"En Moscú todo tenía aspecto invernal. En casa encendían las estufas, y por las mañanas, cuando los niños se preparaban para ir a la escuela y desayunaban, en la calle era oscuro, y la niñera prendía por un rato la luz. Ya habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve, el primer día en que se toma el trineo, es agradable ver la tierra blanca, los tejados blancos, se respira con ligereza y a placer, y con este tiempo vienen a la memoria los años jóvenes. Los viejos tilos y abedules, blancos por la escarcha, tienen un aire bondadoso y llegan más al corazón que los cipreses y las palmeras; junto a ellos ya no apetece pensar en las montañas y el mar".
(Anton Chéjov, "La dama del perrito")