuoso la leche como si fuese leche, a los que dan golpes con el cigarrillo contra la pitillera o contra la mesa, a los que achacan a Sócrates cosas que no dijo Sócrates, al que cuenta el argumento de una película al que la va a ver mañana; al que mete la mano en el buzón, desconfiando de que la carta haya caído adentro; al que hace señas a un taxi ocupado; al que mirando un avión que vuela exclama: "qué alto va!"; al que pretende que su mujer se compre medias que dure más de una puesta; al que al echarse vino sin darse cuenta de que la botella tiene su tapón puesto echa una mirada furibunda alrededor, o al beber inclina la copa y la cabeza de un solo lado, como si el líquido no pudiese pasar por el otro; al que en vez de dar a la luz toca el timbre, o viceversa [...]; al que ruega que le devuelvan los ladrones el reloj porque era un recuerdo de familia; al que tiene un perro para que le lleve el periódico en la boca; al que pregunta al escritor: "¿Qué libro suyo va a salir?", cuando está en los escaparates el último; al que padece de aritmética manía y suma árboles, casas y ventanas; al que pregunta al camarero si el melón es bueno y cree que le va a decir la verdad; al que devuelve siempre el vaso que le dan diciendo que está sucio; al que nos llama por teléfono y nos pregunta: "¿Con quién quiere hablar?"; al que hace que perdamos la estación de radio que estábamos oyendo bien para que la oigamos mejor; al que se empeña en prestarnos un libro que no queríamos que nos prestara, etcétera".
(Ramón Gómez de la Serna, Quevedo)

Monday, April 06, 2009

Las mónadas no tienen ventanas

A mí lo que me gusta es contar lo que pasa, lo que veo, lo que me ocurre y lo que se me ocurre. Salir a dar una vuelta, observar las cosas, volver a casa y contarlo. O llevarme un cuaderno y anotarlo in situ (in situ suena un poco a euskera, o a indio). Tan fácil como eso. O tan difícil. El movimiento del que camina es el mismo que el del bolígrafo que escribe o de las manos que teclean: a saber, el de la vida que fluye. Todo lo demás es como la cárcel del género, donde las cosas se someten al corsé de las reglas. Pero la vida es acción, respiración, movimiento. Y las palabras deben alentar, dar vida, no comprimir el mundo en clichés.
Si uno lo cuenta al volver a casa, eso que cuenta ya es recuerdo. Ya está mediatizado por la memoria. Si lo escribe en la calle, también está mediatizado por otro tiempo: el simultáneo. Porque el directo es un tiempo fingido. Lo previo, siempre, aquí, allí, entonces, ahora, es la mirada. La mirada está en todo: en el instante simultáneo y en el proyecto del recuerdo. Lo decisivo es la mirada y su perseverancia en el tiempo; dicho de otra manera, el paseo es el tiempo en la mirada.

Pongamos un ejemplo: sale uno a la calle, mira a los lados, posa un pie en la acera y luego el otro y de nuevo el primero y luego el otro y así sucesivamente. Parece muy simple, casi mecánico, pero implica todo un mundo de significados, de intereses, de valoraciones. Apenas iniciado el movimiento (recordemos: desplazamiento del cuerpo en el espacio), se cruza uno con la chica del acné escandaloso, con el portero que disimula su pereza, con el jubilado que lee su periódico sentado en un banco, con los niños que juegan en los columpios, con los controladores del estacionamiento regulado (que se reúnen a la misma hora en la misma esquina para fumarse un cigarro), con el que pasea a su perro con desgana, con la madre esbelta que empuja el cochecito del bebé, etcétera. Se mezclan los pasados, los presentes y los futuros (los de uno y los de los demás); todo forma parte de una red de gestos, de ruidos, de mentiras, de símbolos; y cada uno de esos gestos, cada uno de esos ruidos, está cargado de reconocimiento o nostalgia o esperanza o angustia. Todo está en todo; es más, para que algo sea algo requiere de ese todo; si no, no es nada. Y el nexo de las redes de ese todo son los afectos. Algo así dijo Spinoza, creo.
Un poco más allá estará el mendigo que no tiene dientes y que siempre se pone los dedos en forma de V en los labios para pedir de fumar (el eterno retorno de lo mismo). Después, los coches, los semáforos, el paso de cebra. Una anciana muy delgada junto a una muy gorda. El repartidor que adelanta al mensajero. El colegio infantil, la hilera de chalés, la tienda de los chinos. Un edificio tras otro, elevando al infinito el número de ventanas, de posibles cabezas que te miran. En un universo justo todas las cabezas posibles se asomarían y te sonreirían. Detrás de las cabezas, en un universo justo, habría un adolescente alzando una katana para decapitarlas.