Tuesday, March 09, 2010

Ocho menos cuarto

Es un bar triste, o al menos se lo parece al hombre triste. Los hay mucho peores. Éste al menos está limpio, tiene luz y la imagen del televisor no tiembla. Poco que reprochar. El camarero gordito amable solícito trabajador sin desgana ni malhumor ni síntomas de angustia. Tampoco se excede en su amabilidad, como esos sacacorchos de conversaciones que no paran de girar hasta ahogarnos. No hay humor fingido, seguramente porque el pobre no tiene putalagracia, ni falta que hace.
Un señor con jersey de cuello alto gris y gafas de los años setenta, oscuras y grandes como platos soperos. Lo han teletransportado de la época de Videla. Bebe algo (supuestamente alcohólico) en una enorme copa a rebosar de hielos. Gira los hielos con el dedo índice (pensamos si lo tendrá limpio). Mira al suelo, como recordando a los hijos de los desaparecidos. Quizás él sea uno de ellos.
Una ya-no-joven que quiere fingir seguir siéndolo con tácticas de ropa, maquillaje, botas altas y cigarro al viento. Es la buenorra en decadencia que todo bar triste que se precie necesita. El punto de referencia inevitable, donde todos miran cuando no saben a dónde mirar o se han cansado de sus propios pensamientos.
Entra un matrimonio viejo que aún no parece consciente de lo cerca que está la tumba. Él con su gorrito de lana y su barba canosa de tres días, delgado, pesaroso. Ella con su abrigo de visoncillo (cómo odio los abrigos de visón...), su copa de cerveza y su mano martilleando la máquina tragaperras, que sólo descansa para ofrecer caladas del cigarro a una boca con excesivo —no hay duda— carmín.
Se mueve de un lado a otro el inmigrante ayudante de camarero, que rellena los platitos de almendras, con cara de susto permanente —suponemos— por tanta desgracia acumulada.
Una pareja sentada en las mesas, él con cara de poco fiar (es lo único que sabemos) y ella esquelética, perjudicadísima, con vaqueros de pitillo embutidos y los labios operados —como las famosas— para que parezcan higos chumbos.
El cuarentón del perrito, estilo muy Elton John, con su pelo oxigenado que parece peluquín y sus gafas de color llamativo y sus ropas inconfundiblemente gays. Se va con el periódico enrollado bajo el brazo, arrastrando el perrito como una rúbrica nerviosa. Quizás sea el Truman Capote del barrio, tratamos de ilusionarnos, y en estos santos lugares se esté cociendo una obra maestra.
Queda aún más paisanaje, pero se hace tediosa la enumeración elegíaca, digamos un pequeño etcétera de personajes desperdigados atravesados por la tristeza. La nuestra, por supuesto. No volveremos más.

4 comentarios:

Fleischman said...

Me has trasladado al bar, sí señor. Buen texto. En realidad, el Truman Capote de turno no era del barrio, y estaba situado justo donde debía.

Xavie said...

A mí también me gusta el texto. Poco solanesco pero me gusta. Te veo muy posmoderno, chaval... :-P (no me lo tome usted a mal, que conste).

Un abrazo,
X.

conde-duque said...

Grazie, Dr. Fleisch.
Xavie, ¿posmoderno yo? ¡Eso no me lo dices en la calle! :-P

De propina, copio y pego el rollo autorreflexivo sobre la tristeza que rodeaba la descripción del bar pero que no quise incluir finalmente en el post:

"La tristeza es esa cosa que lleva uno pegado a sí mismo, vaya donde vaya, aunque sólo emerge a ratos. Maldita cosa pegajosa que se lleva dentro y se aplica indiscriminadamente a lo que sea, a lo que se aparezca por delante, a lo que se cruce en el rumbo de esta vida horaria; aparece lo que sea y le dices mala suerte, te ha tocado, tú la llevas, pero en el fondo, siempre, el que te la llevas eres tú. La tristeza se reparte a siestro y siniestro, aquí y allá, a cosas, personas, momentos, olores, etcétera (sí, el etcétera también se lleva su dosis de tristeza), la hijaputa no se agota, y, claro, por mera probabilidad de ruleta, por simple ley de cálculo metódico, a veces la tristeza se topa con el espejo, con la imagen propia, la misma cara de los dos lados, la tuya, y duele retrospectivamente, futuriblemente, hasta el infinito y más acá, a un lado y al otro, por dentro. La tristeza se recoge en sí misma, reflexiona, se refleja, se te agarra y no se suelta. Ya forma parte de ti.
Ocho menos cuarto (hace una hora y algo), la venenosa tristeza se acoda en la barra de un bar. Nada peculiar, extraño ni diferente. La fauna habitual. Rutina sopesada en cientos de miles de bares de la piel de toro de las españas. En eso no hay autonomías, sólo barras. Una rutina, una fauna, una barra nacional, que uno intenta esquivar como puede entre semana, a refugio de la cruda realidad. Pasea uno con su tristeza pero con miedo a que se le pegue la otra cosa, mucho más dura, esa realidad supurante y enmohecida. La tristeza es miedosa, cobarde, mariquita. La realidad es siempre mejor que como la piensa la tristeza, creo. La tristeza todo lo deforma. No hay manera.
La tristeza es la pátina con la hemos regado el infierno. Cuando se alía con la belleza, tenemos la melancolía. El recuerdo, el paso de las horas, las cosas de la vida. Cuando se alía con cutredumbre o con la miseria o con la nifunifá, tenemos la congoja. El corazón en congoja. Por si acaso, no volveré a entrar nunca en ese bar."

Así ya puedo borrar sin miedo el archivo de Word...

María said...
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