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Monday, May 21, 2012

Los Panero, un fin de raza literario (y II)

Empieza El desencanto con la inauguración en Astorga en 1974 de la estatua en homenaje a Leopoldo Panero. Suena la trompetería psicodélica, descacharrada, de una banda municipal, entre la marcha militar y el desafine místico de los pasos de Semana Santa. Asisten al evento las fuerzas vivas del lugar y la ciudadanía en pleno, que se agolpa tras las vallas. Entre el respetable se atisban niquis exiguos, patillas, pantalones de campana y gafas oscuras como de torturador pinochetista, que diría Savater. La moda inefable de los setenta. 


 

Monday, February 05, 2007

De compras con un poeta maldito

El poeta en cuestión se llamaba -y se sigue llamando, porque, pese a todo, el tío sigue viviendo tan ricamente (y eso que fuma como un carretero)- Leopoldo María Panero. Muchos lo consideran un exiliado del Parnaso, un protegido de los dioses, un genio sin par, un auténtico Ser Superior (como decía el Buitre de Florentino Pérez); otros piensan, en cambio, que es cáscara sin nuez, puro fuego de artificio, una mezcla ridícula de locura fingida, blasfemia y escatología (o sea, un poquito de "Dios ha muerto" y otro tanto de "caca culo pedo pis", todo bien aderezado con los excesos de una biografía escandalosa). Lo que sí parece claro es que nos encontramos ante el único superviviente de una raza extinta: L. M. PANERO, EL ÚLTIMO POETA MALDITO.
[Vaya por delante que a mí me gusta -y mucho- su poesía]



Bueno, a lo que iba...
Yo tendría unos 20 años (hace nueve, por tanto). Era media tarde. Acababa de ver en vídeo con mi hermano Después de tantos años, la segunda parte de El Desencanto, el famoso documental sobre la familia Panero.
Salí a la calle para cortarme el pelo. Cuál fue mi sorpresa cuando, al pasar por El Corte Inglés de Princesa, veo salir por la puerta a Leopoldo María Panero. Sí, allí estaba, en carne y hueso, el mismo personaje que acababa de ver -tan mitificado, tan literario, tan truculento- en el largometraje de Ricardo Franco.
Seguramente, si no hubiera visto cinco minutos antes aquel documental, ni se me hubiese pasado por la cabeza acercarme a Panero, pero como tenía tan vívidas y recientes aquellas imágenes del poeta maldito (sobre todo las del final, cuando se acerca al banco donde está sentado su hermano Michi, y se ve a los dos paseando por el parque, satisfechos con el reencuentro) me planteé rápidamente la situación y sopesé los riesgos: desde luego, este hombre no está muy bien de la cabeza y nunca se sabe cómo puede reaccionar alguien así. Lo mismo se quiere casar contigo que te manda a la mierda o te da un mal golpe... Pero su apariencia era tan frágil, tan desvalida, tan tierna, que no había nada que temer.
Iba solo, mirando al suelo, fumando un cigarro. Lo que más me llamó la atención es lo limpito y bien vestido que iba el tío, hecho un pincel, con el pelo canoso perfectamente cortado al cepillo. Caminaba despacio, en dirección hacia plaza de España.
Me puse a su altura. Me acerqué y le dije, con mi educación habitual:
-Perdone, ¿es usted Leopoldo María Panero?
Fue como si le despertase de su empanado mundo de ensueño:
-Eh, sí...
Miraba sin mirar, como quien tiene miedo a algo que no sabe descifrar.
-Es que... bueno, he leído algunos libros suyos y me gustan mucho...
-Ahhhh, gracias... -me dijo sin mirarme, como si no le importase lo más mínimo. Su voz era más un balbuceo gangoso que un lenguaje articulado. De pronto, maquinalmente, se giró hacia mí y me espetó-: Oye, ¿puedes hacerme un favor?
-Sí, claro... -dije, sorprendido.
Yo ya empezaba a temerme lo peor. A ver qué favor me pedía ahora éste. Lo mismo acababa metido en un lío de drogas o me hacía una proposición indecente, qué sé yo. ¿Quién me habría mandado ponerme a hablar con un loco?
-¿Sabes dónde está Sara? -me preguntó.
-¿Cómo?
Pensé que ya estaba delirando. Seguramente se había escapado del psiquiátrico y no había tomado la medicación.
-Que si sabes dónde está "Zssara", que me han dicho que está por aquí...
-Ahhh, ¿Zara? Sí, creo que está ahí enfrente... Ah, no, ése es de señoras. Espere, que le voy a preguntar a alguien.
Le pregunté a una señora dónde estaba el Zara de caballeros y me lo indicó.
-Pues me ha dicho esta señora que está por allí, en la otra acera, después de cruzar el semáforo... -le señalé a Panero.
Él miraba mis indicaciones con cara de no enterarse de nada, como si aquello fuese un jeroglífico dificilísimo o un enigma imposible de resolver... Imagino que tampoco tenía muchas ganas de esforzarse y concentrar la atención en aquellas nimiedades.
-¿Me puedes acompañar, por favor? -dijo, con voz de pena, casi suplicante, como si fuese un niño perdido en la feria del mundo.
-Sí, claro...
Emprendimos el rumbo hacia Zara, a paso muy despacio. Él me hablaba mirando al suelo, fumando sin parar. Le daba hondísimas caladas al cigarro, como con desgana. Después de varias caladas, lo tiraba al suelo y se encendía otro. (Panero, esa tortuga que fuma...)
Íbamos tan despacio que el trayecto duró unos diez minutos. La verdad es que me hacía gracia la situación. Me sentía un poco como Tom Cruise en Rain Man llevándole la bolsa de deportes a Dustin Hoffman.
Fuimos hablando todo el rato. Pero no penséis que hablamos de la muerte de Dios ni del futuro de la literatura, ni de "la tecnología del yo" de Michel Foucault o del cuervo de Poe o de los maravillosos Cantos de Maldoror, ni de sus intentos de suicidio o de sus estancias en el manicomio o de la muerte de su madre Felicidad Blanc. No. Lo cierto es que sólo hablamos de tiendas, precios de ropa, calcetines, calzoncillos y cosas similares. Lo juro.
-¿Y Zara es barato? -me preguntó.
-Pues... Bueno, supongo. Yo creo que sí.
-Es que estos cabrones -se refería a los de El Corte Inglés- me querían cobrar no sé cuánto por unos calzoncillos y una camiseta... No te jode.
-Es que es lo que tiene El Corte Inglés -razoné, con toda la sabiduría que Dios me ha dado-, que tienen de todo pero es un poco más caro... Zara sólo tiene ropa y es más barato.
-¿Y venden calzoncillos en Zara?
-Pues no estoy seguro, pero me imagino que sí...
De este estilo fue toda nuestra conversación.
Sólo un par de veces insistió en preguntarme, un poco desconfiado:
-¿Seguro que vamos bien por aquí?
-Sí, sí, si está ya aquí al lado.
Cuando llegamos a la puerta del Zara, preferí hacer mutis por el foro. Pensé que lo mismo a Panero le daría por bajarse los pantalones delante de las dependientas para probarse los calzoncillos y que se iba a montar un escándalo circense en el que prefería no verme envuelto.
-Bueno, pues ya estamos aquí -le dije señalándole la entrada de Zara-. Yo le dejo, que tengo que ir a cortarme el pelo...
-Muchas gracias -me dijo.
Parecía un agradecimiento muy sincero, como si le hubiese rescatado de un naufragio o algo por el estilo. Mientras me marchaba, me giré para echar un vistazo y vi cómo entraba en la tienda el último poeta maldito.

PD: Cuando llegué a casa y se lo conté a mi hermano (que había estado un rato antes viendo el documental conmigo), os podéis imaginar su sorpresa.

[Ya sé lo que os estaréis preguntando, y sí, la respuesta es sí: me cortaron bien el pelo]


En fin, aquí os dejo con un vídeo del susodicho que acabo de encontrar. Bunbury no queda mal del todo, pero el otro da una vergüenza ajena tremenda. Es como el que les ríe las gracias a los tenistas o a los monarcas, pero a otro nivel:


Thursday, October 26, 2006

Los Panero


Debe de ser la familia más rara después de los Monster. Quizás por eso nos caen tan bien...
Disfrutaban de un estatus social envidiable, tenían una bonita casa en Astorga y mucho me temo que pasarán a los anales mitológicos del malditismo, esa religión absurda en la que se adora por igual a "un yonqui que escribe" que a "un gran poeta que se droga".
El padre, Leopoldo Panero (1909-1962), era considerado el “poeta oficial” del franquismo, protagonizó un famoso duelo lírico con Pablo Neruda y se bebía hasta el agua de los floreros. La madre, Felicidad Blanc, era tan guapa y elegante como malvada, con esa maldad sutil que sólo tienen las personas inteligentes. Y los tres hijos, Juan Luis, Leopoldo María y Michi, unos auténticos personajes, a cual más rarito y rocambolesco: los dos mayores, como el padre, se han dedicado a la poesía (me gustan los dos, pero sobre todo el segundo), mientras que el tercero -que es el que mejor me cae- se dedicó básicamente a pasárselo bien hasta que falleció de cáncer hace un par de años.
En 1976 Jaime Chavarri dirigió El desencanto, una mítica película-documental en la que aparecían los tres hijos y la madre contando distintas historias de la familia y poniendo a caldo al padre muerto. El ambiente decadente de la casa familiar sirve de perfecta metáfora a la sordidez de un linaje envuelto en el fracaso: "el fin de una raza", como dice Michi Panero. En su día supuso un verdadero escándalo para los bienpensantes... Ahora parece un simple juego de niños comparado con cualquier reality o programa del corazón. Estamos curados de espanto.
Eso sí: después de ver la película uno se queda pensativo, meditabundo, un poco incómodo, desencantado.
Tres poemas (uno de cada poeta Panero):

HIJO MÍO
Desde mi vieja orilla, desde la fe que siento,
hacia la luz primera que toma el alma pura,
voy contigo, hijo mío, por el camino lento
de este amor que me crece como mansa locura.
Voy contigo, hijo mío, frenesí soñoliento
de mi carne, palabra de mi callada hondura,
música que alguien pulsa no sé dónde, en el viento,
no sé dónde, hijo mío, desde mi orilla oscura.
Voy, me llevas, se torna crédula mi mirada,
me empujas levemente (ya casi siento el frío);
me invitas a la sombra que se hunde en mi pisada,
me arrastras de la mano... Y en tu ignorancia fío,
y a tu amor me abandono sin que me quede nada,
terriblemente solo, no sé dónde, hijo mío.
(Leopoldo Panero)

A LA MAÑANA SIGUIENTE CESARE PAVESE NO PIDIÓ EL DESAYUNO

Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta,
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
-por vez primera había afirmado su existencia-
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios-
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.
(Juan Luis Panero)

A MI MADRE
(reivindicación de una hermosura)
Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)
(Leopoldo María Panero)
Y una canción de Nacho Vegas ("El hombre que casi conoció a Michi Panero"):


PD: Para no extenderme más hoy, otro día contaré al detalle la experiencia que viví "in person" con Leopoldo María Panero, hace unos siete u ocho años, los dos de tiendas por la calle Princesa (surrealista total, pero verídico).