(Madrid, 3 de enero de 2018)
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Thursday, January 04, 2018
Saturday, January 16, 2016
En el Panteón de Hombres Ilustres
Inspirado en el camposanto de la
plaza del Duomo de Pisa, el Panteón de los Hombres Ilustres fue un proyecto
iniciado en 1890 a instancias de la reina regente María Cristina y que, tras sucesivas
negligencias y decisiones absurdas por parte de las autoridades públicas, quedaría truncado en sus ambiciosas
intenciones iniciales. El proyecto original, de estilo neobizantino, incluía una basílica
y un campanile con un reloj de cuatro esferas y tres campanas. La basílica
estaba destinada a ser el templo de la Corte y sede de las ceremonias
religiosas reales.
En 1891 se empezó a ejecutar el
proyecto, del que finalmente sólo se construirían el panteón y el campanile. El
claustro del Panteón es de planta cuadrada, con tres galerías con arcadas y
vidrieras y dos cúpulas semiesféricas en las esquinas. Sobre la puerta de
entrada hay un frontón. En el interior hay un pequeño jardín donde se ubica el
mausoleo conjunto. Cada galería tiene una puerta central para acceder al jardín.
Destacan en el interior los grupos escultóricos de Mariano Benlliure para los sepulcros de José Canalejas, Eduardo Dato y Mateo Sagasta. También están el sepulcro del Marqués del Duero, obra de Arturo Mélida y Alinari y Elías Martín, y el de Cánovas del Castillo, obra de Agustín Querol. En el patio, subida en lo alto del Mausoleo, hay una estatua de la libertad acompañada de un gato.
Destacan en el interior los grupos escultóricos de Mariano Benlliure para los sepulcros de José Canalejas, Eduardo Dato y Mateo Sagasta. También están el sepulcro del Marqués del Duero, obra de Arturo Mélida y Alinari y Elías Martín, y el de Cánovas del Castillo, obra de Agustín Querol. En el patio, subida en lo alto del Mausoleo, hay una estatua de la libertad acompañada de un gato.
(Madrid, 26-12-2015)
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Sunday, December 27, 2015
En el museo portátil de Ramón Gómez de la Serna
Hay feria en el Cuartel de
Conde-Duque, una especie de mercadillo navideño internacional. Bailan en el
escenario unos señores rusos, o de la Anatolia, o de la Estepa asiática, o de
algún lugar de más allá del frío. Visten exótico, manejan anchas espadas y entonan
con esmero, a gritos, melodías difíciles de recordar. Me diluyo entre las
casetas y los food-tracks y subo a ver a Gómez de la Serna en su
despacho. RAMÓN, como le decían todos, con familiaridad mayúscula. Merece
siempre la pena hacerle una visita. Me pongo a sacar fotos de su museo
portátil, ese universo infinito recluido en pocos metros cuadrados.

El despacho de Ramón es un
inmenso Rastro personal e intransferible, acumulado a lo largo de toda una
vida. Una prolongada colección de muebles, objetos e imágenes, recortes de
revistas y periódicos que iba pegando, con artesanal paciencia, por las
paredes, puertas y techos de su despacho, conformando un vastísimo collage que también era espejo de su
literatura y de su propia conciencia creativa. Una Cámara de las Maravillas de
la modernidad, expresión de "lo transitorio, lo fugitivo y lo
contingente", que diría Baudelaire. Un templo erigido a sí mismo y al dios
de su imaginación. Un estallido escénico de todas las vanguardias (cubismo,
dadaísmo, surrealismo…) que Ramón reunía -como gran maestro de ceremonias y
agitador cultural del Madrid de principios de siglo- en una sola persona,
componiendo un espacio doméstico único. Estampario, lo llamaba él.
Ya en la casa de su abuela materna, situada en la calle de Monteleón, había una pequeña habitación misteriosa que debió de impactar sobremanera al pequeño Ramón, recubierta de cromos y estampitas de colores, incluso en los techos y puertas. Sería en la casa de la calle de la Puebla número 11, que habitó con su familia de 1903 a 1920, donde Ramón fue llenando su primer despacho con objetos que adquiría en el Rastro, reproducciones en yeso y una chimenea de mármol, dando pistoletazo de salida a su pasión coleccionista y a su fascinación por las cosas, sin distinción entre lo estrambótico y lo estético.
Un microcosmos inaudito clausurado
por la bóveda del techo, fulgurante de estrellas.
Ramón nos enseñó a mirar el mundo de una manera totalmente nueva, ensanchó nuestra percepción hasta los límites extremos de la metáfora y el sueño, de un sueño muy real, muy vivo. Ortega y Gasset dijo haber visto el secreto del arte moderno al visitar el Torreón de Ramón en la calle Velázquez. Para terminar dejo algunas de las fotos que hice. Y este enlace al gran inventario del Aleph de Ramón, en La Maquinaria de laNube.
Ramón nos enseñó a mirar el mundo de una manera totalmente nueva, ensanchó nuestra percepción hasta los límites extremos de la metáfora y el sueño, de un sueño muy real, muy vivo. Ortega y Gasset dijo haber visto el secreto del arte moderno al visitar el Torreón de Ramón en la calle Velázquez. Para terminar dejo algunas de las fotos que hice. Y este enlace al gran inventario del Aleph de Ramón, en La Maquinaria de laNube.
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Sunday, December 13, 2015
En el Museo del Ferrocarril
Los trenes son quizá el gran invento del XIX, el Siglo-De-Los-Inventos. Lo valoro más porque, al contrario de otros inventos, que acababan deshumanizándonos, el tren nos ha hecho seguramente más personas. No se trata sólo de llegar antes, más rápido, de cubrir espacios en menos tiempo, sino también de ver más y mejor. Una cosa son los medios y otra los fines. El tren no es sólo un medio de transporte; es también un fin en sí mismo: la visión del paisaje.
Porque no hay paisaje más hermoso que el que se ve desde un tren.
Porque no hay paisaje más hermoso que el que se ve desde un tren.
El Museo del Ferrocarril sabe a película de época. Paseando por allí te sientes como el extra de un rodaje inexistente. Te falta el sombrero y la pipa. Además, los trenes y el cine son un poco lo mismo: imágenes en movimiento. Hay muchos trenes en el cine. Y hay mucho de cine en el tren. En concreto, en la antigua Estación de las Delicias hay un poco de El maquinista de la general, un poco de Solo ante el peligro y un poco de Con la muerte en los talones, según el andén y la época. Las palabras que mejor lo expresan son zug, tâg y tog.
Ahora, con el Mercado de los Motores, un fin de semana al mes, todo se vuelve diseño y vintage. Con sus cosas buenas (los músicos de jazz, los mapamundis, las chicas guapas) y sus cosas malas (los hipsters que ejercen de hipsters, el exceso de diseño, la plusvalía del humo, del aire). No hay vida que aguante tanto diseño. El exceso de diseño mata lo vivo. El artificio de la cultura que quiere imponerse a toda costa... y se cree más y mejor. Esta autoconciencia inverosímil de quien se enmarca en un aura dorada para exhibirse ante el espejo, ante sí mismo, y puja al alza en polifonía de ventrílocuo.
Mejor quedarse con el Rastro de los objetos infinitos, que también lo tiene:
Sunday, November 22, 2015
En el Museo Geominero
Recuerdo la primera vez que visité el Museo Geominero. Al entrar en la sala principal, con sus hileras de vitrinas y la enorme cristalera del techo, me quedé boquiabierto. Nos había llevado el profesor de Química del colegio, todos provistos de cuaderno y lápiz, teníamos que tomar notas para un trabajo sobre minerales. El Geominero es un lugar que te retrotrae a la época mágica de los museos de ciencias naturales y gabinetes de curiosidades del siglo XIX. La ciencia era entonces un libro infinito lleno de maravillas y perplejidades. Se inauguró en 1926 y tiene más de quince mil minerales y ochenta mil fósiles que datan desde el Jurásico. Es también como estar un poco en Londres. Te puedes encontrar, incluso, a una imitadora de Mary Poppins.
(Museo Geominero, 22-11-2015)
Monday, November 02, 2015
En el Museo Sorolla
Mi infancia está en los cuadros de Sorolla. El sol absoluto de la Malvarrosa; los niños a la orilla de sus sueños; reflejos, pinceladas, sobre la piel húmeda.
"Estos días azules y este sol de la infancia": el último verso que escribió Machado -hallado, ya cadáver, en su raído gabán de exiliado- resume muy bien mi ausencia de recuerdos cuando avanzo, tantos domingos, por las salas del Museo Sorolla, el lugar más bello del mundo. Allí revivo mi primera infancia, sin recuerdos (demasiado pequeño para tenerlos), a la orilla de un sol que siempre luce y acaricia la piel de los hombres. Un sol rotundo que no ciega.
Sorolla es la Luz, como Velázquez la Transparencia. Sorolla es el domingo permanente. Yo, que nací en un palacio árabe (Valencia es el único lugar del mundo donde a los niños sí nos traía la Cigüeña), recupero mi primera infancia en el Museo Sorolla. El lugar más bello del mundo.


(Museo Sorolla, Madrid, 1-11-2015)
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Sunday, November 01, 2015
Proyectos en marcha
Terminadas las excusas doctorales, es hora de retomar los proyectos en marcha:
Intentaré usar este blog como contenedor de materiales, para ir perfilando ideas, acumulando imágenes. Obligándome a la tarea. Forzándome a la prosa.
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