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Sunday, July 18, 2010

The Naked City (1948)

Película dirigida por Jules Dassin, basada en una historia de Marvin Wald e inspirada en las imágenes del fotógrafo Weegee, famoso porque siempre llegaba al lugar del crimen antes que la policía. El primer libro de fotografías de Weegee (del que vimos una exposición hace dos años en la Fundación Telefónica, poco antes de ir a Nueva York) tenía el mismo título: La ciudad desnuda.
Cine negro semidocumental sobre la investigación de un asesinato. El comienzo es realmente espectacular:

Quizás Woody Allen se inspiró en él para su no menos espectacular comienzo de Manhattan. Weegee, Dassin, Allen, eslabones visuales de una misma inspiración inagotable: NY.

Monday, February 02, 2009

El boxeador de Wall Street

Estábamos en Wall Street, junto al edificio de la Bolsa, cuando de repente apareció un pirado con guantes de boxeo. Gritaba. No sé qué, pero gritaba...

Thursday, June 12, 2008

Goodbye New York

Se acabó lo que se daba. Ya estoy de vuelta, vivito y coleando pero un poco atontado por el jet lag. En este estado será mejor dejar las crónicas para otro momento. Mientras me recupero os pongo el minivídeo que grabé la última noche: la de la despedida.
Está hecho desde el ferry que va a Staten Island. A la izquierda, medio en penumbra, podéis ver la Estatua de la Libertad. A la derecha, el skyline de Manhattan. Se ve bastante mal, borroso, por culpa de la oscuridad y la capa de neblina que presagiaba la tormenta que en breve se cerniría sobre nuestras cabezas. Nos alejábamos de allí. Nos despedíamos.

Friday, May 30, 2008

Del Rubicón a la Gran Manzana

La noche del 11 al 12 de enero del año 49 a.C. Julio César se detuvo un instante ante el Rubicón atormentado por las dudas. Según el derecho romano, a ningún general le estaba permitido cruzar aquel pequeño río con su ejército en armas. Hacerlo, por tanto, significaría cometer una ilegalidad, convertirse en criminal, en enemigo de la República, y provocar una guerra civil.
Yo hace tiempo que abandoné las armas y me declaré en rendición ante la Esfinge. He dormido muy bien esta noche, con algo de nervios pero sin ninguna duda. Me pienso lanzar de cabeza al Rubicón, cruzarlo a nado y conquistar Roma, que es la ciudad más hermosa de todos los tiempos.
Después me espera la otra gran capital imperial, Nueva York, con sus infinitas cosas: pasear por la Quinta Avenida y por Central Park, disfrutar la panorámica desde el Empire State, navegar por el Hudson, bizquear junto al Flatiron, revolver libros en el paraíso de Barnes&Noble, cruzar el puente de Brooklyn, recorrer el Metropolitan, etc, etc, etc. Sólo imaginándoselo ya disfruta uno.
Reuniendo las dos versiones (la de Suetonio y la de Plutarco), exclamaré como Julio César: alea iacta est ("la suerte está echada") y &νερρίφθω κύβος ("¡que empiece el juego!"). Pues eso. Hasta la vuelta...

Wednesday, May 28, 2008

Un cucurucho de arenques ahumados

En 1925 John Steinbeck desembarca por primera vez en Nueva York. No tiene un duro. Se pone a trabajar de peón de albañil en una obra (se está terminando de construir el Madison Square Garden). Una vida muy dura...
"Mi conocimiento de la ciudad era vaporoso; luces lacerantes, y el retumbar del metro, el hueco de la escalera que había que subir, cuatro paredes de un verde sucio, una cama donde derrumbarse a medio lavar, guiso, café, pan, cafetera, una acera que cabecea ligeramente bajo mis pasos, luego, de nuevo la larga cola de carretillas. Había grandes fogatas de coke llameante donde calentar las manos, y allí calentaba las mías, lo justo para respirar un poco, mucho tiempo después de que ya no las sintiera en absoluto. Recuerdo a un hombre cayéndose de su andamio, colgado del techo a treinta metros de altura, y viniendo a aterrizar a un metro de mí. En el momento de tocar el suelo estaba rojo, pero la sangre se retiró de su rostro como un telón que se levantara y quedó azul y blanco bajo las luces de la obra".

Poco tiempo después se pone a trabajar como periodista en el New York American. Vive con una chica. De repente todo se acaba:
"Luego todo llegó a la vez. Y me alegro de que el encadenamiento de los acontecimientos fuera tal como fue. La chica tenía la cabeza más sólidamente anclada sobre los hombros de lo que habría creído. Se casó con un banquero del Mediano Oeste y se fue allá con él. Todo sucedió sin palabras inútiles. Dejó sencillamente una carta; y dos días más tarde me despedían del American. Y ahora, finalmente, la Ciudad me cercaba, y yo tenía miedo. Me puse a buscar trabajo, pero no lo encontraba. Escribí algunos cuentos e intentaba venderlos. Ofrecí mis servicios a otros periódicos, pero eso era evidentemente ridículo. Y la Ciudad, fría y cruel, continuaba trepando sobre mí. Empecé a atrasarme en el pago. Siempre me quedaba una carta en la manga: podía buscar contrato en una obra. Tenía un amigo que me prestaba algún dinero de vez en cuando. Pero al final llegué a hundirme lo suficiente para volver a la carga como peón de albañil. Pero ya estaba marcado por mi régimen forzoso de jockey. Apenas si podía levantar una pala. Me costaba ganar de nuevo los seis pisos hasta la cama. Mi amigo me prestó un dólar y compré dos barras de pan negro y un cucurucho de arenques ahumados y me encerré en mi habitación durante una semana. Tenía miedo de salir a la calle, un miedo terrible a los coches y al ruido. Miedo del propietario y miedo de los hombres. Miedo de los amigos".
(John Steinbeck, Un americano en Nueva York)

Friday, May 23, 2008

El viento de Manhattan

"Quien ha vivido en Manhattan sabe hasta qué punto el viento preside la vida de la ciudad. El viento recrudece los fríos terribles del invierno, rompe los paraguas y los toldos, derriba los árboles y los semáforos, hace trastabillar y caer a los ancianos y a los enfermos, no deja dormir; a veces acelera el paso de los nubarrones y despeja los cielos, otras, trae los aguaceros de finales del verano o principios de otoño, cuando llegan las colas de los huracanes devastadores del Caribe, ya muy debilitados. En su faceta menos agresiva el viento anima las calles: hace planear las gaviotas y ondear las banderas y levanta las faldas de las chicas.
Tan excesivo como el viento es la lluvia. A menudo el cielo se encapota en pocos segundos, sin previo aviso, y empieza a caer el agua. El caos se produce de inmediato: los sótanos se inundan, las avenidas se convierten en ríos crecidos. En las calzadas el agua se acumula en los baches, donde los autobuses meten el morro, levantan surtidores de muchos metros de altura, que empapan a los viandantes. El viento no cesa cuando llueve: se lleva los paraguas y los sombreros y hace que la lluvia caiga casi horizontal, que penetre bajo las marquesinas y abofetee al que encuentra. En medio de la confusión pasan los coches de los bomberos, que acuden a las emergencias causadas por el aguacero, a través de los atascos, tratando de abrirse paso con las sirenas y las bocinas. Parece que haya llegado el fin del mundo.
En verano estas tormentas vienen acompañadas de mucho aparato eléctrico. Los rascacielos atraen los rayos, que bajan restallando por las fachadas mientras retumba el trueno. En invierno el viento viene del norte y como en el camino no encuentra sistema montañoso que lo detenga llega a Nueva York sin perder fuerza ni frialdad. Una vez en Manhattan, se mete por los callejones que forman los rascacielos alineados y corta la piel, porque a veces sopla a veinte o treinta grados bajo cero."
(Eduardo Mendoza, Nueva York)

Tuesday, May 20, 2008

Preparativos de Nueva York

He tardado en leérmelo lo que en beberme tres cañas. Me refiero a Esto es Nueva York, de E. B. White. Acabo de volver, menos triste de lo que salí, y os lo cuento. El ventanal del bar estaba abierto y la gente y los coches pasaban a mi lado, pero yo tenía la cabeza muy lejos, al otro lado del Charco. En ese momento era el único feligrés aparcado en la barra del Ladrón de Tinta.
Es un ensayo pequeñísimo, más bien un artículo literario. Lo escribió White en el verano de 1948, metido en una habitación con vistas a un patio interior, a 32 grados centígrados, en un hotel del centro de Nueva York. Supongo que tardaría en escribirlo algunas cervezas o whiskies más que yo en leerlo, pero poco más. Me lo imagino tirado sobre el colchón, sudando la gota gorda, mezclando imágenes, ideas, recuerdos.
Es un placer leer estas cosas: las ciudades, la gente, la vida... y una mirada que lo capta todo, que sabe hacer poesía de los pequeños detalles. Poco más se puede pedir:
El viajero estival se asoma a Hell Gate Bridge desde la ventanilla de su coche-cama mientras se desliza sobre los palomares y los patios traseros de Queens y mira hacia al suroeste, donde la luz de la mañana golpea por primera vez los picachos de acero del centro, y ve cómo se alza inconfundible la vigorosa lanza que acongoja el cielo: se elevan los altos muros y las torres, se eleva el humo, todavía no se eleva el calor, se elevan las esperanzas y la agitación de tantos millones de personas que despiertan en ese momento.
Allí he estado, acompañándolo, sesenta años después, desde Noviciado.

Thursday, April 19, 2007

Camba en la ciudad automática


Nació el 16 de diciembre de 1882 en Vilanova de Arousa, precioso pueblo de la provincia de Pontevedra. Resulta curioso lo poco que se parece -en su forma de ser y de escribir- a su paisano Ramón María del Valle-Inclán, siempre tan estrambótico y florido.
De joven embarcó como polizón hacia Buenos Aires y dos años después fue deportado a España por anarquista. Entonces publica algunos versos y comienza a colaborar en el Diario de Pontevedra, como nuestro amigo Jabois. En 1903 viaja a mi pueblo, Madrid, donde escribe para El País, España Nueva o Lunes de El Imparcial.
Recorrió el mundo como corresponsal: manda sus crónicas desde Constantinopla para La Correspondencia de España; viaja a París, Londres y Múnich como redactor de El Mundo; desde entonces trabaja para ABC y se instala en Berlín hasta el comienzo de la I Guerra Mundial; en 1916 realiza su primer viaje a Estados Unidos, donde volverá tras el crack del 29; en los años veinte viaja por Europa y escribe La casa de Lúculo o el arte de comer, seguramente su libro más famoso.
Pues bien. Resulta que he cogido en la biblioteca su libro La ciudad automática, también conocido como el Santo Grial de los libreros-usureros. En las primeras páginas explica su relación de amor y odio con Nueva York:
Me paso la vida acechando la menor oportunidad para venir aquí, llego, y en el acto me siento poseído de una indignación terrible contra todo. Nueva York es una ciudad que me irrita, pero que me atrae de un modo irrestible: la vorágine, el abismo, el pecado, las mujeres fatales, las drogas malditas...
Para mí Nueva York es la ciudad romántica por excelencia. ¿Conciben ustedes nada más romántico -para poner un ejemplo concreto- que esto de prohibir las bebidas alcohólicas a fin de elevar a la categoría de delito el acto de tomarse un aperitivo?
Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado. Sólo Nueva York ha acertado a encarnar nuestra época, y probablemente ésta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso. Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno.
A Julio Camba lo que le gustaba de verdad era la buena vida: conocer gente, visitar ciudades, comer y beber bien, hacerse colega de los camareros, charlar con sus amigos... Por la noche, antes de que cerraran las rotativas del periódico, escribía su articulito del día y lo mandaba a la redacción, como quien elabora el menú de la jornada siguiente: primero, segundo, bebida y postre.
En 1949 se retiró a la habitación 383 del hotel Palace de Madrid. Debe de ser eso que los profesores de literatura llaman "el exilio interior". (Por cierto, que la otra noche estuve en el Palace, en una fiesta de artistas modernillos, con homenaje a Warhol incluido; vamos, el timo más ridículo, "divino" e institucionalizado que he visto en mucho tiempo; cómo me reí de aquellos tontos impresentables; daría para un buen artículo de Camba; si eso intentaré escribirlo un día de éstos...)
Camba murió el 28 de febrero de 1962, después de una vida repleta de aperitivos, ciudades, charlas, mujeres, postres y copas.

Wednesday, September 20, 2006

El coloso de Nueva York


El coloso de Nueva York: así se titula el libro más profundo, exacto y sugerente sobre una ciudad que he leído nunca.
Su autor se llama Colson Whitehead y nació en Nueva York en 1969, donde sigue viviendo.
Se nota que ha recorrido la ciudad durante muchos años con los ojos bien abiertos, introduciéndose en la psicología del paisaje y, sobre todo, del paisanaje. Porque eso es, al fin y al cabo, una ciudad: ni más ni menos que los pensamientos de sus habitantes. Sus vidas entrelazadas por el azar, como una telaraña.

No importa cuánto tiempo lleves aquí, eres neoyorquino desde la primera vez que dices "Aquello era el Munsey's" o "Allí estaba el Tic Toc Lounge". Que antes de que plantaran ese cibercafé solías arreglarte la suela de los zapatos en el negocio familiar que ocupaba ese mismo lugar. Eres neoyorquino cuando lo que estaba antes es más real y está más vivo que lo que hay ahora. [...]
Yo empecé a construirme mi Nueva York en el tren de la línea 1. Mi primer recuerdo de la ciudad es mirar por la ventanilla del metro al tiempo que éste emergía del túnel camino de la cale 125 y se detenía en las vías elevadas. Era a principios de la década de los setenta, de modo que todo estaba sucio, porque esa es mi ciudad y a ella me aferro. Y todavía hablo del edificio de la Pan Am, no por afectación, sino porque eso es lo que es. Para la recién llegada de Des Moines, que inicia su primera semana de trabajo en una aseguradora de Park Avenue Sur, el titán que asoma por encima de Grand Central es el edificio Met Life y siempre lo será. Por supuesto, se equivoca: cuando yo lo miro veo claramente las letras gigantescas que anuncian la Pan Am, ¿verdad? Y, por supuesto, a los ojos de los veteranos que mantienen el mito de que existió un tiempo anterior a la Pan Am, me equivoco. [...]
Existen ocho millones de ciudades descarnadas en esta ciudad descarnada: polemizan y discuten entre sí. Este lugar se multiplica cuando no miras.