Friday, May 29, 2009

El Aleph de Londres

"El Aleph existe. Está en la parte baja de la página 59 de la guía urbana AZ, segunda edición de 1990. Lo que en el plano aparece como una espiral de calles en torno a Notting Hill es, en la realidad, un maelstrom de crescents, gardens, places, rises y roads que engulle en su laberíntica vorágine todos los Londres, todos los mundos posibles. El ángulo noroeste de Kensington Gardens contiene un palacio real, un mercadillo célebre, un barrio de millonarios, unas cuantas áreas sórdidas, la autopista A-40, varios restaurantes de lujo y decenas de antros, tiendas carísimas y casas de empeño, cientos de hoteles turísticos y un caleidoscopio étnico y lingüístico. Se ha convertido también, ay, en barrio emblemático de los nuevos ricos del nuevo laborismo.
El signo del Aleph, ese mito borgiano en el que todos los acontecimientos del universo ocurren simultáneamente en un mismo punto, concentra sobre la pequeña colina de Notting una tremenda tensión, una trama de fuerzas opuestas que generan vida, bullicio, creación y, ocasionalmente, explosiones de violencia."
(Enric González, Historias de Londres)
Hace unos años pasé un mes en Inverness Terrace, frente a Kensington Gardens, muy cerca del Aleph que tan bien nos describe Enric González. Creo que fui un poco deprimido y volví bastante renovado. Disfruté muchísimo de la ciudad, sobre todo de la tranquilidad de los parques y de mis paseos infinitos por los distintos barrios londinenses. En cierto modo, mi aleph era el Round Pond. Mirando aquel laguito circular, se me pasaban las horas muertas. Desde entonces es una de mis ciudades preferidas.
Ahora nos vamos unos días a casa de una amiga, en los suburbios de Londres, no muy cerca del Aleph. Es raro que no esté tan contento como otras veces; quizás sea el bajón primaveral, o esta persistente soledad mañanera, o que no he tenido tranquilidad suficiente para saborear la idea, no sé. Espero que, como la otra vez, vuelva renovado. Ya os contaré.

Wednesday, May 27, 2009

Murakami, corredor de fondo

Estoy leyendo un libro de Murakami titulado What I Talk About When I Talk About Running (De lo que hablo cuando hablo sobre correr). Que yo sepa no está traducido todavía al español. Es un ensayo. Voy por la mitad. Es la vez que más estoy aguantando un libro de Murakami; suele pasarme esto de que de los novelistas me gusten más sus libros de no-ficción que sus novelas (de los que saben escribir bien, claro). Es un digno representante del género lectura en terracita con cerveza y aceitunas. Los demás los tuve que dejar por imposibles. Me aburrían un huevo, o los dos. A lo mejor tuve mala suerte al escoger, no sé, pero sería demasiada casualidad. El único que me gustó un poco fue el de La caza del carnero salvaje; por cierto, que no se me olvide volver a cogerlo en la biblioteca alguna vez, a ver si consigo terminarlo.
Pues resulta que a Murakami le gusta mucho correr. Hace footing varias horas todos los días, religiosamente, desde que tenía 33 años, ha participado en muchas maratones populares (Tokio, Nueva York, etc) e incluso en 1982 se hizo él solito el recorrido Atenas-Maratón en pleno mes de agosto, con la canícula griega en su momento álgido, que ya hay que estar mal de la cabeza...
En este libro se pone a contar cómo empezó en esto del correr, cómo se fue enganchando, cuánto tiene que ver con su forma de ser, con su carácter, lo que opina sobre el tema, etc. Qué coñazo, diréis. Y eso pensaba yo también, que me aburro y me canso ya sólo de ver a los del footing corriendo por la calle hacia ninguna parte, sudando y sufriendo porque sí. Pero el libro está entretenido. Hasta me está apeteciendo bajarme un día a echar una carrerita por el barrio, a ver qué tal. Al hilo de sus reflexiones sobre el correr, también va recordando sus comienzos literarios y reflexiona (es un decir) sobre el arte de escribir. Resumiendo, que son una especie de memorias/diarios sobre el correr y el escribir.
Dos cosas me han llamado la atención desde el principio del libro:
1) En primer lugar, lo sencillo y humilde que es este Murakami. Me cae bien. Con el éxito mundial que tiene, se le podría haber subido el ego a la cabeza. Pues no. Es un tío muy normal. Es consciente de sus limitaciones y debilidades y no trata de vendernos la moto de nada. Dice lo que piensa con sinceridad (eso parece, al menos) y sin florituras, habla de lo que le gusta y recuerda las cosas como fueron, sin más. No tiene melindres ni complejos sobre el qué dirán y no adopta pose ideológica alguna (gracias, Haruki).
2) En segundo lugar, que parece un poco cortito. Poco inteligente, quiero decir. Que no da mucho de sí. No parece muy sustancial, no. En sus momentos de mayor altura reflexiva, el ensayo de Murakami no logra soprepasar ni al más ñoño libro de autoayuda. En realidad, eso parece a veces: un bondadoso e inofensivo librito de autoayuda. Por eso me gustan más las partes en que sólo cuenta las cosas y no razona sobre ellas. Él mismo reconoce en algún momento su incapacidad para la reflexión; por eso sus novelas son, sobre todo, una concatenación de sensaciones, imágenes, impresiones, sentimientos, etc. Lo mental no es lo suyo, y ya está. Un aspecto quizás asociado a esto es su superficialidad: por lo que dice en el libro parece que lo más horrible del mundo mundial para Murakami sería coger unos kilitos de más. Si le saliese un michelín se sumiría en la depresión más absoluta y se haría el harakiri, creo yo. Me lo imagino todo el día contemplando su barriga en el espejo... ¡¡¡Y estamos hablando de un tío de 60 años!!!
En fin. Viene a decirnos Murakami que escribir novelas y correr maratones tiene mucho en común: tesón y esfuerzo, dedicación, determinación, disciplina, resistencia, etc. Supongo que tiene razón. Lo que pasa es que yo soy más de paseos. El sufrimiento modulado casi que se lo dejo a los demás. Por eso, quizás, nunca llegaré a la novela.

Saturday, May 23, 2009

El tormento de Damiens

Siempre me ha impactado el comienzo del libro de Michel Foucaul Vigilar y castigar, en el que reproduce la tortura y ejecución a la que fue sometido un tal Robert-François Damiens en París en el año 1757. Para ello Foucault cita directamente unos textos de la época en los que se relatan estos tormentos físicos con gran detalle y plasticidad (y calidad literaria, creo yo). La fuente original de estos textos es diversa: Pièces originales ft procédures du procès fait à Robert-François Damiens, 1757; Gazette d'Amsterdam, 1 de abril de 1757; y los otros aparecían citados a su vez en A. L. Zevaes, Damiens le régicide, 1937. Yo creo que es el comienzo más brutal de cualquier libro que se haya escrito:
"Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento".
"Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d'Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas". [...]
"Los caballos dieron una arremetida, tirando cada uno de un miembro en derechura, sujeto cada caballo por un oficial. Un cuarto de hora después, vuelta a empezar, y en fin, tras de varios intentos, hubo que hacer tirar a los caballos de esta suerte: los del brazo derecho a la cabeza, y los de los muslos volviéndose del lado de los brazos, con lo que se rompieron los brazos por las coyunturas. Estos tirones se repitieron varias veces sin resultado. El reo levantaba la cabeza y se contemplaba. Fue preciso poner otros dos caballos delante de los amarrados a los muslos, lo cual hacía seis caballos. Sin resultado.
En fin, el verdugo Samson marchó a decir al señor Le Bretón que no había medio ni esperanza de lograr nada, y le pidió que preguntara a los Señores si no querían que lo hiciera cortar en pedazos. [...]
Después de dos o tres tentativas, el verdugo Samson y el que lo había atenaceado sacaron cada uno un cuchillo de la bolsa y cortaron los muslos por su unión con el tronco del cuerpo. Los cuatro caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron tras ellos los muslos, a saber: primero el del lado derecho, el otro después; luego se hizo lo mismo con los brazos y en el sitio de los hombros y axilas y en las cuatro partes. Fue preciso cortar las carnes hasta casi el hueso; los caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron el brazo derecho primero, y el otro después.
Una vez retiradas estas cuatro partes, los confesores bajaron para hablarle; pero su verdugo les dijo que había muerto, aunque la verdad era que yo veía al hombre agitarse, y la mandíbula inferior subir y bajar como si hablara. Uno de los oficiales dijo incluso poco después que cuando levantaron el tronco del cuerpo para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo. Los cuatro miembros, desatados de las sogas de los caballos, fueron arrojados a una hoguera dispuesta en el recinto en línea recta del cadalso; luego el tronco y la totalidad fueron en seguida cubiertos de leños y de fajina, y prendido el fuego a la paja mezclada con esta madera.
En cumplimiento de la sentencia, todo quedó reducido a cenizas. El último trozo hallado en las brasas no acabó de consumirse hasta las diez y media y más de la noche. Los pedazos de carne y el tronco tardaron unas cuatro horas en quemarse. Los oficiales, en cuyo número me contaba yo, así como mi hijo, con unos arqueros a modo de destacamento, permanecimos en la plaza hasta cerca de las once.
Se quiere hallar significado al hecho de que un perro se echó a la mañana siguiente sobre el sitio donde había estado la hoguera, y ahuyentado repetidas veces, volvía allí siempre. Pero no es difícil comprender que el animal encontraba aquel lugar más caliente."
(Michel Foucault, Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, 1976)

Thursday, May 21, 2009

Gente de las pusztas

Nunca había oído (o leído) hablar de Gyula Illyés, aunque con ese nombre tan raro es fácil haberlo leído (u oído) y no recordarlo. Era un señor húngaro. Nació en 1902 en un pueblo encantandor llamado Felsőrácegrespuszta (nombre que, curiosamente, tampoco había oído nunca) y murió en Budapest en 1983.
Entre otras muchas cosas, Gyula Illyés participó en la guerra de Szolnok contra los rumanos, trabajó en París como encuadernador de libros, se casó con una profesora de gimnasia terapéutica y escribió un poema muy bonito sobre la tiranía.
Aquí lo podéis ver, con la boina, postulando su figura a cofrade del Círculo Solana.

Estoy leyendo su libro Gente de las pusztas, en el que nos acerca a la historia y a la vida cotidiana del campesinado húngaro, centrándose en algunos de sus personajes corrientes y molientes. El retrato que hace en las primeras páginas del "espíritu de su pueblo" es realmente demoledor:
La gente de las pusztas, lo sé por experiencia, es servil, sumisa. No lo es de forma calculada y consciente; por la expresión y también por el hecho de que levanta la cabeza incluso cuando grita un pájaro, se le nota que lo es desde siempre, por la sangre, por una experiencia milenaria. [...] Estoy convencido de que todo lo bueno y bello que se puede decir de un sirviente también es aplicable a la gente de las pusztas, cuyo lenguaje, costumbres y rasgos guardan casi sin mácula, en todo el país, cierta constitución ancestral. No se mezclaron con otras gentes, ni siquiera con las del pueblo vecino, sobre todo porque nadie estaba dispuesto a mezclarse con ellos. No tienen exigencias; son obedientes hasta el punto de que ni siquiera es preciso ordenarles nada, perciben los pensamientos de sus señores por telepatía y los ejecutan en el acto, como corresponde a unos sirvientes cuyos padres, bisabuelos y tatarabuelos ya habían servido en el mismo lugar y a un mismo señor. Esta gente conoce por instinto todas las costumbres domésticas, está disponible para todo, y al concluir su trabajo sale de la habitación, como de la vida o de la historia, sin que sea preciso ordenárselo, ni siquiera con la mirada.
Este libro lleno de realismo (histórico-sociológico) y poesía es una auténtica maravilla; por momentos, me recuerda a la película El árbol de los zuecos de Ermanno Olmi. Si no estuviera muerto, podríamos admitirlo sin problema en la nómina de los solanistas. Creo yo.

Sunday, May 17, 2009

Sesión de fotos

Lo prometido es deuda:
-Fotos de Austria.
-Fotos de Valencia.

Friday, May 15, 2009

El escritor casi inédito

Empecé a leer a Miguel Sanfeliu allá por octubre de 2006, cuando relataba sus experiencias en el Hay Festival de Segovia, y disfruté tanto con aquellas crónicas que desde entonces me convertí en fiel seguidor de su blog Cierta distancia (que acaba de cumplir su tercer aniversario). Así comenzaban aquellas crónicas: “Del mismo modo en que unos corren en pos de su equipo para verlo jugar en cualquier parte del mundo y otros persiguen con entusiasmo las actuaciones de sus cantantes favoritos, yo decidí el viernes no acudir a mi trabajo y marcharme al Hay Festival de Segovia. Cargado con una mochila con libros, una cámara de fotos (que tengo que tirar a la basura, pues la mayoría de las imágenes las sacó borrosas y, por supuesto, la culpa la tiene la máquina, no la voy a tener yo), una grabadora sin pilas y una libreta, me lancé a la carretera”. Desde aquel día, además de convertirse en nuestro corresponsal oficial en el Hay Festival (no he ido nunca ni pienso ir, pudiendo leerle a él), Miguel ha ido compartiendo puntualmente con nosotros sus relatos, sus comentarios sobre libros y películas, nos ha descubierto a distintos escritores, etc.
Siempre correcto, siempre respetuoso, Miguel habla de los libros y de los escritores con una admiración sincera. Disfruta con ellos y no le importa que se le note. Para él la literatura es un motivo de celebración, no un reptilario lleno de egos, envidias y navajazos. Es generoso y nada pijotero. Otra cosa que me gustaba de él desde el principio es que nunca se ofendía cuando los que somos más escépticos o irreverentes nos metíamos con algún autor que a él le gustaba. Porque hay mucha gente así de ridícula, que si dices que es un coñazo su escritor preferido se enfadan como si hubieses insultado a su padre. Miguel no. No es un talibán del gusto. Vive y deja vivir. Después pude comprobar que en la vida real es igual de amable y comedido que en su blog: un día quedamos en la Casa del Libro de la Gran Vía (dónde si no) y, después de curiosear un rato en la sección de saldos de la calle de la Salud (por cierto, que los muy cabrones la han cerrado), nos fuimos a tomar una cerveza y unas patatas ali-oli (me hizo gracia que él las llamara patatas al ajo-aceite) a un bar que si no era alemán lo parecía. En la televisión del fondo retransmitían un partido del Valencia. Y en su conversación era exactamente como en su blog. Sin trampa ni cartón.
Miguel Sanfeliu es un hombre que escribe desde siempre, que escribe porque lo necesita, porque le gusta, porque lleva la literatura metida en las venas, su vida es la literatura aunque tenga un trabajo normal, una casa, un coche, una familia y lleve su rutina diaria prácticamente al margen del mundillo literario, una vida oficial de no escritor, pero la procesión literaria —la otra vida, la verdadera, la que le hace sentirse más vivo— va por dentro. (A estas alturas, es ésta la única mitología literaria que estoy dispuesto a admitir, la nada mitológica mitología de quien simplemente se entrega a lo que le gusta aunque sea en sus horas libres, “para los adentros”, a escondidas, y se siente íntimamente recompensado con ello.) Ahora, por fin, y ya era hora, Miguel Sanfeliu, el escritor casi inédito, ha publicado su primer libro: Anónimos.
Pero, al revés de lo que diría Umbral, yo no he venido aquí a hablar de su libro, porque para hablar de su libro tendría que destripar los argumentos de sus 4 relatos, y eso sería una falta de respeto, amén de una putada para vosotros, que lo que deberíais hacer es compraros el libro y disfrutar leyendo los 4 relatos con la emoción del que los va descubriendo por primera vez y se va dejando llevar por ellos, por sus misteriosos meandros y alucinaciones. Digo que tendría que destripar sus argumentos porque el estilo de Sanfeliu es tan diáfano que lo único que importa son las cuatro historias narradas. Desde la primera frase se ve uno atrapado en un juego literario muy gozoso, un mundo real de tan extraño, extraño de tan real, entre la alucinación y la pesadilla, tan kafkiano como sus dibujos (que también han salido de la mano de Sanfeliu, como los de Kafka). Su estilo, ya digo, es claro y exacto, limpio y conciso, y siempre nos empuja hacia adelante, como perros ansiosos, con la mejor técnica del cine de suspense. Y es que Miguel Sanfeliu se toma muy en serio la literatura como juego.
Anónimos es un libro muy pequeño que se lee de un tirón. Se te acaba casi en un trayecto de metro o de autobús. Pero se leería también del tirón aunque tuviese 500 páginas. De hecho, ojalá tuviese 500 páginas, ojalá fuesen 100 relatos y no sólo 4. Se me ha hecho demasiado corto. Lo que estoy deseando YA MISMO es que salga un libro suyo más gordo repleto de relatos que nos dure más.
Mientras tanto, seguiremos releyendo éste.

Wednesday, May 13, 2009

Desolation Row

"Están vendiendo postales del ahorcamiento, / están pintando los pasaportes de color pardo, / el salón de belleza está lleno de marineros / el circo ha llegado a la ciudad / allí viene el ciego de la junta municipal, / lo han puesto en estado hipnótico, / una mano la tiene atada al equilibrista, / la otra está en sus calzoncillos / y el pelotón de motines está inquieto, / necesita ir a algún sitio, / mientras la dama y yo vigilamos esta noche / desde la Vía de la Desolación. [...]
Einstein disfrazado de Robin Hood / con sus memorias en una maleta / pasó hace una hora por aquí / con su amigo el monje celoso, / y se mostró tan inmaculadamente correcto / cuando mendigó un cigarrillo, / después se marchó oliendo alcantarillas / y recitando el alfabeto, / no lo pensarías al verle / pero se hizo famoso hace tiempo / por tocar el violín eléctrico / en la Vía de la Desolación. [...]
A medianoche todos los agentes / y la banda sobrehumana / salen y acorralan a cualquiera que sepa más de lo que ellos saben / luego los llevan a la factoría / donde la máquina de ataques al corazón / es atada sobre sus hombros / y entonces el queroseno / es traído de los castillos por los hombres del seguro que vienen / y controlan que nadie se está escapando a / la Vía de la Desolación.
Orgulloso de ser el Neptuno de Nerón, / el Titanic zarpa al amanecer / todo el mundo está gritando, / “¿De qué lado estás tú?” / Y Ezra Pound y T. S. Elliot / luchan en el puesto de mando, /mientras cantantes de Calipso se ríen de ellos / y pescadores sostienen flores / entre las ventanas del mar, / donde abundan amorosas sirenas / y nadie tiene que pensar demasiado / sobre la Vía de la Desolación.
Sí, ayer recibí tu carta, / cerca del tiempo en que se rompiera el llamador, / cuando me preguntaste cómo me lo montaba / y si aquello era algún tipo de broma / toda esa gente que mencionaste, / sí, sé que están completamente lisiados, / tuve que rehacer sus caras / y darles otro nombre a todos / ahora mismo no puedo leer muy bien / no me envíes más cartas, no, / no, a menos que lo envíes desde / la Vía de la Desolación".
(Bob Dylan, Desolation Row)

Thursday, May 07, 2009

Dos ciclistas en Salzburgo

Imagen tomada desde el castillo de Salzburgo (aquí una breve panorámica de la ciudad).

Wednesday, April 29, 2009

Wittgenstein: remachando el clavo

Estaba en COU cuando leí por primera vez el prólogo del Tractatus de Wittgenstein. Aunque tardaría tiempo en comprender el verdadero alcance de lo que allí se decía, me impresionó la contundencia de aquellas palabras, su belleza inapelable, su profundidad, la mezcla de soberbia y derrotismo, de orgullo (individual, casi egotista) y pesimismo (trascendental, de nuestras facultades, como especie). Quizás porque allí vi resumida en unos pocos párrafos toda la grandeza y toda la miseria de la filosofía:
"Quizás este libro sólo puedan comprenderlo aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan. No es por consiguiente un manual. Habrá alcanzado su objeto si logra satisfacer a aquellos que lo leyeren entendiéndolo.
El libro trata de problemas de filosofía y muestra, al menos así lo creo, que la formulación de estos problemas descansa en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse.
Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento, o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos; porque para trazar un límite al pensamiento tendríamos que ser capaces de pensar ambos lados de este límite, y tendríamos por consiguiente que ser capaces de pensar lo que no se puede pensar.
Este límite, por lo tanto, sólo puede ser trazado en el lenguaje y todo cuanto quede al otro lado del límite será simplemente un sinsentido. [...]
Si este libro tiene algún valor, este valor radica en dos cosas: Primero, que en él se expresan pensamientos, y este valor será mayor cuanto mejor estén expresados los pensamientos, cuanto más se haya remachado el clavo. Soy consciente, aquí, de no haber profundizado todo lo posible. Simplemente por esto, porque mis fuerzas son insuficientes para lograr esta tarea. Puedan otros emprenderla y hacerlo mejor.
Por otra parte, la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos. Y si no estoy equivocado en esto, el valor de este trabajo consiste, en segundo lugar, en el hecho de que muestra cuán poco se ha hecho cuando se han resuelto estos problemas".
(Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus)

Friday, April 24, 2009

El Día sin Libros: James Aira y César Agee

Iba a rescatar para la ocasión al Hombre Perdido, aquella rana Gustavo de los saraos culturales, pero de camino me perdí en unas cañas de cerveza (hacía una tarde estupenda para las terrazas). Mi resumen del Día del Libro queda, más o menos, así: me compré Elogiemos ahora a hombres famosos de James Agee y fui a la conferencia que dio César Aira en la Real Casa de Correos. Vamos, que no hice gran cosa, pero al menos cumplí con el mundo de la industria editorial haciendo un poco de gasto, que es lo que verdaderamente importa, pese al irrisorio 10 por ciento de rebaja en tiempo de crisis (ay, esa ley del precio fijo...).
De la existencia de este libro de James Agee con fotos de Walker Evans me enteré hace tiempo a través de Mabalot (grazie, amigo, por estos descubrimientos) y la verdad es que sólo en el rato que lo estuve leyendo de vuelta en el autobús era como si estuviese presenciando un acontecimiento importante, la epifanía de algo. Algo así como la contundencia literaria de la verdad, o la verdad de la literatura contundente, o la contundencia de la verdadera literatura. Quizás Agee consiguió eso tan difícil que es aunar crudismo y música en un texto sobre la realidad más inmediata: el detalle, la pobreza, lo humano, etc. Estoy seguro de que voy a disfrutar mucho con su lectura, aunque el cuidado de esta edición de Planeta-Backlist deja mucho que desear.
La conferencia de César Aira me gustó. Quizás se hizo un poco aburrida porque la llevaba escrita y lo único que hizo fue leerla, y así se pierde toda la gracia del directo, pero el contenido era muy interesante (habrá que leerla cuando se publique). Como no llevé cuadernito de notas no puedo reproducir ahora ninguna cita, pero hubo alguna frase muy buena. Habló en general de su relación con los libros y con la literatura. Habló de esas lecturas "perdonables", es decir, de esos libros que no atesoran gran calidad pero de cuya lectura uno puede disfrutar muchísimo. O sea, la llamada subliteratura o literatura de género. Habló de lo bueno que hay en la literatura mala y de lo malo que hay en la literatura buena. Habló de cómo los grandes autores se suelen comer a sus personajes y a sus libros, mientras que los autores pequeños les dejan vivir plenamente (el ejemplo paradigmático está en Sherlock Holmes y Conan Doyle: si éste fuera un escritor de primera línea, seguramente la figura de aquél se resentiría).
Hizo unas cuantas reflexiones sobre la literatura folletinesca y de ciencia-ficción francesa del siglo XIX. Habló de libros y autores que desconozco por completo (aunque algunos personajes me suenan, como Fantomas), e hizo un repaso bastante detallado de la obra de
Maurice Renard, del que elogió sobre todo sus primeros libros (especialmente, creo recordar, Las manos de Orlac); parece ser que a partir de su divorcio Renard empezó a escribir por dinero y ahí se estropeó todo, según Aira. Lo que me quedó claro escuchándolo es que este tío es un lector voraz, compulsivo, se ha debido de leer media Biblioteca de Alejandría o más, algo tremendo, pero al mismo tiempo es un lector muy inteligente y sagaz. Tiene una forma curiosa de ver la literatura. Y el personaje que se ha creado para caer mal a mí me cae bien.
Por cierto, que ya ha empezado la feria del libro antiguo de Recoletos. Habrá que pasarse por allí. Lo mismo encontramos ese Renard.

Monday, April 20, 2009

Bloguerías

El sábado vi en el cine La sombra del poder. Está bien hecha y es entretenida (a mí, al menos, me gustó), aunque el final es tan malo, por rebuscado y simple (valga la aparente contradicción), que casi lo estropea todo. Me hizo gracia que en varias ocasiones el protagonista (Russell Crowe), un periodista avezado y de gran experiencia, con muchos contactos en todos los ámbitos (política, ejército, bajos fondos, policía) y pocos escrúpulos a la hora de conseguir sus informaciones, se burlara de los blogs y cuestionara su validez, su seriedad, su veracidad, su capacidad de verificación, etcétera, frente a los periódicos tradicionales de papel. No estoy muy al tanto de los blogs periodísticos, y menos en Estados Unidos, así que no sé hasta qué punto es cierto eso (imagino que habrá de todo), pero viendo el grado general de fiabilidad de los periódicos de papel (sujetos a intereses corporativos, publicitarios y políticos de todo tipo) tampoco me las daría tan de chulito como Russell Crowe. Por cierto, que la imagen de este actor, metido en carnes, con una melenilla ridícula y sin cuello (¿dónde tiene el cuello, señor Lobatón?) resulta un pelín lastimosa. [Recordatorio: no poner tantos paréntesis.]
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Curiosamente, cada vez más escritores consagrados (o, al menos, bastante publicados, leídos y conocidos) se suman a esto de tener un blog. ¿Por qué será? Ni idea, pero esperemos que siga cundiendo el ejemplo.
Lo importante es que da gusto poder acompañar a José Luis García Martín en su periplo por Italia, compartir aficiones y poemas con Felipe Benítez Reyes o seguir las reseñas hilarantes del Lector Malherido, que ha vuelto por sus fueros. Y todo así de fácil, a tiro de click, sin rendir tributos a la ministra y sin moverse del sofá. Que siga, que siga.
*****
Y no sé qué hago que no me pongo a escribir ya mismo algo sobre el recién fallecido J. G. Ballard, al menos para darme un poco de pisto, como cualquier bloguero que se precie, sacando la banderita del "Yo estuve allí". [Podría empezar la entrada con un cadáver ahogado en una piscina vacía.]

Tuesday, April 14, 2009

Las historias de Enric González

Desde que no cojo tanto el autobús, leo bastante menos. Prácticamente me paso el día pegado a la pantalla, traduciendo. (Perdonad si tengo una prosa rara o confusa, pero creo que es por esto, y por el cansancio). A ratos disfruto mucho de esta labor de traducción, sobre todo cuando consigo afinar el instrumento y atino con las expresiones después de darle algunas vueltas (los mejores hallazgos verbales siempre surgen de un salto, como las liebres frente al cazador, y hay que estar muy atento para el disparo), pero a veces me quedo atrapado (por propia incapacidad) en una frase imposible o me desespero intentando entender lo ininteligible o me dejo llevar por la desidia (ese piloto automático o voz en off de la traducción simultánea) y sé que no estoy haciéndolo todo lo bien que debiera e inevitablemente se me quitan las ganas de seguir, porque deja de tener sentido la tarea... En fin, dilemas míos.
A lo que voy es que estos días leo sobre todo por las tardes, para descansar un poco de los otros libros. O sea, la lectura como placer frente a la lectura como esfuerzo (juro que me lo haré mirar). Me gusta sentarme en la terracita, al fresco (y tan fresco), y ponerme a leer tranquilamente mientras de fondo se oyen los gritos de los niños que juegan en los columpios (hay un parquecito infantil enfrente). Y la lectura perfecta para estos momentos de placer es Enric González. Es un gustazo, os lo recomiendo. En resumen: te sientas al fresco con un libro suyo en una mano y una coca-cola en la otra y varias horas después vuelves al mundo cruel de los seres vivos pero sigues con la sonrisilla puesta. Has vivido muchas cosas y aprendido otras tantas, pero con tan mínimo esfuerzo que es como dibujar parábolas marcha atrás en la pista de patinaje. Ya sabéis que hay libros que te agreden, que te imponen su cilicio. Pues digamos que éstos te hacen masaje.
Me he leído de un tirón sus Historias de Londres y sus Historias de Nueva York, y no veo el momento en que saque unas Historias de Roma para devorarlas en otra tarde gozosa. Tendría que haber más libros así. No puede ser tan difícil ¿no? (bueno, quizás sí lo sea). Una manera sencilla y directa de contar las cosas, de ilustrarnos y de acercarnos a las ciudades, sus historias, sus lugares y sus gentes; una mirada inteligente, normal, agradable, cosmopolita, curiosa pero no cotilla, culta pero no tediosamente erudita, nada egocéntrica, a veces compasiva, a veces distanciada y hasta cínica (lo que se traduce en "decir las cosas como son"), generalmente irónica, y con un sentido del humor que es una verdadera gozada (por momentos parece inglés).
No sé por qué no hay más escritores de este tipo en España. ¿Acaso no tenemos más gente así? Me cuesta creerlo. No sé, quizás tampoco haya espacio editorial para este tipo de libros. Ya se sabe que todo lo que no sea novela resulta sospechoso. Nunca lo entenderé. Es absurda esa cerrazón. Con lo que se disfruta leyendo estas cosas...
Enric González ha sido corresponsal de El País en las ciudades más bonitas del mundo, París, Londres, Nueva York, Roma (pongo el orden suyo cronológico, no el mío valorativo), y ya sólo por eso se hace acreedor de toda nuestra envidia. Envidia cochina, no sana. Tiene cara de pillo y se le nota la pasión por el verdadero periodismo, por los "grandes" de la historia periodística, que naturalmente son ingleses o norteamericanos. Sus libros están bien escritos, sin excesos retóricos ni alaridos ni aspavientos (que cuando los periodistas se meten a poetas es mejor salir huyendo); están bien documentados, sobre todo en cuanto a anécdotas, lugares y personajes; y, por encima de todo, son muy entretenidos. ¿Qué más se necesita? Imagino que tiene que disfrutar muchísimo escribiendo estas historias, casi tanto como los demás leyéndolas.

Sunday, April 12, 2009

La Malvarrosa

Sea de noche o esté nublado, haga frío o llueva, incluso sin sol reflejándose en el agua, sin niños retozando en la orilla, sin mujeres de blanco, sin sombrillas... para mí la playa de la Malvarrosa siempre será Sorolla.

Tuesday, April 07, 2009

Una pequeña multa

A pequeños (pero a veces molestísimos) males, pequeños remedios: "Multaríamos también en el mundo actual a los que sólo van mirando las marcas de los autos, a los que se pasan la vida observando corbatas, a los que creen que ha sonado el teléfono cuando no ha sonado, a los que beben con un gesto suntuoso la leche como si fuese leche, a los que dan golpes con el cigarrillo contra la pitillera o contra la mesa, a los que achacan a Sócrates cosas que no dijo Sócrates, al que cuenta el argumento de una película al que la va a ver mañana; al que mete la mano en el buzón, desconfiando de que la carta haya caído adentro; al que hace señas a un taxi ocupado; al que mirando un avión que vuela exclama: "qué alto va!"; al que pretende que su mujer se compre medias que dure más de una puesta; al que al echarse vino sin darse cuenta de que la botella tiene su tapón puesto echa una mirada furibunda alrededor, o al beber inclina la copa y la cabeza de un solo lado, como si el líquido no pudiese pasar por el otro; al que en vez de dar a la luz toca el timbre, o viceversa [...]; al que ruega que le devuelvan los ladrones el reloj porque era un recuerdo de familia; al que tiene un perro para que le lleve el periódico en la boca; al que pregunta al escritor: "¿Qué libro suyo va a salir?", cuando está en los escaparates el último; al que padece de aritmética manía y suma árboles, casas y ventanas; al que pregunta al camarero si el melón es bueno y cree que le va a decir la verdad; al que devuelve siempre el vaso que le dan diciendo que está sucio; al que nos llama por teléfono y nos pregunta: "¿Con quién quiere hablar?"; al que hace que perdamos la estación de radio que estábamos oyendo bien para que la oigamos mejor; al que se empeña en prestarnos un libro que no queríamos que nos prestara, etcétera".
(Ramón Gómez de la Serna, Quevedo)

Tuesday, March 31, 2009

Las estaciones de la Tabla Redonda

"Con este signo de noble aventura empezó Arturo el año nuevo, ansioso ya por escuchar las promesas que prometía. Si al principio, cuando se sentaron a la mesa faltaban comentarios de esta clase, ahora tuvieron todos sobrado motivo de conversación. Gawain había estado alegre al empezar aquellos juegos; pero no os extrañéis de que al final se le viera taciturno, porque si bien los hombres se sienten animados y alegres después de haber bebido copiosamente, un año pasa pronto y nunca concluye igual: rara vez concuerda el final con el principio. Y así pasó la Pascua y el año que a ella seguía, y corrieron las estaciones una tras otra en rápida sucesión. Después de la Navidad llegó la severa Cuaresma, que prescribe para el cuerpo pescados y alimentos austeros. Luego vino el tiempo que combate al invierno en el mundo: el frío mengua y retrocede; las nubes se disipan, la lluvia brillante se derrama en cálidos aguaceros sobre los campos y se abren las flores; la hierba y los árboles se visten de verde; las aves se afanan construyendo sus nidos y cantan animadas a la espera del dulce verano que ya no tardará; las yemas y los capullos se hinchan y revientan en alegres y espléndidos colores, y una música gloriosa se difunde por el bosque".
(Sir Gawain y el Caballero Verde)

Sunday, March 29, 2009

Polaroids rotas (II)

Un sombrero en el aire, el ruido de los zapatos, el paraguas que gotea sobre la alfombrilla, el movimiento de las caderas cuando sube las escaleras balanceándose.
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Recién duchada, se le pega el flequillo a la frente. Fuma un cigarro sentada en el borde de la bañera. La toalla le bordea los pechos. Unas gotas de agua resbalan por los hombros. Él piensa que así, recién duchada, huele a nuevo y brilla más. El espejo está empañado por el vaho, reflejando asesinos, nubarrones, sombras.
Suena el teléfono.
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La ciudad está vacía. Ella lleva un vestido blanco vaporoso. Está preciosa. El desequilibrio de los tacones, al caminar, marca el músculo de las piernas y la curva del culo. Se apoya en el columpio. Se besan. Pasa un borracho con su andar inestable. Intenta disimular que está borracho. Le lanza un guiño. Un matrimonio con carrito de bebé se para junto a un árbol. Dos monjas atraviesan la plaza.
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Presunción de inocencia:
Mientras no se demuestre lo contrario, todas las mujeres son maravillosas.

Tuesday, March 24, 2009

Las manías ortográficas de JRJ

Por fin he encontrado las explicaciones que da Juan Ramón Jiménez para sus manías ortográficas: es decir, por qué escribe con jota las palabras en ge, gi; por qué usa s en vez de x en palabras como escelentísimo, etc. Están en un artículo de 1953 publicado en la revista Universidad de Puerto Rico: "Mis ideas ortográficas" se titula. ¿"Ideas"? Veamos.
Empieza JRJ dando una razón con la que muchos estaríamos de acuerdo pero que no parece aplicable en este caso porque no tiene nada que ver con el tema: "Por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil". Como principio está muy bien, pero en este caso no resulta creíble, no le veo la relación (y no se digna a explicárnosla).
A continuación suelta JRJ una idea de aurora boreal: "Porque creo que se debe escribir como se habla, en ningún caso como se escribe". O sea, que los andaluces a su manera, los catalanes a la suya, los extremeños, los argentinos, los venezolanos, etcétera. Vamos, que para entender los libros de un canario o de un cubano las pasaríamos realmente putas. La idea es tan estúpida que no creo que ni el propio JRJ se la creyese mínimamente (me parece que García Márquez defendió algo parecido hace unos años).
Después lanza otro principio general plausible pero que en este caso queda reducido al absurdo, pues afirma todo lo contrario de lo que hace con estas manías ortográficas: "Por antipatía a lo pedante". No se me ocurre actitud más pedante que llevarle la contraria a todos los demás mortales y distinguirse como el único listo entre tanto tonto, por las razones que sean.
La siguiente explicación sí parece más creíble: cuenta JRJ que su abuelo tenía un Diccionario enciclopédico de la lengua española elaborado de esta manera por un montón de ilustres señores (y JRJ nos suelta pedantísimamente más de treinta nombres de esta guisa: "don José Amador de los Ríos, individuo de la Real Academia de la Historia y catedrático de Literatura de la Universidad de Madrid...") y que, claro, se acostumbró desde pequeño a usarlo y escribir así. Bien, nos lo creeremos. Pero esto lo que demuestra es que todo lo que ha dicho antes es mentira.
Por fin, en el alegato final (con su dosis de humor), JRJ se quita definitivamente la máscara: "En fin, escribo así porque soy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo". Esto sí que me lo creo, y me parece bien (cada uno es libre de hacer lo que quiera), pero habría que objetarle un par de cosas: va contra una academia defendiendo los principios de otra (la del Diccionario enciclopédico de su abuelo), y para molestar a los críticos nos jode la lectura a todos los demás (o sea, les da una patada a los críticos en nuestro culo). Pues vaya negocio... ¿De verdad era necesario todo eso?
No sé, en este asunto sigo sin tener claro si JRJ era sólo un pedante elitista o era tonto del bote o, lo que me parece más probable, el tío era más terco que una mula.

Thursday, March 19, 2009

Psicosis

"Entró en el cuarto de aseo, se desembarazó de las zapatillas con un gesto de los pies, y se agachó para soltarse las medias. Luego levantó los brazos, se quitó el vestido y lo arrojó a la habitación. No le importó que cayera al suelo. Se soltó el sostén...
Después entró en la ducha. El agua estaba muy caliente, y debió abrir un poco la otra llave. Por fin, abrió las dos y dejó que la cálida lluvia cayera sobre ella.
El cuarto empezó a llenarse de vapor. El ruido de la ducha no le permitió oír cómo se abría la puerta de la habitación, ni los pasos que se acercaban. Y cuando las cortinas de la ducha se abríeron el vapor oscureció aquel rostro.
Fue entonces cuando lo vio: un rostro que miraba entre las cortinas, colgando del aire, como una máscara. El cabello aparecía cubierto por un pañuelo y los vidriosos ojos la miraban inhumanamente; pero no era una máscara; no podía serlo. La piel estaba cubierta de polvos blancos y había dos rosetas rojas en las mejillas. No era una máscara. Era la cara de una vieja loca.
Mary empezó a gritar. Entonces la abertura de las cortinas se ensanchó y apareció una mano, armada con un cuchillo de carnicero. Un cuchillo que cortó su grito.
Y su cuello".
(Robert Bloch, Psicosis)

Wednesday, March 18, 2009

El incendio de Nerón

Desde aquí veo a la chica del acné escandaloso, al portero que vaguea, al jubilado sentado en un banco leyendo su periódico, a los niños que juegan en los columpios, a los controladores del estacionamiento regulado (que se reúnen a la misma hora en la misma esquina para fumarse un cigarro), al que pasea a su perro con desgana, a la madre esbelta que empuja con estilo el cochecito del bebé, etc. Un poco más allá estará el mendigo que no tiene dientes y que siempre se pone los dedos en forma de V en los labios para pedir de fumar.
Llevo casi un año aquí y todavía no he hablado de mi barrio. Bueno, en realidad mi barrio, como tal, sigue siendo el de siempre, el que me da nombre. Éste es sólo el lugar donde ahora vivo.
Al principio me costó acostumbrarme a mi nuevo barrio. Echaba de menos mis paseos cotidianos (ese itinerario de rutina siempre novedosa y sorprendente: San Bernardo-Gran Vía-Fuencarral), aunque sigo yendo mucho por allí. Por esta zona hay menos vida, menos lío, menos gente, que es el decorado que más me gusta para mis paseos. Sin embargo, también tiene sus cosas buenas: sus terrazas veraniegas, su piar de pájaros mañaneros, los tranquilos paseos por las callecitas desiertas de chalecitos con jardín, mucho árbol, algunos parques y, por supuesto, también sus calles llenas de tráfico y bares y gente y tiendas. Quizás el lugar más característico del barrio sea la zona en la que confluyen cuatro elementos dispares: una iglesia horrible con forma de sombrero mexicano, un carrusel para niños que en invierno produce tristeza, un edificio muy bonito que ahora está abandonado o en remodelación (el de la foto) y un parque lleno de motivos alemanes (por allí andan la cabeza de Beethoven, un oso levantado sobre sus patas traseras, unos trozos del Muro de Berlín…). La mayor parte de las calles tienen nombres de países hispanoamericanos.
En las noches europeas o ligueras, cuando sopla el viento propicio, desde mi terracita se escuchan los goles del Gran Templo del Fútbol (el Bernabéu está a un cuarto de hora andando). Vale, ya sé que este año andamos de capa caída y no hay muchos motivos para la alegría, pero a veces se oyen, lo juro. Es como un eco apocalíptico de trompetas y alaridos que reverberan en el aire. El incendio de Nerón.

Sunday, March 15, 2009