Friday, December 18, 2009

Jugando a ser Proust en Navidad, etcétera

Basta con morder una esquina del polvorón (de los artesanales, esos que vienen envueltos en papel blanco y girados sobre sí mismos) para revivir en unos instantes prácticamente toda la infancia, las eternas y maravillosas Navidades de la infancia, los infinitos detalles que la desmenuzan en la memoria. Cada trocito de almendra masticado evoca un lugar, una sensación, un momento especial... Las voces de fondo de los invitados, el salón con el belén, un paquete de regalo, la entrada con el misterio y el árbol, los desayunos blancos bajo las mantas, las sobremesas prolongadas, la terraza helada, el paseo en la tarde, bien abrigados y con el brillo de las luces a los lados, el gentío comprando, la mesa preparada, picar en el huevo hilado, el empacho de dulces, el regreso ilusionado de la cabalgata de Reyes, y un etcétera tan largo como los siete tomos de En busca del tiempo perdido. Sólo falta el talento para escribirlos.
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Qué bien que la dichosa Amenatu esté ya en su casa. No he entendido nada de este caso absurdo, surrealista, a pesar de tener que oír a diario todo lo que se decía. Al final, de todo su pulso personal con el tirano alahuí, me queda, sobre todo, una imagen: Amenatu en la farmacia del aeropuerto, levantándose de la silla de ruedas y pesándose en la balanza ante las cámaras de televisión.
Ya podemos quedarnos tranquilos. Pero no lancéis las campanas al vuelo: seguro que los periodistas buscarán una nueva excusa para amenizarnos la Navidad.
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Cuando oigo la palabra "activista" me entran ganas de bostezar. Me arrebujo con la manta en el sofá y cambio de canal.
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Hojeando rápidamente algunos libros sobre París. Baroja tiene detalles muy buenos, pero acaba perdiéndose en sus elucubraciones; el París de Solana es sólo suyo, otra españanegra trasladada de sitio (no se la puede quitar de encima, allá donde va la lleva consigo); creo que el de Azorín es el que más antiguo se ha quedado, sigue sin convencerme este hombre, hay algo en su prosa que me repele; De Amicis se empantana en lo literario. Algunas notas de Pla son una maravilla, igual que las de Orwell sin un duro: pura poesía -nada lírica- de vida verdadera. Es curioso lo distinto que es el París de los años 20 que ven los españoles y el que viven los escritores norteamericanos.
Para mí el gran libro sobre París sigue siendo el de Hemingway.

3 comments:

alicia said...

Andamos en estas fechas tirando del hilo del recuerdo, o evocando a través de los sabores las navidades más felices que siempre son las de la infancia. Gracias por esos polvorones clásicos y el sabor que aquellos días tenían en tu mundo.
¿Viajarás a París? La ciudad que era una fiesta...
Aminetu lo ha logrado, esgrimiendo contra todos lo único que tienen los que no tienen nada, su vida.
Un abrazo

Aroa said...

Me pasa algo parecido con el punto 3. Debería cuidármelo. No está bien. Pero en el punto 1, en cambio, todo se desata con el turrón blando, te digo mientras miro en frente de mí a Baroja escribiendo a mano en una decana fotografía.

conde-duque said...

Alicia, la respuesta en el nuevo post.
Aroa, en realidad me pasa con todos los dulces navideños: turrones, mazapanes, polvorones, peladillas...
Un abrazo.