Monday, September 13, 2010

Las moscas de Moyano

Moyano es el único sitio de Madrid en el que sigue habiendo moscas. Y no es una metáfora, aunque podría serlo.
Domingo por la mañana. Al llegar y ver la estatua de Baroja nos sentimos mejor, reconfortados, antiguos, como si el tiempo que pasa no hubiese pasado tanto, hermanos de una literatura añeja y sin retórica, un poco más verdadera. Casi apetece que soplara un viento frío de madrugada, que tuviéramos que subirnos las solapas del abrigo y encajarnos la boina hasta las sienes.
Comienzo el recorrido desde lo alto de la cuesta. Veo algunas novedades apetecibles, pero no me decido. La influencia del contexto. En Moyano los precios (internos y externos) están distorsionados. Todo es especulación, como en la Bolsa, pero uno está impedido para el regateo. Lo que en cualquier otro lugar parecería barato, aquí resulta demasiado caro, seguramente porque piensas que lo puedes encontrar a menos precio en otra caseta más abajo, dos minutos después.
Veo cómo regatea casi sin mediar palabra una señora que debe ser experta en estas lides:
-¿Qué precio tiene?
-Viene en la última página, señora. Son quince euros –dice el librero.
La señora sigue ojeando el libro un rato, sin decidirse.
-Bueno, si le interesa mucho, se lo puedo dejar en doce –concede el librero.
La señora pone un gesto de malestar, de indecisión, como si le doliese el estómago.
-Me lo tengo que pensar... Es que...
-Nueve euros: último precio.
-Seis –dice ella rauda y veloz, definitiva, como una aguililla.
-Vale –dice el librero sin meditar ni un segundo.
Se supone que en esto consiste el regateo, en que los dos salgan con la sensación de haber ganado algo (sobre todo el librero, claro). Yo soy incapaz para estas cosas, no puedo. Para mí los precios son fijos. Lo demás, aunque sea la simple realidad de todo lo que existe, me parece mezquino. Resuena en mi cerebro, con el aire de la gran mentira, esa contundente expresión "último precio" que ha dicho solemnemente el librero y que se ha esfumado en décimas de segundo, contradiciéndose a sí misma, como una podrida palabra de honor.
A mitad de la cuesta ya está la vieja cascarrabias protestando airadamente de algo que ha hecho alguien. No sabemos quién es el infractor ni cuál ha sido el delito. Seguramente ella tampoco. Nadie podría saberlo nunca.
El viejo de voz aguardentosa, guardapolvos azul y gafas de culo de vaso (parece recién salido de un cómic de Carpanta) va sacando libros descuajeringados de una bolsa de plástico y los ordena en distintos grupos sobre la mesa. No sé qué criterio seguirá, si casi no le da tiempo a verlos. La mayoría va destinada a la fosa común de los libros, ese revoltijo de mesa en el que todo está a 1 euro. Mientras ordena los libros está charlando con un señor. “Con ése no se puede. En cuanto le dices más de 20 euros se asusta”, oigo que le comenta.
Siempre que veo a la vieja cascarrabias y al viejo de guardapolvos azul me acuerdo de la historia que contaba el diarista (o dietarista, o vidarista). Si la entendí bien y no trastoco personajes, los dos viejos están liados y llevan juntos toda la vida. El diarista contaba la anécdota emocionado, al borde de la lágrima, como si fuese una gran historia de amor que descubrió súbitamente, tras años de conocimiento de los personajes e ignorancia de su relación. A mí, en cambio, esa historia, de ser verdad, me parece nauseabunda. Me da grima sólo de pensarlo. Pobre señor, que parece bastante afable, con esa vieja insoportable, escuálida y fibrosa. Le debe tener frito.
La gran novedad de Moyano es que ahora, por primera vez en cien años, hay dos libreras atractivas, más o menos jóvenes, y uno puede desviar momentáneamente la mirada de la letra impresa. Es un descanso.
Me compré dos libros que prometen mucho. Tras una primera ojeada rápida, supe que me los llevaba, sin dudarlo. Uno es Los cuadernos de un vate vago, de Gonzalo Torrente Ballester; 360 páginas de soliloquios que Torrente fue desplegando ante su magnetófono. El otro es Viajes de un antipático, de José María Parreño; una pequeña joya de la que os hablaré en breve, porque me está encantando. Cada uno a 1 euro, sin necesidad de regateo. Si no existiesen las palabras de la familia "dinero", Moyano sería un gran lugar. Y el mundo, en general. Pero seamos justos: su única impudicia está en hacer explícito lo siempre implícito. Y ahí está el juego donde se dirime la verdad.

9 comentarios:

DIARIOS DE RAYUELA said...

"En ocasiones, el trabajo de la muerte es muy hermoso.
Lo piensa mientras mira la primera cana en el pelo de su mujer."

(Del libro de Parreño -feliz lectura-.)

Portorosa said...

Magnífico post.

Un abrazo.

la luz tenue said...

Es verdad que da rabia comprar un libro y que dos casetas más abajo esté más barato. Dan ganas de ir a devolvérselo al vendedor.

A mí me provoca repelús esa pareja de viejos malhumorados. Su caseta, justo en el medio del recorrido, es la única que me salto sin husmear. Y el caso es que siempre parecen tener una clientela fiel, como ellos, polvorienta, iracunda.

NáN said...

No he pasado una sola vez que no esté echando espumarajos contra alguien. Llegué a pensar que mi físico le producía ira y que, una vez que yo hubiera pasado, volvería a ser una viejecita encantadora.

Ya veo que no, que mantiene los rayos y truenos toda la jornada.

Miguel Sanfeliu said...

Excelente texto. Lo he disfrutado. Y sí, también yo conozco a la susodicha malencarada.
Me dejaste intrigado con el libro "Viajes de un antipático", el título es genial. Espero tu valoración.
Un abrazo

Carmelo said...

Los libros viejos, Baroja. Imposible poner esa estatua en mejor sitio.

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