Thursday, January 31, 2008

Bombardeos: el herrero gigante

La Puerta de Toledo (al fondo)
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"Madrid, con sus chimeneas, sus torres, sus portillas; Madrid se asemeja a un navío en alta mar. Madrid, blanca bajo las negras aguas de la noche. Una ciudad dura más que los hombres; Madrid, cargada de emigrantes, los lleva de una a otra orilla de la vida. Transporta una generación; con las bodegas repletas de hombres, mujeres y niños, navega, lenta, a través de los siglos. Encerrados en el navío de piedra esperan, temblando de miedo. Torpedean un navío de mujeres y niños. Quieren hundir a Madrid, como a un navío. […]
Esta tarde he asistido al bombardeo de la ciudad. Había sido preciso ese trueno, en la Gran Vía, para descuajar una vida humana, sólo una. Algunos transeúntes se sacudían trozos de estuco; otros corrían; un humo tenue se disipaba; pero el novio, que milagrosamente se había salvado sin un rasguño, se encontraba con la novia a sus pies, esa novia a la que sólo un segundo antes llevaba cogida del brazo, transformada en una esponja sangrienta, en un amasijo de sangre y ropas. […]
Con cada cañonazo algo se refuerza en Madrid. Los indiferentes, que dudaban, se deciden. Un niño muerto es algo muy fuerte, sobre todo si el niño es el vuestro. […] El teniente y yo subimos al terraplén. Rostro o navío, Madrid sigue allí, recibiendo los golpes sin responder. […]
El golpe retumba en el yunque; un herrero gigante está forjando Madrid".

Antoine de Saint-Exupéry, Un sentido a la vida. Visiones de España 1936-1938, Círculo de Lectores, Barcelona, 1995.

Caballos muertos tras bombardeo

Tuesday, January 29, 2008

Cléo de 5 a 7

Sólo he visto este trozo en YouTube y he leído el resumen de la Wikipedia, pero tiene buena pinta. Una cantante parisina frívola y egoísta se hace una biopsia. Tiene que esperar dos horas para recibir los resultados médicos. Durante ese tiempo (de 5 a 7 de la tarde) la acompañamos en sus paseos por París y en sus comeduras de tarro, mientras se pregunta si tiene cáncer o no. La peli es de 1961 y su directora es Agnès Varda, una señora muy fea (según he podido comprobar en Google Images, para cerrar el círculo informativo). ¡Qué haríamos sin Internete!

Monday, January 28, 2008

Accattone

El Accattone de la película siempre me pareció un ser tan desgraciado como desagradable.

Por eso cuando este verano vi a su doble sentado en la Fontana de Trevi, con ese rostro igualmente marcado por la desidia y el sufrimiento, pensé que algunas invenciones siniestras de Pasolini seguían siendo verdad. Continuaban con vida.

Y recordé aquellas dos escenas tremendas: su muerte y el sueño de su muerte.

Friday, January 25, 2008

La atalaya de la Corte

Para abrir esta sección bloguera del "Madrid literario", qué mejor que empezar con don Benito Pérez Galdos, el mayor descubridor literario de mi pueblo. Este texto (genial, maravilloso, me atrevería a decir que uno de los mejores de la historia de la literatura universal, al menos de la que yo conozco) lo escribió en 1865, es decir, con 22 añitos. No pertenece a ninguna novela, sino a un artículo que publicó en el periódico La Nación. Galdós toma la vieja torre de la iglesia de Santa Cruz como ficticia "atalaya de la Corte" y nos describe el espectáculo que se podría presenciar desde allí arriba:
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"Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid; ver el que entra, el que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de éste, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir el simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculte entre el gentío; ver el carruaje del ministro, pedestal ambulante de dos escarapelas rojas, dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio; mirar hacia la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paseo como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y la otra hacia el poniente, permitiéndose, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahúr que se encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más centricas las estucadas ninfas de la calle de Gitanos; oír la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que, tiritando y soñoliento, entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; ver los mercados abriendo al público sus pestíferos armarios; ver al sacristán moviendo el pesado cerrojo de la puerta santa y contar las primeras mojigatas que suben las sucias escaleras del templo; ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada; ver salir de una puerta un ataúd gallegamente conducido, y saber dónde ha muerto un hombre; ver salir al comadrón y saber dónde ha nacido un hombre..."
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Si alguien de nuestra época consiguiese escribir así, me lanzaría corriendo a la librería a comprar todos sus libros. Pero me temo que no hay nada parecido... Ni de lejos.

Wednesday, January 23, 2008

Francesc Català Roca


Francesc Català Roca (1922-1998)

Monday, January 21, 2008

A vueltas con los locos

Maldita sea mi suerte. Decididamente tengo un don para cruzarme de manera fugaz con ciertos seres de rasgos mentales "peculiares" y comportamientos más o menos "extraños" que me dejan triste -enmohecido, chafado, cabizbajo- durante las siguientes horas, rumiando su desgracia como si fuese culpa mía.
Habitan mi vida durante unos segundos o minutos, pero me dejan pensativo para el resto del día.
Es como si me hiciera momentáneamente cargo de su situación y después los abandonara de la manera más vil. Así me siento, como un ser despreciable, mala gente, un auténtico traidor. En realidad lo que me gustaría es acompañarlos, hablar con ellos, ayudarles en lo posible... No por bondad, sino por puro egoísmo: para quedarme a gusto, tranquilo. Eso me haría sentir bien y me libraría del sentimiento de culpa (quienfuera que fuese el que inventó el sentimiento de culpa era un verdadero hijoputa). Pero nunca lo hago. No sé, supongo que me da vergüenza. Pienso que quién soy yo para juzgar la infelicidad de los demás y pretender aliviársela. ¿Qué me creo, un superhéroe? ¿Y quién me asegura que realmente lo pasan tan mal y que no son todo imaginaciones mías? En cierto modo, me siento culpable por sentir pena, como si fuese una chulería o un acto de soberbia. Por eso nunca hago nada, y me quedo jodido (doblemente jodido: por lo que veo y por lo que no hago).
Ya os lo dije un día: me dan mucha pena los locos. No lo puedo evitar. En cambio los discapacitados físicos no me dan tanta lástima, no sé por qué. Veo a un mendigo sin brazos o sin piernas y me da cosa, naturalmente. Una mezcla de grima y penilla, o algo por el estilo. Pero veo a un deficiente mental y me hundo, literalmente. Es posible que ellos sean felices, no digo que no, pero lo que sé es que a mí me dejan muy tocado. Y cuanto más "normales" parezcan, más pena me dan.
(Intento entender por qué me ocurre eso y sólo llego a una hipótesis, que no deja de ser -por lo demás- bastante enclenque: a lo mejor me dan pena los locos porque intuyo que yo mismo voy a acabar así. Según esto, cuando siento pena por ellos en realidad estoy sintiendo lástima de mí mismo, de mi yo futuro).
El de hoy ha sido un señor de unos 50 años que iba en el metro. Por el aspecto, parecía un señor normal. Tenía pelo canoso y gafas. Iba limpio y bien vestido (pantalón de pana, camisa de villela, jersey y abrigo). Tenía algún tic nervioso en el rostro. Llevaba en la mano la carcasa de un bolígrafo vacío y no hacía más que dar golpecitos con ella en la pared del vagón. Tac, tac, tac, tac... Sin parar. Los de alrededor mirábamos porque el ruidito nos ponía nerviosos. Siempre que entraba alguien nuevo miraba también molesto, pero enseguida se daba cuenta de la situación: aquel señor no estaba bien de la cabeza. Hablaba solo, en voz muy baja, como si estuviese rezando el rosario o poniendo a parir a alguien. No se le entendía lo que decía. Miraba al suelo y susurraba sus palabras ininteligibles. Ha habido un rato en el que ha estado repasando con el bolígrafo sin punta el contorno del mapita de las estaciones que está pegado junto a la puerta.
Lo que más me ha dolido es que el señor, en su nerviosismo constante, sí parecía sufrir mucho. Ponía un gesto inequívoco de dolor (de un dolor no físico), de no poder salir de algo, como si estuviera atrapado en la jaula de una mente enferma. Eso tiene que ser horrible, lo más horrible del mundo. Creo yo.
Se ha bajado en Alonso Martínez. He estado a punto de bajarme para seguirle y ver adónde iba, más que nada para verle entrar en una casa o en un bar y saludando a gente... y saber así que no está solo y que lleva una vida más o menos normal. Para quedarme tranquilo, vamos. Pero no he bajado. Allí me he quedado, con un nudo de angustia en la garganta y preguntándome: ¿qué hará ahora?, ¿adónde irá?, ¿tendrá familia?, ¿dónde comerá?
Sólo se me ocurre pedir a los dioses que, por favor, todo le vaya bien.

Sunday, January 20, 2008

Friday, January 18, 2008

Madrid literario

Me gusta mi pueblo. Mi pueblo es una novela en marcha. Una novela muy gruesa, un poco destartalada pero siempre vital, hermosa, sugerente, llena de narradores y personajes -a cual más surrealista- que la reinventan a cada paso.
Esta novela llamada Madrid siempre me sorprende. ¿Pertenece al género de aventuras, policiaco, de suspense? Pues no lo sé. Yo creo que es del género "biografía": la de todos sus habitantes. Cada bar, cada calle, cada paseante, cada gesto... es un capítulo inacabado que se reescribe día a día.
Sí, ya sé: la masa, el tráfico, el ruido, las obras... pero me da igual. No sé si podría vivir en otro sitio. Supongo que sí, que a todo se acostumbra uno, pero me cuesta imaginarlo.
Cada día necesito levantarme y leer la novela de mi pueblo.

Sirva esta breve introducción (escrita a vuelapluma y sin ganas, porque he tenido un día bastante duro) para avisaros de que a partir de ahora me gustaría, de vez en cuando, incluir en este blog referencias a textos y libros de lo que se podría llamar "el Madrid literario", es decir, de cómo la ciudad ha sido reflejada en la literatura. No el mundillo de los escritores, sino cómo la ciudad ha sido vista por ellos. Madrid como género literario.
Un paseo sentimental por las páginas de mi pueblo. Pasarán por aquí muchos de nuestros viejos amigos -Galdós, Gómez de la Serna, Solana, Cansinos, Valle-Inclán, Baroja...- y otros más recientes. Avisados estáis.

Tuesday, January 15, 2008

La muerte de Stendhal

"Ese pobre Beyle ha muerto. Me quería tanto como un hombre que come puede querer a otro. Murió de un ataque de apoplejía, después de comer, como el hombre inteligente que fue en vida: con una mano en el bolsillo del chaleco y el miedo de que le robaran la cartera que llevaba dentro. ¡Qué precaución tan extraña en aquel momento!
Era un viejo muchacho egoísta, pequeño, malhablado, abotargado, casi ciego, paradójico, entusiasta en frío, malo por detrás, azucarado por delante. Pero fue uno de los novelistas más ingeniosos y más verídicos que hemos tenido. Te prestaré La cartuja de Parma y tendrás tiempo de leerla. Buenas noches".
Carta de Forgnes a Gavarni (recogida por Josep Pla en sus Notas del crepúsculo)

Sunday, January 13, 2008

El olvido del ser

Para Heidegger la filosofía comienza con un «estado de ánimo»: admiración, angustia, preocupación, curiosidad, júbilo.
La suya es una filosofía del hombre (Dasein o ser-ahí) que se halla bajo un cielo vacío y bajo el poder de un tiempo que lo devora todo, de un hombre arrojado en el mundo y capaz a la vez de proyectar su propia vida. Una filosofía que interpela al individuo en su libertad y responsabilidad, y que toma en serio la muerte. Lo fundamental es la pregunta por el ser, que ha sido olvidada en la historia de la filosofía. Hay que iluminar el ser-ahí.
Quizás por eso Heiddeger sale de casa (recordad: "el lenguaje es la casa del ser") y se va de paseo por el campo. Tiene un cierto caminar de soldadito de plomo patizambo y barrilete. Mira con desconfianza hacia los lados. Esboza una sonrisa forzada, que pretende ser apacible. Lleva en la mano una boina. Los senderos del bosque, con esa luz brillante que se filtra entre las hojas de los árboles, pueden mostrarnos el camino: las huellas del ser.

Mucho me temo que Heidegger puede ser un pensador tan profundo como soporífero. En mi opinión, algunas de sus intuiciones -que son geniales- quedan sepultadas bajo el pesadísimo ladrillo de su lenguaje onanista. Al señorito le gustaba hacerse el interesante y se obstinaba en oscurecer su pensamiento. De esta manera, se ha ganado la pompa de la gloria académica (esa muerte marmórea consistente en millones de tesis doctorales), pero ha perdido la partida de la vida. Una verdadera lástima. ¡Ay, si se hubiera puesto la boina que llevaba en la mano!

Friday, January 11, 2008

Nessun dorma

Fue un momento tan intenso que nunca podré olvidarlo. Ocurrió la noche del 6 de septiembre, el día en que murió Pavarotti. En la Rai 1 pusieron, como homenaje póstumo al tenor de Módena, un concierto grabado unos años antes en el que salía Pavarotti acompañado de los mejores cantantes del momento.
G. y K., mis amigas berlinesas, que andaban de paseo por el barrio, me llamaron para tomar algo en un bar. Les dije que mejor subieran a casa a ver el concierto y tomar unas cervezas. A las pobres sólo les pude poner para picar lo poco que me quedaba, pues en breve me volvía a Madrid: una bolsa de patatas fritas y un poco de queso variado cortado en cuadraditos. Pero qué gran concierto...
La que más se emocionaba era K. (en el vídeo, la de la derecha), que ha estudiado música clásica y toca instrumentos y canta y sabe mucho de estas cosas. Por cierto, que cuando cantaban Los Tres Tenores, K. protestaba cada vez que metía baza José Carreras ("Qué mal, qué mal... ¡Qué diferencia con los otros!"). Yo, que no tengo mucha idea de estas cosas, intentaba recomponer el orgullo patrio: sí, sí, pero qué me dices de Plácido Domingo, y de Alfredo Kraus, y de Monserrat Caballé... A ver si hay otro país que pueda presumir de esa nómina.
En fin. Entonces se produjo el momento mágico, al menos para mí. Fue cuando llegó el Nessun Dorma, la obra maestra de Pavarotti. Puse el volumen de la televisión a todo trapo y abrí las ventanas para que todo el vecindario participase de aquella maravilla.
Era de noche y todo estaba oscuro. Brillaban las estrellas. La voz de Luciano retumbaba por la habitación, por el patio de la casa, por el barrio de San Lorenzo, por las calles de Roma, por todo el universo... Que nadie duerma. Que nadie duerma.
Pavarotti había muerto unas horas antes víctima de un tumor de páncreas, y pronto su orondo cuerpo reposaría bajo tierra, pero su voz -tan potente, tan hermosa, tan verdadera- seguía conmoviendo los cimientos del mundo.
En instantes así se te sube el corazón a la garganta, los pelos de los brazos se te ponen como escarpias y se mezcla en el estómago el hormigueo de lo bello con el volcán de lo sublime. ¡A eso se le llama piel de gallina! Yo creo que si en ese momento hubiera dado un salto por la ventana habría volado entre las nubes, como Peter Pan. Habría planeado sobre los edificios de Roma, como un niño feliz, con los ojos brillantes y la pel de galiña.
Lo siento, pero sólo pude grabar los últimos segundos.



PD: Por cierto, si alguien sabe alemán, que nos traduzca lo que dicen las chavalas, que no las entiendo.

PD2: Aquí lo tenéis entero. Impresionante. No se cansa uno de escucharlo.

Saturday, January 05, 2008

Friday, January 04, 2008

Infinitos conde-duques

Las tres y pico de la madrugada. Como no consigue dormir (alguien le ha condenado a la pena capital: el insomnio), conde-duque intenta distraer las horas nocturnas contemplando las fotos de cuando era pequeño. Ahora que se acercan los Reyes Magos es lícito volver a sentirse un poco así. A conde-duque le gusta ir a la cabalgata, a la altura de Cibeles, y ponerse de espaldas a las carrozas para coleccionar las caras de sorpresa de los niños. Es un espectáculo magnífico.
En el fondo conde-duque sigue siendo el mismo. De pequeño tampoco dormía bien. Siempre sufría pesadillas. Y se desvelaba, como ahora. Horas y horas maquinando en las tinieblas, mezclando los sueños con la realidad, imaginando cosas absurdas.
Me acuesto a oscuras, cierro los ojos y veo muchos yoes, muchos conde-duques de 2 años que entrecierran los ojos ante los rayos del sol o que miran asombrados a la cámara, muchos conde-duques imaginando cosas absurdas, mezclando los sueños con la realidad, horas y horas maquinando en las tinieblas... En vez de contar ovejas, me pongo a contar conde-duques. Son muchos, infinitos conde-duques. Me mareo... Son yo.
conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-

conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-duque conde-

Thursday, January 03, 2008

El pescador de Belém y el tranvía nº 15

Lo prometido es deuda, doña Lenita. Primero os enseño el mar en Lisboa; más exactamente, la desembocadura del Tajo, a la altura de Belém (fijaos en el pescador, a la derecha):



Y después os llevo de paseo en el tranvía nº 15...

Monday, December 31, 2007

Nochevieja o el eterno retorno de lo mismo

Uvas, campanadas, fuegos artificiales, confetti, champán...
Fantasmas de un pasado idéntico (no menos idéntico que el futuro), aprendices de cadáveres simulando una borrachera de alegría, celebrando -supongo- que aún estamos aquí, que no nos hemos ido, que no han dicho nuestro nombre en la sala de espera.
Sólo eso. Lo mires como lo mires, es absurdo... extraño... irreal.

Saturday, December 29, 2007

Coketown, la ciudad sin fantasía

Se acaba el año. Es hora de recuentos y sinopsis. Pero no pienso hacerlo, porque no tengo ganas ni fuerza para esa muerte prematura. Los que habéis visto el vídeo de la casa romana ya sabéis por qué prefiero mirar para otro lado. La resaca, en estos casos, también ayuda un poco.
Abro un libro de Charles Dickens y leo esta maravillosa descripción de una ciudad, Coketown, que representa el triunfo absoluto del realismo:
"It was a town of red brick, or of brick that would have been red if the smoke and ashes had allowed it; but as matters stood it was a town of unnatural red and black like the painted face of a savage. It was a town of machinery and tall chimneys, out of which interminable serpents of smoke trailed themselves for ever and ever, and never got uncoiled. It had a black canal in it, and a river that ran purple with ill-smelling dye, and vast piles of building full of windows where there was a rattling and a trembling all day long, and where the piston of the steam-engine worked monotonously up and down, like the head of an elephant in a state of melancholy madness. It contained several large streets all very like one another, and many small streets still more like one another, inhabited by people equally like one another, who all went in and out at the same hours, with the same sound upon the same pavements, to do the same work, and to whom every day was the same as yesterday and tomorrow, and every year the counterpart of the last and the next."
En traducción pierde un poco, pero sigue sirviendo:
"Era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido; como no era así, la ciudad tenía un extraño color rojinegro, parecido al que usan los salvajes para embadurnarse la cara. Era una ciudad de máquinas y de altas chimeneas, por las que salían interminables serpientes de humo que no acababan nunca de desenroscarse, a pesar de salir y salir sin interrupción. Pasaban por la ciudad un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente; tenía también grandes bloques de edificios llenos de ventanas, y en cuyo interior resonaba todo el día un continuo traqueteo y temblor y en el que el émbolo de la máquina de vapor subía y bajaba con monotonía, lo mismo que la cabeza de un elefante enloquecido de melancolía. Contenía la ciudad varias calles anchas, todas muy parecidas, además de muchas calles estrechas que se parecían entre sí todavía más que las grandes; estaban habitadas por gentes que también se parecían entre sí, que entraban y salían de sus casas a idénticas horas, levantando en el suelo idénticos ruidos de pasos, que se encaminaban hacia idéntica ocupación y para las que cada día era idéntico al de ayer y al de mañana y cada año era una repetición del anterior y del siguiente."
(Charles Dickens, Tiempos difíciles)

Thursday, December 27, 2007

La tumba de John Keats

Roma, agosto de 2007.

"Esta tumba contiene los restos mortales de un joven poeta inglés, que, en su lecho de muerte, con el corazón lleno de amargura, al malicioso poder de sus enemigos dedicó estas palabras para ser grabadas en su lápida: Here lies One Whose Name was writ in Water".
Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en agua. Éste es el hermoso epitafio que adorna la tumba de Keats (1795-1821) en el cementerio no católico de Roma.

Thursday, December 20, 2007

La fiebre, el cartero y el cadáver de Baroja

Uno está en cama, con fiebre. Por la ventana se ve caer la lluvia y se intuye el frío intenso de este Madrid tan cruento y desapacible. La garganta arde en cada trago de saliva, la cabeza noqueada como la de un boxeador, el cuerpo cansado y débil como si fuese de trapo… Sería el momento perfecto para volver a las páginas de Proust o del Cuaderno gris, como hago siempre que estoy convaleciente. Pero de repente suena el timbre de la puerta. Es el cartero. Un paquete para mí, qué ilusión...
Después de forcejear un rato con las tijeras, consigo abrirlo y aparecen dos libros. Escritores que escriben sobre escritores: Galdós evocando su visita de 1889 a la casa de Shakespeare en Stratford-On-Avon y Cela glosando las maravillas de los maestros del 98. Una gozada.
Tumbado bocabajo, con el libro abierto junto a la almohada, la fiebre se deja mecer por esos párrafos de prosa lenta y delicada. Se mueve uno lánguida, gozosamente, como si el virus de la gripe se dejase hipnotizar por el ritmo de la buena literatura. Una sonrisa de placidez termina por embadurnarnos la cara.
Los párpados pesan. El cansancio. En mitad de una página cierro los ojos y me imagino perfectamente al Baroja difunto. Es como si lo tuviese delante, de cuerpo presente (nunca mejor dicho). Paseo por la habitación, observo su rostro sin vida e intercambio algunas palabras con las personas que han ido a despedirle. Todo apunta a que la lectura ha dado paso a la imaginación, y ésta al sueño. El párrafo que acababa de leer decía lo siguiente:
Baroja, muerto y entre cuatro velas humildes, en su casa; en una habitación del fondo –puerta al pasillo, ventana sobre el patio, desnudas las paredes y, en el suelo, el frío baldosín– yace en un ataúd humilde y con una palidez humilde pintada en el semblante. (…) A mí, que me ha tocado –ni para suerte ni para desgracia– ver muchos muertos de cerca, ningún muerto me ayudó más a creer en la muerte que Baroja muerto. Cuando esperábamos la mala hora de tapar la caja y llevárnoslo al cementerio, me pasó por la cabeza el antojo de comparar su cara con las de los que estábamos allí a su alrededor. (…) quien, entre todos, tenía menos cara de circunstancias era el mismo Baroja.
(Camilo J. Cela, “Recuerdos de don Pío Baroja”, Obras completas, 15).

Pío Baroja, pajarito.

Vuelvo a abrir los ojos y miro por la ventana. Sigue lloviendo a cántaros. Tiene pinta de hacer mucho frío afuera. Me noto el cuerpo muy caliente y me recorren los escalofríos. Intento cerrar la mano en un puño pero no lo consigo. No tengo fuerza. Me cubro la cabeza con las sábanas, como si fuese un turbante o una mortaja, y continúo durmiendo.

Thursday, December 13, 2007

A Lisboa

"Hay sosiegos del campo en la ciudad. Hay momentos, sobre todo en los mediodías de estío, en que, en esta Lisboa luminosa, el campo, como un viento, nos invade. Y aquí mismo, en la Calle de los Doradores, tenemos el sueño agradable.
¡Qué bueno es para el alma ver entrar, bajo un sol alto quieto, estos carros de paja, estos cajones por hacer, estos transeúntes lentos de la aldea transferida! Yo mismo, mirándolos desde la ventana de la oficina, donde estoy solo, me transmuto: estoy en un pueblo tranquilo de provincias, me remanso en una aldehuela desconocida, y porque me siento otro soy feliz.
Lo sé bien: si levanto los ojos, tengo ante mi la línea sórdida de las casas, las ventanas por lavar de todas las oficinas de la Baja, las ventanas sin sentido de los pisos más altos donde todavía se vive, y, en lo alto, en el ángulo de los tragaluces, la ropa de siempre, al sol entre tiestos y plantas."

Pessoa de paseo (valga el jueguecito de palabras).

"Lo sé, pero es tan suave la luz que dora todo esto, tan sin sentido el aire tranquilo que me rodea, que no tengo una razón ni siquiera visual para abdicar de mi aldea postiza, de mi pueblo provinciano donde el comercio es un sosiego.
Lo sé, lo sé... Aunque sea verdad que es la hora del almuerzo, o del descanso, o de la interrupción. Todo discurre bien por la superficie de la vida. Yo mismo duermo, aunque me asome al balcón, como si fuera la amurada de un barco sobre un paisaje nuevo. Yo mismo pienso, como si estuviese en la provincia. Y, súbitamente, otra cosa me surge, me envuelve, me domina: veo, por detrás del mediodía del pueblo, toda la vida en todo lo del pueblo; veo la gran felicidad estúpida del sosiego en la sordidez. Veo, porque veo. Pero no he visto y me despierto. Miro alrededor, sonriendo, y, antes de nada, me sacudo de los codos del traje, desgraciadamente oscuro, todo el polvo de la barandilla del balcón, que nadie ha limpiado, ignorando que tendría un día, aunque sólo fuese un momento, que ser la amurada sin polvo posible de un barco que singla en un turismo infinito."

(Fernando Pessoa, El libro del desasosiego)

PD: Me voy tres días a Lisboa, y quién sabe si me cambiará la vida. Mientras, os dejo paseando un ratito por Venecia: algunas casas desde el vaporetto y el vacío del mundo en las campanas.

Monday, December 10, 2007

El frío

Yo sé lo que es el frío. El frío es ir de caza por el bosque y correr entre la maleza y saltar sobre los arbustos y atravesar los caminos nevados y escalar las laderas del monte y esquivar los troncos de los árboles y de repente sentir que te persigue el aliento de los perros y que están cerca, muy cerca, cada vez más cerca, y oír las voces de los hombres a tu espalda, cada vez más excitados, más sanguinarios, más hambrientos, y saber que por mucho que corras, por mucho esfuerzo que pongas en la huida, acabarás siendo abatido por las balas, colgado de una viga y troceado para enriquecer un guiso. Darte cuenta de que la caza eres tú. Eso es el frío.
El frío es saber que ya estás muerto, aun cuando estés huyendo, aun cuando sigas vivo.