Fue un momento tan intenso que nunca podré olvidarlo. Ocurrió la noche del 6 de septiembre, el día en que murió Pavarotti. En la Rai 1 pusieron, como homenaje póstumo al tenor de Módena, un concierto grabado unos años antes en el que salía Pavarotti acompañado de los mejores cantantes del momento.
G. y K., mis amigas berlinesas, que andaban de paseo por el barrio, me llamaron para tomar algo en un bar. Les dije que mejor subieran a casa a ver el concierto y tomar unas cervezas. A las pobres sólo les pude poner para picar lo poco que me quedaba, pues en breve me volvía a Madrid: una bolsa de patatas fritas y un poco de queso variado cortado en cuadraditos. Pero qué gran concierto...
La que más se emocionaba era K. (en el vídeo, la de la derecha), que ha estudiado música clásica y toca instrumentos y canta y sabe mucho de estas cosas. Por cierto, que cuando cantaban Los Tres Tenores, K. protestaba cada vez que metía baza José Carreras ("Qué mal, qué mal... ¡Qué diferencia con los otros!"). Yo, que no tengo mucha idea de estas cosas, intentaba recomponer el orgullo patrio: sí, sí, pero qué me dices de Plácido Domingo, y de Alfredo Kraus, y de Monserrat Caballé... A ver si hay otro país que pueda presumir de esa nómina.
En fin. Entonces se produjo el momento mágico, al menos para mí. Fue cuando llegó el Nessun Dorma, la obra maestra de Pavarotti. Puse el volumen de la televisión a todo trapo y abrí las ventanas para que todo el vecindario participase de aquella maravilla.
Era de noche y todo estaba oscuro. Brillaban las estrellas. La voz de Luciano retumbaba por la habitación, por el patio de la casa, por el barrio de San Lorenzo, por las calles de Roma, por todo el universo... Que nadie duerma. Que nadie duerma.
Pavarotti había muerto unas horas antes víctima de un tumor de páncreas, y pronto su orondo cuerpo reposaría bajo tierra, pero su voz -tan potente, tan hermosa, tan verdadera- seguía conmoviendo los cimientos del mundo.
En instantes así se te sube el corazón a la garganta, los pelos de los brazos se te ponen como escarpias y se mezcla en el estómago el hormigueo de lo bello con el volcán de lo sublime. ¡A eso se le llama piel de gallina! Yo creo que si en ese momento hubiera dado un salto por la ventana habría volado entre las nubes, como Peter Pan. Habría planeado sobre los edificios de Roma, como un niño feliz, con los ojos brillantes y la pel de galiña.
Lo siento, pero sólo pude grabar los últimos segundos.
PD: Por cierto, si alguien sabe alemán, que nos traduzca lo que dicen las chavalas, que no las entiendo.
PD2: Aquí lo tenéis entero. Impresionante. No se cansa uno de escucharlo.