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Wednesday, June 09, 2010

"Historias de Roma" de Enric González

Hace año y pico hablé aquí de las historias de Enric González (del mismo género “lectura en terracita” que los Diarios de Iñaki Uriarte: o sea, coca-cola en mano, libro y sonrisa) y suspiraba por unas de Roma, que acaban de llegar. Vi el libro en la Feria del Retiro, me lo compré y me lo he leído en un par de tardes. Tengo que reconocer que tras las primeras páginas me entró cierto temor a que las Historias de Enric González fueran la crónica, por compromiso o por prisas, de una espiral en decadencia. El primero, el de Londres, es con diferencia el mejor de sus libros; el segundo, el de Nueva York, está muy bien pero no llega a la altura del primero; este tercero, el de Roma, no está mal pero podría –¡debería!– ser mucho mejor. El de Historias del calcio no lo he leído. Pensando mal, podría parecer que la emoción y la necesidad de escribir el primer libro han sido sustituidas progresivamente por una mera obligación contractual, casi burocrática. A veces se le nota casi con prisas por terminar…
Tras unas primeras páginas caóticas y absurdas de síntesis histórica, que me hicieron pensar en lo peor, Historias de Roma remonta el vuelo por el lado del costumbrismo y de las anécdotas periodísticas: cuenta, enseña y entretiene, que es de lo que se trata. Pero uno se pregunta si no hay editor de estos libros, alguien que sepa aconsejar y orientar, al menos en cuanto a orden y estructura. La respuesta seguramente es que el editor sea simplemente ese pelmazo de RBA que mete mucha prisa. El resultado es digno, sí, pero demasiado poca cosa. Roma tiene muchísimo más (y mejor) que contar. Ya sé que contarlo todo es imposible, porque sería infinito, pero el tema merecía más esfuerzo, más tiempo, más calma, más páginas. Y de este autor esperábamos más. En fin, olvidemos las pegas por culpa de las expectativas, que el libro está bastante bien (seguro que con el tiempo, pasado el desengaño, lo iré apreciando más). Además, espero algún día poder escribir mi prometido libro sobre Roma y resarcirme de todas las carencias.
Lo cierto es que Historias de Roma contiene páginas muy buenas. Cuando Enric González hace de Enric González, cuando se olvida de los nombres de los emperadores y de las fechas antes o después de Cristo (que parecen traídas sólo para rellenar páginas) y simplemente nos habla de su casa, del restaurante al que solía acudir o de un personaje romano que conoció en tal sitio, sale lo mejor de su estilo. No necesitamos más que verlo saboreando un capuchino en una plaza o elucubrando sobre los complots vaticanos, con eso nos llega. Por otra parte, la semblanza que hace de Alberto Sordi es inolvidable (para mí lo mejor del libro), al igual que la historia del marqués Casati Stampa, que “sólo disfrutaba del sexo por persona impuesta: le gustaba que su esposa fornicara con jóvenes desconocidos, mientras él fotografiaba, filmaba y anotaba en su diario”. En un alarde de síntesis oratoria, el autor confecciona un monólogo hilarante con frases literales tomadas de Berlusconi:

"Quiero empezar saludando a los asistentes a esta Cumbre contra el Hambre, y muy especialmente a las bellísimas delegadas. Soy el ungido del Señor. Cargo con la cruz, aunque no me gusta mucho hacerlo. Y cada año practico un retiro espiritual, en las Bermudas. El referéndum, sépanlo, será un juicio de Dios. Y beberé el amargo cáliz de volver a gobernar. Vivo bajo el terror de un Estado policial. Acusarme a mí de corrupción es como acusar a la Madre Teresa de Calcuta. También Jesús fue traicionado, y no soy mejor que Jesús. Por supuesto, soy éticamente superior a cualquier otro político europeo. Estoy en contacto permanente con la Divinidad. He escrito las tablas de la ley, como Napoleón o Justiniano. A veces noto que me asalta un complejo de superioridad, pero entonces me digo: menos mal que soy yo. Soy el único italiano que escribe sambas en napolitano. Me han envenenado con armas bacteriológicas. Nunca salgo en televisión. Mi vida está llena de sacrificios. ¿Saben que Margaret Thatcher me dijo que habríamos hecho una gran pareja?"

Además, me ha descubierto varias películas de Mario Monicelli, que pienso ver en cuanto pueda, porque creo que me van a gustar.
El capítulo 4, en el que nos guía en un paseo por el centro histórico, me ha llenado de nostalgia y de la necesidad de volver pronto a Roma. Es como estar allí caminando: visualizas perfectamente todos los lugares (si los conoces, claro). No, definitivamente no puedo estar más tiempo sin volver. Ya son casi tres años. Una eternidad, una condena.
Párrafos tan verdaderos como éste lo corroboran: "Hay pocos paseos tan placenteros como una caminata nocturna por el antiguo gueto romano. Todo el centro de Roma, en especial las zonas más cercanas al río, con las matas silvestres que crecen junto a los muros, la iluminación tenue, la suave atmósfera de pueblo pequeño y adormecido, está hecho para la nocturnidad. Vale la pena salir a caminar de madrugada, cuando la Fontana de Trevi o la armoniosa Piazza Farnese esperan en soledad y los gatos se hacen dueños de las calles".

Tuesday, April 14, 2009

Las historias de Enric González

Desde que no cojo tanto el autobús, leo bastante menos. Prácticamente me paso el día pegado a la pantalla, traduciendo. (Perdonad si tengo una prosa rara o confusa, pero creo que es por esto, y por el cansancio). A ratos disfruto mucho de esta labor de traducción, sobre todo cuando consigo afinar el instrumento y atino con las expresiones después de darle algunas vueltas (los mejores hallazgos verbales siempre surgen de un salto, como las liebres frente al cazador, y hay que estar muy atento para el disparo), pero a veces me quedo atrapado (por propia incapacidad) en una frase imposible o me desespero intentando entender lo ininteligible o me dejo llevar por la desidia (ese piloto automático o voz en off de la traducción simultánea) y sé que no estoy haciéndolo todo lo bien que debiera e inevitablemente se me quitan las ganas de seguir, porque deja de tener sentido la tarea... En fin, dilemas míos.
A lo que voy es que estos días leo sobre todo por las tardes, para descansar un poco de los otros libros. O sea, la lectura como placer frente a la lectura como esfuerzo (juro que me lo haré mirar). Me gusta sentarme en la terracita, al fresco (y tan fresco), y ponerme a leer tranquilamente mientras de fondo se oyen los gritos de los niños que juegan en los columpios (hay un parquecito infantil enfrente). Y la lectura perfecta para estos momentos de placer es Enric González. Es un gustazo, os lo recomiendo. En resumen: te sientas al fresco con un libro suyo en una mano y una coca-cola en la otra y varias horas después vuelves al mundo cruel de los seres vivos pero sigues con la sonrisilla puesta. Has vivido muchas cosas y aprendido otras tantas, pero con tan mínimo esfuerzo que es como dibujar parábolas marcha atrás en la pista de patinaje. Ya sabéis que hay libros que te agreden, que te imponen su cilicio. Pues digamos que éstos te hacen masaje.
Me he leído de un tirón sus Historias de Londres y sus Historias de Nueva York, y no veo el momento en que saque unas Historias de Roma para devorarlas en otra tarde gozosa. Tendría que haber más libros así. No puede ser tan difícil ¿no? (bueno, quizás sí lo sea). Una manera sencilla y directa de contar las cosas, de ilustrarnos y de acercarnos a las ciudades, sus historias, sus lugares y sus gentes; una mirada inteligente, normal, agradable, cosmopolita, curiosa pero no cotilla, culta pero no tediosamente erudita, nada egocéntrica, a veces compasiva, a veces distanciada y hasta cínica (lo que se traduce en "decir las cosas como son"), generalmente irónica, y con un sentido del humor que es una verdadera gozada (por momentos parece inglés).
No sé por qué no hay más escritores de este tipo en España. ¿Acaso no tenemos más gente así? Me cuesta creerlo. No sé, quizás tampoco haya espacio editorial para este tipo de libros. Ya se sabe que todo lo que no sea novela resulta sospechoso. Nunca lo entenderé. Es absurda esa cerrazón. Con lo que se disfruta leyendo estas cosas...
Enric González ha sido corresponsal de El País en las ciudades más bonitas del mundo, París, Londres, Nueva York, Roma (pongo el orden suyo cronológico, no el mío valorativo), y ya sólo por eso se hace acreedor de toda nuestra envidia. Envidia cochina, no sana. Tiene cara de pillo y se le nota la pasión por el verdadero periodismo, por los "grandes" de la historia periodística, que naturalmente son ingleses o norteamericanos. Sus libros están bien escritos, sin excesos retóricos ni alaridos ni aspavientos (que cuando los periodistas se meten a poetas es mejor salir huyendo); están bien documentados, sobre todo en cuanto a anécdotas, lugares y personajes; y, por encima de todo, son muy entretenidos. ¿Qué más se necesita? Imagino que tiene que disfrutar muchísimo escribiendo estas historias, casi tanto como los demás leyéndolas.