Monday, June 09, 2014
Saturday, May 31, 2014
Sunday, May 25, 2014
Saturday, April 19, 2014
A propósito de GGM: Zavattini, Gómez de la Serna y Galicia
Es curioso que se quiera definir la literatura de Gabriel García Márquez con un término tan equívoco como el de "realismo mágico". Se ha mencionado mucho estos días, naturalmente, esta expresión, pero no he oído que se hablase de dos de sus grandes influencias: Cesare Zavattini, el genial guionista del neorrealismo italiano (¿acaso Milagro en Milán no está llena de realismo mágico?) y Ramón Gómez de la Serna, el inventor de las greguerías. El primero fue profesor suyo de cine en Roma y aparece como personaje en su relato "La santa", y el segundo le sirvió como gran modelo en sus comienzos como escritor (sobre todo en sus artículos periodísticos), según recuerda en su autobiografía Vivir para contarla.
Por otro lado, baste recordar que GGM comió una vez en Barcelona con Cunqueiro, anterior fundador del realismo mágico (que en Galicia no existe porque es norma), para tener que preguntarse: ¿era GGM gallego?
Aquí su artículo de 1983 "Viendo llover en Galicia":
"Mi muy viejo amigo, el pintor poeta y novelista Héctor Rojas Herazo -a quien no veía desde hacía mucho tiempo- debió sufrir un estremecimiento de compasión cuando me vio en Madrid abrumado por un tumulto de fotógrafos, periodistas y solicitantes de autógrafos, y se acercó para decirme en voz baja: "Recuerda que de vez en cuando debes ser amable contigo mismo". En efecto, fiel a mi determinación de complacer todas las demandas sin tomar en cuenta mi propia fatiga, hacía ya varios meses -quizá varios años- en que no me ofrecía a mí mismo un regalo merecido. De modo que decidí regalarme en la realidad uno de mis sueños más antiguos: conocer Galicia. Alguien a quien le gusta comer no puede pensar en Galicia sin pensar antes que en cualquier otra cosa en los placeres de su cocina. "La nostalgia empieza por la comida", dijo el che Guevara, tal vez añorando los asados astronómicos de su tierra argentina, mientras se hablaba de asuntos de guerra en las noches de hombres solos en la sierra Maestra. También para mí la nostalgia de Galicia había empezado por la comida, antes de que hubiera conocido la tierra. El caso es que mi abuela, en la casa grande de Aracataca, donde conocí mis primeros fantasmas, tenía el exquisito oficio de panadera, y lo practicaba aun cuando ya estaba vieja y a punto de quedarse ciega, hasta que una crecida del río le desbarató el horno y nadie en la casa tuvo ánimos para reconstruirlo. Pero la vocación de la abuela era tan definida, que cuando no pudo hacer panes siguió haciendo jamones. Unos jamones deliciosos, que, sin embargo, no nos gustaban a los niños -porque a los niños no les gustan las novedades de los adultos-, pero el sabor de la primera prueba se me quedó grabado para siempre en la memoria del paladar. No volví a encontrarlo jamás en ninguno de los muchos y diversos jamones que comí después en mis años buenos y en mis años malos, hasta que probé por casualidad -40 años después, en Barcelona- una rebanada inocente de lacón. Todo el alborozo, todas las incertidumbres y toda la soledad de la infancia me volvieron de pronto en ese sabor, que era el inconfundible de los lacones de la abuela. De aquella experiencia surgió mi interés de descifrar su ascendencia, y buscando la suya encontré la mía en los verdes frenéticos de mayo hasta el mar y las lluvias feraces y los vientos eternos de los campos de Galicia. Sólo entonces entendí de dónde había sacado la abuela aquella credulidad que le permitía vivir en un mundo sobrenatural donde todo era posible, donde las explicaciones racionales carecían por completo de validez, y entendí de dónde le venía la pasión de cocinar para alimentar a los forasteros y su costumbre de cantar todo el día. "Hay que hacer carne y pescado porque no se sabe qué le gusta a los que vengan a almorzar", solía decir cuando oía el silbato del tren. Murió muy vieja, ciega, y con el sentido de la realidad trastornado por completo, hasta el punto de que hablaba de sus recuerdos más antiguos como si estuvieran ocurriendo en el instante, y conversaba con los muertos que había conocido vivos en su juventud remota. Le contaba estas cosas a un amigo gallego la semana pasada, en Santiago de Compostela, y él me dijo: "Entonces tu abuela era gallega, sin ninguna duda, porque estaba loca". En realidad, todos los gallegos que conozco, y los que vi ahora sin tiempo para conocerlos, me parecen nacidos bajo el signo de Piscis.
No sé de dónde viene la vergüenza de ser turista. A muchos amigos, en pleno frenesí turístico, les he oído decir que no quieren mezclarse con los turistas, sin darse cuenta de que, aunque no se mezclen, ellos son tan turistas como los otros. Yo, cuando voy a conocer algún lugar sin disponer de mucho tiempo para ir más a fondo, asumo sin pudor mi condición de turista. Me gusta inscribirme en esas excursiones rápidas, en las que los guías explican todo lo que se ve por las ventanas del autobús, a la derecha y a la izquierda, señores y señoras, entre otras cosas porque así sé de una vez todo lo que no hay que ver después, cuando salgo solo a conocer el lugar por mis propios medios. Sin embargo, Santiago de Compostelano da tiempo para tantos pormenores: la ciudad se impone de inmediato, completa y para siempre, como si se hubiera nacido en ella. Siempre he creído, y lo sigo creyendo, que no hay en el mundo una plaza más bella que la de Siena. La única que me ha hecho dudar es la de Santiago de Compostela, por su equilibrio y su aire juvenil, que no permite pensar en su edad venerable, sino que parece construida el día anterior por alguien que hubiera perdido el sentido del tiempo. Tal vez esta impresión no tenga su origen en la plaza misma, sino en el hecho de estar -como toda la ciudad, hasta en sus últimos rincones- incorporada hasta el alma a la vida cotidiana de hoy. Es una ciudad viva, tomada por una muchedumbre de estudiantes alegres y bulliciosos, que no le dan ni una sola tregua para envejecer. En los muros intactos, la vegetación se abre paso por entre las grietas, en una lucha implacable por sobrevivir al olvido, y uno se encuentra a cada paso, como la cosa más natural del mundo, con el milagro de las piedras florecidas.
Llovió durante tres días, pero no de un modo inclemente, sino con intempestivos espacios de un sol radiante. Sin embargo, los amigos gallegos no parecían ver esas pausas doradas, sino que a cada instante nos daban excusas por la lluvia. Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicía sin lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico -mucho más de lo que los propios gallegos se lo imaginan-, y en los países míticos nunca sale el sol. "Si hubieran venido la semana pasada, habrían encontrado un tiempo estupendo", nos decían, avergonzados. "Este tiempo no corresponde a la estación", insistían, sin acordarse de Valle-Inclán, de Rosalía de Castro, de los poetas gallegos de siempre, en cuyos libros llueve desde el principio de la creación y sopla un viento interminable, que es tal vez el que siembra ese germen lunático que hace distintos y amorosos a tantos gallegos.
Llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre de la ría de Arosa y en la ría de Vigo, y en su puente, llovía en la plaza, impávida y casi irreal, de Cambados, y hasta en la isla de la Toja, donde hay un hotel de otro mundo y otro tiempo, que parece esperar a que escampe, a que cese el viento y resplandezca el sol para empezar a vivir. Andábamos por entre esta lluvia como por un estado de gracia, comiendo a puñados los únicos mariscos vivos que quedan en este mundo devastado, comiendo unos pescados que siguen siendo peces en el plato y unas ensaladas que seguían creciendo en la mesa, y sabíamos que todo aquello estaba allí por virtud de la lluvia, que nunca acaba de caer. Hace ahora muchos años, en un restaurante de Barcelona, le oí hablar de la comida de Galicia al escritor Álvaro Cunqueiro, y sus descripciones eran tan deslumbrantes que me parecieron delirios de gallego. Desde que tengo memoria les he oído hablar de Galicia a los gallegos de América, y siempre pensé que sus recuerdos estaban deformados por los espejismos de la nostalgia. Hoy me acuerdo de mis 72 horas en Galicia y me pregunto si todo aquello era verdad, o si es que yo mismo he empezado a ser víctima de los mismos desvaríos de mi abuela. Entre gallegos -ya lo sabemos- nunca se sabe."
Aquí su artículo de 1983 "Viendo llover en Galicia":
"Mi muy viejo amigo, el pintor poeta y novelista Héctor Rojas Herazo -a quien no veía desde hacía mucho tiempo- debió sufrir un estremecimiento de compasión cuando me vio en Madrid abrumado por un tumulto de fotógrafos, periodistas y solicitantes de autógrafos, y se acercó para decirme en voz baja: "Recuerda que de vez en cuando debes ser amable contigo mismo". En efecto, fiel a mi determinación de complacer todas las demandas sin tomar en cuenta mi propia fatiga, hacía ya varios meses -quizá varios años- en que no me ofrecía a mí mismo un regalo merecido. De modo que decidí regalarme en la realidad uno de mis sueños más antiguos: conocer Galicia. Alguien a quien le gusta comer no puede pensar en Galicia sin pensar antes que en cualquier otra cosa en los placeres de su cocina. "La nostalgia empieza por la comida", dijo el che Guevara, tal vez añorando los asados astronómicos de su tierra argentina, mientras se hablaba de asuntos de guerra en las noches de hombres solos en la sierra Maestra. También para mí la nostalgia de Galicia había empezado por la comida, antes de que hubiera conocido la tierra. El caso es que mi abuela, en la casa grande de Aracataca, donde conocí mis primeros fantasmas, tenía el exquisito oficio de panadera, y lo practicaba aun cuando ya estaba vieja y a punto de quedarse ciega, hasta que una crecida del río le desbarató el horno y nadie en la casa tuvo ánimos para reconstruirlo. Pero la vocación de la abuela era tan definida, que cuando no pudo hacer panes siguió haciendo jamones. Unos jamones deliciosos, que, sin embargo, no nos gustaban a los niños -porque a los niños no les gustan las novedades de los adultos-, pero el sabor de la primera prueba se me quedó grabado para siempre en la memoria del paladar. No volví a encontrarlo jamás en ninguno de los muchos y diversos jamones que comí después en mis años buenos y en mis años malos, hasta que probé por casualidad -40 años después, en Barcelona- una rebanada inocente de lacón. Todo el alborozo, todas las incertidumbres y toda la soledad de la infancia me volvieron de pronto en ese sabor, que era el inconfundible de los lacones de la abuela. De aquella experiencia surgió mi interés de descifrar su ascendencia, y buscando la suya encontré la mía en los verdes frenéticos de mayo hasta el mar y las lluvias feraces y los vientos eternos de los campos de Galicia. Sólo entonces entendí de dónde había sacado la abuela aquella credulidad que le permitía vivir en un mundo sobrenatural donde todo era posible, donde las explicaciones racionales carecían por completo de validez, y entendí de dónde le venía la pasión de cocinar para alimentar a los forasteros y su costumbre de cantar todo el día. "Hay que hacer carne y pescado porque no se sabe qué le gusta a los que vengan a almorzar", solía decir cuando oía el silbato del tren. Murió muy vieja, ciega, y con el sentido de la realidad trastornado por completo, hasta el punto de que hablaba de sus recuerdos más antiguos como si estuvieran ocurriendo en el instante, y conversaba con los muertos que había conocido vivos en su juventud remota. Le contaba estas cosas a un amigo gallego la semana pasada, en Santiago de Compostela, y él me dijo: "Entonces tu abuela era gallega, sin ninguna duda, porque estaba loca". En realidad, todos los gallegos que conozco, y los que vi ahora sin tiempo para conocerlos, me parecen nacidos bajo el signo de Piscis.
No sé de dónde viene la vergüenza de ser turista. A muchos amigos, en pleno frenesí turístico, les he oído decir que no quieren mezclarse con los turistas, sin darse cuenta de que, aunque no se mezclen, ellos son tan turistas como los otros. Yo, cuando voy a conocer algún lugar sin disponer de mucho tiempo para ir más a fondo, asumo sin pudor mi condición de turista. Me gusta inscribirme en esas excursiones rápidas, en las que los guías explican todo lo que se ve por las ventanas del autobús, a la derecha y a la izquierda, señores y señoras, entre otras cosas porque así sé de una vez todo lo que no hay que ver después, cuando salgo solo a conocer el lugar por mis propios medios. Sin embargo, Santiago de Compostelano da tiempo para tantos pormenores: la ciudad se impone de inmediato, completa y para siempre, como si se hubiera nacido en ella. Siempre he creído, y lo sigo creyendo, que no hay en el mundo una plaza más bella que la de Siena. La única que me ha hecho dudar es la de Santiago de Compostela, por su equilibrio y su aire juvenil, que no permite pensar en su edad venerable, sino que parece construida el día anterior por alguien que hubiera perdido el sentido del tiempo. Tal vez esta impresión no tenga su origen en la plaza misma, sino en el hecho de estar -como toda la ciudad, hasta en sus últimos rincones- incorporada hasta el alma a la vida cotidiana de hoy. Es una ciudad viva, tomada por una muchedumbre de estudiantes alegres y bulliciosos, que no le dan ni una sola tregua para envejecer. En los muros intactos, la vegetación se abre paso por entre las grietas, en una lucha implacable por sobrevivir al olvido, y uno se encuentra a cada paso, como la cosa más natural del mundo, con el milagro de las piedras florecidas.
Llovió durante tres días, pero no de un modo inclemente, sino con intempestivos espacios de un sol radiante. Sin embargo, los amigos gallegos no parecían ver esas pausas doradas, sino que a cada instante nos daban excusas por la lluvia. Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicía sin lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico -mucho más de lo que los propios gallegos se lo imaginan-, y en los países míticos nunca sale el sol. "Si hubieran venido la semana pasada, habrían encontrado un tiempo estupendo", nos decían, avergonzados. "Este tiempo no corresponde a la estación", insistían, sin acordarse de Valle-Inclán, de Rosalía de Castro, de los poetas gallegos de siempre, en cuyos libros llueve desde el principio de la creación y sopla un viento interminable, que es tal vez el que siembra ese germen lunático que hace distintos y amorosos a tantos gallegos.
Llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre de la ría de Arosa y en la ría de Vigo, y en su puente, llovía en la plaza, impávida y casi irreal, de Cambados, y hasta en la isla de la Toja, donde hay un hotel de otro mundo y otro tiempo, que parece esperar a que escampe, a que cese el viento y resplandezca el sol para empezar a vivir. Andábamos por entre esta lluvia como por un estado de gracia, comiendo a puñados los únicos mariscos vivos que quedan en este mundo devastado, comiendo unos pescados que siguen siendo peces en el plato y unas ensaladas que seguían creciendo en la mesa, y sabíamos que todo aquello estaba allí por virtud de la lluvia, que nunca acaba de caer. Hace ahora muchos años, en un restaurante de Barcelona, le oí hablar de la comida de Galicia al escritor Álvaro Cunqueiro, y sus descripciones eran tan deslumbrantes que me parecieron delirios de gallego. Desde que tengo memoria les he oído hablar de Galicia a los gallegos de América, y siempre pensé que sus recuerdos estaban deformados por los espejismos de la nostalgia. Hoy me acuerdo de mis 72 horas en Galicia y me pregunto si todo aquello era verdad, o si es que yo mismo he empezado a ser víctima de los mismos desvaríos de mi abuela. Entre gallegos -ya lo sabemos- nunca se sabe."
Monday, March 24, 2014
Saturday, February 08, 2014
La ciudad de los pasos lejanos
"De entre todas las capitales del mundo, París es seguramente la más literaria. La «ciudad literaria» por antonomasia. No sólo por la cantidad de libros que se han escrito en ella o sobre ella o tomándola como decorado, ni por los numerosos movimientos o corrientes literarias que ha generado, ni por la cantidad de jóvenes letraheridos que han habitado sus buhardillas con el único propósito de convertirse en escritores, sino también -y sobre todo- porque, en cierto sentido, París existe sólo en la literatura. París es un libro redactado por cientos de escritores.
En La ciudad de los pasos lejanos, obra de José Muñoz Millanes editada por Pre-Textos, aparece en primer plano y de manera privilegiada el París de Azorín, a quien acompañamos en sus paseos por la ciudad del Sena durante los años de la guerra civil. No es el París monumental y esplendoroso al que nos tienen acostumbrados las películas o las novelas, sino más bien un París apagado, humilde, escondido, en cuyos detalles mínimos refulge, sin embargo, una poderosa verdad.
Azorín se dedica a pasear la ciudad en soledad y silencio, sin rumbo fijo, divagando por las calles, observando a la gente y escuchando desde la distancia sus conversaciones (aunque no las entienda bien, pues no domina el francés), descubriendo rincones secretos en parques e iglesias o sentándose en las estaciones del metro en medio del caos de los pasajeros. Los misteriosos pasajes, las plazas luminosas, las tiendas evocadoras, la quietud de los jardines, los cementerios apacibles… Recibimos toda la ciudad a través de su mirada escrutadora, acompañada de las glosas descriptivas -en gran parte arquitectónicas- de su comentarista.
Se entrecruzan también en estas páginas el París de Baroja, el París de Gutiérrez-Solana y el París de Torrente Ballester (a través de su personaje Javier Mariño), así como los apuntes de Mihail Sebastian o Henri Calet, entre otros, trufados a cada rato por el París de Patrick Modiano, seguramente el novelista contemporáneo que más ha utilizado esta ciudad como escenario de sus historias, hasta hacer de ella prácticamente su principal argumento. [...]"
("El París literario de Azorín", en El Cuaderno, nº 53)
Saturday, January 18, 2014
Sunday, January 12, 2014
Una prosa callejera
"Todas esas ciudades son más bien una excusa para que B. pueda practicar una prosa callejera que inmediatamente queda emparentada con
esa tradición española que va de Baroja a Trapiello pasando por Gómez de la
Serna, Solana, González Ruano, Pla o Umbral. Enemigo declarado del "arte
por el arte" (según él, "una de las cualidades imprescindibles del
verdadero gran arte es no pretender serlo": p. 219), B. se acoge a la
actitud general de esos escritores, que, más que sorprenderse ante lo que iban
encontrando, tendían a encogerse de hombros y seguir deambulando tras, eso sí,
tomar buena nota. Una actitud algo desapasionada e incluso misantrópica [...]"
(Juan Marqués, "El mundo de E.B.", Revista Clarín, nº 108)
(NY, diciembre 2013)
Tuesday, January 07, 2014
Lo real absoluto
"Cuando consideramos
el drama de la ciencia moderna que descubre sus límites racionales
hasta en lo absoluto matemático; cuando vemos, en la física, que dos
grandes doctrinas fundamentales plantean, una, un principio general de
relatividad, otra, un principio “cuántico” de incertidumbre y de
indeterminismo que limitaría para siempre la exactitud misma de las
medidas físicas; cuando hemos oído que el más grande innovador
científico de este siglo, iniciador de la cosmología moderna y garante
de la más vasta síntesis intelectual en términos de ecuaciones,
invocaba la intuición para que socorriese a lo racional y proclamaba
que “la imaginación es el verdadero terreno de la germinación
científica”, y hasta reclamaba para el científico los beneficios de una
verdadera “visión artística”, ¿no tenemos derecho a considerar que el
instrumento poético es tan legítimo como el instrumento lógico?
En verdad, toda
creación del espíritu es, ante todo, “poética”, en el sentido propio de
la palabra. Y en la equivalencia de las formas sensibles y
espirituales, inicialmente se ejerce una misma función para la empresa
del sabio y para la del poeta. Entre el pensamiento discursivo y la
elipse poética, ¿cuál de los dos va o viene de más lejos? Y de esa
noche original en que andan a tientas dos ciegos de nacimiento, el uno
equipado con el instrumental científico, el otro asistido solamente por
las fulguraciones de la intuición, ¿cuál es el que sale a flote más
pronto y más cargado de breve fosforescencia? Poco importa la
respuesta. El misterio es común. Y la gran aventura del espíritu
poético no es inferior en nada a las grandes entradas dramáticas de la
ciencia moderna. Algunos astrónomos han podido perder el juicio ante la
teoría de un universo en expansión; no hay menos expansión en el
infinito moral del hombre: ese universo. Por lejos que la ciencia haga
retroceder sus fronteras, en toda la extensión del arco de esas
fronteras se oirá correr todavía la jauría cazadora del poeta. Pues si
la poesía no es, como se ha dicho, “lo real absoluto”, es por cierto la
codicia más cercana y la más cercana aprehensión en ese límite extremo
de complicidad en que lo real en el poema parece informarse a sí
mismo."
(Saint John Perse, extractos de su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, 1960)Tuesday, December 31, 2013
Saturday, November 30, 2013
Sunday, November 03, 2013
Wednesday, October 30, 2013
La intimidad, la voz baja, el apunte suelto
"Un libro de viajes, de viajes “pequeños”, ahora que el sentido deportivo nos empuja al estrambote, a largarnos a Tasmania en flotador o a recorrer el Camino de Santiago con una venda en los ojos. Un libro de viajes a los lugares a los que no deberíamos dejar de ir, cercanos, parte de nuestra cultura, de nuestro modo de percibir, de nuestro arte; a esos lugares en los que no hay otra manera que el paseo, que generan su propia narración, lenta como la mirada, que han aprendido a ser libros y a ser cafés y esquinas. Un libro en el que E. B. recoge lo que no deberíamos haber perdido en nuestras modernas caminatas por selvas y desiertos: la intimidad, la voz baja, el apunte suelto, las pocas palabras tras las que se intuyen las ciudades, su tiempo, su espejos" (A. M. R., Revista Ariadna, nº 59, primavera de 2013).
(Madrid, Rastro, 11-XII-2011)
Saturday, October 26, 2013
Sunday, October 20, 2013
Variaciones sobre un cuadro de Antonio López
El original: Gran Vía (1974-1981): óleo sobre tabla, 90,5 x 93,5 cm
Copia y detalles: Gran Vía (4 de agosto de 2013, 7:32 a.m.): fotos
Copia y detalles: Gran Vía (4 de agosto de 2013, 7:32 a.m.): fotos
Sunday, October 13, 2013
Autorretrato en Cuenca
- Dentro de un cuadro de Gustavo Torner(Cuenca, 12-X-2013)
- Acero inoxidable-chatarra plateada1961-62
- Acero inoxidable-chatarra plateada
162 x 162 cm.
(Cuenca, 12-X-2013)
Sunday, October 06, 2013
Apuntes del escritor en trance
"A las guías ilustradas de los
lugares a los que viajamos —siempre es bueno servirse de lazarillos cuando afrontamos
lo desconocido—, conviene acompañarlas de libros que hablen de esos mismos
lugares pero de un modo parcial y apasionado. Poemas sobre rincones que podrían
pasar desapercibidos, leyendas sobre naufragios que no dejaron pecio alguno,
recuerdos de infancia apuntados en diarios de letra menuda, fotografías de muros
que al atardecer parecen rothkos y de
casas sin encanto aparente donde se traficaron amores o se salvaron patrias. [...]
El diario de quien no sólo fija en palabras los pasos con que descubre las ciudades a las que llega, sino también
del que busca el rastro propio y el de sus lecturas en esas
impresiones apuntadas con cierto vértigo de escritor en trance pero sin
descuido; en esas imágenes de fotógrafo en blanco y negro que, como en los textos
en que se insertan, no encuadran los lugares con que habitualmente los turistas
certifican su estancia, sino los barrios, parques, casas y rincones con que se
alimentan las pasiones arbitrarias. [...] un diaporama sentimental
sobre el que urdir itinerarios urbanos desacostumbrados, más atentos a la
representación de la vida diaria que acogen que a la monumentalidad del teatro
sobre las tablas de cuyo escenario discurre".
Tuesday, September 24, 2013
El viejo París: inventario previo a la liquidación
París para la memoria. El libro negro de las destrucciones
haussmanianas (Paris pour memoire. Le livre noir des
destructions haussmanniennes) es el elocuente título de un precioso libro que
se ha publicado en Francia. En él se reproducen las 632 planchas de los
dibujos de las fachadas de los edificios del centro parisino realizados entre
1851 y 1854 bajo la dirección del arquitecto Gabriel Davioud (con la ayuda de
J. Pappert), justo antes de que la monomanía higienista y modernizadora del
ínclito Barón Haussmann arrasara con todo e hiciese desaparecer esas casas para
siempre.
La Prefectura de París tuvo el
buen gusto de hacer este encargo para registrar y preservar “al menos en la
memoria” estos barrios que serían destruidos. Los bocetos
están llenos de detalles e información: los escaparates de las tiendas, las decoraciones de
puertas y fachadas… Se trataba de realizar una especie de postrer Inventario Previo a
la Liquidación. Casi un millar de edificios reproducidos, dentro del perímetro
de Las Halles, la rue de Rivoli y la rue Saint-Jacques. Fue el historiador Pierre
Pinon quien descubrió estos diseños en la biblioteca histórica de la ciudad,
cuyas láminas coloreadas se destruyeron en un incendio durante la Comuna de
1871.
Viendo las casas y tiendas de este
libro nos invade una melancolía similar a la que nos abate cuando recorremos
las fotografías de Los palacios de la
Castellana (Turner, Madrid, 2010). Presenciamos allí las ciudades que nos
han robado. Las vidas que nos han hurtado y que ya sólo podemos imaginar. El
placer extinguido, inalcanzable, en nuestros paseos y visiones.
Querríamos pasear por ese viejo París, por esos barrios destruidos, como desearíamos recorrer La Castellana contemplando preciosos palacios. Ciudades fantasmas que sólo perviven en la memoria común gracias a los dibujos y las fotografías. Mientras caminamos por allí se puebla nuestro cerebro de imágenes que reemplazan los espacios vacíos. Donde antes se elevaban las piedras ahora flotan los espectros.
Querríamos pasear por ese viejo París, por esos barrios destruidos, como desearíamos recorrer La Castellana contemplando preciosos palacios. Ciudades fantasmas que sólo perviven en la memoria común gracias a los dibujos y las fotografías. Mientras caminamos por allí se puebla nuestro cerebro de imágenes que reemplazan los espacios vacíos. Donde antes se elevaban las piedras ahora flotan los espectros.
Todo en nombre del Progreso, que, como dijo Baudelaire, es el
paganismo de los imbéciles.
Saturday, September 14, 2013
George Santayana: una filosofía del viaje
Anduvo toda su vida Santayana
soñando con viajes: posibles e imposibles, físicos e intelectuales, en el
espacio y en el tiempo, hacia otros cuerpos y por mentes extrañas. Dice,
incluso, que si algún día alcanzara el cielo, enseguida saldría a buscar sus
límites y se pondría a pasear por las afueras.
Entre
el cuaderno de viajes, el libro de memorias y el ensayo filosófico, la tercera
y última parte de la autobiografía de George Santayana Personas y lugares, publicada póstumamente bajo el epígrafe «Mi
anfitrión el mundo», es un compendio ejemplar de su pensamiento, su vida y su
escritura, unas páginas inolvidables que, junto con los maravillosos Soliloquios de Inglaterra, dan probablemente
la medida literaria más alta de su autor.
[...] Materialista platónico, hombre de
porte elegante como su prosa, se imagina uno al anciano Santayana caminando a
paso lento por la Riva degli Schiavoni o por el entorno de San Pietro in
Montorio, junto a la fontana Aqua Paola, apoyado en un bastón, vestido con traje
y sombrero, contemplando el delicioso cuadro veneciano de San Giorgio Maggiore
o asomándose al espectacular crepúsculo romano desde el mirador del Gianicolo.
Abismado en la observación de lo inmediato, en el hecho súbito de la
experiencia, como algo no adulterado ni explicado: imágenes impresionistas,
esencias de la belleza que llegan a través del aire, que también es -como
él mismo afirmó- una
forma de arquitectura.
Personas y lugares, vistas instantáneas del mundo que cautivaron su mirada al pasar y quedaron fijadas en su memoria.
Personas y lugares, vistas instantáneas del mundo que cautivaron su mirada al pasar y quedaron fijadas en su memoria.
PD: Siete años después del comienzo, quizá sea buen momento para hacer un cambio de título en el blog.
Monday, September 02, 2013
Paris qui dort (1925)
París que duerme es un cortometraje mudo de ciencia ficción dirigido por René Clair. Los primeros cinco minutos son una maravilla. El vigilante nocturno de la Torre Eiffel
se despierta una mañana y ve que nada se mueve en la ciudad, como si todos hubiesen muerto. Baja de la torre, se pone a caminar por las calles y no encuentra a nadie, todo está vacío, hasta que por fin
descubre a algunas personas que están paralizadas: es como si se hubieran quedado
congeladas, en distintas posturas. Todo se había parado a las 3.45 horas a causa del rayo paralizante de un científico loco.
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