Tuesday, October 07, 2008

Notas de viaje

Cuenca, una ciudad incrustada en la roca.
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Sábado, ocho y media de la tarde. Empieza a anochecer y hace frío. De vuelta del castillo, pasamos junto a la puerta de la Fundación Antonio Saura, ese pintor de monigotes. Decidimos entrar para asistir a un concierto de saxofón y clarinete, tal y como se anunciaba en el panfleto de eventos. Entrada libre. Nos dan dos tickets, no preguntamos. La sala está a mitad del aforo. Se apagan las luces. De repente aparece en el escenario un señor con un maletín lleno de letras (la A, la B, la C, etc), empieza a hacer ruiditos y tonterías y canta algunas canciones. Pues va a ser que no hay concierto. Esperamos -prudentemente- cinco minutos, por si aquello es sólo un preámbulo culturalista. Pero no: el espectáculo es aquello. Pensamos que lo mejor será escaparnos cuanto antes, por razones de salud mental, pero nos da vergüenza que nos vean. Por suerte estamos al final de la sala, que está totalmente a oscuras, y cerca están los organizadores. Le preguntamos a uno que por dónde podemos salir. Dice que no se puede, o sea, que somos rehenes secuestrados condenados al tedio eterno de la Cultura. "¿Y cuánto dura... esto?" "Cincuenta minutos". Sí, hombre, qué cachondo, con lo valiosa que es mi vida... A los cinco segundos ya nos están abriendo la puerta de la Fundación y salimos al crepúsculo. Enfilamos la Bajada a las Angustias. Se escuchan nuestros pasos en la piedra. Las luces de las farolas parecen ánimas del purgatorio.
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Domingo por la mañana. En las míticas casas colgadas está el Museo de Arte Abstracto Español. Me gustan mucho, ya dentro, los espacios del edificio y algunos elementos accesorios: el suelo, las escaleras, las ventanas… Los cuadros, en cambio, no me dicen mucho. Excepto un nombre desconocido para mí que se convierte enseguida en un descubrimiento deslumbrante: Fernando Zóbel. Esos cuadros melancólicos, puros, luminosos, entre Turner y la caligrafía china. Es como una pintura susurrada, de manchas de luz y humo. Sus cuadernos de apuntes, con sencillas acuarelas y la elegancia de una escritura mínima, me parecen una verdadera joya. Me gustaría poder tenerlos en la mano, hojearlos, leerlos, disfrutarlos. Nos compramos dos acuarelas del cuaderno del río Júcar en edición facsímil.
El morteruelo de la noche anterior hace estragos en mi estómago. No me queda más remedio que entrar corriendo en los servicios, sentarme en el váter y dejar mi particular obra de arte (con perdón). Podría firmarla y colgarla en una de las salas. Nadie lo notaría.
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En Cuenca el verdadero arte abstracto está al aire libre: en las calles, en las paredes, en las cuestas, en las puertas, en las rocas… AQUÍ podéis comprobarlo.
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Ciudad fotogénica donde las haya. Lo mejor, para mi gusto: las farolas. En serio, son preciosas.

8 comments:

aroa said...

pero qué ganas dan de ir a los sitios que cuentas, luego, claro, se te mandan mensajitos, porque una no se olvida de lo que dices...

Bernardinas said...

Bien por ese deslumbramiento: Zóbel, y qué bien descrito: "entre Turner y la caligrafía china". A mí me parece que no es abstracción en el sentido de que, valga la expresión, tiene sentido identificable, nunca nos escamotea el punto de partida. Pero no te creas: entre los puristas está considerado algo así como un decorador de bancos.
Otra cosa: tus fotos de puertas y paredes, en Cuenca, son un curso acelerado de pintura.

Portorosa said...

Vaya ataque anti-"estadio actual de la cultura", qué irreverente estás.

Un abrazo.

conde-duque said...

Buenas...
Tenéis que ir, Aroa. Es una ciudad mu romántiscas...
Antonio, no sé si es abstracta o si podría decorar bancos, pero me gusta. ¡Esos cuadernos de notas! Y el museo que fundó es una verdadera pasada.
Porto, esta vez tampoco he dicho gran cosa. El primero era un espectáculo para niños de 2 o 3 años que aún no conocen las letras del alfabeto (lo digo sin ironía; como Bario Sésamo). Y las obras abstractas que no me gustaron no son exactamente actuales: el museo se fundó en los años 60.
Eso sí, pudiendo difrutar de la belleza de Cuenca pateándote sus calles, mejor no buscar el arte en interiores, creo yo.
Un abrazo a tutti.

Diarios de Rayuela said...

Esta frase: "somos rehenes secuestrados condenados al tedio eterno de la Cultura", como diría Santiago González, pide mármol.
Muy entretenida crónica, Conde. Y buen reportaje gráfico. Uno ha recordado cosas que tenía casi olvidadas. Hace años que no recala por allí. Ah, por cierto, sé bien lo que es comerse un morteruelo.
Un abrazo.

conde-duque said...

El morteruelo estaba buenísimo, pero tuvo sus efectos secundarios... Gracias por los cumplidos.
Un abrazo.

Miguel Sanfeliu said...

Excelente reportaje fotográfico, señor Conde. Y muy divertida la crónica, aunque la comparación entre el arte abstracto y los efectos del morteruelo... pues... un poco... tal vez... ejem...
Un abrazo.

conde-duque said...

Es que tú no la viste, Miguel...
Gracias.