Todavía lo recordamos como el mejor concierto de nuestras vidas. Fue en la Sala Arena, hace muchos años, con Meteosat como teloneros. Menos mal que me empeñé en que teníamos que ir (mis amigos todavía me lo agradecen). Nunca he disfrutado tanto en un concierto como aquel día... Como dijo nosequién, no podía salir de mi apoteosis.
Sergio Algora, que era el cantante del grupo y el artífice de sus geniales letras (ahora forma parte de La Costa Brava), es uno de los escritores más prometedores de nuestras letras: una especie de Felisberto Hernández a la aragonesa. Llevo mucho tiempo soñando con un libro de cuentos eróticos y de ciencia-ficción escrito por Algora e ilustrado por la persona que diseñaba las portadas de sus discos. Podría ser la bomba, con esos personajes absurdos y surrealistas deambulando desconsolados por los intríngulis de la vida... (Otra idea para editores ciegos.)
Ya que estoy, voy a recuperar algunas de mis intervenciones del mes de julio en el blog de Algora, en respuesta a sus "Recomendaciones desde Zaragoza":
Tomar torrijas en La Flor de Almíbar y chipironcitos encebollados en la plaza de los Sitios, no comprar recambios de las piezas que nos faltan, saludar a las gaviotas con la mano, humillar a los chulos, no leer por encima del hombro de los seres apacibles, caminar y caminar hasta llegar al borde del mundo, hacer reír a los bebés ajenos desde el asiento de enfrente (sin que la madre se dé cuenta, porque es un secreto único...), esquivar las palabras rencorosas, zapear sin ton ni son, no olvidar a los muertos, romper los esquemas de los serios profesionales (que no les quede más remedio que claudicar y sonreír), dar collejas a los estirados, ser siempre y bajo cualquier circunstancia un Zinedine Zidane, y nunca un Materazzi... Respetar la siesta ajena, zigzaguear por las cornisas en hoteles altos, hacer la O con dos canutos, multiplicar los leucocitos por 10, asesinar a los ruidosos jugadores de dominó, pedir un sol y sombra en las terrazas, contactar con el fantasma de Rocío Dúrcal, jugar al Rasca y Gana de la Once (siempre pone lo mismo: "Gracias por colaborar con una buena causa", y acto seguido te imaginas a una legión de ciegos descojonándose de ti), no tirarse pedos ni bajo el amparo de la soledad, guiñarle el ojo al tonto del espejo, viajar todo el día en tren (ay, esos paisajes...), paladear el tedio del domingo, rezarle a dioses desconocidos, seguir haciendo peyas hasta cumplir 80, beber horchata a tutiplén, soplar las velas de la otra tarta, morir de cáncer al menos una vez, dejarse querer por las locas graciosas, quemar los libros de autoayuda, pegarse un tiro en plena sien... Observar cómo la ropa da vueltas en la lavadora, no cortarse las uñas de los pies, nadar a espalda sin mover los brazos, dejarse caer al mar desde las rocas, tomar vieiras en Portonovo, no patinar en hielo ni montar en moto ni hacer surf en verano ni esquiar en invierno, dejar el deporte para los más débiles, ver moverse las cortinas con el viento, follar día sí día también, llevar el fracaso con dignidad, tender la ropa sin lanzarse al vacío, dejarse llevar por la risa floja, merendar todos los días (esto es importantísimo), hablar con los muñecos y las cosas, decir tonterías sin parar, hacer barbacoas en iglús, recorrer la ciudad en paseos infinitos... No saludar al vecino imbécil, enamorarse de casi todas, matar a los burócratas, cruzar la Gran Vía de Madrid en autobús sentado en la parte de atrás y verlos a todos sin que nadie nos vea, acariciar los peluches del Vips, cenar en la cocina cosas hechas por los dos, ponerse los jerséis de Algora sin ser gay (como Ed Wood), emborracharse de cuando en vez, y, desde luego, no hacer cola ni para conquistar nuestros sueños... Ah, y recordad: "Si vais a la felicidad, llevad sombrilla".
Encima, tuvieron el buen gusto de dedicarme una canción: "Conde-Duque" (siempre que la escucho se me pone la pel de galiña).