"Llegué finalmente a París, ciudad en que ya hacía tiempo que esta disciplina [la Filosofía] se cultivaba florecientemente. Allí me establecí al lado de Guillermo, el Capellense, mi preceptor, que por aquel entonces era famoso y realmente eminente en este magisterio.
Por algún tiempo permanecí escuchándole. Al principio me tenía simpatía, pero después se puso molestísimo conmigo. Esto aconteció cuando me atreví a refutarle alguna de sus sentencias y opiniones, cuando comencé a razonar contra lo que él sostenía y a manifestarme en el curso de las polémicas, algunas veces, superior a él.
Esto mismo hizo también que algunos que gozaban de fama de sobresalientes entre más condiscípulos se indignasen contra mí que era más joven y con menos tiempo de estudios que ellos.De aquí en verdad data el principio de mis calamidades que continúan hasta el día de hoy; pues, cuanto más se extendía mi fama, más me socavaba la envidia ajena".
(Pedro Abelardo, Historia de mis desventuras)
Por algún tiempo permanecí escuchándole. Al principio me tenía simpatía, pero después se puso molestísimo conmigo. Esto aconteció cuando me atreví a refutarle alguna de sus sentencias y opiniones, cuando comencé a razonar contra lo que él sostenía y a manifestarme en el curso de las polémicas, algunas veces, superior a él.
Esto mismo hizo también que algunos que gozaban de fama de sobresalientes entre más condiscípulos se indignasen contra mí que era más joven y con menos tiempo de estudios que ellos.De aquí en verdad data el principio de mis calamidades que continúan hasta el día de hoy; pues, cuanto más se extendía mi fama, más me socavaba la envidia ajena".