“El hombre no puede tener más que un cierto número de dientes, de cabellos y de ideas, y llega un momento en que pierde necesariamente sus dientes, sus cabellos y sus ideas”. Me desayuno con esta frase de Voltaire, extraída de su Diccionario filosófico. Afuera hace frío, veo los árboles agitándose como presagio de la lluvia, se oye una sirena lejana y en las paredes, tuberías y ventanas resuena muy literariamente "el ulular del viento". Los smacks flotan -con la barriguilla inflada- en el nescafé.
Curioseo un rato en la hemeroteca de La Vanguardia que me ha descubierto Jabois y disfruto leyendo el artículo-homenaje de Néstor Luján a la muerte de Josep Pla. Se titula "El hombre del diálogo infinito" (al final del artículo descubriremos que se refiere, sobre todo, a un diálogo de Pla consigo mismo). Hago un resumen muy esquemático de ideas, sustantivos y adjetivos: -Escritura: "lengua eficaz, realista, exacta", de "honestidad clásica", "vitalidad, gracia plástica y libertad", "el desahogo, el desembarazo y la suficiencia del escritor nato". Aquí lo clava Luján: "Su lenguaje es el más directo, el más comprensivo, y está manejado con un arte de negligente desaliño, libre, abierto, soleado".
-Mirada: su "universal curiosidad", "un admirable contemplador de paisajes, un conocedor de hombres", "espíritu equilibrado entre una inteligencia dolorosa y una amargura nostálgica", su "constante catalanidad".
-Vocación: "periodista nato, sobrio y tenso, lírico y moroso si conviene, conciso y dinámico cuando informaba", "categórico en el juicio", "lúcido y cruel" respecto a los hombres (como Saint-Simon). Y "lector amplio, goloso, infatigable".
-Carácter: "libertad de espíritu", "claridad preocupada y grave", "liberal en las ideas generales", "rebelde individualista y áspero en su soledad", siempre fiel "a sus concepciones de la vida, la literatura y la política".
Y termina Luján recordando "su letra densa y minúscula", "su físico, tan vinculado a la tierra que le vio nacer, su arte mordiente de conversador, sus ironías razonables y luminosas, sus tornasoles sentimentales, sus lúcidos descorazonamientos, su diálogo infinito consigo mismo. Evoco al hombre de una apasionada humildad que creyó —al contrario de tantos escritores— que la realidad no era un anacronismo y que sirvió a su oficio de testigo del mundo que le tocó vivir con un laborioso y sorprendente esplendor que alcanza, en sus mejores páginas, el temple de una prosa clásica, de segura posteridad" (La Vanguardia, viernes 24 de abril de 1981).