Wednesday, April 29, 2009

Wittgenstein: remachando el clavo

Estaba en COU cuando leí por primera vez el prólogo del Tractatus de Wittgenstein. Aunque tardaría tiempo en comprender el verdadero alcance de lo que allí se decía, me impresionó la contundencia de aquellas palabras, su belleza inapelable, su profundidad, la mezcla de soberbia y derrotismo, de orgullo (individual, casi egotista) y pesimismo (trascendental, de nuestras facultades, como especie). Quizás porque allí vi resumida en unos pocos párrafos toda la grandeza y toda la miseria de la filosofía:
"Quizás este libro sólo puedan comprenderlo aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan. No es por consiguiente un manual. Habrá alcanzado su objeto si logra satisfacer a aquellos que lo leyeren entendiéndolo.
El libro trata de problemas de filosofía y muestra, al menos así lo creo, que la formulación de estos problemas descansa en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse.
Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento, o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos; porque para trazar un límite al pensamiento tendríamos que ser capaces de pensar ambos lados de este límite, y tendríamos por consiguiente que ser capaces de pensar lo que no se puede pensar.
Este límite, por lo tanto, sólo puede ser trazado en el lenguaje y todo cuanto quede al otro lado del límite será simplemente un sinsentido. [...]
Si este libro tiene algún valor, este valor radica en dos cosas: Primero, que en él se expresan pensamientos, y este valor será mayor cuanto mejor estén expresados los pensamientos, cuanto más se haya remachado el clavo. Soy consciente, aquí, de no haber profundizado todo lo posible. Simplemente por esto, porque mis fuerzas son insuficientes para lograr esta tarea. Puedan otros emprenderla y hacerlo mejor.
Por otra parte, la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos. Y si no estoy equivocado en esto, el valor de este trabajo consiste, en segundo lugar, en el hecho de que muestra cuán poco se ha hecho cuando se han resuelto estos problemas".
(Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus)

Friday, April 24, 2009

El Día sin Libros: James Aira y César Agee

Iba a rescatar para la ocasión al Hombre Perdido, aquella rana Gustavo de los saraos culturales, pero de camino me perdí en unas cañas de cerveza (hacía una tarde estupenda para las terrazas). Mi resumen del Día del Libro queda, más o menos, así: me compré Elogiemos ahora a hombres famosos de James Agee y fui a la conferencia que dio César Aira en la Real Casa de Correos. Vamos, que no hice gran cosa, pero al menos cumplí con el mundo de la industria editorial haciendo un poco de gasto, que es lo que verdaderamente importa, pese al irrisorio 10 por ciento de rebaja en tiempo de crisis (ay, esa ley del precio fijo...).
De la existencia de este libro de James Agee con fotos de Walker Evans me enteré hace tiempo a través de Mabalot (grazie, amigo, por estos descubrimientos) y la verdad es que sólo en el rato que lo estuve leyendo de vuelta en el autobús era como si estuviese presenciando un acontecimiento importante, la epifanía de algo. Algo así como la contundencia literaria de la verdad, o la verdad de la literatura contundente, o la contundencia de la verdadera literatura. Quizás Agee consiguió eso tan difícil que es aunar crudismo y música en un texto sobre la realidad más inmediata: el detalle, la pobreza, lo humano, etc. Estoy seguro de que voy a disfrutar mucho con su lectura, aunque el cuidado de esta edición de Planeta-Backlist deja mucho que desear.
La conferencia de César Aira me gustó. Quizás se hizo un poco aburrida porque la llevaba escrita y lo único que hizo fue leerla, y así se pierde toda la gracia del directo, pero el contenido era muy interesante (habrá que leerla cuando se publique). Como no llevé cuadernito de notas no puedo reproducir ahora ninguna cita, pero hubo alguna frase muy buena. Habló en general de su relación con los libros y con la literatura. Habló de esas lecturas "perdonables", es decir, de esos libros que no atesoran gran calidad pero de cuya lectura uno puede disfrutar muchísimo. O sea, la llamada subliteratura o literatura de género. Habló de lo bueno que hay en la literatura mala y de lo malo que hay en la literatura buena. Habló de cómo los grandes autores se suelen comer a sus personajes y a sus libros, mientras que los autores pequeños les dejan vivir plenamente (el ejemplo paradigmático está en Sherlock Holmes y Conan Doyle: si éste fuera un escritor de primera línea, seguramente la figura de aquél se resentiría).
Hizo unas cuantas reflexiones sobre la literatura folletinesca y de ciencia-ficción francesa del siglo XIX. Habló de libros y autores que desconozco por completo (aunque algunos personajes me suenan, como Fantomas), e hizo un repaso bastante detallado de la obra de
Maurice Renard, del que elogió sobre todo sus primeros libros (especialmente, creo recordar, Las manos de Orlac); parece ser que a partir de su divorcio Renard empezó a escribir por dinero y ahí se estropeó todo, según Aira. Lo que me quedó claro escuchándolo es que este tío es un lector voraz, compulsivo, se ha debido de leer media Biblioteca de Alejandría o más, algo tremendo, pero al mismo tiempo es un lector muy inteligente y sagaz. Tiene una forma curiosa de ver la literatura. Y el personaje que se ha creado para caer mal a mí me cae bien.
Por cierto, que ya ha empezado la feria del libro antiguo de Recoletos. Habrá que pasarse por allí. Lo mismo encontramos ese Renard.

Monday, April 20, 2009

Bloguerías

El sábado vi en el cine La sombra del poder. Está bien hecha y es entretenida (a mí, al menos, me gustó), aunque el final es tan malo, por rebuscado y simple (valga la aparente contradicción), que casi lo estropea todo. Me hizo gracia que en varias ocasiones el protagonista (Russell Crowe), un periodista avezado y de gran experiencia, con muchos contactos en todos los ámbitos (política, ejército, bajos fondos, policía) y pocos escrúpulos a la hora de conseguir sus informaciones, se burlara de los blogs y cuestionara su validez, su seriedad, su veracidad, su capacidad de verificación, etcétera, frente a los periódicos tradicionales de papel. No estoy muy al tanto de los blogs periodísticos, y menos en Estados Unidos, así que no sé hasta qué punto es cierto eso (imagino que habrá de todo), pero viendo el grado general de fiabilidad de los periódicos de papel (sujetos a intereses corporativos, publicitarios y políticos de todo tipo) tampoco me las daría tan de chulito como Russell Crowe. Por cierto, que la imagen de este actor, metido en carnes, con una melenilla ridícula y sin cuello (¿dónde tiene el cuello, señor Lobatón?) resulta un pelín lastimosa. [Recordatorio: no poner tantos paréntesis.]
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Curiosamente, cada vez más escritores consagrados (o, al menos, bastante publicados, leídos y conocidos) se suman a esto de tener un blog. ¿Por qué será? Ni idea, pero esperemos que siga cundiendo el ejemplo.
Lo importante es que da gusto poder acompañar a José Luis García Martín en su periplo por Italia, compartir aficiones y poemas con Felipe Benítez Reyes o seguir las reseñas hilarantes del Lector Malherido, que ha vuelto por sus fueros. Y todo así de fácil, a tiro de click, sin rendir tributos a la ministra y sin moverse del sofá. Que siga, que siga.
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Y no sé qué hago que no me pongo a escribir ya mismo algo sobre el recién fallecido J. G. Ballard, al menos para darme un poco de pisto, como cualquier bloguero que se precie, sacando la banderita del "Yo estuve allí". [Podría empezar la entrada con un cadáver ahogado en una piscina vacía.]

Tuesday, April 14, 2009

Las historias de Enric González

Desde que no cojo tanto el autobús, leo bastante menos. Prácticamente me paso el día pegado a la pantalla, traduciendo. (Perdonad si tengo una prosa rara o confusa, pero creo que es por esto, y por el cansancio). A ratos disfruto mucho de esta labor de traducción, sobre todo cuando consigo afinar el instrumento y atino con las expresiones después de darle algunas vueltas (los mejores hallazgos verbales siempre surgen de un salto, como las liebres frente al cazador, y hay que estar muy atento para el disparo), pero a veces me quedo atrapado (por propia incapacidad) en una frase imposible o me desespero intentando entender lo ininteligible o me dejo llevar por la desidia (ese piloto automático o voz en off de la traducción simultánea) y sé que no estoy haciéndolo todo lo bien que debiera e inevitablemente se me quitan las ganas de seguir, porque deja de tener sentido la tarea... En fin, dilemas míos.
A lo que voy es que estos días leo sobre todo por las tardes, para descansar un poco de los otros libros. O sea, la lectura como placer frente a la lectura como esfuerzo (juro que me lo haré mirar). Me gusta sentarme en la terracita, al fresco (y tan fresco), y ponerme a leer tranquilamente mientras de fondo se oyen los gritos de los niños que juegan en los columpios (hay un parquecito infantil enfrente). Y la lectura perfecta para estos momentos de placer es Enric González. Es un gustazo, os lo recomiendo. En resumen: te sientas al fresco con un libro suyo en una mano y una coca-cola en la otra y varias horas después vuelves al mundo cruel de los seres vivos pero sigues con la sonrisilla puesta. Has vivido muchas cosas y aprendido otras tantas, pero con tan mínimo esfuerzo que es como dibujar parábolas marcha atrás en la pista de patinaje. Ya sabéis que hay libros que te agreden, que te imponen su cilicio. Pues digamos que éstos te hacen masaje.
Me he leído de un tirón sus Historias de Londres y sus Historias de Nueva York, y no veo el momento en que saque unas Historias de Roma para devorarlas en otra tarde gozosa. Tendría que haber más libros así. No puede ser tan difícil ¿no? (bueno, quizás sí lo sea). Una manera sencilla y directa de contar las cosas, de ilustrarnos y de acercarnos a las ciudades, sus historias, sus lugares y sus gentes; una mirada inteligente, normal, agradable, cosmopolita, curiosa pero no cotilla, culta pero no tediosamente erudita, nada egocéntrica, a veces compasiva, a veces distanciada y hasta cínica (lo que se traduce en "decir las cosas como son"), generalmente irónica, y con un sentido del humor que es una verdadera gozada (por momentos parece inglés).
No sé por qué no hay más escritores de este tipo en España. ¿Acaso no tenemos más gente así? Me cuesta creerlo. No sé, quizás tampoco haya espacio editorial para este tipo de libros. Ya se sabe que todo lo que no sea novela resulta sospechoso. Nunca lo entenderé. Es absurda esa cerrazón. Con lo que se disfruta leyendo estas cosas...
Enric González ha sido corresponsal de El País en las ciudades más bonitas del mundo, París, Londres, Nueva York, Roma (pongo el orden suyo cronológico, no el mío valorativo), y ya sólo por eso se hace acreedor de toda nuestra envidia. Envidia cochina, no sana. Tiene cara de pillo y se le nota la pasión por el verdadero periodismo, por los "grandes" de la historia periodística, que naturalmente son ingleses o norteamericanos. Sus libros están bien escritos, sin excesos retóricos ni alaridos ni aspavientos (que cuando los periodistas se meten a poetas es mejor salir huyendo); están bien documentados, sobre todo en cuanto a anécdotas, lugares y personajes; y, por encima de todo, son muy entretenidos. ¿Qué más se necesita? Imagino que tiene que disfrutar muchísimo escribiendo estas historias, casi tanto como los demás leyéndolas.

Sunday, April 12, 2009

La Malvarrosa

Sea de noche o esté nublado, haga frío o llueva, incluso sin sol reflejándose en el agua, sin niños retozando en la orilla, sin mujeres de blanco, sin sombrillas... para mí la playa de la Malvarrosa siempre será Sorolla.

Tuesday, April 07, 2009

Una pequeña multa

A pequeños (pero a veces molestísimos) males, pequeños remedios: "Multaríamos también en el mundo actual a los que sólo van mirando las marcas de los autos, a los que se pasan la vida observando corbatas, a los que creen que ha sonado el teléfono cuando no ha sonado, a los que beben con un gesto suntuoso la leche como si fuese leche, a los que dan golpes con el cigarrillo contra la pitillera o contra la mesa, a los que achacan a Sócrates cosas que no dijo Sócrates, al que cuenta el argumento de una película al que la va a ver mañana; al que mete la mano en el buzón, desconfiando de que la carta haya caído adentro; al que hace señas a un taxi ocupado; al que mirando un avión que vuela exclama: "qué alto va!"; al que pretende que su mujer se compre medias que dure más de una puesta; al que al echarse vino sin darse cuenta de que la botella tiene su tapón puesto echa una mirada furibunda alrededor, o al beber inclina la copa y la cabeza de un solo lado, como si el líquido no pudiese pasar por el otro; al que en vez de dar a la luz toca el timbre, o viceversa [...]; al que ruega que le devuelvan los ladrones el reloj porque era un recuerdo de familia; al que tiene un perro para que le lleve el periódico en la boca; al que pregunta al escritor: "¿Qué libro suyo va a salir?", cuando está en los escaparates el último; al que padece de aritmética manía y suma árboles, casas y ventanas; al que pregunta al camarero si el melón es bueno y cree que le va a decir la verdad; al que devuelve siempre el vaso que le dan diciendo que está sucio; al que nos llama por teléfono y nos pregunta: "¿Con quién quiere hablar?"; al que hace que perdamos la estación de radio que estábamos oyendo bien para que la oigamos mejor; al que se empeña en prestarnos un libro que no queríamos que nos prestara, etcétera".
(Ramón Gómez de la Serna, Quevedo)

Tuesday, March 31, 2009

Las estaciones de la Tabla Redonda

"Con este signo de noble aventura empezó Arturo el año nuevo, ansioso ya por escuchar las promesas que prometía. Si al principio, cuando se sentaron a la mesa faltaban comentarios de esta clase, ahora tuvieron todos sobrado motivo de conversación. Gawain había estado alegre al empezar aquellos juegos; pero no os extrañéis de que al final se le viera taciturno, porque si bien los hombres se sienten animados y alegres después de haber bebido copiosamente, un año pasa pronto y nunca concluye igual: rara vez concuerda el final con el principio. Y así pasó la Pascua y el año que a ella seguía, y corrieron las estaciones una tras otra en rápida sucesión. Después de la Navidad llegó la severa Cuaresma, que prescribe para el cuerpo pescados y alimentos austeros. Luego vino el tiempo que combate al invierno en el mundo: el frío mengua y retrocede; las nubes se disipan, la lluvia brillante se derrama en cálidos aguaceros sobre los campos y se abren las flores; la hierba y los árboles se visten de verde; las aves se afanan construyendo sus nidos y cantan animadas a la espera del dulce verano que ya no tardará; las yemas y los capullos se hinchan y revientan en alegres y espléndidos colores, y una música gloriosa se difunde por el bosque".
(Sir Gawain y el Caballero Verde)

Sunday, March 29, 2009

Polaroids rotas (II)

Un sombrero en el aire, el ruido de los zapatos, el paraguas que gotea sobre la alfombrilla, el movimiento de las caderas cuando sube las escaleras balanceándose.
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Recién duchada, se le pega el flequillo a la frente. Fuma un cigarro sentada en el borde de la bañera. La toalla le bordea los pechos. Unas gotas de agua resbalan por los hombros. Él piensa que así, recién duchada, huele a nuevo y brilla más. El espejo está empañado por el vaho, reflejando asesinos, nubarrones, sombras.
Suena el teléfono.
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La ciudad está vacía. Ella lleva un vestido blanco vaporoso. Está preciosa. El desequilibrio de los tacones, al caminar, marca el músculo de las piernas y la curva del culo. Se apoya en el columpio. Se besan. Pasa un borracho con su andar inestable. Intenta disimular que está borracho. Le lanza un guiño. Un matrimonio con carrito de bebé se para junto a un árbol. Dos monjas atraviesan la plaza.
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Presunción de inocencia:
Mientras no se demuestre lo contrario, todas las mujeres son maravillosas.

Tuesday, March 24, 2009

Las manías ortográficas de JRJ

Por fin he encontrado las explicaciones que da Juan Ramón Jiménez para sus manías ortográficas: es decir, por qué escribe con jota las palabras en ge, gi; por qué usa s en vez de x en palabras como escelentísimo, etc. Están en un artículo de 1953 publicado en la revista Universidad de Puerto Rico: "Mis ideas ortográficas" se titula. ¿"Ideas"? Veamos.
Empieza JRJ dando una razón con la que muchos estaríamos de acuerdo pero que no parece aplicable en este caso porque no tiene nada que ver con el tema: "Por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil". Como principio está muy bien, pero en este caso no resulta creíble, no le veo la relación (y no se digna a explicárnosla).
A continuación suelta JRJ una idea de aurora boreal: "Porque creo que se debe escribir como se habla, en ningún caso como se escribe". O sea, que los andaluces a su manera, los catalanes a la suya, los extremeños, los argentinos, los venezolanos, etcétera. Vamos, que para entender los libros de un canario o de un cubano las pasaríamos realmente putas. La idea es tan estúpida que no creo que ni el propio JRJ se la creyese mínimamente (me parece que García Márquez defendió algo parecido hace unos años).
Después lanza otro principio general plausible pero que en este caso queda reducido al absurdo, pues afirma todo lo contrario de lo que hace con estas manías ortográficas: "Por antipatía a lo pedante". No se me ocurre actitud más pedante que llevarle la contraria a todos los demás mortales y distinguirse como el único listo entre tanto tonto, por las razones que sean.
La siguiente explicación sí parece más creíble: cuenta JRJ que su abuelo tenía un Diccionario enciclopédico de la lengua española elaborado de esta manera por un montón de ilustres señores (y JRJ nos suelta pedantísimamente más de treinta nombres de esta guisa: "don José Amador de los Ríos, individuo de la Real Academia de la Historia y catedrático de Literatura de la Universidad de Madrid...") y que, claro, se acostumbró desde pequeño a usarlo y escribir así. Bien, nos lo creeremos. Pero esto lo que demuestra es que todo lo que ha dicho antes es mentira.
Por fin, en el alegato final (con su dosis de humor), JRJ se quita definitivamente la máscara: "En fin, escribo así porque soy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo". Esto sí que me lo creo, y me parece bien (cada uno es libre de hacer lo que quiera), pero habría que objetarle un par de cosas: va contra una academia defendiendo los principios de otra (la del Diccionario enciclopédico de su abuelo), y para molestar a los críticos nos jode la lectura a todos los demás (o sea, les da una patada a los críticos en nuestro culo). Pues vaya negocio... ¿De verdad era necesario todo eso?
No sé, en este asunto sigo sin tener claro si JRJ era sólo un pedante elitista o era tonto del bote o, lo que me parece más probable, el tío era más terco que una mula.

Thursday, March 19, 2009

Psicosis

"Entró en el cuarto de aseo, se desembarazó de las zapatillas con un gesto de los pies, y se agachó para soltarse las medias. Luego levantó los brazos, se quitó el vestido y lo arrojó a la habitación. No le importó que cayera al suelo. Se soltó el sostén...
Después entró en la ducha. El agua estaba muy caliente, y debió abrir un poco la otra llave. Por fin, abrió las dos y dejó que la cálida lluvia cayera sobre ella.
El cuarto empezó a llenarse de vapor. El ruido de la ducha no le permitió oír cómo se abría la puerta de la habitación, ni los pasos que se acercaban. Y cuando las cortinas de la ducha se abríeron el vapor oscureció aquel rostro.
Fue entonces cuando lo vio: un rostro que miraba entre las cortinas, colgando del aire, como una máscara. El cabello aparecía cubierto por un pañuelo y los vidriosos ojos la miraban inhumanamente; pero no era una máscara; no podía serlo. La piel estaba cubierta de polvos blancos y había dos rosetas rojas en las mejillas. No era una máscara. Era la cara de una vieja loca.
Mary empezó a gritar. Entonces la abertura de las cortinas se ensanchó y apareció una mano, armada con un cuchillo de carnicero. Un cuchillo que cortó su grito.
Y su cuello".
(Robert Bloch, Psicosis)

Wednesday, March 18, 2009

El incendio de Nerón

Desde aquí veo a la chica del acné escandaloso, al portero que vaguea, al jubilado sentado en un banco leyendo su periódico, a los niños que juegan en los columpios, a los controladores del estacionamiento regulado (que se reúnen a la misma hora en la misma esquina para fumarse un cigarro), al que pasea a su perro con desgana, a la madre esbelta que empuja con estilo el cochecito del bebé, etc. Un poco más allá estará el mendigo que no tiene dientes y que siempre se pone los dedos en forma de V en los labios para pedir de fumar.
Llevo casi un año aquí y todavía no he hablado de mi barrio. Bueno, en realidad mi barrio, como tal, sigue siendo el de siempre, el que me da nombre. Éste es sólo el lugar donde ahora vivo.
Al principio me costó acostumbrarme a mi nuevo barrio. Echaba de menos mis paseos cotidianos (ese itinerario de rutina siempre novedosa y sorprendente: San Bernardo-Gran Vía-Fuencarral), aunque sigo yendo mucho por allí. Por esta zona hay menos vida, menos lío, menos gente, que es el decorado que más me gusta para mis paseos. Sin embargo, también tiene sus cosas buenas: sus terrazas veraniegas, su piar de pájaros mañaneros, los tranquilos paseos por las callecitas desiertas de chalecitos con jardín, mucho árbol, algunos parques y, por supuesto, también sus calles llenas de tráfico y bares y gente y tiendas. Quizás el lugar más característico del barrio sea la zona en la que confluyen cuatro elementos dispares: una iglesia horrible con forma de sombrero mexicano, un carrusel para niños que en invierno produce tristeza, un edificio muy bonito que ahora está abandonado o en remodelación (el de la foto) y un parque lleno de motivos alemanes (por allí andan la cabeza de Beethoven, un oso levantado sobre sus patas traseras, unos trozos del Muro de Berlín…). La mayor parte de las calles tienen nombres de países hispanoamericanos.
En las noches europeas o ligueras, cuando sopla el viento propicio, desde mi terracita se escuchan los goles del Gran Templo del Fútbol (el Bernabéu está a un cuarto de hora andando). Vale, ya sé que este año andamos de capa caída y no hay muchos motivos para la alegría, pero a veces se oyen, lo juro. Es como un eco apocalíptico de trompetas y alaridos que reverberan en el aire. El incendio de Nerón.

Sunday, March 15, 2009

Saturday, March 14, 2009

Don Quijote: la historia y la historiografía

"La interacción entre la historia y la historiografía viene a ser como una especie de encarnación y desarrollo en espiral del gran equívoco por el que "historia", que designaba en un principio sólo la historia de los hechos, pasó a designar también los hechos de la historia, de modo que hubo que habilitar para la escrita, donde cupiese equívoco, el derivado de "historiografía". (Palabra que, sin embargo, deja fuera, en un lugar extraño, las genéricamente llamadas "fuentes documentales", que, a su vez, comprenden tanto puros testimonios informativos como verdaderos "actos" operantes, o sea papeles con poder de acciones, en la medida en que tienen la capapcidad jurídica de "surtir efecto" -órdenes, leyes, etc-, donde el valor -o poder- performativo de la firma "de puño y letra" del rey funde en uno escritura y acción. De modo que los archivos no guardan sólo testimonios sino también auténticos hechos de la historia. Pero ésta es otra cuestión.) Y a tal respecto no fue, por cierto, la menor de las muestras del talento de Cervantes la de haber acertado a explicitar tan llanamente cómo la autorrepresentación humana puede tomar la forma de, por así decirlo a falta de otra expresión menos retorcida, una anticipación retroproyectiva, cuando Don Quijote, en su primera salida, va leyendo "como en profecía" lo que "en los venideros tiempos tiempos" escribirá, en tercera persona, el narrador de sus "famosos hechos" de lo que él está haciendo en ese instante, sobreimprimiendo imaginariamente, como en un palimpsesto, sobre su "aquí y ahora" actuante el "allí y entonces" escrito de su propia historia venidera. Autosubrogarse el "hoy" del "yo" viviente y actuante en el "ayer" del "él" de la historia que un día lo contará, o, dicho de otro modo, representarse el "hoy" de lo que en primera persona puede uno decir de "sí" como el "ayer" de lo que en tercera persona podrá decir de "él" un narrador futuro es transfigurar la propia persona en "personaje" y, por ende, adoptar, de la forma que fuere, "condición histórica"; dicho, naturalmente, en un sentido lúdico y caricaturesco".
(Rafael Sánchez Ferlosio, God & Gun)

Wednesday, March 11, 2009

Cuadernos

Antes de tener blog, le escribía cuadernos a la Esfinge. Eran cajones de sastre en los que cabía de todo: lo que veía, lo que pensaba, lo que me había pasado, cosas que leía, recuerdos, recortes, folletos de exposiciones, billetes de avión, entradas de conciertos, fotos de cuadros... Mitad diario, mitad collage. O sea, una especie de blog pero más íntimo. Lo que más me gustaba escribir eran los diarios de viajes, como me sigue pasando.
El otro día la Esfinge sacó esos cuadernos del baúl de los recuerdos y los he estado hojeando un poco, aunque con cierto temor o aprensión. Algunas cosas me dan un poco de vergüenza, sobre todo las intimidades románticas o algún exceso de estilo; otras me gustan, seguramente porque me traen buenos recuerdos. De todas formas, no pienso leerlos detenidamente (sería muy aburrido), sino sólo darles un rápido vistazo.
Al abrir el baúl y desempolvar algunos recuerdos olvidados, se le pone a uno el gesto un poco bizco del nostálgico. Por ejemplo, el último día que acudí a la Academia en la que había estado dando clases de filosofía y donde había disfrutado mucho (era antes de verano, era una casa vieja, medio en ruinas pero muy bonita; estaba triste, aunque me iba porque yo quería):
Di un paseo por las aulas vacías, crujía el suelo de madera vieja, las paredes desconchadas me miraban mudas, como no queriendo decir la palabra maldita... Me asomé a la galería, el viejo patio tan hermoso como el primer día, la luz de un sol tan doméstico como vibrante. Era como un vecindario de fantasmas, una colección de fotografías muertas, la ropa tendida en el aire, como un pasado muy remoto, de gente que no vive ya (ni en mí, ni en nadie)... Y en una esquina, olvidado, manchado de tiza, junto al borrador, mi cadáver.
Hace un rato se me ha ocurrido mirar lo que escribí hace justo cinco años, el día de los atentados de Atocha:
11 de marzo de 2004
Ha sido un día horrible. [...] Es muy difícil resistir las lágrimas al pensar en toda esa gente destrozada, carbonizada, sin brazos, sin piernas, al pensar en esos muertos solitarios que han perdido la vida al ir temprano a trabajar, al pensar en sus familias [...].
Al llegar a la Puerta del Sol vi que las colas para donar sangre eran inmensas, infinitas: cientos y cientos de personas estábamos allí en silencio; cabizbajos, serios, con cara de preocupación por la gente que había sufrido el atentado (todavía no sabíamos cuántos muertos o heridos) pero, no sé, con una serenidad muy extraña, sin ningún miedo, como queriendo hacer mucho más de lo que podíamos hacer.
Unos días después se suicidaron los terroristas islamistas en Leganés y precisamente me tocó empezar una sustitución en un instituto de Leganés (la suerte siempre es oportuna). Cada vez que subía a los trenes de Cercanías la angustia me encogía el corazón. Recuerdo que nos mirábamos unos a otros con una extraña mezcla de compasión y miedo.

Monday, March 09, 2009

C'était un rendez-vous

París, 1976. El director de cine Claude Lelouch recorre las calles de París a velocidad suicida (y homicida), esquivando a los demás coches y saltándose todos los semáforos en rojo.
Una locura que uno no se cansa de ver. No hay ningún corte ni trucaje en la imagen; es totalmente real. El sonido, al parecer, sí fue añadido después (de un motor Ferrari, mientras que el coche en el que va es un Mercedes). Lo raro es que no atropellase a alguien o acabase estampado contra un muro. La ciudad se ve muy bonita a esas horas del amanecer (los lugares son fácilmente reconocibles). Por supuesto, cuando se hizo pública la grabación Lelouch fue detenido por la policía.


Lo mejor de esta locura es que ya está hecha. Que a nadie se le ocurra imitarla...
Treinta años después, el propio Lelouch recuerda y repite el itinerario en el mismo coche, pero a velocidad normal.

Thursday, March 05, 2009

Apología del libro de bolsillo

Pues sí, lo reconozco. Me gustan mucho los libros de bolsillo, y no sólo por el precio. La mayor parte de los libros que tengo son de bolsillo. Esto no da muy buena imagen en la estantería de cara a las visitas, pero para el alimento del espíritu es lo mejor. Cuando estaba en la universidad prácticamente sólo compraba libros de bolsillo, y ahora también; si son novedades que salen primero en tapa dura, prefiero esperar (nunca hay tanta prisa ni necesidad). De hecho alguna vez no he tenido paciencia y después me he arrepentido; no por el gasto innecesario, sino porque la edición de bolsillo que salía después me gustaba mucho más.
Ya sabéis lo que decía Juan Ramón Jiménez: en edición distinta los libros dicen cosas diferentes. Pues bien, en mi caso hay libros que ni siquiera fui capaz de leer en tapas duras y que en cambio en su edición de bolsillo disfruté mucho; en muchos casos el diseño interior, la caja, los márgenes, la tipografía... y, sobre todo, la flexibilidad y comodidad del formato mejoran infinitamente la versión de bolsillo respecto a la otra. En otros casos, evidentemente, no.
Hay editoriales que no tienen ningún "sentido del bolsillo" y fabrican unos engendros horribles (no pondré ejemplos, pero hay muchos casos, basta con entrar en una librería para verlos), hay otras que van perfeccionando su gusto (véanse, por ejemplo, en Destino, las penosas ediciones de hace unos años y cómo han mejorado bastante últimamente; incluso ahora me parece un ejemplo claro de cómo la edición de bolsillo es mil veces mejor que su edición en tapa dura, que no hay quien la lea con gusto) y, por último, hay unas pocas que tienen un don especial para manejarse en este formato. Para mí Debols!llo (de Random House Mondadori) se merece una mención especial en este sentido. Ovaciones y aplausos para ellos, sí señor. Además de recuperar en los últimos tiempos algunas joyas que andaban perdidísimas y olvidadas (Manual del distraído de Alejandro Rossi, los Diarios de Jules Renard, Todo como antes de Kjell Askildsen, etc), su colección de Bibliotecas de Autores está muy bien (aunque, por supuesto, en ella no falta la inevitable morralla de isabeles allendes y similares).
No voy a hacer un análisis sistemático de las editoriales de bolsillo, porque no tengo ganas ni tiempo, aunque podría ser interesante. Pero sí quiero hacer constar mi curiosa relación de amor-odio con Alianza Editorial: seguramente le debo más a su colección de bolsillo que a ninguna otra (todo Kant o Nietzsche o Kafka o Dostoyevsky lo he leído ahí) y algunos de los diseños de cubierta de Daniel Gil son tan buenos que por sí solos merecen ya que uno se los compre, pero por dentro hay bastantes que son un asquito. Además, en cuanto son un poco gruesos es fácil que se te desencuadernen, los muy cabrones, y empiezas a dejar un rastro de calendario por los suelos. Y sus Bibliotecas de Autores (cada uno con su colorcito) me quitan las ganas de leerlos, no sé por qué; no las soporto, menos Borges.
En conclusión, que para mí es mucho más apetecible leer Vida y destino de Vasili Grossman en la reciente edición de Debols!llo, flexible y manejable, que en el tocho impracticable de Galaxia Gütenberg (a pesar de ser ésta una de las mejores editoriales -y con mejor gusto y criterio- de nuestro país).
Fijaos hasta qué punto me atraen las ediciones de Debols!llo que incluso estoy pensándome muy seriamente adquirir el pack de la trilogía Tu rostro mañana de Javier Marías, lo que, después de lo ocurrido hace un año, tiene mucho mérito (por todas las partes). Quién sabe, quizás ahí estaba el quid de la cuestión, que no pudiese digerir a Marías: ¡la culpa era de esos formatos horribles de Alfaguara! A lo mejor ahora lo disfruto y todo. O no, ya os contaré.

Friday, February 27, 2009

El diario póstumo de Ramón Gómez de la Serna

Resulta que el otro día cogí en la biblioteca el Diario póstumo de RGS. A mí eso de llamarle Ramón (o RAMÓN) siempre me pareció tomarse demasiadas confianzas, como si fuese un amigo íntimo o el vecino del quinto, aunque seguramente de entre todos los escritores que uno ha leído ha sido Gómez de la Serna el más "amigo de toda la vida", pues ya desde niño o adolescente nos ha acompañado con sus greguerías.
Para mí RGS es, más que un escritor, la personificación misma de la literatura (de lo que sea que signifique "la literatura" en nuestra época), con todo lo bueno y lo malo (lo sublime y lo ridículo, lo sincero y lo mistificador, lo íntimo y lo espectacular/mediático) que eso supone. Hay muchas cosas suyas que me aburren soberanamente o que me cansan o que ya no me gustan, pero es indudable que su forma de mirar el mundo era totalmente nueva, espléndida y fértil. Su manera de percibir y sentir las cosas es única. Y no se me ocurre ningún otro escritor español del siglo XX que haya influido tanto en los demás escritores. Sospecho que ni Ortega y Gasset ni García Márquez ni Umbral ni Benítez Reyes, por poner unos ejemplos dispares (de distintos estilos y épocas), serían nada sin RGS. Y a nosotros, gracias a esa peculiar "vuelta de tuerca" en la mirada, también nos ha permitido disfrutar más de la vida.
Pues bien, precisamente el ramonianísimo Umbral escribió Ramón y las vanguardias, un libro que se lee con gusto y en el que dice algunas cosas muy acertadas e interesantes (seguramente es de sus mejores libros), pero cuya tesis principal siempre me ha parecido errónea. Viene a decir Umbral que Ramón era un "profesional del optimismo" y que por eso en la etapa final de su vida, deprimido por el exilio y su precaria situación económica y obsesionado con la idea de la muerte, sólo escribió cosas muy malas, porque era incapaz de literaturizar todo eso. La primera parte del enunciado es verdadera (RGS fue sobre todo un gran amante de la vida, del placer, de la calle, de los objetos...), pero la segunda me parece una soberbia tontería. Yo creo que su mirada fue siempre la misma (y, por tanto, también la calidad de su prosa, pues ésta era sobre todo una mirada sobre el mundo); lo que cambiaron fueron las cosas o los temas sobre los que escribía. Además, aunque está claro que su fuerte eran las imágenes y no las ideas, también es posible pensar a través de imágenes. Y nunca dejó de ser ese gran "psicólogo de los objetos" que dijo tan acertadamente Azorín.
Para mí, desde esa nietzscheana explosión de anarquía y pasión por la vida que es El libro mudo hasta esa genial meditación funeraria que es El hombre perdido, toda la obra de RGS raya a la misma altura: la suya. Como digo, su forma de mirar es siempre la misma, estrambótica y surrealista, en busca de lo insólito en lo más cotidiano, con momentos de especial lucidez (aunque también con bastante tontería). Lo que ocurre es que al final de su vida dirige su mirada a cosas más tristes y lúgubres, como la enfermedad y la muerte; de hecho, como sabéis, su autobiografía se llama Automoribundia. Pero es que la muerte, no lo olvidemos, forma parte de la vida, como bien sabía Nietzsche. Curiosamente, también el “optimista” Umbral alcanzó sus cotas líricas más altas en un libro rondado o asediado por la idea de la muerte: Mortal y rosa.
En su diario póstumo escribe RGS cosas como éstas, siguiendo su receta tradicional de "humor (a veces negro) + metáfora + absurdo + metafísica + juegos de palabras" etcétera:
-"Mientras, cada cual está cuidando su cáncer, mimándolo, llevándole al teatro, dándole pan... El cáncer está escondido, con su geografía secreta, pero madurando como un moretón del pellizco que nos dio el destino al pasar, como poniéndonos el hierro, porque ya vamos teniendo edad".
-"Los griegos se morían soltando palabras griegas por la boca".
-"Todas las toses son incomprensibles".
-"El ruido del reloj es que os está cavando la fosa".
-"Made: el título que produce más orgullo a los pueblos".
-"La verdad, por valiente que uno sea, ¡qué triste es!".
-"La USA usa a los hombres y los tira".
-"Desayuno: firma de paz del día".
-"Mujer: Doña Posturitas".
-"La cama está preparada como para hacernos la operación del sueño".
-"Colas de cine: colas de hambre de fantasía".
Decía Trapiello que a Ramón estaba muy bien haberlo leído pero que llega un momento en que uno ya no puede (ni debe) leerlo más. Entiendo lo que quiere decir... y sí, creo que tiene razón. Pero, no sé, quizás de vez en cuando nos podemos seguir concediendo un caprichito de juventud y degustar unas greguerías... para desengrasar. Y más en estos tiempos de crisis, ¿no?

Monday, February 23, 2009

Gosford Park

Están poniendo en La 2 Gosford Park. Con esta película me pasa un poco lo mismo que con El caso Winslow. Puedo verla mil veces y no me canso. Cuando uno se pone a verla, en cualquier momento, haya empezado o no, se quedará irremisiblemente pegado a la pantalla y no podrá apartar sus ojos hasta que llegue el final. En ambos casos la narración de la historia, el perfecto guión, los diálogos, la caracterización de los personajes, el estilo clásico, reposado, lleno de sabiduría, las grandes actuaciones de los actores (sin excepción), etcétera, convierten a estas películas en obras maestras clásicas. Digo "clásicas" porque no se me ocurre adjetivo más exacto. También tienen en común las dos la ambientación inglesa. La de David Mamet es más teatral y estática, pues se centra en pocos personajes y tiene un argumento muy definido. Ésta de Robert Altman es más cinematográfica, dinámica y aleatoria. Inevitablemente recuerda a la serie Arriba y abajo, esa versión sofisticada y light de la lucha de clases.
Si pudiese llevarse a la literatura ese estilo sublime, de sencillez y precisión... (Os dejo que se acaban los anuncios).

Friday, February 20, 2009

Borges o el ágora

"El milagro fundamental logrado por Borges es el de convertir un prototipo del escritor de minorías en autor de masas: lograr que su prosa erudita, alusiva y alegóricamente irónica, complementada por una sosegada poesía metafísica de sesgo arcaizante, resultara pábulo anhelado para una multitud de lectores que jamás perdonarían tales vicios a ningún otro. Tal como el apóstol Pablo quiso conseguir (también Kipling suscribió este ambicioso proyecto, en un poema en que parafrasea al de Tarso), Borges ha llegado a serlo todo para todos... o casi todo para casi todos, pues los tiempos posmodernos no consienten más. En los laberintos y espejos, en los multiplicados tigres de su obra (ya alzados a fetiches literarios redundantes) se acomodan los más exigentes y los más populistas, los seguidores de Foucault y los de Michael Crichton: él, que tuvo vocación de gabinete y celosía, se ha transformado en ágora."
(Fernando Savater, Borges)

Friday, February 13, 2009

Grandes misterios (frikis) de la humanidad

No me preguntéis cómo he llegado a estas páginas web, porque no me acuerdo, pero el caso es que googleando googleando uno puede terminar topándose con la respuesta a uno de los grandes misterios de la humanidad: ¿por qué a los tíos (por lo visto no a todos) nos sale una pelusilla de algodón en el ombligo?
La cuestión en sí misma es una guarrería total, pero si ahondas un poco tiene su miga (nunca mejor dicho). Hay un doctor, llamado Karl Kruszelnicki, que se ha dedicado en cuerpo y alma a analizar este misterio, e incluso en 2002 ganó el premio Ig Nobel a la Investigación Interdisciplinar por sus estudios científicos al respecto (suena a coña, pero no: aquí hay varios enlaces que lo corroboran). Sus conclusiones -copio y pego- son que: 1) La pelusa del ombligo consiste principalmente en las fibras sobrantes de la ropa, mezcladas con piel muerta y algo de vello. 2) La pelusa se desplaza de abajo arriba y no al revés, como sería más “verosímil”. El proceso migratorio es el resultado de la fricción del vello corporal con la ropa interior, que arrastra las fibras sueltas hacia el ombligo. 3) Las mujeres tienen menos pelusilla en el ombligo debido a que su vello corporal es más fino y corto. Por el mismo motivo, los hombres mayores, por tener pelos más ásperos y numerosos, acumulan una mayor cantidad de pelusa. 4) La coloración azul se debe a la existencia de fibras azules en la mayor parte de las prendas de vestir. 5) La existencia de pelusilla en el ombligo no reviste ningún peligro para la salud.
Ya anteriormente los doctores Donald E. Smith y Bhupendar S. Gupta habían dedicado sendos estudios a la fabricación algodonosa de los ombligos; el segundo, cuya tesis doctoral versó sobre las fibras textiles, menciona la existencia de un "microclima" en las barrigas humanas.
Y en Australia hay un guarro llamado Graham Barker que lleva 25 años (¡desde 1984!) coleccionando las bolitas de algodón que le salen del ombligo. Debe de tener toda la casa llena de frascos el tío cerdo. Según explica en su página web (en inglés), empezó un día en que estaba aburrido en un hotel de Brisbane ("era una noche de fuerte tormenta y afuera llovía, no tenía nada que hacer, me miré al ombligo... y allí estaba: ¡la pelusilla!"), siguió guardándola durante unos días y después ya no había quien le parase en su compulsión coleccionista. Está muy orgulloso de su colección porque considera que es única, diferente, extraña, completa y se mantiene en perfecto estado de conservación ("millones de personas coleccionan monedas, pero hasta donde yo sé nadie más colecciona pelusilla del ombligo", asegura). Por supuesto, ha obtenido ya el récord Guiness, esas Olimpiadas para Memos. Desde que en 1999 pusiera en marcha su página web, el éxito mediático de Graham Barker ha sido fulminante: radios, periódicos y televisiones de todo el mundo han requerido su presencia, pues querían que les contase su historia. Ha participado en varios libros y revistas e incluso fue invitado a viajar a Estados Unidos (con todos los gastos pagados) para acudir al famoso show televisivo de Jay Leno.
Para los que estén interesados en el tema, hay varios foros de gente con poco tiempo libre: uno, dos. Lo raro es que Iker Jiménez todavía no le haya dedicado un programa especial.
Para que luego digan que internet no sirve para nada...

Sunday, February 08, 2009

"A estación violenta", de Manuel Jabois

Pues en esto que resulta que Jabois, nuestro Manuel, ha publicado su primera novela, y a mí me llegó ayer al buzón y estoy disfrutando mucho leyéndola y quiero compartirlo ya mismo, aunque no la haya terminado aún. Está escrita en gallego y ha sido publicada por la editorial Morgante (esperemos que pronto traspase las fronteras autonómicas del idioma y sea traducida al castellano).
De Jabois conocíamos hasta ahora su labor periodística, en la que destaca por su brillantísima prosa (para mí una de las mejores del periodismo español) y por continuar con talento la veta de ironía, inteligencia y vago escepticismo (no dejarnos embaucar con la imagen del espejo, sino analizar con humor la superficie y el trasfondo de ese espejo mediático que nos devuelve la imagen del mundo) abierta por Arcadi Espada, que es en sí mismo toda una escuela de periodismo.
Lo de publicar una primera novela siempre tiene su peligro. Es un poco como tirarse en parapente colina abajo: puede uno tambalearse en el aire o caerse de bruces o rozarse el culo contra las piedras… y quedar en evidencia o escocido durante un tiempo (después de todo, es la primera vez que uno se muestra en serio ante los demás, en formato libro, ese fetiche o ídolo nuestro de papel), pero veo que Jabois ha salido indemne del aprieto: vivito y coleando y, sobre todo, con renovadas fuerzas para dar mucho más, pues éste ha sido sólo el primer impulso. Se va a tirar muchas más veces por el desfiladero. Y lo mejor está por llegar…
Lo que más me está gustando de A estación violenta es la musicalidad de su prosa. Se pone uno a leerla y no puede parar, o puede no parar: si te descuidas te quedas agarrado al libro y te encierras en tu cuarto y te salen telarañas de los sobacos y la mujer te abandona por incomparecencia. Para mí una cosa está clarísima: aquí hay escritor, y de los buenos. Y eso no es tan fácil de ver en una “ópera prima” (cursilísima expresión, por cierto).
El tono me está recordando mucho a Scott Fitzgerald, con su melancolía de las generaciones perdidas y su nostalgia de las ilusiones truncadas, de los veranos felices, de las juventudes marchitas; más incluso que a las evocadas Palmeras salvajes de Faulkner. Por supuesto, no faltan en la prosa de Jabois algunas resonancias marianas (de Javier Marías, no de la Virgen, aunque quizás sean la misma cosa, al menos para la literatura española actual, pues se aparece en las manchas de todas las paredes), empezando por la primera frase, buenísima: “Me pregunto a veces para quién fuimos importantes, y quién nos quiso, o quién quiso querernos”. Pero la diferencia, para mí, es que Marías es un pedantuelo y Jabois no. A mí me gusta más Jabois, qué queréis que os diga, y no lo digo porque sea mi amigo. Por otro lado, los dos son del Madrid y admiradores de Zidane, y eso les honra y les garantiza mi amistad para los restos. En fin, que ya pueden dormir tranquilos… Y, qué coño, nuestro Jabois queda mejor en las solapas; hasta, si me apuras, queda mejor que Manuel Rivas, prototipo de gallego triunfante y “guapetón” (eso dicen, al menos, las señoras menopáusicas). Vean, vean:

A ver, que me disperso... Al grano. Hasta donde llevo leído, los personajes de A estación violenta parecen atrapados en cierto romanticismo, un peligroso "romanticismo de sí mismos" del que no quieren salir: la épica del perdedor. Es la historia de unos jóvenes que se desencantan pronto de la vida. Me los imagino como un grupo de niños bien que hacen juergas en chalés con piscina y beben y se drogan, tipo Historias del Kronen pero de la Caeira (o eso me parece a mí, no sé), envueltos en una especie de “malditismo pijo” (expresión que, creo recordar, utilizó el propio Jabois en un post sobre los Panero); después algunos salen mal parados y otros se hacen mayores pero no quieren ser mayores, como Peter Pan pero con whisky. Y los vemos siempre desde después, desde el futuro que proyecta implacable su tristeza sobre el paraíso perdido: quizás por eso parece a veces que se toman demasiado en serio a sí mismos y se ponen fúnebres y sentenciosos y están de vuelta de todo. Supongo que, en un momento dado, todos los jóvenes postadolescentes (¿a los veintipocos?) nos creemos especiales, únicos, queremos autoafirmarnos como “generación” y buscamos diferenciarnos de los otros, etiquetarnos, analizarnos, y nos sale indefectiblemente un “nosotros” demasiado petulante, que se da importancia. Pronto nos daremos cuenta de que ese “nosotros” también era un espejismo (no sólo lo eran nuestros sueños), el mismo espejismo exactamente de los que ya fueron y de los que vendrán.
Por eso ahora me cuesta identificarme con esa elegía heroica (perdedora) que hacen los personajes respecto de “su generación”, que también es la mía. La generación de Fitzgerald pasó por una guerra mundial y una Ley Seca... y estaba el jazz y el cine mudo y el fox-trot y las piernas de las coristas, y después el crack del 29, etcétera, pero la nuestra sólo tuvo a Naranjito, Citronio y la teta derecha de Sabrina, poco más o menos. Quiero decir que quizás no tenemos derecho ni al sentimiento de pérdida.
Al margen de todo eso (que es otro tema de discusión y que no tiene que ver exactamente con la novela), los personajes de A estación violenta sienten y padecen, tienen sus amores, sus desengaños, sus recuerdos, sus amigos muertos, los golpes de la vida… y ahí es donde Manuel pone toda la poesía en el asador. Sus descripciones son sentimientos muy fuertes, siempre con sabor a derrota, y destilan melancolía por los cuatro costados. Son frases rítmicas, acompasadas, con una sintaxis perfecta, y da gusto recorrerlas. Porque leer a Jabois es un verdadero placer, no un castigo o cilicio como pasa con tantos otros (que no saben ni poner las comas). Aquí hay destreza de escritor, buena mano para la narración de recuerdos y para la descripción de momentos.
Quizás, como miembro que es del Círculo Solana (porque Marías tendrá su Reino de Redonda, pero nuestro Círculo tiene la boina de Buñuel en vez de la peluca de Almodóvar), el estilo de Jabois acabará adquiriendo mayor crudeza y rudismo (o crudismo y rudeza), asimilándose a la mirada seca del chucho callejero; o no, quién sabe; en cualquier caso, el evidente lirismo que transpira este libro sabe contenerse y no se sale de la raya. El dilema futuro (el de todos nosotros, y aquí no se salva ni Dios) es cómo conciliar música con crudismo.
Tengo que reconocer que, mientras leo su libro, estoy echando de menos una cosa (a lo mejor llega en las próximas páginas, ya os diré): el sentido del humor al que Jabois nos tiene tan acostumbrados desde su columna del Diario de Pontevedra, que para mí es de sus valores más importantes. Pero la culpa de esto es sólo mía: el error está en que yo busco a Jabois en el narrador, y eso no es justo, o es trampa, o es algo que no se debe hacer. Esto es otra cosa.
De hecho creo que Jabois, que escribió esta novela hace unos años, ya no se reconoce en la voz del narrador. Es normal. Pero ahí queda, como testimonio del pasado (ése que nunca acabaremos de quitarnos del todo, ése que nunca dejaremos de ser, al menos un poco), pues las novelas no tienen que ser sólo presente.
Yo creo que la verdadera derrota está tras la derrota, tras el sentimiento eufórico de la derrota, cuando uno ve que, después de todo, no ha pasado nada; peor aún, que en realidad no pasaba nada donde uno veía el fin del mundo, y que seguramente seguirá sin pasar. Que la vida iba en serio, sí, pero que tampoco era para tanto.
Quizás ésa es la voz que nos queda por delante; ésa o cualquier otra, da igual. Siempre que salga de la mano de Jabois, será una gozada leer esa voz de la prosa, o esa prosa de la voz. Mientras, con vuestro permiso, voy a seguir meciéndome en su magnífico gallego: “Naqueles anos, onde queira que me atopase, calquera que fose o momento, sempre estaba só. Miraba ao meu redor indiferente. Lembro inviernos de noites nas que calquera hora eran as cinco da madrugada. (…) Viaxaba ao final movido polo calendario, xusto a tempo para ver a derradeira luz da tarde escorregando plúmbea pola fachada de pedra gris do meu edificio. A miúdo a chuvia. Outras veces, o teito húmido do meu cuarto. Sempre insomne, ou coa aparencia de estalo”.
Y ahora no sé qué hacéis que no salís a la librería más cercana y encargáis A estación violenta de Manuel Jabois. Seguro que la disfrutáis tanto como yo. Una gran primera novela.

Saturday, February 07, 2009

La narración y el viaje

"La metáfora del viaje, para evocar la narración, expresa su aire aventurero en el encuentro con los demás, en el encuentro con uno mismo, en una encrucijada de caminos. En el origen de los grandes relatos épicos hay viajes, vagabundeos, recorridos y encuentros. Pero si todo relato es viaje se debe a que ha sido compuesto, creado, y a que, de su concepción primera a su elaboración final, se ha verificado un recorrido (el recorrido mismo de la escritura que empuja al escritor a tratar de encontrarse o de construirse a sí mismo recurriendo a algunos recuerdos, a algunos testimonios, a algunas imaginaciones y a algunas esperas que siempre guardan relación con determinadas formas de alteridad), y también porque, leído y releído el relato, constituye para todo lector un encuentro, bueno o malo, excitante o no, un encuentro que lleva tiempo, que requiere un tiempo, y que desemboca a veces en identificaciones, en vínculos incondicionales establecidos al término de un viaje interior que el espacio del libro (líneas, páginas) materializa y al que ronda la presencia de los otros, más o menos próximos (autor, personajes)".
(Marc Augé, El tiempo en ruinas)

Monday, February 02, 2009

El boxeador de Wall Street

Estábamos en Wall Street, junto al edificio de la Bolsa, cuando de repente apareció un pirado con guantes de boxeo. Gritaba. No sé qué, pero gritaba...

Friday, January 30, 2009

El estilo incomparable de Diógenes Laercio

Es una verdadera gozada leer las biografías sincréticas de Diógenes Laercio, a medio camino entre la crónica histórica, el periodismo de variedades y el breviario filosófico. No creo que nadie haya sabido conjugar, en un tono divulgativo, erudito y supuestamente aséptico (suavizado, creo yo, por un elegante escepticismo), tantos y tan dispares conocimientos. Sin solución de continuidad, pasa del mito absurdo al dato científico, del esbozo moral al detalle físico, del anecdotario vital al meollo de un pensamiento, y el lector se mueve constantemente entre la seriedad, la sonrisa y la sorpresa. Su estilo me parece una maquinaria perfectamente engrasada para medir el tiempo, condensar acontecimientos y demoler vanidades. Su concreción y sobriedad son modélicas, así como su utilización de la forma indirecta. Y sus matices resultan siempre geniales.
Como ejemplo, pongo estos extractos de la resumidísima vida de Tales de Mileto (que, por lo que le dice a su madre, debía de ser un cachondo):
"Muchos opinan que fue el primero en defender la inmortalidad del alma; de este grupo es el poeta Querilo. Fue el primero que averiguó el trayecto del sol de un trópico a otro, y el primero que, comparando la magnitud del sol con la de la luna, manifestó ser ésta setecientas veinte veces menor que aquel, como escriben varios. El primero que llamó triacada a la tercera década del mes; y también el primero, según algunos, que disputó de la Naturaleza. Aristóteles e Hipias dicen que Tales atribuyó alma a cosas inanimadas, demostrándolo mediante la piedra imán y el electro. Pánfilo escribe que al aprender de los egipcios la Geometría, inventó el triángulo rectángulo en un semicírculo, y que sacrificó un buey a causa del hallazgo. Otros, lo atribuyen a Pitágoras; uno de los cuales es Apolodoro logístico. También promovió mucho lo que dice Calímaco en sus Yambos que halló Euforbo Frigio, a saber, el triángulo escaleno y otras cosas respecto a la especulación de las líneas. (...)
También se cuenta que cuando su madre le pidió que se casara, respondió que todavía era temprano; y que pasados algunos años, al urgirlo su madre con más fuerza, dijo que ya era tarde. Escribe Jerónimo de Rodas, en el libro II De las cosas memorables, que al querer Tales manifestar la facilidad con que podía enriquecerse, en cuanto supo que habría gran cosecha de aceite, tomó en arrendo muchos olivares y ganó muchísimo dinero con esto.
Dijo que el agua es el primer principio de las cosas; que el mundo está animado y lleno de espíritus. Fue el creador de las estaciones del año, y asignó a éste trescientos sesenta y cinco días. No tuvo ningún maestro, excepto que cuando viajó por Egipto se familiarizó con los sacerdotes de aquel país. Jerónimo dice que midió las pirámides por medio de la sombra, proporcionándola con la nuestra cuando es igual al cuerpo".
(Diógenes Laercio, Vida de los filósofos más ilustres)

Sunday, January 25, 2009

Polaroids rotas

El vagón, a oscuras, transita por el túnel. Medio perfil de ella se refleja en la ventana. Se le ilumina la cara por la luz que sale de la pantalla del móvil. Un mensaje en el buzón. Mientras lo lee pone gesto de ansiedad, de pesar, de entusiasmo. Finalmente, pulsa una tecla y sonríe.
*****
Lleva un mechón de color morado y un piercing en la nariz. Viste de oscuro y tiene el ceño fruncido, como si estuviese enfadada con el mundo. Su piel es blanca, muy blanca, de una palidez lívida. Cuando sonríe se le ve un pequeño hueco entre los dientes paletos y se le marcan dos líneas que salen de las aletas de la nariz y terminan en la comisura de los labios, dividiéndole la cara en cuatro gajos. No es guapa, pero tiene algo. La sombra de ojos le redobla la mirada, como un tambor el sonido, siempre un eco de sí mismo. Lleva las cejas depiladas. Podría ser una aprendiz de vampiresa.
*****
Sentada en la cama, se quita las medias. Las medias se van enrollando a medida que bajan por las piernas, hasta llegar a la punta del pie, de donde salen convertidas en un gurruño. Cruza una pierna sobre la otra. El gurruño izquierdo queda colgando en el aire mientras se quita la media derecha.
La mirada, el infinito, un pie.

Friday, January 23, 2009

Death Cab for Cutie

Música: Passenger Seat de Death Cab for Cutie. Vídeo: imágenes familiares de Super 8 en los años 50.

Tuesday, January 20, 2009

La muerte de Stendhal (II)

"Beyle escribió sus grandes novelas entre los años 1829 y 1842, constantemente aquejado de los síntomas de su enfermedad sifilítica. La disfagia, tumefacciones bajo las axilas y los dolores en sus atrofiados testículos le dejaban especialmente exhausto. Como el agudo observador en el que se había convertido, contabilizaba con suma precisión las oscilaciones de su estado de salud y acabó por darse cuenta de que su insomnio, mareos, el zumbido en los oídos, el pulso nervioso y los temblores, a veces tan intensos que apenas podía seguir manejando el cuchillo y el tenedor, guardaban menos relación con su misma enfermedad que con los remedios altamente tóxicos que se venía tomando desde hacía años.
Su estado de salud mejoró conforme renunciaba al mercurio y al yodo potásico, sin embargo notaba que su corazón comenzaba a denegar sus servicios paulatinamente. Beyle, cada vez con más frecuencia, y tal y como tenía por costumbre desde hacía mucho tiempo, calculaba su edad de una forma criptográfica semejante, en su abstracción trepadora y ominosa, a mensajes de la muerte.
Seis años de trabajo extenuante separan de su final el momento en el que bosqueja este apunte numérico difícil de comprender. La tarde del 22 de marzo de 1842, ya se podía intuir el olor a primavera en el aire, un ataque apoplético le tumba sobre la acera de la Rue Neuve-des-Capucines. Le llevan a su casa en la actual Rue Danielle-Casanova, donde, en la madrugada del día siguiente, se extingue sin haber recobrado el conocimiento".
(W. G. Sebald, Vértigo)

Sunday, January 18, 2009

Tuesday, January 13, 2009

La serie de los unos, los ceros y los doses

Hace un tiempo Mabalot recomendó en su blog el blog de Hikikomori. Le eché un vistazo y no me dijo mucho, la verdad; sólo era publicidad de sus libros, o eso me pareció. También recomendó sus novelas (las de Alberto Olmos), pero todavía no he leído ninguna, porque se me acumulan las lecturas pendientes y cuando he ido a la biblioteca no he visto ningún libro suyo. Pero el otro día volví al blog de Hikikomori y empecé a leer la serie de los ceros, los unos y los doses. Me quedé impresionado. Fui leyendo hacia atrás, post tras post, y disfruté muchísimo. Tiene tanta fuerza el tío que hasta cuando se pasa un poco de verborreico-paranoico da gusto leerlo. Engancha. El caso es que cuesta dejar de leer su voz, supongo que tanto como a él dejar de escribir la suya propia. Pura adicción.
La cosa es así, en principio: se supone que Olmos está escribiendo una novela y en el blog se ha propuesto ir contando día a día cómo lo lleva. Y lo que le sale, esta serie de los unos, los ceros y los doses, es realmente buena, una pasada, quizás mucho mejor que la novela que está escribiendo. Lo estrictamente metaliterario no me parece lo más interesante (si ha escrito 5 o 20 páginas ese día me la suda bastante, igual que si está escuchando tal o cual canción), aunque algunas reflexiones sobre la escritura o los personajes o las novelas son muy buenas: "Escribir mal es escribir bien si el mal que escribes, si ese escribir malamente, expresa algo. A veces rompes una ventana y la ventana es más bonita", "Me fascina, sí, que uno pueda escribir siempre. Que se pueda escribir. Se puede escribir siempre, escribir por escribir. No sé", "el blog de Dios donde nuestros únicos comentarios tienen forma de lápida", etc.
Lo realmente interesante, creo yo, es asistir al propio proceso mental, las vueltas que da la cabeza, el vaivén del pensamiento, ver cómo se va desplegando ese mundo mental en la escritura. Supongo que me gusta leer sobre la realidad, y eso incluye también la realidad que está encerrada en la cabeza, que es otra realidad, u otra parte de la realidad: la realidad mental, digamos. Como texto puro, directo. Seguramente si estos flujos de pensamiento estuviesen insertados en una novela, camuflados entre descripciones, tramas y personajes, me aburrirían, me molestarían. Pero leerlo así, todo seguido, como un continuo, es una gozada. No es un pensamiento lógico, formal, abstracto, sino un pensamiento literario, con sus rítmicos zigzagueos a lo Thomas Bernhard. El impulso constante de ese pensamiento es la misma escritura. O sea, que escritura y pensamiento se funden. O algo así.
El planteamiento me parece perfecto: “Escribir todos los días, lo que sea, escribir por escribir, escribir para escribir, del mismo modo que vivo para vivir y vivo por vivir, sin mayor afán”. Lo difícil, por supuesto, es hacerlo tan bien.
Creo que de esa supuesta falta de pretensiones (tan barojiana) es de donde puede surgir, precisamente, la mejor literatura. Ya digo, os lo recomiendo: de lo mejor que hay ahora en blog. Yo creo que se debería publicar en libro.

Monday, January 12, 2009

El universo según Dopper

[Esquizofrenia: del griego, schizo, "división" o "escisión", y phrenos, "mente"]
Dopper se asoma de madrugada a la ventana. La vecina ha matado a su gato y lo ha colgado del tendedero. El gato tiene las uñas rotas, los ojos desorbitados y la piel estirada: parece un murciélago. Gotea su sangre sobre las bragas de la mujer del Cuarto C. El toc toc de las gotas retumba por el patio y embota el cerebro de Dopper con su mecánica hueca. Dopper tiene el pensamiento recluido en sí mismo, atenazado por un miedo sin medida, los ojos buscando el infinito. Apenas tuerce el gesto. Permanece encerrado en su cuarto todo el día. Habla poco, sólo a veces con su madre, y cuando lo hace se trabuca. Si sale de casa le carcome la angustia: Me persiguen. Me están observando por todas partes. Voy en el autobús y todos me miran. Camino por la calle y la gente se gira a mi paso, me vigila tras el cogote para que no los descubra. Se han puesto todos de acuerdo para perjudicarme. Nada de esto tiene explicación.
Dopper escucha voces extrañas por todas partes: en la nevera, en el balcón, en los armarios, en el somier de su cama. Aparte de FM y Onda Media, debe de haber una tercera banda de frecuencia que sólo captan los esquizofrénicos. Suena a todas horas, es imposible sacársela de encima, jamás se agota su emisión. Las voces hablan de cualquier cosa: del tráfico, de Oriente Medio, del precio de las langostas, de los pliegues de las piernas de Beyoncé. Multitud de canales distintos, relevándose o superponiéndose, interfiriendo unos en otros, suplantando la cadencia de su pensamiento. Dopper se siente solo en el mundo, pues los demás no creen que existan las voces, porque no las oyen. A veces los rumores se prolongan durante todo el día, sin parar, como tertulianos psicópatas, sin dejar ni un instante de descanso, de silencio. El tema preferido por las voces es el de la muerte de Padre. Le dedican un especial de cinco horas cada día. Padre era un hombre bueno, responsable, trabajador. Cuando llegaron los loqueros para llevárselo y encerrarlo nadie se lo creía. Padre, en cambio, cogió una mochila que ya tenía preparada con muda limpia y se metió en la ambulancia sin inmutarse. Durante la consulta preliminar confesó que había violado y asesinado a cinco niñas. Se ahorcó en su celda al día siguiente. Las voces comentan la jugada hasta en sus más nimios y truculentos detalles: cómo cometió las violaciones, dónde enterró los cuerpos, el color de pelo de las niñas, la reacción de sus padres al conocer la noticia, la marca de desodorante que Padre llevaba puesta el día en que se suicidó. Retorciéndose en el suelo, Dopper se tapa los oídos y suplica: Que se callen esas voces. Que se callen, por favor. Si hay suerte, se queda dormido. En sus sueños Dopper ve gatos gigantes esbozando muecas de terror. También discóbolos, carruseles, nubes en soledad, árboles quebrados, sogas deshilachadas, caracoles, salas de incomunicación. Cuando se despierta por la mañana, piensa: No me quiero levantar de la cama. Prefiero quedarme aquí, inmóvil, mirando al techo. Quedarme meses, años, siglos, echar raíces que se agarren al suelo, que se disgregue mi piel entre las sábanas, que acabe todo el dolor de un día para otro, silenciosamente, durante la noche.

Dopper enciende la televisión. La presentadora del Telediario, esa rubia glacial que nunca quiebra el gesto, se empieza a poner cachonda en su asiento. Se desabrocha los primeros botones de la camisa, tira los papeles al suelo, se sube en la mesa enseñando muslo, le guiña el ojo a la cámara y le dice que quiere follar con él, que se la saque de la bragueta y se la ponga en la cara. Que eyacule sin miedo. Obediente, Dopper se corre sobre la pantalla. En internet compagina los vídeos pornográficos con las revistas médicas. Lee antiguos informes de lobotomías: a unos les abrían la cabeza como un melón, separando la tapa frontal del resto del cerebro; a otros les introducían un piolet por el ojo, poco a poco, golpeando con un martillo, hasta alcanzar el cerebro y cortar las conexiones de las partes afectadas con el resto del cerebro. Las consecuencias, tremendas: personas anuladas, emocionalmente deshechas, sin creatividad ni imaginación. En cambio, Dopper conserva aún intactas sus hiperbólicas sensaciones. Tiene telepatía con todo el mundo, o eso se cree él: sabe lo que piensan, que es exactamente lo que él piensa, pues todos le leen el pensamiento. El prospecto de los electrodomésticos y los editoriales de los periódicos digitales le dictan cada día lo que debe hacer. Son mensajes difíciles de descifrar, pero el destinatario evidente es él. Hasta los objetos conspiran en su contra. Se siente abandonado en mitad de la llanura, tiritando de frío, mientras una torre de ropa sucia asciende hacia el cielo. El mundo gira en torno a su cabeza. Cada signo, cada señal, cada huella es una muestra más de la conjura. Se ve muriendo en los espejos, descomponiéndose como el retrato del cuadro de Dorian Gray. Legiones de avispas rondando las orejas. Millones de lavadoras rotando y gimiendo a la vez. Eso es el universo según Dopper.
Cuando apaga la televisión, su sombra —que es la tuya, que es la mía— se refleja en la pantalla. Allí se queda solo, sentado en el sofá, a la intemperie. Las voces, por supuesto, no descansan.

Sunday, January 11, 2009

Don Chinarro

Gran concierto ayer del Sr. Chinarro. Os pongo Los amores reñidos, una de mis preferidas del último disco. El vídeo se ve fatal porque 1. yo no soy Spielberg, 2. mi cámara de fotos no da más de sí, la pobre, y 3. siempre nos ponemos en la zona de los tímidos (cualquier día todos los tímidos del mundo nos uniremos, como dice otra de las canciones, y armaremos una buena). Gran guitarrista, por cierto. Por momentos hasta me recordaba a algunos de mis grupos míticos, como Tindersticks o Galaxy 500. El final del Gran Poder, genial.

Friday, January 09, 2009

Madrid bajo la nieve


Esquiador en el Retiro

Tuesday, January 06, 2009

Supercoco

Supercoco me mira desde la esquina de la habitación. Está espatarrado en la mesilla, los brazos en cruz, la nuca apoyada en la pared, el cuerpo inclinado y las piernas abiertas. Tiene un pie enganchado en la lamparita, como si le quisiese dar una patada.
Supercoco me mira (es un decir) con gesto de locura. En realidad no me mira a mí, sino al techo. Supercoco siempre mira al techo. Es su sino, su condena. Jamás podrá mirar hacia otro lado. Lo hicieron así. Un poco bizco.
Supercoco tiene la nariz rosa y la boca siempre abierta, como un buzón oscuro con pequeñísima lengüeta roja. El gesto de su boca abierta, sobre esa barbilla sin labios, me recuerda a Rajoy. También sus ojos asombrados, viajando hacia las alturas, como cuando a Mariano le viene su tic. Son clavaditos, en serio.
Supercoco es azul y barrigudo. Ha echado tripa el tío. La buena vida en el Vips, supongo. Supercoco me mira (no me mira) con su cara de loco y su capa roja y su casco gris y su nariz rosa que apetece apretar como si fuera un claxon.
Supercoco me mira atolondrado y su mirada de loco me incrimina: "Algo va mal, muy mal, cuando a tus años todavía te regalan un peluche, macho". Y mucho me temo que tiene razón.

En el jardín

Estatuas de niños deformes y pequeños cupidos que estrangulan gansos.

Thursday, January 01, 2009

Pijamas y otras cosas

Los Babasónicos, un grupo argentino que en sus mejores momentos -algunas melodías, algunas psicodelias, algunas letras- me recuerdan a El Niño Gusano, el mejor grupo de la historia del pop español. Esta canción se llama Pijamas (léase Piyamas):

Y otras: Microdancing (frikísima canción, entre Leonardo Dantés y Chikilicuatre), El loco, Risa, Fizz, El colmo y Putita, por ejemplo.