Exposición sobre Fellini en CaixaForum: sus caricaturas de juventud, sus adorados monstruos del circo, un cómic misterioso, sus eternas prostitutas, la influencia del psicoanálisis, su alter ego Mastroianni, el inconsciente colectivo de una época, el Cristo en helicóptero de La dolce vita, sus orondísimas mujeres... Lo que más me llama la atención es la película nunca hecha, la siempre soñada, el inasible artístico; siempre que le preguntaban cuál iba a ser su próxima película, Fellini decía el mismo título (lo siento, no lo recuerdo, pero lo buscaré). Un hombre camina por la nieve, en una plaza vacía, entre la neblina, al fondo se ve una catedral... Una maravilla. Veo las imágenes varias veces, con los cascos puestos. Mientras tanto, mi preferida seguirá siendo I Vitelloni.*****
Para celebrar mi último día de vida bohemia, recorro la ciudad de arriba abajo, de norte a sur, de este a oeste, caminando sin parar, durante horas, hasta que me duelen las piernas y se me cansan los ojos de tanto ver las cosas. ¡Hay tantas cosas que ver que no da uno abasto! Ni en una vida ni en muchas. Cada persona, como decía Galdós, lleva consigo su novela; cada calle, su diccionario; cada barrio, su enciclopedia. Y la ciudad entera es una biblioteca; es decir, el universo.
A estas horas del mediodía las calles están llenas de comerciales, taxistas, jubilados, amas de casa, parados, turistas y ociosos. Los kafkas de las oficinas sólo salen de sus guaridas para echarse un pitillo rápido o tomar un café con leche en el bar de la esquina. En Recoletos ya están puestas las casetas de la Feria del Libro Antiguo, que empezará mañana. Pasan muchos aviones de la Armada por el cielo de La Castellana, a baja altura y haciendo excesivo ruido. La gente se tapa los oídos. Es lo más parecido a una guerra que uno ha visto nunca, y no se parece en nada, claro. Suponemos que estarán practicando para el desfile del 12 de Octubre. En las tiendas los dependientes se aplican en despegar de los escaparates las pegatinas y los carteles de la huelga general. Rascan con una espátula los restos de papelillo pegado. Una chica de la Cruz Roja me obliga a frenar la marcha y me cuenta todas las maravillosas acciones sociales de la organización; tiene bastante sentido del humor, y por eso casi me convence; le digo que me lo voy a pensar.
Cuando me canso de caminar, me refugio en La Central, que nunca falla. Da gusto, está casi vacía; sólo hay algún ocioso, compañero; de repente irrumpe un grupo de turistas japoneses atolondrados que acaba de salir del MNCARS. De vuelta me siento a tomar algo en una terraza, al sol, y ojeo los libros que acabo de comprar. Lo que se dice una vida dura. Durísima.
Finalmente, en la calle Conde-Duque, cuando paso frente a la casa de Alejandro Sawa, me despido en silencio del rey de los bohemios. Se acabó la vida sin horarios fijos, sin la soga al cuello del reloj que nos condena, sin el infarto existencial del despertador. Empieza la muerte asistida, la eutanasia lenta. Pero no me quejo, no.


