Si ayer rumiaba el horror y la muerte, hoy rumio la vida y la belleza.
Fuimos por la tarde a la Filmoteca a ver El árbol de los zuecos (1978) de Ermanno Olmi, una preciosa película sobre la vida de unos campesinos en la región de la Lombardía a finales del siglo XIX. La vida que llevan es muy dura (a ratos también alegre), pero está contada con tal serenidad, compasión y sentido de la armonía que resulta siempre hermosa. Es pura poesía.
Dura tres horas y sólo cuenta la rutina diaria de estas familias italianas. No os la recomendaría porque a lo mejor os parece un coñazo tremendo, como a ese señor de las primeras filas que se pasó toda la película durmiendo (sus ronquidos resonaban por todo el cine Doré, e incluso alguien llamó al acomodador para que le despertase; a mí me entraba la risa viendo la escena, surrealista). Sin embargo, la película no me pareció ni lenta ni aburrida. Los planos no son artificialmente eternos y estáticos, sino más bien cortos (o eso me pareció a mí), y se suceden con ritmo adecuado. No hay casi trama argumental, pero pasan muchas más cosas de lo que puede parecer a primera vista. Ocurre la propia vida, que no es poco. Yo, que normalmente cuando llevo hora y media de película ya me empiezo a cansar y a ponerme inquieto, tengo que decir que aguanté perfectamente los 180 minutos de sesión, que se dice pronto.

En El árbol de los zuecos todo es sencillo, claro, natural, directo. La forma de contar las cosas está en los antípodas del manierismo, del intelectualismo y de la exageración melodramática, todo eso que tanto me molesta en directores -éstos sí lentos y coñazo- como Bergman o Antonioni. Este Olmi es más del estilo del neorrealismo italiano. Está más en la línea de un Rossellini, que para mí es de los más grandes.
Algunas imágenes me recordaron mucho al cine de Víctor Erice, que había dirigido El espíritu de la colmena cinco años antes. Los actores son la propia gente del pueblo y lo hacen fenomenal. La naturaleza está cargada de vida, de fuerza, de belleza... Como digo, pura poesía. Y la música de Bach también aporta su granito de arena.
La escena en que cae la nieve es de las más bonitas que he visto.
