Thursday, September 30, 2010

Fellini, el porridge y un último paseo

Exposición sobre Fellini en CaixaForum: sus caricaturas de juventud, sus adorados monstruos del circo, un cómic misterioso, sus eternas prostitutas, la influencia del psicoanálisis, su alter ego Mastroianni, el inconsciente colectivo de una época, el Cristo en helicóptero de La dolce vita, sus orondísimas mujeres... Lo que más me llama la atención es la película nunca hecha, la siempre soñada, el inasible artístico; siempre que le preguntaban cuál iba a ser su próxima película, Fellini decía el mismo título (lo siento, no lo recuerdo, pero lo buscaré). Un hombre camina por la nieve, en una plaza vacía, entre la neblina, al fondo se ve una catedral... Una maravilla. Veo las imágenes varias veces, con los cascos puestos. Mientras tanto, mi preferida seguirá siendo I Vitelloni.
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Sala El Sol, seis de la mañana. La cabeza sumida en una nebulosa feliz. Suena una canción de Portishead. Me pongo a hablar con un grupo de escoceses. Se descojonan cuando les digo que me he vuelto fan total del porridge, que lo desayuno casi todos los días. Me miran como si fuese el mayor friqui que han visto en su vida. Supongo que es como si en un pub de Edimburgo un escocés te dice que es fan total de las gachas manchegas. Vale, de acuerdo, un poco surrealista sí es.
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Para celebrar mi último día de vida bohemia, recorro la ciudad de arriba abajo, de norte a sur, de este a oeste, caminando sin parar, durante horas, hasta que me duelen las piernas y se me cansan los ojos de tanto ver las cosas. ¡Hay tantas cosas que ver que no da uno abasto! Ni en una vida ni en muchas. Cada persona, como decía Galdós, lleva consigo su novela; cada calle, su diccionario; cada barrio, su enciclopedia. Y la ciudad entera es una biblioteca; es decir, el universo.
A estas horas del mediodía las calles están llenas de comerciales, taxistas, jubilados, amas de casa, parados, turistas y ociosos. Los kafkas de las oficinas sólo salen de sus guaridas para echarse un pitillo rápido o tomar un café con leche en el bar de la esquina. En Recoletos ya están puestas las casetas de la Feria del Libro Antiguo, que empezará mañana. Pasan muchos aviones de la Armada por el cielo de La Castellana, a baja altura y haciendo excesivo ruido. La gente se tapa los oídos. Es lo más parecido a una guerra que uno ha visto nunca, y no se parece en nada, claro. Suponemos que estarán practicando para el desfile del 12 de Octubre. En las tiendas los dependientes se aplican en despegar de los escaparates las pegatinas y los carteles de la huelga general. Rascan con una espátula los restos de papelillo pegado. Una chica de la Cruz Roja me obliga a frenar la marcha y me cuenta todas las maravillosas acciones sociales de la organización; tiene bastante sentido del humor, y por eso casi me convence; le digo que me lo voy a pensar.
Cuando me canso de caminar, me refugio en La Central, que nunca falla. Da gusto, está casi vacía; sólo hay algún ocioso, compañero; de repente irrumpe un grupo de turistas japoneses atolondrados que acaba de salir del MNCARS. De vuelta me siento a tomar algo en una terraza, al sol, y ojeo los libros que acabo de comprar. Lo que se dice una vida dura. Durísima.
Finalmente, en la calle Conde-Duque, cuando paso frente a la casa de Alejandro Sawa, me despido en silencio del rey de los bohemios. Se acabó la vida sin horarios fijos, sin la soga al cuello del reloj que nos condena, sin el infarto existencial del despertador. Empieza la muerte asistida, la eutanasia lenta. Pero no me quejo, no.

Sunday, September 26, 2010

Coetzee y la tacañería de espíritu: adiós a Astrid

Ya sabéis lo que decía Holden Caulfield: “Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras". Pues a mí con Coetzee me pasa todo lo contrario: me gustan sus libros (algunos, no todos) pero el tío me cae fatal. Y me resulta antipático por lo que transparentan sus libros (esos mismos libros que tanto me gustan), no por lo que haya hecho en su vida, que lo ignoro. Sería imposible tenerlo de amigo, ni siquiera de conocido. Odiaría tener que llamarlo por teléfono aunque sólo fuera para felicitarle las Pascuas.
Releo Juventud, que es de mis preferidos. Lo disfruto más aún que la primera vez. Qué bien escribe, qué dominio de la expresión, de la atmósfera, del pensamiento, del drama. Siempre exacto, sobrio, agudo. Pero me sigue pareciendo un sieso, un rácano, un antipático. Un tío rancio desde los veinte años. Un tacaño de espíritu, como él mismo confiesa:
"¿Qué le pasa? ¿Por qué las cosas más normales le resultan complicadísimas? Si la respuesta es que se trata de una cuestión de carácter, ¿qué tiene de bueno ser como es? ¿Por qué no cambiar?
Pero ¿es cuestión de carácter? Lo duda. No tiene esa impresión, tiene la impresión de que es una enfermedad, una enfermedad viral: tacañería, pobreza de espíritu, de esencia similar a su frialdad con las mujeres. ¿Puede obtenerse arte de una enfermedad así? Si no, ¿qué se deduce sobre el arte?"
A lo mejor es eso: se sirve de la tacañería de espíritu y de la frialdad para observar más escrupulosamente (¿asépticamente?, ¿objetivamente?) la realidad que le rodea; se entrega a su arte renegando de la vida, como un asceta. No sé. En principio no tiene nada que ver, pero cuando se trata de una literatura moral, como en este caso, una literatura de conocimiento, de reflexión, en cierto modo de "valores", parece que deberían ir juntas las dos cosas. Pues nada. Cuánto admiramos su escritura pero qué mal nos cae. O viceversa: qué mal nos cae pero cuánto admiramos su escritura.
La escena de la despedida de Astrid puede ser un buen ejemplo de las dos vertientes:
"No se ha puesto en contacto con Astrid desde hace semanas. Ahora ella le telefonea. La estancia de Astrid en Inglaterra ha terminado, se vuelve a Austria.
-Supongo que no volveré a verte -dice ella-, así que he llamado para despedirme.
Intenta no parecer afectada, pero tiene la voz llorosa. Sintiéndose culpable, le propone a Astrid una nueva cita. Toman café juntos; ella le acompaña a su habitación y pasa la noche con él («nuestra última noche», lo llama Astrid), llorando quedamente sin soltarlo un momento. Por la mañana temprano (es domingo) la oye escabullirse de la cama y dirigirse de puntillas al baño del rellano para vestirse. Cuando regresa finge estar dormido. Bastaría la menor insinuación para que ella se quedara. Si él prefiriera hacer otras cosas antes de prestarle atención, como por ejemplo leer el periódico, Astrid se sentaría a esperar en silencio en un rincón. Parece que a las chicas de Klagenfurt les enseñan a comportarse así: no pedir nada, esperar a que el hombre esté listo y entonces servirle.
Le gustaría ser más amable con Astrid, que es muy joven y está muy sola en una gran ciudad. Le gustaría secarle las lágrimas, hacerla sonreír; le gustaría demostrarle que su corazón no es tan duro como parece, que es capaz de responder a su buena voluntad con buena voluntad, con la buena voluntad de abrazarla como ella quiere ser abrazada y de escuchar las historias sobre su madre y sus hermanos. Pero tiene que ir con cuidado. Demasiada calidez y Astrid podría cancelar su billete, quedarse en Londres, mudarse a su casa. Dos derrotados dándose cobijo uno en los brazos del otro, consolándose: la perspectiva es demasiado humillante. Lo mismo podrían casarse y pasar luego el resto de la vida cuidando el uno del otro como inválidos. Así que no insinúa nada, sino que permanece tumbado con los ojos bien cerrados hasta que oye el crujido de las escaleras y el ruido de la puerta principal al cerrarse.
Es diciembre, y el tiempo ha empeorado. Nieva, la nieve se convierte en nieve fangosa, la nieve fangosa se congela: hay que andar por las aceras buscando puntos de apoyo como un montañero. Un manto de niebla cubre la ciudad, niebla cargada de sulfuro y polvo de carbón. Hay cortes de electricidad; los trenes se detienen; los ancianos mueren congelados en sus casas. El peor invierno en siglos, anuncian los periódicos".
(J. M. Coetzee, Juventud)

En las fotos Coetzee tiene pinta de pajaro de mal agüero. No hay quien se fíe de los seres esqueléticos. Estos ascetas no disfrutan de la vida... (También tiene cierto aire a Clint Eastwood ¿no?)

Monday, September 13, 2010

Las moscas de Moyano

Moyano es el único sitio de Madrid en el que sigue habiendo moscas. Y no es una metáfora, aunque podría serlo.
Domingo por la mañana. Al llegar y ver la estatua de Baroja nos sentimos mejor, reconfortados, antiguos, como si el tiempo que pasa no hubiese pasado tanto, hermanos de una literatura añeja y sin retórica, un poco más verdadera. Casi apetece que soplara un viento frío de madrugada, que tuviéramos que subirnos las solapas del abrigo y encajarnos la boina hasta las sienes.
Comienzo el recorrido desde lo alto de la cuesta. Veo algunas novedades apetecibles, pero no me decido. La influencia del contexto. En Moyano los precios (internos y externos) están distorsionados. Todo es especulación, como en la Bolsa, pero uno está impedido para el regateo. Lo que en cualquier otro lugar parecería barato, aquí resulta demasiado caro, seguramente porque piensas que lo puedes encontrar a menos precio en otra caseta más abajo, dos minutos después.
Veo cómo regatea casi sin mediar palabra una señora que debe ser experta en estas lides:
-¿Qué precio tiene?
-Viene en la última página, señora. Son quince euros –dice el librero.
La señora sigue ojeando el libro un rato, sin decidirse.
-Bueno, si le interesa mucho, se lo puedo dejar en doce –concede el librero.
La señora pone un gesto de malestar, de indecisión, como si le doliese el estómago.
-Me lo tengo que pensar... Es que...
-Nueve euros: último precio.
-Seis –dice ella rauda y veloz, definitiva, como una aguililla.
-Vale –dice el librero sin meditar ni un segundo.
Se supone que en esto consiste el regateo, en que los dos salgan con la sensación de haber ganado algo (sobre todo el librero, claro). Yo soy incapaz para estas cosas, no puedo. Para mí los precios son fijos. Lo demás, aunque sea la simple realidad de todo lo que existe, me parece mezquino. Resuena en mi cerebro, con el aire de la gran mentira, esa contundente expresión "último precio" que ha dicho solemnemente el librero y que se ha esfumado en décimas de segundo, contradiciéndose a sí misma, como una podrida palabra de honor.
A mitad de la cuesta ya está la vieja cascarrabias protestando airadamente de algo que ha hecho alguien. No sabemos quién es el infractor ni cuál ha sido el delito. Seguramente ella tampoco. Nadie podría saberlo nunca.
El viejo de voz aguardentosa, guardapolvos azul y gafas de culo de vaso (parece recién salido de un cómic de Carpanta) va sacando libros descuajeringados de una bolsa de plástico y los ordena en distintos grupos sobre la mesa. No sé qué criterio seguirá, si casi no le da tiempo a verlos. La mayoría va destinada a la fosa común de los libros, ese revoltijo de mesa en el que todo está a 1 euro. Mientras ordena los libros está charlando con un señor. “Con ése no se puede. En cuanto le dices más de 20 euros se asusta”, oigo que le comenta.
Siempre que veo a la vieja cascarrabias y al viejo de guardapolvos azul me acuerdo de la historia que contaba el diarista (o dietarista, o vidarista). Si la entendí bien y no trastoco personajes, los dos viejos están liados y llevan juntos toda la vida. El diarista contaba la anécdota emocionado, al borde de la lágrima, como si fuese una gran historia de amor que descubrió súbitamente, tras años de conocimiento de los personajes e ignorancia de su relación. A mí, en cambio, esa historia, de ser verdad, me parece nauseabunda. Me da grima sólo de pensarlo. Pobre señor, que parece bastante afable, con esa vieja insoportable, escuálida y fibrosa. Le debe tener frito.
La gran novedad de Moyano es que ahora, por primera vez en cien años, hay dos libreras atractivas, más o menos jóvenes, y uno puede desviar momentáneamente la mirada de la letra impresa. Es un descanso.
Me compré dos libros que prometen mucho. Tras una primera ojeada rápida, supe que me los llevaba, sin dudarlo. Uno es Los cuadernos de un vate vago, de Gonzalo Torrente Ballester; 360 páginas de soliloquios que Torrente fue desplegando ante su magnetófono. El otro es Viajes de un antipático, de José María Parreño; una pequeña joya de la que os hablaré en breve, porque me está encantando. Cada uno a 1 euro, sin necesidad de regateo. Si no existiesen las palabras de la familia "dinero", Moyano sería un gran lugar. Y el mundo, en general. Pero seamos justos: su única impudicia está en hacer explícito lo siempre implícito. Y ahí está el juego donde se dirime la verdad.

Sunday, September 05, 2010

El Londres de Woody Allen

Lo mejor, con mucha diferencia, de todas las últimas películas de Woody Allen son aquellos fotogramas en los que aparece Londres. Es un Londres precioso, nítido, brillante, de ensueño, que desprende una claridad increíble.
La misma mirada que supo extraer tantas veces la esencia de Nueva York ha sabido percibir la belleza de Londres.


Ayer fuimos a ver You will meet a tall dark stranger (Conocerás al hombre de tus sueños). De sus películas londinenses es, junto con Match Point, la película en la que más aparece la ciudad. Quizás por eso son las dos que más me han gustado de las que ha hecho Wody Allen en los últimos diez años (y recordad que el tío va a un ritmo de una por año). Incluso comparten algunos escenarios.
No quiero ser exagerado, pero sólo por los diez primeros segundos, en los que un taxi atraviesa una calle, se para y sale una señora con sombrero, ya merece la pena ir a verla. Insisto: todas esas imágenes de la ciudad tienen algo muy especial. Una belleza y una emoción que no sabría explicar.

Foto: agosto 2010.

Sale en dos ocasiones el puente de Little Venice por donde pasamos varias veces este verano.