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Thursday, April 17, 2008

Los pájaros sabios de la plaza de la Cebada

De mi ídolo Solana podría seleccionar cientos de textos para este "Madrid literario". He escogido éste, un poco al azar:

"Es una tarde de sol, y vemos en la espaciosa plaza los carros repletos de melones de Las Vistillas y cargados de legumbres; las viejas sentadas en las porterías; algunos vecinos desocupados, tomando el sol echados boca arriba, y vendedores de mojama. Una masa de gente se apiña delante de un cartelón de forma de estandarte con unas pinturas como una aleluya, que están chorreando sangre. El crimen de Gádor, el moruno, sacando, ayudado por sus cómplices, las mantecas al niño. Otros curiosos forman corro y escuchan los romances sangrientos que canta un ciego acompañándose de la guitarra, de un chico que rasca un rallador y de una mujer tuerta, con una venda en un ojo, como los caballos de los toros, con la boca desdentada, negra como una fosa; una mujer zamba y manca que toca las castañuelas con movimiento de muñeco al alzar los pies con alpargatas como si bailase, mientras que el viejo entona sus romances".

(José Gutiérrez-Solana, Madrid. Escenas y costumbres, Primera Serie, 1913)

Friday, October 20, 2006

José Gutiérrez-Solana


Es más conocido como pintor, pero algunas de sus páginas no morirán nunca.
Para mí, José Gutiérrez-Solana (1886-1945) es el mejor "descritor" de todos los tiempos. No he leído en mi vida descripciones tan crudas y enérgicas como las suyas. En su sobriedad se acumulaba toda la expresividad de la palabra. Al escribir, pintaba. Sus bodegones en prosa no tienen parangón en toda la historia de la literatura. Ya sé que suena exagerado, pero lo digo totalmente en serio. Muy en serio.
Sus obras recogen, con una mirada que fluctúa entre la violencia y la ternura, lo más truculento y sórdido de las Españas: mendigos, prostitutas, locos, despojos de casquería, objetos del Rastro, peces muertos, corridas de toros, bailes populares, máscaras de Carnaval, procesiones de Semana Santa, boxeadores, borrachos, maniquíes, esqueletos, cupletistas, obispos entrados en carnes, mataderos de cerdos... y un lúgubre etcétera.
De pequeño yo estaba obsesionado con el retrato de su tío Florencio Cornejo (vale, lo asumo: de pequeño yo debía de ser un poco rarito...). No sé, aquel cuadro me producía una extrañísima sensación de miedo y de lástima a la vez; supongo que adivinaba en el rostro de Florencio lo insondable de la mente humana. Años después lo convertí en protagonista-narrador de una novela absurda: era una especie de Dios encarcelado y condenado a pena de muerte, en espera eterna de su ejecución. Mudo y omnisciente, sólo pensaba y pensaba, absorto en su monólogo interior de Creador enloquecido; a veces inventaba historias para pasar el rato. Todo muy raro. Quizás algún día me atreva a releerla... Nunca se sabe.