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Monday, December 10, 2012

Buñuel en blanco y negro

Una monja cayendo al vacío por el hueco de un ascensor. Un leproso que baila el Mesías de Händel disfrazado de novia. Una niña arrastrando una sábana blanca por la calle vacía de un pueblo mejicano. Un maniquí deshaciéndose en un horno. Una mano cortada deslizándose por la alfombra. El guardabosques que dispara a su hijo porque le ha tirado un cigarrillo al suelo. La vieja pregonera de la muerte agitando una campanilla por la noche. La kilométrica monda de manzana que pela una mujer subida a una columna. Hormigas surgiendo de la palma de una mano. El marido celoso que mete una aguja por el ojo de la cerradura para cegar al supuesto mirón. La mujer con el dedo vendado de tanto masturbarse. Un grupo de amigos cenando en el escenario de un teatro. En mitad del desierto, una colegiala que juega al aro se convierte en una anciana desnuda de carnes colgadizas. A través de las ventanas de un autobús, bajo la lluvia, una pareja se abraza en lo alto de un desfiladero. La cabeza reducida de un indígena en la orilla de la playa. La mano sin dedos que acaricia un rostro. Un abeto incendiado cayendo por la ventana, seguido de un arzobispo, un caballete, una jirafa... Etcétera. 
Si el siglo XX fue, como dicen los semiólogos, el Siglo de la Imagen, Buñuel debería figurar como uno de los creadores de imágenes más fascinantes y geniales que han existido. Pocos como él han conseguido hacer del cine un instrumento de poesía tan poderoso, hipnótico e impactante. En una conferencia que impartió en 1958 en la Universidad de México -titulada, precisamente, “El cine, instrumento de poesía”-, Buñuel dijo: “El cine es un arma maravillosa y peligrosa si la maneja un espíritu libre. Es el mejor instrumento para expresar el mundo de los sueños, de las emociones, del instinto… El cine parece haberse inventado para expresar la vida subconsciente, que tan profundamente penetra por sus raíces”. La imagen inaugural (y más famosa) de su filmografía provenía, cómo no, de un sueño: una cuchilla de afeitar rasgando el globo de un ojo. 



Tuesday, July 15, 2008

L. B., monaguillo

L. B. era un chico callado, absurdo y aragonés. Tenía la mirada torcida y dispar, como de mula coja. Al amanecer acudía a la iglesia de San Gil Abad con sus ropajes místicos, sus lienzos de misa, sus beatas inconfesas, y nada le excitaba más que imaginar el olor a chocolate caliente derramándose por las piernas de las prostitutas. Las campanas repicaban en la torre mudéjar como cabezas de infieles columpiándose. L. B. observaba los tacones altos de las arrodilladas y se santiguaba frente al sagrario sin mucha convicción. A veces le dolía la mano de tanto masturbarse. Sentía una irresistible repulsión hacia el cura, que disfrutaba dándole collejas.
Adolescente nervioso, corría por las calles saltando para tocar los toldos y gritaba sin venir a cuento. Algunos, sobre todo los quiosqueros, le creían idiota. Inexorablemente, se paraba a babear ante el escaparate de la pastelería de Manuel Segura. Pasaban por su lado los esclavos, los moribundos, los condenados a muerte. Él, sin embargo, estaba convencido de que el mundo es un reloj que no se para, que tiene muy larga cuerda. No hay prisa por fichar. Están los parques, las rocas, la cantina. La melodía del pájaro en el árbol, que cae a plomo sobre el mantel a cuadros y reposa entre los restos de merienda. Cadáveres de obispos entre las rocas y el caballo en descomposición.
A instancias de P., el de quinto, acabó probando las sustancias que nos hacen otros. Se le hinchó el pecho y empezó a llevar la barbilla demasiado alta. Incluso amenazaba con el puño en el patio. Quería ser boxeador. Su madre intuía el peligro en cada gesto. El porro de hachís en la mirada roja, el sabor a aceite viejo de los cáñamos, la rosa de vino en el pecho como un lamparón que no ciega. Una camiseta rota y un muslo de niña que se deja besar. No pasa nada más allá del instante en que se mueren las cosas, cada segundo. Y L. B. lo sabía.

Thursday, October 04, 2007

Buñuel

Me voy a Granada. Os dejo con Buñuel (música de Beck):

Wednesday, July 25, 2007

A.N.G.S.T

Un ojo brilla en la sombra: su nombre es Miedo.

Friday, November 03, 2006

Nightmare

El cine se presta mucho a las imágenes extrañas, quizá porque tiene la misma textura que los sueños. Desde que Buñuel y Dalí dieron el pistoletazo de salida con Un perro andaluz en 1929, han sido muchas las secuencias oníricas que han atravesado la pantalla grande.
Como ejemplo, tres pesadillas:
1) The ring:

2) Tarkovski:

3) Cómo no, David Lynch: