Showing posts with label Jot Down. Show all posts
Showing posts with label Jot Down. Show all posts

Friday, June 28, 2013

La excomunión de Spinoza, la sinagoga vacía

Recuerdo la primera vez que leí la fórmula del Herem que promulgó la comunidad judía de Ámsterdam para expulsar de su seno a Baruch de Spinoza. Era una tarde de invierno, en principio trivial y anodina, como si yo fuese el protagonista de una novela de Benet. Anochecía tras los cristales. Todo estaba en silencio. Por los pasillos de la facultad (Filosofía, Complutense, Madrid) no había nadie en aquel momento. De repente una voz grave, siniestra, profunda, empezó a resonar en mi cabeza conjugando verbos crueles: excluimos, expulsamos, maldecimos, execramos. Quedé profundamente sobrecogido.

Estaba leyendo, como solía hacer, en una de las bancadas de madera del primer piso, frente a la cristalera hiperfragmentada del vestíbulo, apenas separado del vacío por una barandilla. Era la hora habitual de los estudiantes noctámbulos y de los profesores primerizos o denostados; también a veces pasaban con su mopa las señoras de la limpieza. Pero aquel día no había nadie. Maldito sea de día, maldito sea de noche; maldito sea durante el sueño y durante la vigilia. Maldito sea al entrar y al salir. Quiera el Eterno jamás perdonarle. Retumbaba la cólera divina en cada maldición, en cada condena. Como disparos de mosquetón en un fusilamiento.
El reloj de la facultad —un reloj redondo, futurista, como recién salido de Metrópolis de Fritz Lang, o eso me gustaba imaginar— daba siempre las demasiado pronto, una hora que parecía irreal, infinita, una hora que nunca llegaba, que se desvanecía en la lectura, en la letra impresa, página tras página, y moría, como las olas de las canciones francamente mejorables, antes de llegar a la orilla. Que su nombre sea borrado de este mundo (…) Sabed que no debéis tener con él comunicación alguna, ni oral ni escrita, ni hacerle ningún favor, ni permanecer con él bajo techo, ni acercársele a menos de cuatro codos, ni leer cosa alguna por él escrita. Noté en mis brazos los pelos de punta.
Acababa de abrir La sinagoga vacía. Un estudio de las fuentes marranas del espinosismo, el libro escrito por Gabriel Albiac que había tomado prestado en la biblioteca. Aunque se había publicado solo una década antes, parecía un ejemplar antiguo, como curtido en piel de oveja, casi un incunable. Durante años lo estuve buscando sin éxito por las librerías de viejo. Nada. Imposible.
Portentoso entramado de erudición, pensamiento y poesía, La sinagoga vacía abre tantas puertas a la conciencia como laberintos y espejos hay en los versos de Borges. Es un ensayo contundente, riguroso, profundo, pero también se puede leer como una novela, como una colección de historias apasionantes y misteriosas (y cada pie de página, con especial mención al gran Gershom Scholem y a la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo, se convierte en un nuevo laberinto de posibilidades). Así lo leí yo entonces, y así lo estoy volviendo a leer ahora, cuando, por fin, se ha vuelto a editar, en una versión corregida y aumentada, un cuarto de siglo después de la primera.

Friday, January 04, 2013

Biblioteca en llamas

A partir de ahora, internet va a ser mucho mejor: los vagabundeos bibliófilos de Juan Bonilla en Biblioteca en llamas. Nos llenará la estantería con joyas y la cabeza con lecturas pendientes. Estamos perdidos...
*****
Londres: once lugares donde ser feliz, en Jot Down.


Monday, December 10, 2012

Buñuel en blanco y negro

Una monja cayendo al vacío por el hueco de un ascensor. Un leproso que baila el Mesías de Händel disfrazado de novia. Una niña arrastrando una sábana blanca por la calle vacía de un pueblo mejicano. Un maniquí deshaciéndose en un horno. Una mano cortada deslizándose por la alfombra. El guardabosques que dispara a su hijo porque le ha tirado un cigarrillo al suelo. La vieja pregonera de la muerte agitando una campanilla por la noche. La kilométrica monda de manzana que pela una mujer subida a una columna. Hormigas surgiendo de la palma de una mano. El marido celoso que mete una aguja por el ojo de la cerradura para cegar al supuesto mirón. La mujer con el dedo vendado de tanto masturbarse. Un grupo de amigos cenando en el escenario de un teatro. En mitad del desierto, una colegiala que juega al aro se convierte en una anciana desnuda de carnes colgadizas. A través de las ventanas de un autobús, bajo la lluvia, una pareja se abraza en lo alto de un desfiladero. La cabeza reducida de un indígena en la orilla de la playa. La mano sin dedos que acaricia un rostro. Un abeto incendiado cayendo por la ventana, seguido de un arzobispo, un caballete, una jirafa... Etcétera. 
Si el siglo XX fue, como dicen los semiólogos, el Siglo de la Imagen, Buñuel debería figurar como uno de los creadores de imágenes más fascinantes y geniales que han existido. Pocos como él han conseguido hacer del cine un instrumento de poesía tan poderoso, hipnótico e impactante. En una conferencia que impartió en 1958 en la Universidad de México -titulada, precisamente, “El cine, instrumento de poesía”-, Buñuel dijo: “El cine es un arma maravillosa y peligrosa si la maneja un espíritu libre. Es el mejor instrumento para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto… El cine parece haberse inventado para expresar la vida subconsciente, que tan profundamente penetra por sus raíces”. La imagen inaugural (y más famosa) de su filmografía provenía, cómo no, de un sueño: una cuchilla de afeitar rasgando el globo de un ojo. 



Saturday, October 13, 2012

El gesto filosófico de Gilles Pardo o José Luis Deleuze

Desde que en 2005 recibiera el Premio Nacional de Ensayo por La regla del juego, uno de los libros de filosofía más interesantes de los últimos años, José Luis Pardo ha demostrado de manera constante en sus ensayos y artículos —reunidos en los volúmenes Esto no es música (2007), Nunca fue tan hermosa la basura (2010) y Estética de lo peor (2011)— que tiene una habilidad especial para caminar con solvencia por el alambre de funámbulo en el que se mueve la filosofía (siempre al borde del abismo, dada su condición problemática e incluso aporética), sabiendo conjugar la dimensión didáctica del pensamiento con su vertiente más creativa. Enfrentada conscientemente a una pregunta fundamental (“¿cómo escribir un libro de filosofía hoy?”), la obra de Pardo se puede leer —tanto en la forma como en el contenido— como una consecución milagrosa del “más difícil todavía”:
— Escribe con un cuidado estilo literario sin perder profundidad filosófica. A su vez, mantiene el rigor conceptual sin caer en el tecnicismo académico, que suele quedar “inutilizado para la vida” por el abuso del vocabulario especializado.
— Sostiene un diálogo permanente con los principales pensadores de la historia de la filosofía, tanto antiguos como contemporáneos, pero no para quedarse en ellos sino para pensar con ellos y desde ellos los problemas fundamentales que a todos nos incumben.
— Vuelve la mirada hacia el mundo, hacia la sociedad, y busca el enfoque práctico, pero sin caer en esa divulgación mostrenca que tantas veces degenera en manual de autoayuda. Se dirige a un público general, no especializado, pero le exige el esfuerzo y la concentración que son necesarios para adentrarse en las cuestiones filosóficas.
— Suele tomar la literatura y el arte como punto de partida para la reflexión, pero no se queda en mera crítica literaria o comentario de obras artísticas sino que hace fructificar esa lectura estética en un análisis pertinente sobre nuestro tiempo.
— Muestra un evidente interés por la cultura popular, pero elude las posiciones extremas de apocalípticos e integrados. En este sentido, destaca su constante reivindicación de la música pop y, más en concreto, de los Beatles. Seguramente Pardo es el primer filósofo que ha elevado las figuras de Lennon y McCartney a categoría epistemológica.
— Analiza de manera original problemas y conceptos que entrañan gran dificultad, y suele tener a mano un ejemplo aclaratorio o un símil brillante para desatascar las cuestiones más farragosas.
— Es capaz de reinterpretar a los clásicos, empezando por los inevitables Platón y Aristóteles, con una lectura sugerente, iluminadora, un enfoque novedoso, que nos permite comprenderlos mejor y los dota de nueva vida al contacto con el presente.
Todo esto hace de José Luis Pardo, catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, un caso singular en el panorama filosófico español.

Tuesday, September 18, 2012

Las muchas venecias: imágenes y párrafos

Conviene ir probando distintas variantes de transportes, horarios y accesos de llegada, cerrando los círculos abiertos por la posibilidad: permutaciones de la experiencia en una ciudad solo idéntica a sí misma. Cada tentativa modifica los contornos de la quimera, inaugura sus cimientos y reformula sus acabados. Porque Venecia es un lugar irreal, la representación de un sueño —más que dilatado, antiguo—, el reflejo de una realidad que se esfuma, que siempre está escapándose de entre los dedos. La metáfora más exacta se ofrece sin vacilación al visitante: laberinto de espejismos.
Quizá lo más prudente sería no escribir ya más de Venecia. No ensuciar con más tinta las aguas de sus canales, suficientemente anegados por la literatura. Se ha dicho demasiado ya. Se ha inflado en exceso la Idea, encumbrada hasta el delirio por esnobs, estetas y turistas, a menudo reunidos en la misma persona. Y todos los que llegan, como es natural (“no voy a ser menos”), quieren participar de ese banquete sublime de la Belleza, reconocerse en su excelsitud, como un espejo que —solo por el deseo de compartir su secreto— nos devolviese una imagen mejorada de nosotros mismos. Sería absurdo tratar de dar muerte al hechizo, para qué buscarle las cosquillas al difunto, imposible poner nerviosa a La Serenísima. Por muchas precauciones que tomemos, caeremos sin remedio en las redes de su encanto. El paisaje veneciano, hermético o impúdico o en suspenso, sigue invitando a la celebración.
Para mí Venecia se resume en el lamento de la cuerda de amarre, que se retuerce y cruje, como una tabla de madera, al atracar momentáneamente el vaporetto en los hierros de la estación flotante. Es un instante preñado de eternidad, un instante que lo significa todo. No se necesita más.




Wednesday, July 25, 2012

Sánchez Ferlosio: la prosa anfetamínica de un personaje de carácter

Nació en Roma en 1927, tiene la sintaxis castellana metida hasta los tuétanos y, aunque no cree en la idea de progreso, vive en el barrio de Prosperidad (alguna vez me pareció verlo de lejos, como un Pynchon fantasmal, paseando por López de Hoyos). Pasa de la vida literaria y se limita a escribir desde su cueva. Es el último sacerdote de la palabra. Cualquiera diría que ha jurado los votos de castidad, no-humildad y pobreza sobre las tapas de la Gramática de Nebrija, o mejor aún, sobre la Teoría del lenguaje de Karl Bühler. Un buen día descubrió la hipotaxis, que se convertiría en la anfetamina de su prosa tras la prohibición de la Dexedrina con la llegada de la democracia; al parecer, el castellano está especialmente dotado para estas relaciones sintácticas de subordinación que pueden estimular la argumentación y la caligrafía hasta límites imposibles, como una droga de la escritura.
 

 

Monday, July 02, 2012

Un libro y una película

Me gusta lo menor, aquello que sin ruidos ni estridencias expresa su pequeña verdad, sencilla e inextinguible, en absoluto pretenciosa, que permanecerá en nuestra memoria para siempre. La imagen momentánea, la palabra sugerente, el detalle puntual. El libro o la película que por casualidad encuentra su lector o espectador en el momento justo (ni un segundo antes ni un minuto después), su destinatario auténtico, una especie de Innombrable, bien entre los estantes atiborrados de una biblioteca pública, bien en el zapping sostenido de una madrugada de insomnio.
El problema, claro está, es que esta experiencia sagrada de lo único es poco comunicable o trasladable. No vale para nadie más (por eso todo canon es una imposición absurda). Incluso para uno mismo resulta imposible repetir aquella sensación primigenia, inaugural. La belleza de lo que se iba creando sobre la marcha ante nuestros ojos, la emoción sin par del descubrimiento. Después ya nada es igual, empezando por el mismo sujeto que mira. Ya se sabe: Heráclito y el río.
Mi problema es peor aún: más que libros lo que me gustan son párrafos; más que películas lo que me gustan son escenas. Así que no hay elección posible.
Viaggio in Italia de Rosselini, con Ingrid Bergman y George Sanders
Es la película más real, más verdadera, más no-película-sin-dejar-de-serlo, que he visto nunca. Es como asistir a un trozo de vida, con todo su misterio, su belleza y su poesía, sin explicaciones ni subrayados. Sólo la realidad desnuda: los estados de ánimo de una pareja, la emoción lírica de los paisajes y los fantasmas del pasado aleteando alrededor.
Empieza con una escena maravillosa, de una simplicidad perfecta, que nos sitúa de golpe en el meollo de la realidad: un matrimonio inglés, sin hijos, viaja en coche hacia el sur de Italia para vender una casa heredada. La conversación está trufada de reproches, silencios y gestos de aburrimiento; vemos la carretera, los árboles, los campos, los coches que se cruzan, un rebaño de vacas; dentro del coche se respira la distancia gélida de la intimidad. Se anticipan de manera sutil los rencores, los celos, el malestar… que irán aflorando durante su estancia en Nápoles, cuando descubran que, a pesar de llevar juntos tantos años, en realidad no se conocen.
Ingrid Bergman se dedicará a visitar las atracciones turísticas de la zona —las estatuas del Museo Arqueológico Nacional, las ruinas de Pompeya, las catacumbas repletas de calaveras— mientras trata de lidiar a duras penas con su melancolía; por su parte, George Sanders rondará la tentación del adulterio en una escapadita a Capri. Lejos de la cotidianidad rampante londinense (esa ecuación espartana inamovible: trabajar-dormir-comer-cagar), desnudos ante el espacio vacío del tiempo libre, los personajes se ven acosados por la desilusión y el tedio, como dos extraños camino de la disolución. El descubrimiento en Pompeya de los cuerpos calcinados de dos amantes unidos en un abrazo es la metáfora más evidente de toda la película, si bien fue resultante, al parecer, de un hallazgo fortuito durante el improvisado rodaje. Ahí los temas eternos: el amor y la muerte.
Una de las muchas escenas inolvidables transcurre en la azotea de la villa, mientras los dos protagonistas toman el sol tumbados en unas hamacas con las montañas volcánicas al fondo: la violencia latente de una conversación de pareja, con la historia del poeta enamorado, supongo que inspirada en el Michael Furey de Los muertos de Joyce. 
El aparente happy end no es tal, sino sólo un último gesto esperanzado de Rossellini ante su declinante historia de amor con Ingrid Bergman. Normal: ante esa diosa todos suplicaríamos de rodillas. Pero ya sabía don Roberto que no había solución.

Un libro y una película: en Jot Down.

Monday, May 21, 2012

Los Panero, un fin de raza literario (y II)

Empieza El desencanto con la inauguración en Astorga en 1974 de la estatua en homenaje a Leopoldo Panero. Suena la trompetería psicodélica, descacharrada, de una banda municipal, entre la marcha militar y el desafine místico de los pasos de Semana Santa. Asisten al evento las fuerzas vivas del lugar y la ciudadanía en pleno, que se agolpa tras las vallas. Entre el respetable se atisban niquis exiguos, patillas, pantalones de campana y gafas oscuras como de torturador pinochetista, que diría Savater. La moda inefable de los setenta. 


 

Monday, April 09, 2012

Sir Arthur Conan Doyle en espíritu

El 13 de julio de 1930 miles de personas abarrotaron el Royal Albert Hall de Londres para ver y escuchar en directo a sir Arthur Conan Doyle, el creador de uno de los personajes más populares de la historia de la literatura: el sagaz detective Sherlock Holmes. El evento no tendría nada de especial si no fuera porque el eminente escritor había fallecido cinco días antes de un ataque al corazón en su casa de Crowborough, al sur de Inglaterra, a la edad de 71 años.

Sir Arthur Conan Doyle en espíritu, en Jot Down

Sunday, March 18, 2012

Los Panero, un fin de raza literario (I)

Variante letraherida y astorgana de Los Monster, los Panero sirvieron de emblema propicio de la Transición española. Aquellos niños bien que aireaban los trapos sucios de la familia y se burlaban de su padre muerto simbolizaban a la perfección el asesinato freudiano de la dictadura, la caída estrepitosa de una época, el ajuste de cuentas con el pasado reciente de cuarenta largos y oscuros años de franquismo. Una nueva generación, algo pasada de drogas y literatura, escupía a la cara de sus padres sin el menor recato. La alegoría era demasiado fácil para ser puesta en cuestión, aunque, como todo simbolismo, se amparase en la mitología.

Los Panero, un fin de raza literario (I), en Jot Down

Monday, January 30, 2012

El número 15 de Usher Island

Antes de ir, Dublín es Joyce como Praga es Kafka. Ciudades literarias o absorbidas por la literatura, ciudades que no existen quizá más que en los sueños neblinosos de un libro recordado vagamente. Joyce se ha adueñado de un escenario de literatura excesiva, excedente, rebosante: Beckett resulta más bien francés; Yeats, Shaw y Wilde, ingleses; Jonathan Swift, satírico universal, y de Bram Stoker sólo quedan los colmillos sangrientos de su famoso personaje. Los dos escritores autóctonos más puramente dublineses, Sean O’Casey y James Clarence Mangan, no tienen en cambio la misma proyección internacional. Por último está el caso singular de Flann O’Brian, que nació en Strabane, condado de Tyrone, pero murió en la capital irlandesa después de beberse media nación a tragos largos, casi sin respirar.

El número 15 de Usher Island, en Jot Down

Wednesday, December 21, 2011

Raymond Roussel en el Reina Sofía

Domingo, diez de la mañana. Hace un frío polar, las hojarascas del otoño se amontonan en las aceras mojadas, apenas pasan coches por la glorieta de Atocha. Los policías municipales, aburridos y soñolientos, se vigilan a sí mismos. Unos metros por delante de donde yo paso, un viejo lanza un escupitajo verde al suelo desde la puerta de un bar. Dos chicos recién salidos del afterhours traen los ojos como platos, lo miran todo con asombro pero no pueden pronunciar palabra —se les despeña en el abismo que se extiende entre neurona y neurona—. Un hombre emboscado en su abrigo lleva en la mano un cucurucho de periódico con churros grasientos y humeantes. Junto al quiosco de La Once hay un travesti con minifalda vaquera, medias altas fosforitas y zapatillas Nike rosas del número 48. En la entrada del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía una pequeña fila de turistas aguarda el momento de la apertura. La exposición estrella del momento es Locus Solus, aclamada unánimemente por la crítica como un acontecimiento cultural de primer orden.

Raymond Roussel en el Reina Sofía, en Jot Down

Tuesday, December 06, 2011

El París de Jean-Paul Clébert

Después de casi sesenta años olvidado, perdido entre los estantes polvorientos de las librerías de viejo, en 2009 se reeditó en Francia Paris insolite de Jean-Paul Clébert, en la pequeña editorial Attila. Su éxito fue tan fulgurante como el que obtuvo con la primera edición de 1952, en la mítica Denoël —con ilustres compañeros de catálogo como Aragon, Artaud o Céline—, cuando vendió más de treinta mil ejemplares y recibió los encendidos elogios de escritores de la talla de Henry Miller o Raymond Queneau. Aunque parezca increíble, en todo este tiempo a nadie se le había ocurrido recuperar la obra. Tuvieron que llegar unos jóvenes entusiastas con poco dinero y suficiente inteligencia para hacer justicia, mientras de paso daban el pelotazo, con todo merecimiento. Parece que no sólo España está llena de editores ciegos.

El París de Jean-Paul Clébert, en Jot Down.