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Sunday, January 16, 2011

La doble avería y el humor berlanguiano

La Esfinge me dejó por Reyes Troppo vero, el último de los diarios de A.T.
Troppo vero es troppo grande, por lo que a veces le tienta a uno dar saltitos de párrafo en párrafo, como los gorriones en las ramas de los árboles, para tener al menos la sensación de que algún día llegará al final.
A lo largo de los años se han ido haciendo famosos los pasajes humorísticos en los que A.T. deja en situación risible a algunos de sus contrincantes literarios, pero hay que reconocerle también que el sentido del humor es casi omnipresente y en bastantes ocasiones se dirige hacia sí mismo. En esos momentos de autoparodia se sale.
A.T. escribe mucho mejor con el humor en la mano que enfadado o con el orgullo herido. Cuando está de buen humor tiene más ocurrencias felices, y sabe contagiarlo. Hay algunas situaciones de pura estirpe berlanguiana.
Al principio de este tomo se le aparece un Dios mendicante entre las zarzas de Las Viñas y le insta a ser buena gente y abandonar la esgrima literaria, y en esa lucha de santidad imposible se debate en todo el libro.
Esta mañana me he estado riendo con un pasaje en el que nos cuenta su doble avería en la carretera, cuando se le estropean dos coches camino de Madrid con la familia en pleno. Son unas páginas antológicas (pp. 366-375), llenas de exagerada autoparodia: "La gente de la gasolinera nos miraba como si fuésemos la familia Manson. Veníamos sucios, con las ropas viejas, con los zapatos llenos de polvo, los chicos con los pelos largos [...] Me veía todo el mundo con las manos en la cabeza, agarrándome el pelo como quien teme despeñarse en la sima profunda del nihilismo".
Como estos días no estoy muy optimístico (que diría Clarence Seedorf), agradece uno estos buenos ratos.

Monday, March 31, 2008

Un prólogo vagamente asténico

Aprovechando que acaba de salir La manía, el 15º volumen de los diarios de Andrés Trapiello, os pongo -dentro de mi sección "Madrid literario"- este genial prólogo que escribió A.T. para Una caña que piensa, el tomo correspondiente a 1993:
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"No sé bien para qué o para quiénes están escritas las páginas de este Salón de pasos perdidos.
Algunos amigos me preguntan: ¿hasta cuándo vas a seguir publicando ese diario? Se dan cuenta de que podría volverme loco. No sé, les digo, pero mientras siga apareciendo, me gusta que lo haga como hasta hoy, en esta editorial, para estos lectores, en una razonable penumbra.
Madrid es un pueblo defectuoso, pequeño, con las aceras estrechas y perpetuamente levantadas. Ni siquiera tiene un río digno de ese nombre. Hubo un alcalde que quiso darle esa apariencia, lo canalizó, lo represó y lo sembró con unas docenas de patos y ánades que amanecieron a la semana descalabrados y muertos a cantazos. Cada día desaparecen media docena de casas viejas y levantan en su lugar otras horribles, pero algunos pocos seguramente no lo cambiaríamos ya por ninguna otra ciudad, por hermosa que fuese. Ni siquiera París. Esto es quizá, en el fondo, lo que peor lleva uno: ser tan poco cosmopolita.

Por esa razón le tienta a uno viajar un poco más, conocer otras gentes y orearse algo. Quizás de ese modo estos diarios tuviesen garantizada una vida longeva. Pero he de limitarme, una y otra vez, a hablar de mi vieja calle, de Las Viñas, de un rosal, de un mendigo, de los libros viejos, de un frenético, de las oropéndolas que tanto le impacientan y disgustan a ese crítico del ABC (pobre, me estará leyendo, espiando, en su intemperie), de mis hijos, de mi mujer...
Es cierto que podía ensayar también los giros cósmicos, hablar del mundo y sus terribles problemas, del hambre, de las guerras, de los opresores y de los oprimidos, de la Solidaridad, de Dios o de la Historia, el juego que darían Chiapas y Sarajevo, el juego que están dando ya en la literatura catalana los genocidios y los genocidas, en fin, de todos esos grandes y estocolmeños asuntos que nos comprometen bastante poco y que no suelen cambiar nuestros hábitos de vida, pero es difícil imprimir a la voz un timbre adecuado para abordarlos, si no se es, como decía Stendhal, un pequeño farsante.
Aseguraba Renard que a él su Diario le vaciaba. Si yo notara que a mí éste me vaciaba, lo dejaría. Al contrario, uno procura llenar el diario de casi todo. No sé por qué, los diarios me han parecido siempre uno de aquellos viejos ultramarinos en los que se vendía de todo, de aquí y de las colonias, y en cuya trastienda solía reunirse, al final de la tarde, una selecta cofradía. También yo, al atardecer, "la hora de la pintura" y de las confidencias, vengo al diario, colmado mío solo, y tertulio conmigo sin resignarme a que el día se lo lleve la noche como una pavesa. Asimismo creo que se van publicando estas estancias para que tú y yo, mutuas ficciones, nos hagamos compañía un rato, a la espera de ese invierno que deseo no nos sea demasiado cruel ni largo. Luego vendrán esta y otras muchas primaveras, y muchos otros inviernos, cantarán de nuevo los jilgueros y petirrojos, las acacias del Rastro se llenarán de flores y la plaza de París se cubrirá de las hojas secas de los castaños. Estamos aquí para celebrar que la vida pasa igual para todos. Estos diarios son los ojos míos y los tuyos, y deben mirarlo todo, incluso les sorprenderemos guiñándose aquí y allá, cuando tengan esa fantasía o cuando la realidad se contonee inesperada y llamativamente.
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Ésta no es una buena época, oye uno por todas partes, y Madrid es una ciudad inhabitable. En realidad la época no es ni peor ni mejor que otras ni Madrid mejor ni peor que otros pueblos. Vamos montados en el péndulo de un reloj que va y viene con una ciega determinación. Podríamos, desde luego, arrojarnos al vacío aprovechando el impulso de una de sus sacudidas, y ensayar la pirueta artística, pero en el fondo es mucho más elegante seguir como hasta ahora y alegrarnos de corazón por aquellos que vengan después, mucho más afortunados que nosotros en todo, aunque se creerán unos desdichados porque imaginarán que la época verdaderamente buena fue la nuestra.
Mientras tanto, tratemos de vivir conforme a aquella máxima, "nadie es más que nadie". Es el único modo que tienen las almas de acercarse unas a otras y enaltecerse un poco, cuando comprenden que la verdad es de todos.
Madrid, invierno de 1998."
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No me diréis que no es un texto maravilloso... De lo mejor que se ha escrito en las últimas décadas. (Aquí es donde el lector del blog se sonríe y piensa: "Hala, ya está otra vez el exagerado del Conde, que cuando algo le gusta es que se pierde..."). Igual que se hizo una pequeña antología de textos sobre Extremadura extraídos de estos diarios (Capricho extremeño se titulaba), yo creo que se debería hacer otra con textos sobre Madrid.

Tuesday, January 23, 2007

Salón de pasos perdidos

Aproximadamente una vez al año, como los niños de San Ildefonso o las golondrinas de Bécquer (pero con menos puntualidad), llega a nuestras librerías un nuevo tomo del Salón de pasos perdidos, la novela en marcha en forma de diario que Andrés Trapiello lleva publicando desde 1990. Entonces sus lectores recuperamos nuestra otra existencia "en marcha": esos personajes llenos de vida, esos ambientes tan familiares, las opiniones del protagonista (como siempre, unas nos parecen certeras y otras totalmente equivocadas), sus gustos literarios (unos más discutibles que otros), sus disputas insignificantes... Y disfrutamos un buen rato, que es de lo que se trata.
Hipótesis y/o sospechas:
A. T. debe de ser el escritor con más enemigos por metro cuadrado de las Españas. Tiene más odiadores en vida que los que le han salido a Cela de muerto, que ya es decir. Quizás por eso nos cae tan bien.
Imagino que cuando sale del portal de su casa mira con temor hacia los lados, no vaya a ser que se le abalance uno de los personajes de su diario y le increpe agarrándole de las solapas de la chaqueta. También teme que, desde la otra acera de Conde de Xiquena, algún escritor fracasado o herido en su orgullo le lance un pedrusco a la cabeza. Todo parece indicar que el protagonista de los diarios de A. T. se ha ido convirtiendo en un ser más desconfiado, menos abierto o natural, menos sentimental y mucho más cínico que antes. Ahora que tiene éxito puede parapetarse en sus premios, pero antes tenía que ser -a la fuerza- una cuestión de puro unamunismo, esa curiosa mezcla de dignidad, egolatría y gamberrismo. Conciencia de uno mismo frente a los otros. Si pasan de mí o me tocan las narices, me impongo por cojones. Sí señor.
He oído que se ha organizado una Asociación de Damnificados de Trapiello. La preside una profesora de Elche. A veces A. T. se arrepiente de haberse metido en tanto embolado (se mueve a la defensiva, como diciendo: "Oye, que en el fondo soy una buena persona"), pero ya no hay marcha atrás. Sólo queda buscar aliados para enfrentarse al enemigo.
Pero, bueno, todo eso forma parte de la anécdota (que no da más de sí), la charla de portera editorial, el duelo de espadachines de un mundillo ridículo -el literario- que algunos se toman demasiado en serio. Sus diarios son mucho más que eso. Sí. La vida hecha literatura... y viceversa.
No exagero si digo que Andrés Trapiello nos ha enseñado a ver las cosas de otra manera, nos ha ayudado a sacarle más jugo a la vida, a pensarla y mirarla con ojos antiguos, sentimentales, poéticos, más conscientes del paso del tiempo. El secreto está en extraer lo eterno de lo transitorio (en eso consiste, precisamente, según Baudelaire, la tarea del artista moderno). ¿De cuántos escritores podemos decir eso?
Recuerdos:
Cuando terminé la carrera y me puse a dar clases de Filosofía en una academia de la calle Piamonte, me cruzaba muchas veces con A. T. por las mañanas. Vivía -supongo que sigue viviendo- allí al lado. Nunca me paré a hablar con él ni le dije nada; a él no lo conocía, pero sí al protagonista de sus diarios (los había ido leyendo, a salto de mata, durante mis años de universidad). Prefería quedarme al margen, como un simple habitante anónimo de la vida -una cara fugaz, un chico paseante-, antes que irrumpir groseramente en la marcha del escritor (en cualquier caso, es posible que salga de "extra" en alguna de las páginas de sus diarios, nunca se sabe).
Los lunes tenía una hora libre y solía irme a desayunar un café con churros (aprovechaba para hojear el periódico, leer un libro o preparar la siguiente clase). Después me daba un paseo por el barrio (Barquillo, Fernando VI, Recoletos...) y era entonces cuando solía cruzarme con A. T. Creo recordar que salió como personaje en alguno de mis "cuadernos de letra pequeña".
Profecía:
Allá por el 2073, cuando la mayor parte de nosotros -incluidos A. T. y sus enemigos- estemos criando malvas, saldrá la edición definitiva del Salón de pasos perdidos. Será considerada por todos los expertos como un acontecimiento cultural de primer orden: "Sin duda alguna, nos encontramos ante una de las cumbres de la literatura contemporánea", escribirá el Harold Bloom de la época. Venderá como churros (ojo: porque el precio será asequible). En los últimos años de su vida, el autor, en un rapto de lucidez, había hecho una poda de los párrafos que consideraba más aburridos o sobrantes, y había añadido notas a pie de página desvelando las identidades ocultas de los personajes. La obra final cabe en 10 tomos de 300 páginas cada uno, que ya está bien ¿no?
Me da una envidia tremenda de esos lectores de finales del siglo XXI. Podrán disfrutar de la vida doblemente: en la realidad y entre las páginas de un libro. Vivirán dos veces. La distancia temporal multiplicará la intensidad vital -o como se diga- de las historias contadas y, en consecuencia, el goce del lector y el valor de la obra.
Conclusión:
Afortunadamente, el protagonista de los diarios de A. T. es un hombre con sus grandezas y sus miserias, sus verdades y sus mentiras, sus virtudes y sus defectos, sus lealtades y sus rencores. Un hombre, no un maniquí o una idea. Como deben ser los personajes de la literatura...
Qué buenos ratos nos ha hecho pasar el tío. Gracias, don Trapiello.