Un libro y una película: en Jot Down.

Empieza la música aunque no diga nada la letra. Empiézala. No importa. Hay que coger la flauta y hacerla sonar, hay que coger el teclado y declinar las palabras, una tras otra, como si fuese un tren descarrilado (descarriado, férreo, ferroviario, pero con su música), o echar el carro por el pedregal, como decía Azorín. Azorín, ¿acaso tiene música Azorín, aparte de la de su pseudónimo? La música es más bien de Valle-Inclán. Esa música encantada de sí misma que se enrosca en volutas de humo de veguero mentolado y que embelesa las almas llevándolas al borde del precipicio o del Edén. Qué gran músico (hameliniano), don Valle, san Ramón, marqués del Inclán. Y Baroja, el otro de la Gran Terna, la terna que va quedando después de tanta hojarasca mojada (mojada como la pólvora de su letra, sin música o con ella), Baroja, digo, ¿qué música tiene, aparte de la ronquera de su voz (siempre ruda, austera, a veces exacerbada, colérica)? La flauta, el carro o la ronquera. O una mezcla de las tres: el 98.
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"El estilo era un punzoncito con el que se escribía en las tablas recubiertas de cera. Y yo, claro está que no tengo ese punzón. El estilo es una entelequia; se habla de estilo cuando no se tiene estilo y entre quienes no saben lo que es escribir. Si quieres que te dé una definición de estilo te diré lo siguiente: Tener estilo es no tener estilo. Cuando se lee a alguien que de veras tiene estilo y se cierra el libro, no se sabe cómo ha escrito el autor de la prosa que acabamos de leer. No sabemos tampoco del olor y del sabor del agua cristalina que hemos bebido en una fontana. Si lo supiéramos, ya esa agua no sería límpida. Algo habría en ella ajeno a su transparencia y a su insipidez". (Azorín, Memorias inmemoriales)
Y sin embargo... suele haber en Azorín una determinada selección de palabras que flotan en el vaso de su prosa como manchitas o motas que rompen la magia de la insipidez, de la transparencia.
En el barrio de Bayswater, en Londres, hay dos casas falsas que es imposible detectar desde la calle. Son falsas porque son sólo fachada, están huecas, no tienen interior. Las fachadas son de metro y medio de ancho y están adornadas con dieciocho ventanas ciegas. Lo único que haría sospechar al Sherlock Holmes de turno sería la inexistencia del característico buzón en las puertas. Por lo demás dan el pego perfectamente.
La fachada por delante y por detrás. Ya se sabe que en la época victoriana todo eran apariencias.
Después de casi sesenta años olvidado, perdido entre los estantes polvorientos de las librerías de viejo, en 2009 se reeditó en Francia Paris insolite de Jean-Paul Clébert, en la pequeña editorial Attila. Su éxito fue tan fulgurante como el que obtuvo con la primera edición de 1952, en la mítica Denoël —con ilustres compañeros de catálogo como Aragon, Artaud o Céline—, cuando vendió más de treinta mil ejemplares y recibió los encendidos elogios de escritores de la talla de Henry Miller o Raymond Queneau. Aunque parezca increíble, en todo este tiempo a nadie se le había ocurrido recuperar la obra. Tuvieron que llegar unos jóvenes entusiastas con poco dinero y suficiente inteligencia para hacer justicia, mientras de paso daban el pelotazo, con todo merecimiento. Parece que no sólo España está llena de editores ciegos.
El París de Jean-Paul Clébert, en Jot Down.
Igual que en El árbol de la vida y Melancholia, hay algo en Un método peligroso que no se olvida fácilmente. No sé exactamente lo que es ese algo. Quizás es lo mejor que se puede decir del arte, de la poesía, del cine: que tiene un nosequé que lo es todo. Algo que se nos escapa pero que sabemos que está ahí, que nos retiene. Llamémoslo "la atmósfera" esta vez, no sé.
El fantasma de Keats saluda a su máscara mortuoria. (Roma, 31-10-2011)
El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) y Melancholia (Lars Von Trier, 2011) son dos películas raras, difíciles, supuestamente coñazo y pretenciosas. Me han gustado. Sólo por la belleza de las imágenes con la música merece la pena el esfuerzo (el esfuerzo de salirse de lo convencional y dejarse llevar por lo extraño). Es difícil ver buena poesía en el cine, y aquí la hay. No soportaríamos estar viendo películas así todas las semanas (nos podríamos pegar un tiro en la butaca, entre el asombro y el tedio), pero por esta vez no pasa nada y hasta se disfruta. Se queda uno embobado, con la boca abierta.
En El árbol de la vida la parte del origen del universo es demasiado larga y surge demasiado pronto. No te ha dado tiempo a entrar la vida de la familia y ya te transportan nada menos que al principio de los tiempos. Ahí, supongo, es donde muchos se deben de salir del cine. Las imágenes son impresionantes, pero rompe innecesariamente. No hacía falta tanto ni tan pronto. Alguna imagen, bien, pero el resto mejor dejarlo para el documental de La 2, sobre todo lo de los dinosaurios, creo yo. Está bien dar a elegir entre el camino de la gracia y el de la naturaleza, pero incluso en el camino del exceso se debe guardar cierta medida. El final también resulta un pelín excesivo. Uno puede estar fluctuando sin problema, kantianamente, entre lo bello y lo sublime, pero permanecer encaramado a lo sublime durante horas resulta una postura un poco incómoda.