Friday, September 23, 2016

Friday, August 19, 2016

Wednesday, June 29, 2016

Anglofilia y Brexit

El resultado del Brexit me induce a replantearme las razones y fundamentos de mi inconsistente e irredenta anglofilia. Como cualquier europeo herido en su orgullo erasmista o comunitario, debo hacer examen de conciencia para adaptarme, al menos emocionalmente, al nuevo statu quo.
Punto 1: Para empezar, soy consciente de que mi anglofilia es una cosa literaria, libresca, arcaica, más histórico-cultural que científico-experimental. Calculo que la infección de ese virus se remonta, como mínimo, a la imagen infantil de Mary Poppins sobrevolando las azoteas de Kensington con un paraguas abierto o del flemático Willy Fog colgado de las manecillas del Big Ben (o a las tristísimas historias de Charles Dickens, tan devastadoras que, de ser tomadas en serio, podrían provocar suicidios en masa en la chiquillería mundial); la música y el cine británicos, aunque tienen su importancia, no hicieron tanta mella en mi educación sentimental.
Además, la Revelación Gloriosa que supuso para mí el descubrimiento de la capital inglesa debería obligarme a rebautizar la dolencia, más propiamente, como “londonofilia”. Sí, quizá lo que me fascina, en realidad, es Londres, no tanto lo inglés o lo británico. Y, como ha quedado bien patente en el malhadado referéndum del Brexit, resulta que Londres no es Inglaterra, ni Inglaterra es el Reino Unido, ni el Reino Unido es “lo británico”. Por no saber, ya casi no sabemos ni dónde está Picadilly Circus.
Punto 2: Optar como modelo de “lo británico” por Lord Cavendish, y no por los hooligans alcohólicos que se descalabran a pedradas en la Eurocopa o vomitan bilis en Magaluf, es a todas luces una arbitrariedad por mi parte. Una arbitrariedad culpable, una manía inútil, por mucho que trate de ampararme en costumbres e instituciones centenarias de las que apenas queda rastro en la memoria.
"Mi anglofilia revisited", en El Estado Mental.

Saturday, May 07, 2016

Felipe Martínez Marzoa: la lucha contra el cliché

A veces siente uno la necesidad de meterse un poco de filosofía pura en vena, y es entonces cuando la mejor solución es tener a mano un libro de Felipe Martínez Marzoa (Vigo, 1943), que nunca falla. Caso insólito el de este catedrático de Filosofía, ya jubilado, que lleva más de cuatro décadas dedicado a una tarea ímproba, formidable, minuciosa y oscura, destinada al disfrute y admiración de unos pocos friquis que, como yo, nos lanzamos corriendo a las librerías en cuanto nos enteramos de que Marzoa ha publicado un nuevo librito. Digo “librito” por el formato y número de páginas, pues su lectura da para meses o años de prolongado viaje alucinógeno.
El meollo de la colosal tarea hermenéutica de Marzoa consiste en estudiar, analizar e interpretar los textos de grandes autores de la historia de la filosofía –Platón, Hobbes, Leibniz, Hume, Kant, Marx o Heidegger, entre otros– para extraer la lógica interna de su pensamiento, aquel reducto de consistencia pura e inalienable verdad que los sostiene. La rigurosidad y el afán de precisión casi patológicos del profesor Marzoa, que vuelve una y otra vez a los mismos textos y problemas matizando sobre las matizaciones previas, podrían exasperar a los espíritus más inquietos. A ojos de sus admiradores, en cambio, la historia de esas matizaciones se nos revela como una aventura fascinante, de una importancia trascendental, a la altura de la seriedad de la labor que se ha impuesto; lo que en otros autores conformaría una pesadilla libresca soporífera, en este caso adquiere tintes epifánicos. Bajo las infinitas capas eruditas del discurso (imprescindibles para decir algo-nuevo-con-sentido en este mundo-que-ya-está-por-escrito), en el fondo de la buena filosofía académica –escasísima, por cierto– late una profunda verdad. Una verdad que resulta, incluso, emocionante. Y peligrosamente adictiva.
Cuando uno ha experimentado esa calma beatífica, ese estado de ataraxia, esa placidez sublime del concepto, no hay remedio: volverá a reincidir en el delito. Se recomienda hacerlo siempre a pequeños sorbos, manteniendo lejos el fantasma de la sobredosis, que sería letal. A menudo se critica el carácter pesado y oscuro de ciertos autores –duros, complejos, sistemáticos– como Aristóteles, Kant o Hegel, cuya prosa mezquina parece perfilarse como un tormento para el espíritu. Nada más lejos de la realidad. Sus obras son verdaderos refugios en los que, a medida que uno se va adentrando, la claridad va ganando terreno a la penumbra y el ánimo se encuentra más tranquilo, más reposado, menos inquieto. Sin embargo, quedarse a vivir allí sería una trampa mortal. Necesita uno airearse, respirar a cielo abierto. Todo tiene su momento y su lugar.
En el caso de Marzoa, a los recurrentes efectos farmacéuticos de la filosofía (de Sócrates y Epicuro a Wittgenstein, ya sirva el phármakon como medicina curativa, droga dura o veneno mortal) se añade la épica hermenéutica de la lucha contra el cliché (en línea con el modelo estilístico de Heidegger): lo importante está en saber cómo leer e interpretar los textos, más que en captar la literalidad de lo que dicen. Se trata la de Marzoa, en cualquier caso, de la más revolucionaria –esto es, antiacadémica– de las filosofías académicas contemporáneas. En el fondo de su pensamiento sigue presente una llamada a la acción: «Desde el momento en que se sabe cómo funcionan las cosas, ya no pueden seguir funcionando de la misma manera». 
Cuando me puse a dar clases de filosofía, siempre consultaba los dos tomos de Historia de la filosofía de Marzoa antes de empezar a exponer el pensamiento de cualquier autor, pues necesitaba tener unos ejes de coordenadas distintos, un referente nuevo que me anclase en el horizonte, desde su sesgo peculiar, siempre alejado del cliché, advirtiéndome de los peligros. Los profesores de filosofía enseñan, por definición, los clichés. El cliché es lo que se enseña, puesto que lo que se enseña se convierte en cliché. Ante esa circularidad viciosa hay que estar siempre alerta. No en vano la filosofía surge –nos dice Marzoa– como el intento de decir aquello en lo que todo decir habita y ya se mueve, un peculiar e insolente modo de querer decir lo que siempre está ya supuesto. Por ejemplo, después de leer la interpretación de los textos de Platón que ofrece Marzoa en Ser y diálogo, nunca podrá uno acercarse a los diálogos platónicos de la misma manera. 
En El Estado Mental: La lucha contra el cliché.

Sunday, May 01, 2016

Desde el Ponte Sisto



(Roma, 30 de abril de 2016)

Thursday, April 28, 2016

Parco degli Acquedotti: un aereo

(Roma, 28 de abril de 2016)

Tuesday, April 26, 2016

Una habitación con vistas


(Florencia, 25 de abril de 2016)

Wednesday, April 06, 2016

Friday, January 22, 2016

Paseos londinenses: St. Pancras Old Church

Hasta una acción tan sencilla como salir a dar una vuelta parece haber caído en las garras de la teoría: el andar como acto estético, como herramienta crítica, como arquitectura del paisaje, como forma de intervención humana en la naturaleza, como interpretación laberíntica de los contextos urbanos… Todo se tematiza. Se hace carnaza especulativa de cualquier cosa. Habrá que rendirse a la intelectualización omnímoda de la experiencia.
No me considero un flâneur baudeleriano, ni soy un mitómano del dandismo, ni me interesa el lado esotérico de la psicogeografía. De la colisión entre la psicología y la geografía no deduzco una metafísica especial. La única forma de antiarte que proclamo es la de mi propia insatisfacción. La teoría de la deriva me parece una hinchazón exagerada y vacía, fruto muerto de una mecánica superficial. Y sus implicaciones políticas me resultan, en el mejor de los casos, un fatuo brindis al sol.
No sigo método alguno ni me atengo a reglas preestablecidas. No trazo círculos sobre los mapas para después reproducirlos en la realidad de los barrios y calles, con sus muros invisibles o fronteras inconscientes. Simplemente me gusta pasear por las ciudades, como a casi todo el mundo. Y Londres es, quizá, el mejor campo de pruebas para estos delirios pacíficos.

"Paseos londinenses: St. Pancras Old Church", en El Estado Mental.


Saturday, January 16, 2016

En el Panteón de Hombres Ilustres

Inspirado en el camposanto de la plaza del Duomo de Pisa, el Panteón de los Hombres Ilustres fue un proyecto iniciado en 1890 a instancias de la reina regente María Cristina y que, tras sucesivas negligencias y decisiones absurdas por parte de las autoridades públicas, quedaría truncado en sus ambiciosas intenciones iniciales. El proyecto original, de estilo neobizantino, incluía una basílica y un campanile con un reloj de cuatro esferas y tres campanas. La basílica estaba destinada a ser el templo de la Corte y sede de las ceremonias religiosas reales.
En 1891 se empezó a ejecutar el proyecto, del que finalmente sólo se construirían el panteón y el campanile. El claustro del Panteón es de planta cuadrada, con tres galerías con arcadas y vidrieras y dos cúpulas semiesféricas en las esquinas. Sobre la puerta de entrada hay un frontón. En el interior hay un pequeño jardín donde se ubica el mausoleo conjunto. Cada galería tiene una puerta central para acceder al jardín.
Destacan en el interior los grupos escultóricos de Mariano Benlliure para los sepulcros de José Canalejas, Eduardo Dato y Mateo Sagasta. También están el sepulcro del Marqués del Duero, obra de Arturo Mélida y Alinari y Elías Martín, y el de Cánovas del Castillo, obra de Agustín Querol. En el patio, subida en lo alto del Mausoleo, hay una estatua de la libertad acompañada de un gato. 










(Madrid, 26-12-2015)

Sunday, December 27, 2015

En el museo portátil de Ramón Gómez de la Serna

Hay feria en el Cuartel de Conde-Duque, una especie de mercadillo navideño internacional. Bailan en el escenario unos señores rusos, o de la Anatolia, o de la Estepa asiática, o de algún lugar de más allá del frío. Visten exótico, manejan anchas espadas y entonan con esmero, a gritos, melodías difíciles de recordar. Me diluyo entre las casetas y los food-tracks y subo a ver a Gómez de la Serna en su despacho. RAMÓN, como le decían todos, con familiaridad mayúscula. Merece siempre la pena hacerle una visita. Me pongo a sacar fotos de su museo portátil, ese universo infinito recluido en pocos metros cuadrados.


El despacho de Ramón es un inmenso Rastro personal e intransferible, acumulado a lo largo de toda una vida. Una prolongada colección de muebles, objetos e imágenes, recortes de revistas y periódicos que iba pegando, con artesanal paciencia, por las paredes, puertas y techos de su despacho, conformando un vastísimo collage que también era espejo de su literatura y de su propia conciencia creativa. Una Cámara de las Maravillas de la modernidad, expresión de "lo transitorio, lo fugitivo y lo contingente", que diría Baudelaire. Un templo erigido a sí mismo y al dios de su imaginación. Un estallido escénico de todas las vanguardias (cubismo, dadaísmo, surrealismo…) que Ramón reunía -como gran maestro de ceremonias y agitador cultural del Madrid de principios de siglo- en una sola persona, componiendo un espacio doméstico único. Estampario, lo llamaba él.


Ya en la casa de su abuela materna, situada en la calle de Monteleón, había una pequeña habitación misteriosa que debió de impactar sobremanera al pequeño Ramón, recubierta de cromos y estampitas de colores, incluso en los techos y puertas. Sería en la casa de la calle de la Puebla número 11, que habitó con su familia de 1903 a 1920, donde Ramón fue llenando su primer despacho con objetos que adquiría en el Rastro, reproducciones en yeso y una chimenea de mármol, dando pistoletazo de salida a su pasión coleccionista y a su fascinación por las cosas, sin distinción entre lo estrambótico y lo estético.
Un microcosmos inaudito clausurado por la bóveda del techo, fulgurante de estrellas.
Ramón nos enseñó a mirar el mundo de una manera totalmente nueva, ensanchó nuestra percepción hasta los límites extremos de la metáfora y el sueño, de un sueño muy real, muy vivo. Ortega y Gasset dijo haber visto el secreto del arte moderno al visitar el Torreón de Ramón en la calle Velázquez. Para terminar dejo algunas de las fotos que hice. Y este enlace al gran inventario del Aleph de Ramón, en La Maquinaria de laNube.

Friday, December 25, 2015

Las memorias místicas de Balthus

Horas y horas mirando el lienzo en el caballete, en silencio, preparando la entrada en su secreto, domesticando el tiempo para alcanzar la inocencia y hacer posible la revelación. Ese es el ritmo de la creación: atrapar un fragmento de luz en la lentitud del tiempo, capturar una inmortalidad. La pintura como acceso al silencio, a lo invisible del mundo: "Lo único que me satisface es el estado de la luz. Esta transparencia que acrecienta la nieve, aparición deslumbrante. Transcribir su travesía".
El conde Balthasar Klossowski de Rola dice entender la pintura como un modo de acceder al misterio de Dios. Se trata de pintar como se reza: la entrega humilde de uno mismo para llegar a lo esencial. Desprendimiento, pobreza, paciencia, tesón, silencio disciplinado, como una ofrenda al carácter sagrado del mundo, para encontrar -más allá de las apariencias- lo invisible de las cosas, un secreto del alma. Descubrir la espiritualidad del mundo en la pequeñez de las cosas y en su inmensa grandeza.
Balthus rechaza el arte moderno por su intelectualismo, su desprecio por la naturaleza y su tránsito a la abstracción; ese mismo camino intelectual, oscuro y hermético es el que ha seguido la poesía. En cambio, adora la música de Mozart, llena de gracia, ligereza y gravedad ("la expresión más elevada del alma humana"), la poesía de Rilke, el cuaderno de viaje de Delacroix, la claridad y sencillez de expresión de un Pascal o un Rousseau. La gracia esquiva de los gatos.


La casona de Rossinière, en los Alpes suizos, con su encanto discreto, sobrio e íntimo, como esos templos chinos que parecen suspendidos en el vacío, le hace sentir como si se encontrase en el corazón palpitante de la naturaleza, profunda, misteriosa, donde refulge la claridad original de las cosas. La pintura consiste en esa búsqueda metafísica -travesía entre civilizaciones- que une a los primitivos italianos con la pintura china y japonesa. Se trata de alcanzar el punto de equilibrio del paisaje, llegar al secreto de la inmovilidad, contra la rueda frenética del tiempo. 
Frente a la etiqueta habitual de "pintor del erotismo", Balthus afirma que su obra se ha hecho siempre bajo el signo de lo espiritual: en sus retratos de niñas desvestidas no buscaba el morbo sexual de las lolitas nabokovianas, aclara, sino que para él eran como ángeles a las que trataba de rodear de un aura de silencio y profundidad, creando un vértigo a su alrededor. No sabe uno si creerse las palabras testamentarias del artista polaco o si interpretarlas como una última pirueta cínica del bon vivant, tratando de envolver y disfrazar las perversiones de toda una vida con un velo de misticismo.
Volcado en la comprensión de su oficio, vagando en torno a su misterio, Balthus entiende la pintura como un arte de la paciencia, de la lentitud, un compromiso ascético-monástico del pintor con el cuadro, rendido a la humildad y la pobreza.

Sunday, December 13, 2015

En el Museo del Ferrocarril

Los trenes son quizá el gran invento del XIX, el Siglo-De-Los-Inventos. Lo valoro más porque, al contrario de otros inventos, que acababan deshumanizándonos, el tren nos ha hecho seguramente más personas. No se trata sólo de llegar antes, más rápido, de cubrir espacios en menos tiempo, sino también de ver más y mejor. Una cosa son los medios y otra los fines. El tren no es sólo un medio de transporte; es también un fin en sí mismo: la visión del paisaje.
Porque no hay paisaje más hermoso que el que se ve desde un tren.
El Museo del Ferrocarril sabe a película de época. Paseando por allí te sientes como el extra de un rodaje inexistente. Te falta el sombrero y la pipa. Además, los trenes y el cine son un poco lo mismo: imágenes en movimiento. Hay muchos trenes en el cine. Y hay mucho de cine en el tren. En concreto, en la antigua Estación de las Delicias hay un poco de El maquinista de la general, un poco de Solo ante el peligro y un poco de Con la muerte en los talones, según el andén y la época. Las palabras que mejor lo expresan son zug, tâg y tog. 
Ahora, con el Mercado de los Motores, un fin de semana al mes, todo se vuelve diseño y vintage. Con sus cosas buenas (los músicos de jazz, los mapamundis, las chicas guapas) y sus cosas malas (los hipsters que ejercen de hipsters, el exceso de diseño, la plusvalía del humo, del aire). No hay vida que aguante tanto diseño. El exceso de diseño mata lo vivo. El artificio de la cultura que quiere imponerse a toda costa... y se cree más y mejor. Esta autoconciencia inverosímil de quien se enmarca en un aura dorada para exhibirse ante el espejo, ante sí mismo, y puja al alza en polifonía de ventrílocuo. 
Mejor quedarse con el Rastro de los objetos infinitos, que también lo tiene: