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Tuesday, August 30, 2011

Ambrose Chapel

No he estado nunca en el lugar que para mí mejor representa -significa, simboliza, encarna, materializa- la ciudad de Londres. Ese lugar no está propiamente en Londres, sino en una película de cine. Apenas ocupa unos segundos, unos fotogramas.


Sale en El hombre que sabía demasiado, de Hitchcock. La segunda versión, la "americana", con Doris Day y James Stewart. Como me pasa con todas las películas de Hitchcock, me ha marcado profundamente el haberlas visto por primera vez de pequeño. Las imágenes se quedan ahí, incrustadas en un lugar extraño del subconsciente, entre el miedo y el sueño y el sexo y la violencia y la esperanza y la angustia. Este verano pensé en visitar esa calle mágica, con sus farolas y ladrillos que representan para mí el más puro Londres. Ese punto de fuga ocre -los tejados, las ventanas, las nubes- que son como un espejo raro que llevamos dentro. Buceé por internet y descubrí que se trata de Vicary Street, en Brixton. La Ambrose Chapel de la película (los exteriores) es en realidad St. Saviour's Church. Al final decidí no buscarla, por varias razones: quedaba un poco lejos, me sentiría muy friqui paseando por allí y sería como destrozar de un plumazo las ensoñaciones de la infancia. Mejor que siga así, intacta.

Thursday, April 29, 2010

Entrevista a Hitchcok (1964)

Hoy se cumplen 30 años de su muerte.


Monday, July 23, 2007

Memoria visual

Dicen que antes de morirte presencias tu vida en una secuencia rápida de imágenes. Me temo que yo voy a ver esto:

Saturday, October 14, 2006

El enigma Hitchcock


"Era un hombre cuyos auténticos sentimientos, miedos y anhelos, e incluso sus habituales reacciones cotidianas, resultaban difíciles de medir, y raras veces eran expresadas directamente. Eran controladas, calculadas, medidas, para conseguir el mayor efecto con el mínimo esfuerzo. Y las más profundas zonas de su vida interior se veían siempre refractadas por los ángulos y sombras de una narrativa fílmica, enfocadas y concentradas en una serie alternativa de imágenes violentas y tiernas. […]
Había en efecto muchos aspectos que conformaban el complejo carácter de Alfred Hitchcock. Estaba el poeta visual de la ansiedad y el accidente que evitaba ambas cosas y que, según muchos, merece un lugar junto a Kafka, Dostoyevski y Poe. Estaba el obsesionado técnico que trabajaba en el negocio del cine puro, intentando a lo largo de más de medio siglo hacer películas populares pero perfectas. Estaba el desvergonzado imitador de un burgués inglés. Estaba el publicista que se dedicaba a la mejora de su propia causa. Estaba el modesto hombre familiar que parecía encarnar los valores de la clase media pese a que él viajaba en primera clase. Estaba el mago, trabajando con luces y espejos con mano despreocupada y negro humor. Estaba el cronista de poco comunes estados emocionales. Estaba el excelente magnate comercial y el sufrido artista.
Su vida fue una incansable persecución de la mejor comida y vinos y comodidades y colaboradores, pero fue también una incansable búsqueda de la mujer ideal a la que adorar, el complemento perfecto del frustrado chico gordo que siempre se consideraba ser. Showman y artista, melancólico aislado y charlista divertido, gentil romántico e inflexible manipulador, se había convertido en un depositario de todo lo contradictorio que hay en la naturaleza humana. Sus sentimientos eran vertidos en la creación de sorprendentes imágenes, donde ponía sus desarticulados anhelos en labios de muchos personajes distintos; y sus más fuertes y auténticos impulsos ―aquellos que corresponden a lo demoníaco y aquellos que corresponden a lo divino― eran transmutados del caudal de su propia frustrada y contradictoria vida."
(Donald Spoto, Alfred Hitchcock. La cara oculta del genio, T&B Editores, Madrid, 1998, pp. 18 y 19.)

Con ustedes, el más grande:

Saturday, September 23, 2006

La ventana indiscreta


Todos somos unos mirones, pero en cuestiones de vouyeurismo sir Alfred Hitchcock se lleva la palma.
Cuando era pequeño, el "mago del suspense" se sentaba en un rincón, solo, sin decir nada, y se ponía a observarlo todo. Ése era su juego favorito.
Por eso imaginar películas debía de ser para él algo natural y excitante al mismo tiempo, pues era entonces cuando tenía el control absoluto sobre las situaciones y satisfacía su deseo de observar.
Al dirigir La ventana indiscreta tuvo que disfrutar como nunca. No hay mejor ejemplo del cine como casa de muñecas y del director como gran demiurgo del universo que hace y deshace a su gusto, convirtiendo su palabra en el orden de la realidad. En este caso, más que el Fiat lux bíblico, asistimos a un "hágase la oscuridad", la tensión y el miedo.