Saturday, August 23, 2014

Saturday, August 16, 2014

Alice Liddell en Covent Garden

Alice Liddell, Oxford, 1858
Alice Liddell, Londres, agosto de 2014

Thursday, August 07, 2014

Friday, August 01, 2014

Saturday, July 19, 2014

Tuesday, July 15, 2014

Saturday, July 12, 2014

Estatuas romanas














Roma, junio de 2014

Tuesday, July 08, 2014

Sunday, June 29, 2014

Saturday, June 21, 2014

Miradas romanas

Roma, junio de 2014

Sunday, June 15, 2014

El final de la gran belleza

Se acabó Roma. ROMA, la infinita, è finita. Han sido cinco días de belleza continua. Aparte de lo consabido (el Panteón, Trastévere, Navona), la villa/circo de Masenzio, la tumba de Cecilia Metella, el claustro de San Onofre, las catacumbas de Priscilla, la exedra de Villa Giulia... Iremos recuperando las palabras que trataron de fijar las sensaciones sobre un cuaderno.


[En cuanto a la película, para mí valen mucho más los 10 últimos minutos que las dos horas anteriores, recargadas y excesivas. Un final maravilloso. Los mejores títulos de crédito finales que recuerdo.]

Monday, June 09, 2014

Sunday, May 25, 2014

Saturday, April 19, 2014

A propósito de GGM: Zavattini, Gómez de la Serna y Galicia

Es curioso que se quiera definir la literatura de Gabriel García Márquez con un término tan equívoco como el de "realismo mágico". Se ha mencionado mucho estos días, naturalmente, esta expresión, pero no he oído que se hablase de dos de sus grandes influencias: Cesare Zavattini, el genial guionista del neorrealismo italiano (¿acaso Milagro en Milán no está llena de realismo mágico?) y Ramón Gómez de la Serna, el inventor de las greguerías. El primero fue profesor suyo de cine en Roma y aparece como personaje en su relato "La santa", y el segundo le sirvió como gran modelo en sus comienzos como escritor (sobre todo en sus artículos periodísticos), según recuerda en su autobiografía Vivir para contarla
Por otro lado, baste recordar que GGM comió una vez en Barcelona con Cunqueiro, anterior fundador del realismo mágico (que en Galicia no existe porque es norma), para tener que preguntarse: ¿era GGM gallego?
Aquí su artículo de 1983 "Viendo llover en Galicia":
"Mi muy viejo amigo, el pintor poeta y novelista Héctor Rojas Herazo -a quien no veía desde hacía mucho tiempo- debió sufrir un estremecimiento de compasión cuando me vio en Madrid abrumado por un tumulto de fotógrafos, periodistas y solicitantes de autógrafos, y se acercó para decirme en voz baja: "Recuerda que de vez en cuando debes ser amable contigo mismo". En efecto, fiel a mi determinación de complacer todas las demandas sin tomar en cuenta mi propia fatiga, hacía ya varios meses -quizá varios años- en que no me ofrecía a mí mismo un regalo merecido. De modo que decidí regalarme en la realidad uno de mis sueños más antiguos: conocer Galicia. Alguien a quien le gusta comer no puede pensar en Galicia sin pensar antes que en cualquier otra cosa en los placeres de su cocina. "La nostalgia empieza por la comida", dijo el che Guevara, tal vez añorando los asados astronómicos de su tierra argentina, mientras se hablaba de asuntos de guerra en las noches de hombres solos en la sierra Maestra. También para mí la nostalgia de Galicia había empezado por la comida, antes de que hubiera conocido la tierra. El caso es que mi abuela, en la casa grande de Aracataca, donde conocí mis primeros fantasmas, tenía el exquisito oficio de panadera, y lo practicaba aun cuando ya estaba vieja y a punto de quedarse ciega, hasta que una crecida del río le desbarató el horno y nadie en la casa tuvo ánimos para reconstruirlo. Pero la vocación de la abuela era tan definida, que cuando no pudo hacer panes siguió haciendo jamones. Unos jamones deliciosos, que, sin embargo, no nos gustaban a los niños -porque a los niños no les gustan las novedades de los adultos-, pero el sabor de la primera prueba se me quedó grabado para siempre en la memoria del paladar. No volví a encontrarlo jamás en ninguno de los muchos y diversos jamones que comí después en mis años buenos y en mis años malos, hasta que probé por casualidad -40 años después, en Barcelona- una rebanada inocente de lacón. Todo el alborozo, todas las incertidumbres y toda la soledad de la infancia me volvieron de pronto en ese sabor, que era el inconfundible de los lacones de la abuela. De aquella experiencia surgió mi interés de descifrar su ascendencia, y buscando la suya encontré la mía en los verdes frenéticos de mayo hasta el mar y las lluvias feraces y los vientos eternos de los campos de Galicia. Sólo entonces entendí de dónde había sacado la abuela aquella credulidad que le permitía vivir en un mundo sobrenatural donde todo era posible, donde las explicaciones racionales carecían por completo de validez, y entendí de dónde le venía la pasión de cocinar para alimentar a los forasteros y su costumbre de cantar todo el día. "Hay que hacer carne y pescado porque no se sabe qué le gusta a los que vengan a almorzar", solía decir cuando oía el silbato del tren. Murió muy vieja, ciega, y con el sentido de la realidad trastornado por completo, hasta el punto de que hablaba de sus recuerdos más antiguos como si estuvieran ocurriendo en el instante, y conversaba con los muertos que había conocido vivos en su juventud remota. Le contaba estas cosas a un amigo gallego la semana pasada, en Santiago de Compostela, y él me dijo: "Entonces tu abuela era gallega, sin ninguna duda, porque estaba loca". En realidad, todos los gallegos que conozco, y los que vi ahora sin tiempo para conocerlos, me parecen nacidos bajo el signo de Piscis.
No sé de dónde viene la vergüenza de ser turista. A muchos amigos, en pleno frenesí turístico, les he oído decir que no quieren mezclarse con los turistas, sin darse cuenta de que, aunque no se mezclen, ellos son tan turistas como los otros. Yo, cuando voy a conocer algún lugar sin disponer de mucho tiempo para ir más a fondo, asumo sin pudor mi condición de turista. Me gusta inscribirme en esas excursiones rápidas, en las que los guías explican todo lo que se ve por las ventanas del autobús, a la derecha y a la izquierda, señores y señoras, entre otras cosas porque así sé de una vez todo lo que no hay que ver después, cuando salgo solo a conocer el lugar por mis propios medios. Sin embargo, Santiago de Compostelano da tiempo para tantos pormenores: la ciudad se impone de inmediato, completa y para siempre, como si se hubiera nacido en ella. Siempre he creído, y lo sigo creyendo, que no hay en el mundo una plaza más bella que la de Siena. La única que me ha hecho dudar es la de Santiago de Compostela, por su equilibrio y su aire juvenil, que no permite pensar en su edad venerable, sino que parece construida el día anterior por alguien que hubiera perdido el sentido del tiempo. Tal vez esta impresión no tenga su origen en la plaza misma, sino en el hecho de estar -como toda la ciudad, hasta en sus últimos rincones- incorporada hasta el alma a la vida cotidiana de hoy. Es una ciudad viva, tomada por una muchedumbre de estudiantes alegres y bulliciosos, que no le dan ni una sola tregua para envejecer. En los muros intactos, la vegetación se abre paso por entre las grietas, en una lucha implacable por sobrevivir al olvido, y uno se encuentra a cada paso, como la cosa más natural del mundo, con el milagro de las piedras florecidas.
Llovió durante tres días, pero no de un modo inclemente, sino con intempestivos espacios de un sol radiante. Sin embargo, los amigos gallegos no parecían ver esas pausas doradas, sino que a cada instante nos daban excusas por la lluvia. Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicía sin lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico -mucho más de lo que los propios gallegos se lo imaginan-, y en los países míticos nunca sale el sol. "Si hubieran venido la semana pasada, habrían encontrado un tiempo estupendo", nos decían, avergonzados. "Este tiempo no corresponde a la estación", insistían, sin acordarse de Valle-Inclán, de Rosalía de Castro, de los poetas gallegos de siempre, en cuyos libros llueve desde el principio de la creación y sopla un viento interminable, que es tal vez el que siembra ese germen lunático que hace distintos y amorosos a tantos gallegos.
Llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre de la ría de Arosa y en la ría de Vigo, y en su puente, llovía en la plaza, impávida y casi irreal, de Cambados, y hasta en la isla de la Toja, donde hay un hotel de otro mundo y otro tiempo, que parece esperar a que escampe, a que cese el viento y resplandezca el sol para empezar a vivir. Andábamos por entre esta lluvia como por un estado de gracia, comiendo a puñados los únicos mariscos vivos que quedan en este mundo devastado, comiendo unos pescados que siguen siendo peces en el plato y unas ensaladas que seguían creciendo en la mesa, y sabíamos que todo aquello estaba allí por virtud de la lluvia, que nunca acaba de caer. Hace ahora muchos años, en un restaurante de Barcelona, le oí hablar de la comida de Galicia al escritor Álvaro Cunqueiro, y sus descripciones eran tan deslumbrantes que me parecieron delirios de gallego. Desde que tengo memoria les he oído hablar de Galicia a los gallegos de América, y siempre pensé que sus recuerdos estaban deformados por los espejismos de la nostalgia. Hoy me acuerdo de mis 72 horas en Galicia y me pregunto si todo aquello era verdad, o si es que yo mismo he empezado a ser víctima de los mismos desvaríos de mi abuela. Entre gallegos -ya lo sabemos- nunca se sabe."

Sunday, April 13, 2014

13 citas lisérgicas de Felipe Martínez Marzoa

A veces siente uno la necesidad de meterse un poco de filosofía académica en vena, y es en esos momentos cuando la mejor solución es tener a mano un libro de Felipe Martínez Marzoa (Vigo, 1943), que nunca falla. Caso insólito el de este catedrático de Filosofía, ya jubilado, que lleva más de cuatro décadas dedicado a una tarea ímproba, formidable, minuciosa y oscura, destinada al disfrute y admiración de unos pocos friquis que, como yo, nos lanzamos corriendo a las librerías en cuanto nos enteramos de que Marzoa ha publicado un nuevo librito. Digo librito por el formato y número de páginas, pues su lectura da para meses o años de prolongado viaje alucinógeno.

El meollo de esta colosal tarea hermenéutica consiste en estudiar, analizar e interpretar los textos de grandes autores de la historia de la filosofía -Platón, Hobbes, Leibniz, Hume, Kant, Marx o Heidegger, entre otros- para extraer la lógica interna de su pensamiento, aquel reducto de consistencia pura e inalienable verdad que los sostiene. La rigurosidad y el afán de precisión casi patológicos del profesor Marzoa, que vuelve una y otra vez a los mismos textos y problemas matizando sobre las matizaciones previas, podrían exasperar a los espíritus más inquietos. A ojos de sus admiradores, en cambio, la historia de esas matizaciones se nos revela como una aventura fascinante, de una importancia trascendental, a la altura de la seriedad de la labor que se ha impuesto; lo que en otros autores conformaría una pesadilla libresca soporífera, en este caso adquiere tintes epifánicos. Bajo las infinitas capas eruditas del discurso (imprescindibles para decir algo nuevo con sentido en este mundo-que-ya-está-por-escrito), en el fondo de la buena filosofía académica -escasísima, por cierto- late una profunda verdad. Una verdad que resulta, incluso, emocionante. Y peligrosamente adictiva. Conviene advertir que la adicción a esta droga dura de la filosofía académica perjudica gravemente la salud de las meninges y puede conducir a la devastación más absoluta. Cuando uno ha experimentado esa calma beatífica, ese estado de ataraxia al que conduce, esa placidez sublime del concepto, no hay remedio: volverá a reincidir en el delito. Se recomienda hacerlo siempre a pequeños sorbos, manteniendo lejos el fantasma de la sobredosis, que sería letal. Lo importante está en saber cómo leer los textos, más que en captar la literalidad de lo que dicen. Se trata la de Marzoa, en cualquier caso, de la más revolucionaria -esto es, antiacadémica- de las filosofías académicas contemporáneas. En el fondo de su pensamiento sigue presente una llamada a la acción: «Desde el momento en que se sabe cómo funcionan las cosas, ya no pueden seguir funcionando de la misma manera». 
Cuando me puse a dar clases de filosofía, siempre consultaba los dos tomos de Historia de la filosofía de Marzoa antes de empezar a exponer el pensamiento de cualquier autor, pues necesitaba tener unos ejes de coordenadas distintos, un referente nuevo que me anclase en el horizonte, desde su sesgo peculiar, siempre alejado del cliché, advirtiéndome de los peligros. Los profesores de filosofía enseñan, por definición, los clichés. El cliché es lo que se enseña, puesto que lo que se enseña se convierte en cliché. Ante esa circularidad viciosa hay que estar siempre alerta. No en vano la filosofía surge -nos dice Marzoa- como el intento de decir aquello en lo que todo decir habita y ya se mueve, un peculiar e insolente modo de querer decir lo que siempre está ya supuesto. Quizás el libro suyo que más me ha marcado sea Ser y diálogo; después de leer la interpretación de los textos de Platón que ofrece esta obra, nunca podremos acercarnos a los diálogos platónicos de la misma manera. 
 En fin, aquí dejo 13 chutes de sus obras, seleccionados entre múltiples pasajes subrayados:
1. “No dices nada” 
«Cuando en el curso de un diálogo de Platón uno de los personajes reclama de otro el asentimiento o el disenso con respecto a lo que él, el preguntante, ha dicho, es muy frecuente cierta situación en la que nuestras traducciones no pueden evitar una distorsión sin la cual simplemente no podría haber traducción; dicen, en efecto, algo del tipo “¿Digo algo acertado?”, y tenemos que aceptarlo así, aunque sabemos perfectamente que el texto griego no dice eso, sino meramente “¿Digo algo?” (légo ti;). Este uso es, por otra parte, especialmente consistente, pues, para la declaración que constituiría respuesta negativa a la mencionada pregunta, no se emplea “Lo que dices no es cierto” o cosa parecida, sino sencillamente “No dices nada” (oudien légeis). Formulemos, pues, provisionalmente este fenómeno con un término de la gramática escolar: el “objeto directo” del verbo “decir” no es un “dicho” que pudiese concertar o no con la cosa, sino que es la cosa misma». (El decir griego, p. 17)  
2. La autocrítica del “tener por” 
«Cada vez que abordamos algo, lo hemos tomado ya de una u otra manera, lo hemos situado de antemano en una u otra perspectiva, lo hemos tomado “como” esto o aquello, “como” este o aquel tipo de cosa. Este previo “tener por” es, desde luego, merecedor de continua revisión; lo que nunca ocurre es que no lo haya, pues, si no hubiésemos tomado de una u otra manera la cosa en cuestión, sencillamente no estaríamos en relación alguna con ella y nada sabríamos ni nos plantearíamos a propósito de ella. El que el mencionado “tener por” sea “previo” no significa en modo alguno que sea posible una previa exposición de él; por el contrario, si lo fuese, estaríamos en un regressus in infinitum. Sólo en el trabajo mismo con la cosa puede ocurrir -y ocurre si el trabajo es especialmente serio- que el precio “tener por” se ponga de manifiesto e incluso que llegue a poder ser discutido. La seriedad del trabajo con algo se mide por la capacidad de someter a continuada autocrítica el “tener por”». (Ser y diálogo, p. 7) 
3. Lo tardomoderno y la crisis económica 
«No acepto la idea de que haya en la agenda algo que sea posterior a la modernidad, algo post-civil o post-moderno. Yo utilizo el concepto tardomoderno. Lo que Marx teoriza en El capital es la modernidad, pero lo hace pensando que el hecho mismo de teorizarla producirá una ruptura con lo anterior por la simple distancia implícita en el conocimiento. No obstante, Marx no tenía un modelo alternativo, ni existe hoy tampoco. Al comienzo de la Filosofía del Derecho Hegel citaba a la lechuza, que ya en la mitología griega representa la consciencia, el saber, porque tiene los ojos grandes y una gran capacidad de observación. Ese pájaro sólo emprende el vuelo en el atardecer, al final del día. En definitiva, no existe otro modelo que la modernidad, pero a partir de Marx la característica del momento que aún dura es el conocer que estamos en el final del trayecto. Lo que queda por saber es si la modernidad está en crisis o simplemente en putrefacción. Hay que destacar que en la frase anterior “crisis” tiene una connotación de clarividencia. En su origen griego, esta palabra quiere decir discernimiento. Las crisis económicas se llaman así porque se supone que permiten filtrar lo que es válido, viable, de lo que no lo es». (Entrevista de Xurxo González para el diario A Nosa Terra
4. La inocencia final 
«Los conceptos que empleamos o tesis que formulamos atendiendo a las palabras de un poema, no pueden en modo alguno tener la pretensión de exponer el “sentido” del poema mismo, ni mucho menos el “pensamiento” del poeta. Son conceptos o tesis que nosotros necesitamos sólo para poder en última instancia prescindir de todo ello y simplemente escuchar o decir el poema. Ahora bien, en efecto necesitamos de todo eso, porque la lectura inmediata, presuntamente aconceptual, es en realidad la más conceptual de todas, sólo que sus conceptos son los de la pura banalidad y por eso no se hacen notar como tales; justamente para evitar esa conceptualidad trivial, es preciso todo el trabajo de la “interpretación”, el cual, por lo tanto, no tiene como función instaurar otra conceptualidad, que fuese la buena, sino desaparecer y dejar estar pura y simplemente el poema. La inocencia que vale es la que está al final; la del principio es un pseudónimo de la trivialidad». (De Kant a Hölderlin, pp. 123-124, tomado de Diaporía
5. Escepticismo 
«La palabra sképsis significa el acto o la actitud de mirar, observar, considerar. Tal actitud o acto comporta una distancia; no se puede “ver” si se está lisa y llanamente dentro, si sin más se “pertenece a”. A la vez, sin embargo, sólo se “ve” aquello a lo que de alguna manera se pertenece. Parece seguirse de todo esto que el ver tiene en todo caso el carácter de una ruptura o suspensión; ruptura o suspensión de la familiaridad, del obvio habérselas-con. Ello admite una interpretación relativamente trivial cuando la distancia lo es con respecto a algún ámbito o juego determinado; el que reconozcamos las reglas del juego implica entonces, en efecto, que nuestro ser no se agota en ser jugadores de ese juego». (Pasión tranquila. Ensayo sobre la filosofía de Hume, p. 101)  
6. El diálogo platónico 
 «El diálogo platónico se relaciona, ciertamente, con la prosa enunciativo-doctrinal, pero de muy otra manera, a saber, en el sentido de que es la constante ruptura con o distanciamiento frente a lo enunciativo-predicativo. Ello empieza ya por el hecho de que haya algo así como una situación escénica, lo cual implica que las enunciaciones se sitúan en una distancia, o que autor y lector se sitúan en una distancia frente a ellas; y se desarrolla mediante un amplio y sofisticado repertorio de técnicas de distanciamiento y destematización (diálogo contado por alguien que a su vez lo oyó contar a otro, doctrina aludida como cosa ya conocida, diversos modos de exposición no asertiva); puede decirse que no tenemos ni una sola manifestación de Platón que no esté enmarcada en estos recursos». (Historia de la Filosofía, I, p. 97) 
7. Interpretando, que es gerundio 
«Interpretando, ocurre también que la interpretación de ciertas cosas apoya la de otras cosas, no en el sentido de que la fundamente, sino en el de que contribuye a la elaboración de conceptos que el hermeneuta emplea en su trabajo. El que esto ocurra presupone que las interpretaciones lo son y, por lo tanto, que los interpretandos lo son, es decir, son materia que siempre vuelve a requerir exégesis, o, si se lo quiere decir así, simplemente son. En las citadas conexiones (por las que la interpretación de unos interpretandos apoya la de otros) ocurre a veces que algo, cierto bloque a interpretar, perteneciendo a cierta línea de desarrollo, tiene en relación con ella el papel de un camino (o de un no-camino) por el que las cosas no fueron ni podrían haber ido ni hay que lamentar (ni nada parecido) que no pudiesen o hayan podido ir». (La soledad y el círculo, pp. 5-6) 
8. El mero texto 
«Todavía en el tiempo de Platón eso del “mero” texto, de la secuencia “meramente” lingüística, no es lo que hay. Desde comienzos del Helenismo es, en cambio, obvio, y esa obviedad determina incluso toda la recepción de la literatura griega; la reducción a texto abarca incluso la pérdida material de lo que no entra en ese concepto. Así, las odas de Píndaro son para nosotros mero texto; a lo sumo podemos mediante penoso y a menudo problemático análisis métrico describir un ritmo, ciertamente sólo en el sentido de una descripción conceptual, nunca de percepción sensible; pero aun eso no es nada si se lo separa de otros aspectos definitivamente perdidos (incluso físicamente) ya desde el Helenismo. Por así decir: lo que Píndaro hacía no era componer un texto, sino poner a cierto conjunto de gente a actuar de cierta manera; el texto es el resultado de una operación abstractiva realizada en época posterior». (Lingüística fenomenológica, p. 72) 
9. Sobre derechos y libertades 
«Así entendido, lo civil está ciertamente marcado por una ruptura, pues lo inmediato es, por el contrario, la pertenencia a algún tipo de comunidad; inmediatamente, no estamos nunca ante el ciudadano, ni siquiera simplemente ante el individuo, sino ante cosas como el cabeza de familia, el maestro de taller, el cura o el obispo. La cual, cuando se reclaman garantías de derechos y libertades, hace posible el efecto perverso, de segura producción si esos derechos o libertades se reclaman desde la inmediatez y frente a la mencionada ab-solutez, de que lo que se esté reclamando no sean derechos y libertades del ciudadano, sino el “derecho” y la “libertad” que el obispo, el cura, el maestro de taller o el padre de familia tendrían para impedir que haya en verdad ciudadano. Los vínculos están ya ahí, son pre-civiles o a-civiles o in-civiles; si la cuestión de las libertades se plantea como una cuestión de “respeto a” lo que hay y ya manda, entonces las “libertades” son lo que acabamos de decir». (Distancias, pp. 116-117)  
10. Tomar en serio lo escrito 
«Lo vergonzoso no es, pues, “escribir”, sino tomar en serio lo “escrito”, donde “escrito” no se refiere al trivial hecho material, sino a la fijación o posición. De lo que se trata, pues, no es de no “escribir”, sino de que el “escribir” no se tome en serio a sí mismo, y esto es precisamente la distancia dialógica, sobre la base de la cual ya hemos considerado también otras distancias o sobredistanciamientos. La distancia frente a lo “escrito” no tiene, pues, nada que ver con medio alguno que constituyese una alternativa frente a ese, sino que es la mera distancia en sí misma; lo que se pusiese y transmitiese “oralmente” sería ello mismo en términos esenciales “escrito”, aunque en sentido trivial no lo fuese. Sobre todo si además ocurre que lo que motiva en parte el interés por las “doctrinas no escritas” es la insatisfacción producida por el rehusar propio del diálogo; entonces son precisamente las “doctrinas no escritas” lo “vergonzosamente” “escrito”». (Muestras de Platón, pp. 42-43) 
11. La lengua de Cervantes 
«No sólo no hablamos la lengua de Cervantes (porque la lengua de Garcilaso y Cervantes no es una lengua moderna), sino que estructuralmente nuestra lengua está más cerca de, por ejemplo, el inglés actual que de la lengua de Cervantes y Garcilaso; no constituye argumento en contra el que quizá resbalando por las páginas del Quijote tengamos cierta impresión como de estar en nuestra lengua y no así cuando leemos prensa inglesa de hoy; primero porque nunca observaciones tan impresionísticas son argumento alguno, pero además porque incluso la presunta mayor facilidad que, en comparación con un anglohablante actual, creamos tener para leer el Quijote contiene bastante de falacia; unos y otros, para poder leer a Cervantes, tenemos que aprender, incluso (y en primer lugar) lingüísticamente y, en ese aprendizaje, el anglohablante puede estar algo más libre que nosotros de algunas interferencias, mientras que, en los aspectos verdaderamente graves, él y nosotros estamos en la misma situación». (Lengua y tiempo, pp. 83-84) 
12. El retorno de Ulises 
«Nunca aparece en aquella antigüedad, ni a propósito de Troya ni de cosa otra alguna, ese relato secuencial, ese continuo narrativo, en el que para llegar a la destrucción de Troya se empieza por una boda regia en la que por una manzana pasa algo entre tres diosas. La “acción” de la Ilíada dura unos pocos días y, en sí misma y como acción relatada, es un episodio muy puntual, mínimo dentro del amplio continuo narrativo; bien es verdad que quien “lee” hoy la Ilíada, aunque sea en traducción, o quien “cuenta” “qué pasa en” la Ilíada, toma conocimiento del material que constituye el contenido del aludido relato secuencial; necesariamente, o bien lo relata o bien lo da por conocido; asimismo, una tragedia, en sí misma y en lo que tiene de relato, es un instante, un vuelco, y también aquí ocurre lo que hemos dicho que ocurre con quien la “lee” y la “cuenta”. Puede suscitarse (y de hecho se suscita ya desde relativamente antiguo) la impresión de que, con independencia del canto, el espectador u oyente poseía ya el continuo narrativo del cual el canto glosa algún punto. Sin embargo, esto solamente es cierto en el mismo sentido en que es vacío, a saber: que el canto nunca es el primer canto que hay ni siquiera el primero que el oyente oye. Por lo demás, el continuo narrativo y el relato secuencial no son en absoluto (ni siquiera como posibilidades) presuposiciones del canto, sino que, por el contrario, son resultado o consecuencia de la compilación, superposición e integración de los materiales narrativos de cantares diversos, tal como los systémata helenísticos en los que, seleccionando unas u otras posibilidades, se obtiene una u otra harmonía no son ni expresan presuposición alguna de las harmoníai mismas, sino, bien al contrario, el resultado de una operación que las compone. Es así como se constituye, a comienzos del Helenismo, lo que llamamos “el mito” o “la mitología” (así como cada uno cualquiera de sus conjuntos o bloques); mŷthos es una de las palabras con las que en griego se dice “decir”; en Homero ni siquiera tiene relación particular con lo narrativo, relación que, incluso después, en época clásica, es más un resultado de contextos determinados que algo inherente a la palabra misma». (Interpretaciones, pp. 76-78, tomado de Diaporía
13. Digo lo que digo 
«Digo lo que digo; lo que no digo, sencillamente no lo digo; por tanto, lo que digo es precisamente lo que digo, y así, no puedo equivocarme; o lo mismo dicho de otra manera: comparece lo que comparece, hay lo que hay; lo que no, no; con lo cual lo que nunca ocurre es despiste, equivocación. La posibilidad del error (y, por lo tanto, de la verdad) exige que al decir mismo, o sea, a la presencia misma, le sean inherentes algo así como dos momentos o niveles, que de algo se diga algo (o a propósito de algo ocurra algo), que algo se diga (o acontezca) como algo, de manera que yo pueda estar diciendo lo uno como lo otro (lo uno pueda estar compareciendo en lugar de lo otro), referirme a Pedro llamándole Pablo, echar mano de la tiza o para escribir con ella en el encerado, sino para llevármela a la boca». (Lingüística fenomenológica, p. 26)
Esperemos que Marzoa pueda seguir ofreciéndonos perlas de este nivel desde su ociosidad socrática. Yo sigo soñando (dejo caer la idea desde aquí) con una Historia de los clichés filosóficos firmada por este hombre. Podría tratarse de una de las mayores aportaciones de la filosofía española a la historia universal del pensamiento. Creo yo.

Monday, March 24, 2014

Far from any road

(The Handsome Family)

Saturday, February 08, 2014

La ciudad de los pasos lejanos

"De entre todas las capitales del mundo, París es seguramente la más literaria. La «ciudad literaria» por antonomasia. No sólo por la cantidad de libros que se han escrito en ella o sobre ella o tomándola como decorado, ni por los numerosos movimientos o corrientes literarias que ha generado, ni por la cantidad de jóvenes letraheridos que han habitado sus buhardillas con el único propósito de convertirse en escritores, sino también -y sobre todo- porque, en cierto sentido, París existe sólo en la literatura. París es un libro redactado por cientos de escritores. 
En La ciudad de los pasos lejanos, obra de José Muñoz Millanes editada por Pre-Textos, aparece en primer plano y de manera privilegiada el París de Azorín, a quien acompañamos en sus paseos por la ciudad del Sena durante los años de la guerra civil. No es el París monumental y esplendoroso al que nos tienen acostumbrados las películas o las novelas, sino más bien un París apagado, humilde, escondido, en cuyos detalles mínimos refulge, sin embargo, una poderosa verdad. Azorín se dedica a pasear la ciudad en soledad y silencio, sin rumbo fijo, divagando por las calles, observando a la gente y escuchando desde la distancia sus conversaciones (aunque no las entienda bien, pues no domina el francés), descubriendo rincones secretos en parques e iglesias o sentándose en las estaciones del metro en medio del caos de los pasajeros. Los misteriosos pasajes, las plazas luminosas, las tiendas evocadoras, la quietud de los jardines, los cementerios apacibles… Recibimos toda la ciudad a través de su mirada escrutadora, acompañada de las glosas descriptivas -en gran parte arquitectónicas- de su comentarista. 
Se entrecruzan también en estas páginas el París de Baroja, el París de Gutiérrez-Solana y el París de Torrente Ballester (a través de su personaje Javier Mariño), así como los apuntes de Mihail Sebastian o Henri Calet, entre otros, trufados a cada rato por el París de Patrick Modiano, seguramente el novelista contemporáneo que más ha utilizado esta ciudad como escenario de sus historias, hasta hacer de ella prácticamente su principal argumento. [...]" 
("El París literario de Azorín", en El Cuaderno, nº 53)

Saturday, January 18, 2014

Sunday, January 12, 2014

Una prosa callejera

"Todas esas ciudades son más bien una excusa para que B. pueda practicar una prosa callejera que inmediatamente queda emparentada con esa tradición española que va de Baroja a Trapiello pasando por Gómez de la Serna, Solana, González Ruano, Pla o Umbral. Enemigo declarado del "arte por el arte" (según él, "una de las cualidades imprescindibles del verdadero gran arte es no pretender serlo": p. 219), B. se acoge a la actitud general de esos escritores, que, más que sorprenderse ante lo que iban encontrando, tendían a encogerse de hombros y seguir deambulando tras, eso sí, tomar buena nota. Una actitud algo desapasionada e incluso misantrópica [...]"
(Juan Marqués, "El mundo de E.B.", Revista Clarín, nº 108

(NY, diciembre 2013)

Tuesday, January 07, 2014

Lo real absoluto

"Cuando consideramos el drama de la ciencia moderna que descubre sus límites racionales hasta en lo absoluto matemático; cuando vemos, en la física, que dos grandes doctrinas fundamentales plantean, una, un principio general de relatividad, otra, un principio “cuántico” de incertidumbre y de indeterminismo que limitaría para siempre la exactitud misma de las medidas físicas; cuando hemos oído que el más grande innovador científico de este siglo, iniciador de la cosmología moderna y garante de la más vasta síntesis intelectual en términos de ecuaciones, invocaba la intuición para que socorriese a lo racional y proclamaba que “la imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica”, y hasta reclamaba para el científico los beneficios de una verdadera “visión artística”, ¿no tenemos derecho a considerar que el instrumento poético es tan legítimo como el instrumento lógico?
En verdad, toda creación del espíritu es, ante todo, “poética”, en el sentido propio de la palabra. Y en la equivalencia de las formas sensibles y espirituales, inicialmente se ejerce una misma función para la empresa del sabio y para la del poeta. Entre el pensamiento discursivo y la elipse poética, ¿cuál de los dos va o viene de más lejos? Y de esa noche original en que andan a tientas dos ciegos de nacimiento, el uno equipado con el instrumental científico, el otro asistido solamente por las fulguraciones de la intuición, ¿cuál es el que sale a flote más pronto y más cargado de breve fosforescencia? Poco importa la respuesta. El misterio es común. Y la gran aventura del espíritu poético no es inferior en nada a las grandes entradas dramáticas de la ciencia moderna. Algunos astrónomos han podido perder el juicio ante la teoría de un universo en expansión; no hay menos expansión en el infinito moral del hombre: ese universo. Por lejos que la ciencia haga retroceder sus fronteras, en toda la extensión del arco de esas fronteras se oirá correr todavía la jauría cazadora del poeta. Pues si la poesía no es, como se ha dicho, “lo real absoluto”, es por cierto la codicia más cercana y la más cercana aprehensión en ese límite extremo de complicidad en que lo real en el poema parece informarse a sí mismo."
(Saint John Perse, extractos de su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, 1960)

Tuesday, December 31, 2013

Sin título



(Postales de NY, diciembre 2013)