Showing posts with label diarios. Show all posts
Showing posts with label diarios. Show all posts

Tuesday, January 23, 2007

Salón de pasos perdidos

Aproximadamente una vez al año, como los niños de San Ildefonso o las golondrinas de Bécquer (pero con menos puntualidad), llega a nuestras librerías un nuevo tomo del Salón de pasos perdidos, la novela en marcha en forma de diario que Andrés Trapiello lleva publicando desde 1990. Entonces sus lectores recuperamos nuestra otra existencia "en marcha": esos personajes llenos de vida, esos ambientes tan familiares, las opiniones del protagonista (como siempre, unas nos parecen certeras y otras totalmente equivocadas), sus gustos literarios (unos más discutibles que otros), sus disputas insignificantes... Y disfrutamos un buen rato, que es de lo que se trata.
Hipótesis y/o sospechas:
A. T. debe de ser el escritor con más enemigos por metro cuadrado de las Españas. Tiene más odiadores en vida que los que le han salido a Cela de muerto, que ya es decir. Quizás por eso nos cae tan bien.
Imagino que cuando sale del portal de su casa mira con temor hacia los lados, no vaya a ser que se le abalance uno de los personajes de su diario y le increpe agarrándole de las solapas de la chaqueta. También teme que, desde la otra acera de Conde de Xiquena, algún escritor fracasado o herido en su orgullo le lance un pedrusco a la cabeza. Todo parece indicar que el protagonista de los diarios de A. T. se ha ido convirtiendo en un ser más desconfiado, menos abierto o natural, menos sentimental y mucho más cínico que antes. Ahora que tiene éxito puede parapetarse en sus premios, pero antes tenía que ser -a la fuerza- una cuestión de puro unamunismo, esa curiosa mezcla de dignidad, egolatría y gamberrismo. Conciencia de uno mismo frente a los otros. Si pasan de mí o me tocan las narices, me impongo por cojones. Sí señor.
He oído que se ha organizado una Asociación de Damnificados de Trapiello. La preside una profesora de Elche. A veces A. T. se arrepiente de haberse metido en tanto embolado (se mueve a la defensiva, como diciendo: "Oye, que en el fondo soy una buena persona"), pero ya no hay marcha atrás. Sólo queda buscar aliados para enfrentarse al enemigo.
Pero, bueno, todo eso forma parte de la anécdota (que no da más de sí), la charla de portera editorial, el duelo de espadachines de un mundillo ridículo -el literario- que algunos se toman demasiado en serio. Sus diarios son mucho más que eso. Sí. La vida hecha literatura... y viceversa.
No exagero si digo que Andrés Trapiello nos ha enseñado a ver las cosas de otra manera, nos ha ayudado a sacarle más jugo a la vida, a pensarla y mirarla con ojos antiguos, sentimentales, poéticos, más conscientes del paso del tiempo. El secreto está en extraer lo eterno de lo transitorio (en eso consiste, precisamente, según Baudelaire, la tarea del artista moderno). ¿De cuántos escritores podemos decir eso?
Recuerdos:
Cuando terminé la carrera y me puse a dar clases de Filosofía en una academia de la calle Piamonte, me cruzaba muchas veces con A. T. por las mañanas. Vivía -supongo que sigue viviendo- allí al lado. Nunca me paré a hablar con él ni le dije nada; a él no lo conocía, pero sí al protagonista de sus diarios (los había ido leyendo, a salto de mata, durante mis años de universidad). Prefería quedarme al margen, como un simple habitante anónimo de la vida -una cara fugaz, un chico paseante-, antes que irrumpir groseramente en la marcha del escritor (en cualquier caso, es posible que salga de "extra" en alguna de las páginas de sus diarios, nunca se sabe).
Los lunes tenía una hora libre y solía irme a desayunar un café con churros (aprovechaba para hojear el periódico, leer un libro o preparar la siguiente clase). Después me daba un paseo por el barrio (Barquillo, Fernando VI, Recoletos...) y era entonces cuando solía cruzarme con A. T. Creo recordar que salió como personaje en alguno de mis "cuadernos de letra pequeña".
Profecía:
Allá por el 2073, cuando la mayor parte de nosotros -incluidos A. T. y sus enemigos- estemos criando malvas, saldrá la edición definitiva del Salón de pasos perdidos. Será considerada por todos los expertos como un acontecimiento cultural de primer orden: "Sin duda alguna, nos encontramos ante una de las cumbres de la literatura contemporánea", escribirá el Harold Bloom de la época. Venderá como churros (ojo: porque el precio será asequible). En los últimos años de su vida, el autor, en un rapto de lucidez, había hecho una poda de los párrafos que consideraba más aburridos o sobrantes, y había añadido notas a pie de página desvelando las identidades ocultas de los personajes. La obra final cabe en 10 tomos de 300 páginas cada uno, que ya está bien ¿no?
Me da una envidia tremenda de esos lectores de finales del siglo XXI. Podrán disfrutar de la vida doblemente: en la realidad y entre las páginas de un libro. Vivirán dos veces. La distancia temporal multiplicará la intensidad vital -o como se diga- de las historias contadas y, en consecuencia, el goce del lector y el valor de la obra.
Conclusión:
Afortunadamente, el protagonista de los diarios de A. T. es un hombre con sus grandezas y sus miserias, sus verdades y sus mentiras, sus virtudes y sus defectos, sus lealtades y sus rencores. Un hombre, no un maniquí o una idea. Como deben ser los personajes de la literatura...
Qué buenos ratos nos ha hecho pasar el tío. Gracias, don Trapiello.

Friday, November 24, 2006

Diario de una peregrinación

En una de las noches más frías del mes de enero de 1870 conversábamos agradablemente al amor de la lumbre varios amigos en casa de uno de nosotros, a la sazón convaleciente de una gravísima enfermedad. Encima de la mesa en torno de la cual nos apiñábamos, para que no se escapase el brasero, había un libro: Viajes a Jerusalén y al Monte Sinaí, del P. María José de Geramb.
Lo abrimos y empezamos a leerlo. No se necesitó más para que la conversación, hasta entonces un tanto fría y descolorida, tomase tal animación, que nos sorprendieron las más altas horas de la noche hablando de Jerusalén, Belén, Nazaret, el Jordán, el mar Muerto, el lago de Tiberíades, el Tabor, el Carmelo. Desde aquel punto y hora quedó resuelta nuestra peregrinación a los Santos Lugares.
Durante los cinco años que corrieron entre la resolución y la partida, apenas sabíamos hablar de otra cosa que de la Tierra bendita de nuestra redención; y tanto y tanto crecían nuestras ansias, que las horas se nos figuraban años y los días, siglos.
Así comienza el Diario de una peregrinación de José María Fernández Sánchez y Francisco Freire Barreiro, catedráticos de la Universidad de Santiago a finales del XIX. Siempre que lo leo me da una envidia tremenda: me gustaría estar allí con ellos, asistir a sus conversaciones, participar en los preparativos de la aventura, sentir esa ilusión casi infantil, como si volviese a creer en los Reyes Magos o en el Séptimo de Caballería...
En el año del jubileo universal de 1875, estos seres eruditos y piadosos emprendieron un larguísimo viaje de peregrinación que fueron plasmando con minuciosa fidelidad en un monumental diario; después, ya en casa, lo aderezaron con hermosos grabados y generosa documentación. Santiago, Jerusalén y Roma son los hitos fundamentales de este viaje en el que atraviesan mares, montes, continentes... y recorren cientos de ciudades.
En tardes de lluvia como ésta, me zambullo al azar en cualquiera de sus tres mil páginas y me pongo a soñar un rato para combatir las asechanzas del tedio. Despliego sobre la cama el mapa que viene al final del primer tomo (publicado en 1880, como "el turrón más caro del mundo"), sigo con el dedo el itinerario marcado de su viaje y me uno a ellos, como un pasajero más, en la aventura. Es una gozada...
Las comparaciones son odiosas, pero seguramente si estos señores hubieran nacido en Inglaterra y hubieran sido profesores de Oxford, sus libros habrían sido reeditados hasta la saciedad en distintos idiomas, como ocurre, por ejemplo, con Los siete pilares de la sabiduría, de T. E. Lawrence. En cambio, a los pobres Fernández y Freire no los conoce ni su padre. Ni falta que hace, por otra parte.
Foto: desde el castillo de Coca.