Tuesday, June 30, 2009

Fotos de Londres 2009

Esta vez preferí captar ambientes, personas, atmósferas o como se diga, que es lo que a mí más me gusta de Londres: la gente andando por la calle, tomando unas pintas de cerveza a la puerta de un pub, tirados en el césped de un parque, etc. Tampoco faltan los inevitables edificios y monumentos, sobre todo por culpa del trayecto en barco. Hizo tanto sol esos días que a veces las fotos salían sin color, poco definidas, casi borrosas. Creo que no han salido bien. Menos la de la chica resacosa, en Greenwich (léase Grínich), junto al Támesis. Ésa sí me gusta. La foto, digo.
Aviso: a quien no le guste Londres le aburrirán mucho. No tienen nada especial.
AQUÍ pongo el enlace.

Monday, June 29, 2009

Milla Jovovic & Jem

Milla Jovovic debe de ser el sueño erótico de todo friki consolador, una especie de superheroína de videojuego, algo andrógina y caballuna pero con unos ojos increíbles. Una Lauren Bacall posmoderna. Tiene algo, sí. O mucho. Aquí, en vídeo, con música de Jem (la canción se titula "24").

Saturday, June 27, 2009

El poeta cartero de Cansinos

Voy por la página 56 del tomo 3 de La novela de un literato de Rafael Cansinos Assens. Otro día cogeré los tomos 1 y 2 en la biblioteca (mirando el índice, me apeteció más éste, no sé por qué). Creo que alguna vez lo había hojeado, pero nunca me había puesto a leerlo. Antes de que se me pase la emoción, tengo que decirlo: esto es una obra maestra, sobre todo por sus retratos de los personajes de la época, especialmente de la vida literaria, de la bohemia (abarca de 1898 a 1936), pero también por los diálogos, las descripciones, etc. Hasta ahora todo lo que había leído de Cansinos me gustaba mucho pero se postraba demasiado ante la belleza, en un estilo melodioso y redondo, con afán preciosista y quizás un pelín pomposo. Aquí no. Aquí el estilo es directo, claro y sencillo. Yo creo que, junto con las memorias de Baroja, son la mejor crónica de una época... que merecía ser contada. Pocas veces he leído retratos tan buenos. Cansinos ha inmortalizado -literalmente (olvidemos el cliché)- a mucha gente.
Inolvidable, por ejemplo, el poeta cartero:
Ricardo Martínez es un tipo popular en el barrio. Es el hombre que nunca tiene prisa, que se detiene a hablar de literatura en cuanto se encuentra a un amigo, discutiendo valores, exponiendo argumentos de dramas patológicos, quejándose amargamente de la incomprensión de los empresarios y proclamando que en este país de ignorantes y cretinos no es posible hacer nada; todo lo cual lo refuerza con frases de grandes escritores, que son sus amigos. [...]
Martínez explaya sus peroratas y lucubraciones en plena calle, recostado sobre una pared o un farol, cargado con su cartera, en la que lleva la correspondencia siempre atrasada, juntamente con sus no menos atrasadas cuartillas, y un cuarterón de picadura. A veces, cuando el interlocutor se presta, lo mete en una tasca y le lee unas escenas de algún drama suyo. [...]
Cuántas horas no me ha tenido así el terrible Martínez, detenido por su verbosidad inagotable en la esquina del Viaducto, al salir de casa impaciente por lanzarme al mundo y a la vida, sin reparar en mis gestos desesperados y mis pies piafantes..., y cuántas, después de eso, cuando ya finalmente me iba, no me ha dicho, de pronto: "¡Ah, se me olvidaba..., tengo aquí una carta para usted!".
(Rafael Cansinos Assens, La novela de un literato, 3, Alianza Editorial)
*****
Inevitable decir algo de Michael Jackson, que nos ha acompañado desde pequeños. Supongo que el artista murió hace tiempo. Ahora ha muerto la máscara mortuoria, que se fue modelando poco a poco, dando vueltas en el luminoso carrusel de Neverland. «Soy Peter Pan», decía, con su sonrisa triste. Recuerdo perfectamente la cassette de Bad, gastada de tanto ponerla, una y otra vez, cuando tenía 10 años. Para mí, su mejor disco.

Tuesday, June 23, 2009

Henry Cavendish, retraído, masoquista y lunático

"Henry Cavendish era un libro entero él solo. Nació en un ambiente suntuoso (sus abuelos eran duques, de Devonshire y de Kent respectivamente); fue el científico inglés más dotado de su época, pero también el más extraño. Padecía, en palabras de uno de sus escasos biógrafos, de timidez hasta un «grado que bordeaba lo enfermizo». Los contactos humanos le causaban un profundo desasosiego.
En cierta ocasión abrió la puerta y se encontró con un admirador austriaco recién llegado de Viena. El austriaco, emocionado, empezó a balbucir alabanzas. Cavendish recibió durante unos instantes los cumplidos como si fuesen golpes que le asestasen con un objeto contundente y, luego, incapaz de soportarlo más, corrió y cruzó la verja de entrada dejando la puerta de la casa abierta. Tardaron varias horas en convencerle de que regresarse a su hogar. Hasta su ama de llaves se comunicaba con él por escrito.
Aunque se aventuraba a veces a aparecer en sociedad -era especialmente devoto de las soirés científicas semanales del gran naturalista sir Joseph Banks -, los demás invitados tenían siempre claro que no había que acercarse a él ni mirarle siquiera. Se aconsejaba a quienes deseaban conocer sus puntos de vista que paseasen a su lado como por casualidad y que «hablasen como si se dirigieran al vacío». Si los comentarios eran científicamente dignos, podían recibir una respuesta en un susurro. Pero lo más probable era que sólo oyesen un molesto chillido -parece ser que tenía la voz muy aguda- y se encontrasen al volverse con un vacío real y viesen a Cavendish huyendo hacia un rincón más tranquilo.
Su riqueza y su amor a la vida solitaria le permitieron convertir su casa de Clapham en un gran laboratorio, donde podía recorrer sin que nadie le molestase todos los apartados de las ciencias físicas: la electricidad, el calor, la gravedad, los gases.... cualquier cosa que se relacionase con la composición de la materia. […] Realizó experimentos en los que se sometió a descargas graduadas de corriente eléctrica, anotando con diligencia los niveles crecientes de sufrimiento hasta que ni podía sostener la pluma ni a veces conservar la conciencia.
En el curso de su larga vida. Cavendish hizo una serie de descubrimientos señalados (fue, entre otras muchas cosas, la primera persona que aisló el hidrógeno y la primera que unió el hidrógeno y el oxígeno para formar agua), pero casi nada de lo que hizo estuvo verdaderamente al margen de la excentricidad. Para continua desesperación de sus colegas, aludió a menudo en sus publicaciones a los resultados de experimentos de los que no le había hablado a nadie. En este secretismo no sólo se parecía a Newton, sino que le superaba con creces. Sus experimentos sobre la conductividad eléctrica se adelantaron un siglo a su tiempo, pero lamentablemente permanecieron ignorados hasta un siglo después. De hecho, la mayor parte de lo que hizo no se conoció hasta que el físico de Cambridge, James Clerk Maxwell, asumió la tarea de editar los escritos de Cavendish a finales del siglo XIX, época en que sus descubrimientos se habían atribuido ya casi todos a otros.
Cavendish, entre otras muchas cosas y sin decírselo a nadie, previó la ley de conservación de la energía, la ley de Ohm, la ley de presiones parciales de Dalton, la ley de proporciones recíprocas de Ritchster, la ley de los gases de Charles y los principios de la conductividad eléctrica. Esto es sólo una parte. Según el historiador de la ciencia J. G. Crowther, previó también «los trabajos de Kelvin y G. H. Darwin sobre los efectos de la fricción de las mareas en la aminoración del movimiento rotatorio de la Tierra y el descubrimiento de Larmor, publicado en 1915, sobre el efecto del enfriamiento atmosférico local. También el trabajo de Pickering sobre mezclas congelantes y parte del trabajo de Rooseboom sobre equilibrios heterogéneos». Por último, dejó claves que condujeron directamente al descubrimiento del grupo de elementos conocidos como gases nobles, algunos de los cuales son tan esquivos que el último no se halló hasta 1962".
(Bill Bryson, Una breve historia de casi todo)

"[...] Fue uno de los fundadores de la moderna ciencia de la electricidad, aunque gran parte de sus trabajos permanecieron ignorados durante un siglo. Propuso la ley de atracción entre cargas eléctricas (ley de Coulomb) y utilizó el concepto de potencial eléctrico. El excéntrico Cavendish no contaba con los instrumentos adecuados para sus investigaciones, así que medía la fuerza de una corriente eléctrica de una forma directa: se sometía a ella y calculaba su intensidad por el dolor.
Ingresó como socio de la prestigiosa Royal Society en 1803.
En el ámbito personal era muy retraído, solitario, misógino y excéntrico; perteneció a la Sociedad Lunar de Birmingham, un grupo de amigos científicos (ellos mismos se llamaban los lunáticos) que dieron este nombre a su club porque se reunían las noches de Luna Llena (al parecer para poder regresar a casa tarde, tras las reuniones, alumbrados por su débil luz). En esta curiosa sociedad científica se desarrollaron algunos de los principales experimentadores ingleses, como por ejemplo el químico Joseph Priestley, íntimo amigo suyo, James Watt (inventor de la máquina de vapor), el astrónomo William Herschel o Erasmus Darwin entre otros".
(Wikipedia)

Sunday, June 21, 2009

Rigoletto

Ayer fuimos al Teatro Real a ver Rigoletto, de Giuseppe Verdi. Nos gustó. (No, si al final la Esfinge va a conseguir que me guste esto...). Vaya por delante que sigo sin tener ni puta idea sobre ópera, así que todo lo que diga tiene igual valor a cero. Sólo sé decir "Esta escena me ha gustado" o "Esta escena me ha aburrido", sin ningún fundamento más que mi propio estado de ánimo.
Es más o menos fácil que la música clásica me emocione, pero las voces humanas no. Desde mi absoluta ignorancia, me parece que en general las sopranos gritan o hacen gorgoritos y los tenores sueltan eructos monocordes muy largos o tratan de chulearse alcanzando muchos decibelios roncos. Todo como demasiado exagerado o forzado, artificial. Cosas que me dejan totalmente frío, me aburren, no me emocionan.
Pero ayer fue distinto. Las voces de Patrizia Ciofi (en el papel de Gilda) y de Zeljko Lucic (Rigoletto) sí consiguieron emocionarme. En particular, en sus duetos, o como se llamen. Allí, en aquellos momentos, había algo, sucedía algo, quizás distinto o especial, porque era verdadero, salía fácil, sin esfuerzo. La música es eso, supongo, un instante de emoción, en directo, algo que se mete de un salto en la piel y va directo a la casquería que nos sostiene por los adentros. Había momentos de piel de gallina total.
Una cosa que me gustó en general de la obra es que las voces solían superponerse a la música y llevaban su misma melodía (como en el Réquiem de Mozart, que es mi preferida y por eso es mi único punto de referencia; recordatorio: escuchar a Verdi; me gustó la variedad de estilos, de tonos). Al que hacía de duque, Celso Albelo, no se le oía casi (le tapaba la música, o eso me pareció). En la última escena, los trozos sin música me aburrieron. Hasta la puesta en escena, sobria y fantasmal, me pareció acertada; la legión de hombrecillos extraterrestres estaba muy bien. Por primera vez (o casi) en mi vida, aplaudí al final de la obra sin que fuera por mero compromiso.
Hace unos meses vimos el Tannhäuser de Wagner, también en el Real. Ya no me acuerdo de mucho (el principio, con la bacanal de tíos y tías en bolas, entre sábanas rojas y luces violetas, parecía ambientado en un puticlub; algunas escenas estaban muy bien, otras un poco peñazo; el coro me gustó; por defecto histórico, a veces uno se imaginaba las manifestaciones hitlerianas, con las esvásticas y tal), pero sí recuerdo que me gustó mucho el barítono: era impresionante; acabo de mirar el nombre y, por si a alguien le interesa, se llamaba Christian Gerhaher. Tenía como más matices que los demás, más subidas y bajadas, conseguía variar el estado de ánimo, emocionar, aunque supongo que en eso consiste lo de ser barítono, no sé. Ya digo que ni puta idea. Los demás no me decían nada. No sé si era culpa de los cantantes o de la obra, claro. El mes que viene veremos Las bodas de Fígaro. A ver qué tal.
Yo creo que emocionar debe ser la verdadera (¿y única?) finalidad de la música. Supongo que si supiese algo más de ópera o de música en general, ésta conseguiría emocionarme más. Mientras tanto, me dejaré llevar como un ciego de la mano de la Esfinge. Seguiremos investigando.

Saturday, June 20, 2009

DJ Conde: Stereophonics & Co.

Estoy para pocas letras. Resaca. Cero inspiración. Videomúsica, pues:
-Stereophonics: Maybe Tomorrow.
-Eels: That look you give that guy.
-My Brightest Diamond: Dragonfly.

Monday, June 15, 2009

My Brightest Diamond, Kenzaburo y el niño Apollinaire

Llevo varios días escuchando a todas horas esta canción: Gone Away. La voz de Shara Borden es espectacular. Me recuerda a la de Beth Gibbons, de Portishead.

Se puede escuchar, por ejemplo, mientras se relee Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé. Sin ir más lejos, la escena tremenda de la ambulancia, del niño Apollinaire:
El doctor se puso de pie y se dio la vuelta para controlar el tubo de goma. Bird vio por primera vez a su hijo.
Un bebé feo, de cara apretada, colorada, llena de arrugas y residuos de grasa. Tenía los ojos completamente cerrados, como las conchas de un bivalvo, y unos tubos de goma penetraban por las fosas nasales; la boca permanecía abierta en un grito mudo, y podía verse la mucosa interior, color perla rosáceo. Bird se levantó a medias de la banqueta y logró ver la cabeza vendada. Bajo el vendaje, el cráneo estaba recubierto de algodón ensangrentado. Pero no había manera de ocultar que allí había algo anormal.
Bird apartó la mirada y se sentó. Apretó la cara contra el cristal de la ventanilla y vio cómo se alejaban de la ciudad. Los peatones, alarmados por la sirena, se quedaban mirando con curiosidad y expectación la ambulancia, tal como habían hecho los ángeles embarazados. Daban la impresión de haberse detenido en medio de un movimiento, como un fotograma inmóvil: vislumbraban un fallo infinitesimal en la superficie plana de la vida cotidiana y eso les inspiraba un candido respeto.
Mi hijo tiene la cabeza vendada como Apollinaire cuando fue herido en el campo de batalla. Mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que nunca he visto, como Apollinaire, y ahora grita sin sonidos...
De pronto, Bird comenzó a llorar. La cabeza vendada, como Apollinaire: la imagen simplificó y orientó sus sentimientos. Se dio cuenta de que estaba convirtiéndose en una gelatina sentimental; pero al mismo tiempo se sentía justificado: incluso descubrió cierta dulzura en las lágrimas.
Como Apollinaire, mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que no conozco, y ha llegado con la cabeza vendada. Tendré que enterrarlo como a un soldado muerto en combate.
Bird continuó llorando.

Friday, June 12, 2009

El mejor escritor, Pocoyó

Veo I Vitelloni, que desde ya pasa a ser mi película preferida de Fellini. Siempre me ha gustado más el Fellini neorrealista que el barroquista, soñador y excesivo (aunque en esta película también hay algunas escenas "fellinianas"). Efecto colateral: intentaremos que no se nos caiga del altar Calle Mayor, aunque resulta difícil después de haber visto I Vitelloni y Marty, dos películas anteriores a la de Bardem de las que éste parece haber robado ideas, personajes y escenas a mansalva. Ya me pasaba un poco con Muerte de un ciclista, que me encanta pero que a veces parece el resultado de un saqueo (de Hitchcock en adelante).
*****
"¡A mí los que son felices me dan miedo!". La frase me salió del alma, de un alma humedecida en los tintos de verano de la plaza de la Paja, eso sí. Todos se rieron, entre la sorpresa y el escándalo. Yo también me reí, como el ventrílocuo cuyo muñeco ha dicho una inconveniencia necesaria.
Pese a lo que pueda parecer, la idea no es la de un loco peligroso, sino que tiene su perfecta lógica interna, su silogística: la felicidad no existe (esto es una obviedad, una verdad apodíctica, una idea inmediata, clara y distinta, pues la felicidad, para ser tal, tendría que ser absoluta; sólo Dios, si existiere, podría ser feliz, y aun así lo dudo mucho, porque no le veo la emoción a eso de mirarse el algodoncillo del ombligo por los siglos de los siglos amén), el que se cree feliz es que se engaña, el que se engaña es capaz de cualquier cosa, el que es capaz de cualquier cosa es peligroso, ergo... (Mientras lo decía pensaba, sobre todo, en los adeptos de las múltiples sectas existentes, todos ellos felicísimos, con su sonrisa perpetua, que van dejando un rastro infinito de cadáveres a sus espaldas).
*****
Extraña forma de vida: me paso prácticamente el día entero charlando con una señora muerta de Oxford. Y ni siquiera me cae bien.
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Gazpacho y melón con jamón. Melón con jamón y gazpacho. Jamón, melón, gazpacho. No se necesita más.
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En la Feria del Libro. El mejor escritor, Pocoyó.

Tuesday, June 09, 2009

Sunday, June 07, 2009

Alejandro Rossi (1932-2009)

Anoche murió Alejandro Rossi, uno de los grandes de la historia de la literatura. En nuestro país, que yo sepa sólo ABC le ha dedicado algunas líneas. Algunos recordaréis lo que escribí hace unos meses, cuando descubrí su Manual del distraído en una librería. Como dije entonces, para mí era más que un gran escritor. Me sentía totalmente identificado con su manera de escribir, de ver las cosas, etc. Lo consideraba como un otro yo. Nunca me había pasado algo así: “Escribe no sólo lo que quieres leer y lo que te gustaría escribir, sino que, en cierto modo, ahí estás tú. Está la voz que dice tus palabras, la mirada que observa a través de tus ojos, pero también –digámoslo así– una especie de amigo, o, mejor aún, un otro yo. Así, al menos, lo sientes: como un tú de otra época (en concreto los textos del Manual fueron escritos antes de nacer yo), de otro país, con una vida muy lejana pero íntimamente cercana. O algo similar”. “Cada página, cada frase, cada idea, es una nueva constatación de que ahí estás tú. El tono, el estilo (ya me gustaría a mí, ya), las lecturas, los gustos, las influencias, la formación filosófica, la vocación literaria, algunas reflexiones que ya se me pasaron por la cabeza…”
Por eso, cuando uno de aquellos días, buscando información sobre sus libros en internet, me encontré con su página personal de la Universidad de México (donde había ejercido durante muchos años de profesor de filosofía) y vi que venía una dirección de email, decidí escribirle. Soy muy cortado para estas cosas, pero en este caso yo lo veía casi como una obligación, no sé, como una cuestión de honor, de justicia, o de simple educación. Si se hubiese tratado de un autor muy famoso, premiado y reconocido, ni se me hubiese ocurrido escribirle, pero como era un escritor prácticamente desconocido en España (al menos, yo nunca había oído hablar de él), me parecía, ya digo, casi un deber. Tenía que agradecerle a aquel hombre lo mucho que estaba disfrutando leyéndolo, contarle la emoción que me había producido su descubrimiento, lo identificado que me sentía con sus gustos, reflexiones, intereses, etc. Además, le contaba los libros que había conseguido y los que no, y que seguía sin tener muy clara la lista de su bibliografía. Al final de la carta, me presenté muy brevemente y le expresé mi esperanza de que escribiese más cosas, para poder disfrutarlas.
Lo envié pensando que lo normal era que aquella dirección de email ya no funcionase; por eso me sorprendió y me alegró mucho que al día siguiente me llegara esta contestación tan amable:

Apreciado amigo,

Todo autor desea recibir una carta como la que usted me envió. Ha sido una
sorpresa y una alegría. Me complace, en particular, que haya usted estudiado
filosofía y tenga 31 años. Yo ando ya por los 76 y con la salud sumamente
quebrantada. No sé si dará tiempo ya publicar cosas nuevas, salvo —en un futuro
lejano— páginas de mis diarios.

Sueños de Occam fue subsumido en Un café con Gorrondona y en cuanto a
Diario de Guerra es un texto que también encontrará usted en dicho libro. Por
otra parte, da título a una Antología que publicó hace muchos años la revista
Vuelta de escritos míos. Lenguaje y Significado está publicado en la Colección
Breviarios del Fondo de Cultura Económica y, si me lo permite y me remite su
dirección, le diré a la editorial que se lo envíe.

Una vez más, amigo X, le expreso mi agradecimiento por una lectura tan
estimulante y generosa.

Un saludo cordial.
Alejandro Rossi.

Varias semanas después me llegó a casa Lenguaje y significado, un librito con varios ensayos filosóficos en torno a cuestiones de filosofía del lenguaje: sobre las Investigaciones lógicas de Husserl, sobre el concepto de "lenguaje privado" en Wittgenstein, sobre la teoría de las descripciones, etc. Una verdadera maravilla.
Llevaba varios años muy enfermo, con un enfisema pulmonar que le obligaba a vivir pegado a la botella de oxígeno. Ahora me alegro de haberme atrevido a escribirle aquella carta, porque pude agradecerle lo mucho que me ha hecho disfrutar (y lo que me seguirá haciendo disfrutar), y si además conseguí alegrarle un poquillo la tarde, mucho mejor.
Antes de nacer hubo alguien que ya me escribió. Se llamaba Alejandro Rossi y ya no vive.

El rojo de Dickens

En Londres los colores son muy variados, pero quizás prevalecen las distintas gamas de rojo. Tenemos, por supuesto, el famoso rojo autobús o cabina telefónica (que, por cierto, cada vez hay menos); el rojo ladrillo victoriano, a veces tirando a ocre, a veces anaranjado; el rojo uniforme de la guardia real, en su contraste con el negro; etc. A mí el que más me gusta es lo que podríamos llamar "el rojo Dickens", que es el mismo rojo ladrillo victoriano pero ennegrecido por el hollín de las chimeneas. Es el rojo de la polución, de la tristeza, de la mugre que se pega al alma de los pobres. En Tiempos difíciles lo clavó.
El mayor contraste de colores lo ofrecen el blanco impoluto de las casas estilo Notting Hill frente al negro no menos impoluto de los taxis o de los cascos acharolados de los bobbies (de éstos casi ya no quedan). O el dorado hortera del Albert Memorial (atemperado por la puesta de sol) con el blanco marmóreo del camello y de la luna, como en esta foto:

Friday, May 29, 2009

El Aleph de Londres

"El Aleph existe. Está en la parte baja de la página 59 de la guía urbana AZ, segunda edición de 1990. Lo que en el plano aparece como una espiral de calles en torno a Notting Hill es, en la realidad, un maelstrom de crescents, gardens, places, rises y roads que engulle en su laberíntica vorágine todos los Londres, todos los mundos posibles. El ángulo noroeste de Kensington Gardens contiene un palacio real, un mercadillo célebre, un barrio de millonarios, unas cuantas áreas sórdidas, la autopista A-40, varios restaurantes de lujo y decenas de antros, tiendas carísimas y casas de empeño, cientos de hoteles turísticos y un caleidoscopio étnico y lingüístico. Se ha convertido también, ay, en barrio emblemático de los nuevos ricos del nuevo laborismo.
El signo del Aleph, ese mito borgiano en el que todos los acontecimientos del universo ocurren simultáneamente en un mismo punto, concentra sobre la pequeña colina de Notting una tremenda tensión, una trama de fuerzas opuestas que generan vida, bullicio, creación y, ocasionalmente, explosiones de violencia."
(Enric González, Historias de Londres)
Hace unos años pasé un mes en Inverness Terrace, frente a Kensington Gardens, muy cerca del Aleph que tan bien nos describe Enric González. Creo que fui un poco deprimido y volví bastante renovado. Disfruté muchísimo de la ciudad, sobre todo de la tranquilidad de los parques y de mis paseos infinitos por los distintos barrios londinenses. En cierto modo, mi aleph era el Round Pond. Mirando aquel laguito circular, se me pasaban las horas muertas. Desde entonces es una de mis ciudades preferidas.
Ahora nos vamos unos días a casa de una amiga, en los suburbios de Londres, no muy cerca del Aleph. Es raro que no esté tan contento como otras veces; quizás sea el bajón primaveral, o esta persistente soledad mañanera, o que no he tenido tranquilidad suficiente para saborear la idea, no sé. Espero que, como la otra vez, vuelva renovado. Ya os contaré.

Wednesday, May 27, 2009

Murakami, corredor de fondo

Estoy leyendo un libro de Murakami titulado What I Talk About When I Talk About Running (De lo que hablo cuando hablo sobre correr). Que yo sepa no está traducido todavía al español. Es un ensayo. Voy por la mitad. Es la vez que más estoy aguantando un libro de Murakami; suele pasarme esto de que de los novelistas me gusten más sus libros de no-ficción que sus novelas (de los que saben escribir bien, claro). Es un digno representante del género lectura en terracita con cerveza y aceitunas. Los demás los tuve que dejar por imposibles. Me aburrían un huevo, o los dos. A lo mejor tuve mala suerte al escoger, no sé, pero sería demasiada casualidad. El único que me gustó un poco fue el de La caza del carnero salvaje; por cierto, que no se me olvide volver a cogerlo en la biblioteca alguna vez, a ver si consigo terminarlo.
Pues resulta que a Murakami le gusta mucho correr. Hace footing varias horas todos los días, religiosamente, desde que tenía 33 años, ha participado en muchas maratones populares (Tokio, Nueva York, etc) e incluso en 1982 se hizo él solito el recorrido Atenas-Maratón en pleno mes de agosto, con la canícula griega en su momento álgido, que ya hay que estar mal de la cabeza...
En este libro se pone a contar cómo empezó en esto del correr, cómo se fue enganchando, cuánto tiene que ver con su forma de ser, con su carácter, lo que opina sobre el tema, etc. Qué coñazo, diréis. Y eso pensaba yo también, que me aburro y me canso ya sólo de ver a los del footing corriendo por la calle hacia ninguna parte, sudando y sufriendo porque sí. Pero el libro está entretenido. Hasta me está apeteciendo bajarme un día a echar una carrerita por el barrio, a ver qué tal. Al hilo de sus reflexiones sobre el correr, también va recordando sus comienzos literarios y reflexiona (es un decir) sobre el arte de escribir. Resumiendo, que son una especie de memorias/diarios sobre el correr y el escribir.
Dos cosas me han llamado la atención desde el principio del libro:
1) En primer lugar, lo sencillo y humilde que es este Murakami. Me cae bien. Con el éxito mundial que tiene, se le podría haber subido el ego a la cabeza. Pues no. Es un tío muy normal. Es consciente de sus limitaciones y debilidades y no trata de vendernos la moto de nada. Dice lo que piensa con sinceridad (eso parece, al menos) y sin florituras, habla de lo que le gusta y recuerda las cosas como fueron, sin más. No tiene melindres ni complejos sobre el qué dirán y no adopta pose ideológica alguna (gracias, Haruki).
2) En segundo lugar, que parece un poco cortito. Poco inteligente, quiero decir. Que no da mucho de sí. No parece muy sustancial, no. En sus momentos de mayor altura reflexiva, el ensayo de Murakami no logra soprepasar ni al más ñoño libro de autoayuda. En realidad, eso parece a veces: un bondadoso e inofensivo librito de autoayuda. Por eso me gustan más las partes en que sólo cuenta las cosas y no razona sobre ellas. Él mismo reconoce en algún momento su incapacidad para la reflexión; por eso sus novelas son, sobre todo, una concatenación de sensaciones, imágenes, impresiones, sentimientos, etc. Lo mental no es lo suyo, y ya está. Un aspecto quizás asociado a esto es su superficialidad: por lo que dice en el libro parece que lo más horrible del mundo mundial para Murakami sería coger unos kilitos de más. Si le saliese un michelín se sumiría en la depresión más absoluta y se haría el harakiri, creo yo. Me lo imagino todo el día contemplando su barriga en el espejo... ¡¡¡Y estamos hablando de un tío de 60 años!!!
En fin. Viene a decirnos Murakami que escribir novelas y correr maratones tiene mucho en común: tesón y esfuerzo, dedicación, determinación, disciplina, resistencia, etc. Supongo que tiene razón. Lo que pasa es que yo soy más de paseos. El sufrimiento modulado casi que se lo dejo a los demás. Por eso, quizás, nunca llegaré a la novela.

Saturday, May 23, 2009

El tormento de Damiens

Siempre me ha impactado el comienzo del libro de Michel Foucaul Vigilar y castigar, en el que reproduce la tortura y ejecución a la que fue sometido un tal Robert-François Damiens en París en el año 1757. Para ello Foucault cita directamente unos textos de la época en los que se relatan estos tormentos físicos con gran detalle y plasticidad (y calidad literaria, creo yo). La fuente original de estos textos es diversa: Pièces originales ft procédures du procès fait à Robert-François Damiens, 1757; Gazette d'Amsterdam, 1 de abril de 1757; y los otros aparecían citados a su vez en A. L. Zevaes, Damiens le régicide, 1937. Yo creo que es el comienzo más brutal de cualquier libro que se haya escrito:
"Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento".
"Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d'Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas". [...]
"Los caballos dieron una arremetida, tirando cada uno de un miembro en derechura, sujeto cada caballo por un oficial. Un cuarto de hora después, vuelta a empezar, y en fin, tras de varios intentos, hubo que hacer tirar a los caballos de esta suerte: los del brazo derecho a la cabeza, y los de los muslos volviéndose del lado de los brazos, con lo que se rompieron los brazos por las coyunturas. Estos tirones se repitieron varias veces sin resultado. El reo levantaba la cabeza y se contemplaba. Fue preciso poner otros dos caballos delante de los amarrados a los muslos, lo cual hacía seis caballos. Sin resultado.
En fin, el verdugo Samson marchó a decir al señor Le Bretón que no había medio ni esperanza de lograr nada, y le pidió que preguntara a los Señores si no querían que lo hiciera cortar en pedazos. [...]
Después de dos o tres tentativas, el verdugo Samson y el que lo había atenaceado sacaron cada uno un cuchillo de la bolsa y cortaron los muslos por su unión con el tronco del cuerpo. Los cuatro caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron tras ellos los muslos, a saber: primero el del lado derecho, el otro después; luego se hizo lo mismo con los brazos y en el sitio de los hombros y axilas y en las cuatro partes. Fue preciso cortar las carnes hasta casi el hueso; los caballos, tirando con todas sus fuerzas, se llevaron el brazo derecho primero, y el otro después.
Una vez retiradas estas cuatro partes, los confesores bajaron para hablarle; pero su verdugo les dijo que había muerto, aunque la verdad era que yo veía al hombre agitarse, y la mandíbula inferior subir y bajar como si hablara. Uno de los oficiales dijo incluso poco después que cuando levantaron el tronco del cuerpo para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo. Los cuatro miembros, desatados de las sogas de los caballos, fueron arrojados a una hoguera dispuesta en el recinto en línea recta del cadalso; luego el tronco y la totalidad fueron en seguida cubiertos de leños y de fajina, y prendido el fuego a la paja mezclada con esta madera.
En cumplimiento de la sentencia, todo quedó reducido a cenizas. El último trozo hallado en las brasas no acabó de consumirse hasta las diez y media y más de la noche. Los pedazos de carne y el tronco tardaron unas cuatro horas en quemarse. Los oficiales, en cuyo número me contaba yo, así como mi hijo, con unos arqueros a modo de destacamento, permanecimos en la plaza hasta cerca de las once.
Se quiere hallar significado al hecho de que un perro se echó a la mañana siguiente sobre el sitio donde había estado la hoguera, y ahuyentado repetidas veces, volvía allí siempre. Pero no es difícil comprender que el animal encontraba aquel lugar más caliente."
(Michel Foucault, Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, 1976)

Thursday, May 21, 2009

Gente de las pusztas

Nunca había oído (o leído) hablar de Gyula Illyés, aunque con ese nombre tan raro es fácil haberlo leído (u oído) y no recordarlo. Era un señor húngaro. Nació en 1902 en un pueblo encantandor llamado Felsőrácegrespuszta (nombre que, curiosamente, tampoco había oído nunca) y murió en Budapest en 1983.
Entre otras muchas cosas, Gyula Illyés participó en la guerra de Szolnok contra los rumanos, trabajó en París como encuadernador de libros, se casó con una profesora de gimnasia terapéutica y escribió un poema muy bonito sobre la tiranía.
Aquí lo podéis ver, con la boina, postulando su figura a cofrade del Círculo Solana.

Estoy leyendo su libro Gente de las pusztas, en el que nos acerca a la historia y a la vida cotidiana del campesinado húngaro, centrándose en algunos de sus personajes corrientes y molientes. El retrato que hace en las primeras páginas del "espíritu de su pueblo" es realmente demoledor:
La gente de las pusztas, lo sé por experiencia, es servil, sumisa. No lo es de forma calculada y consciente; por la expresión y también por el hecho de que levanta la cabeza incluso cuando grita un pájaro, se le nota que lo es desde siempre, por la sangre, por una experiencia milenaria. [...] Estoy convencido de que todo lo bueno y bello que se puede decir de un sirviente también es aplicable a la gente de las pusztas, cuyo lenguaje, costumbres y rasgos guardan casi sin mácula, en todo el país, cierta constitución ancestral. No se mezclaron con otras gentes, ni siquiera con las del pueblo vecino, sobre todo porque nadie estaba dispuesto a mezclarse con ellos. No tienen exigencias; son obedientes hasta el punto de que ni siquiera es preciso ordenarles nada, perciben los pensamientos de sus señores por telepatía y los ejecutan en el acto, como corresponde a unos sirvientes cuyos padres, bisabuelos y tatarabuelos ya habían servido en el mismo lugar y a un mismo señor. Esta gente conoce por instinto todas las costumbres domésticas, está disponible para todo, y al concluir su trabajo sale de la habitación, como de la vida o de la historia, sin que sea preciso ordenárselo, ni siquiera con la mirada.
Este libro lleno de realismo (histórico-sociológico) y poesía es una auténtica maravilla; por momentos, me recuerda a la película El árbol de los zuecos de Ermanno Olmi. Si no estuviera muerto, podríamos admitirlo sin problema en la nómina de los solanistas. Creo yo.

Sunday, May 17, 2009

Sesión de fotos

Lo prometido es deuda:
-Fotos de Austria.
-Fotos de Valencia.

Friday, May 15, 2009

El escritor casi inédito

Empecé a leer a Miguel Sanfeliu allá por octubre de 2006, cuando relataba sus experiencias en el Hay Festival de Segovia, y disfruté tanto con aquellas crónicas que desde entonces me convertí en fiel seguidor de su blog Cierta distancia (que acaba de cumplir su tercer aniversario). Así comenzaban aquellas crónicas: “Del mismo modo en que unos corren en pos de su equipo para verlo jugar en cualquier parte del mundo y otros persiguen con entusiasmo las actuaciones de sus cantantes favoritos, yo decidí el viernes no acudir a mi trabajo y marcharme al Hay Festival de Segovia. Cargado con una mochila con libros, una cámara de fotos (que tengo que tirar a la basura, pues la mayoría de las imágenes las sacó borrosas y, por supuesto, la culpa la tiene la máquina, no la voy a tener yo), una grabadora sin pilas y una libreta, me lancé a la carretera”. Desde aquel día, además de convertirse en nuestro corresponsal oficial en el Hay Festival (no he ido nunca ni pienso ir, pudiendo leerle a él), Miguel ha ido compartiendo puntualmente con nosotros sus relatos, sus comentarios sobre libros y películas, nos ha descubierto a distintos escritores, etc.
Siempre correcto, siempre respetuoso, Miguel habla de los libros y de los escritores con una admiración sincera. Disfruta con ellos y no le importa que se le note. Para él la literatura es un motivo de celebración, no un reptilario lleno de egos, envidias y navajazos. Es generoso y nada pijotero. Otra cosa que me gustaba de él desde el principio es que nunca se ofendía cuando los que somos más escépticos o irreverentes nos metíamos con algún autor que a él le gustaba. Porque hay mucha gente así de ridícula, que si dices que es un coñazo su escritor preferido se enfadan como si hubieses insultado a su padre. Miguel no. No es un talibán del gusto. Vive y deja vivir. Después pude comprobar que en la vida real es igual de amable y comedido que en su blog: un día quedamos en la Casa del Libro de la Gran Vía (dónde si no) y, después de curiosear un rato en la sección de saldos de la calle de la Salud (por cierto, que los muy cabrones la han cerrado), nos fuimos a tomar una cerveza y unas patatas ali-oli (me hizo gracia que él las llamara patatas al ajo-aceite) a un bar que si no era alemán lo parecía. En la televisión del fondo retransmitían un partido del Valencia. Y en su conversación era exactamente como en su blog. Sin trampa ni cartón.
Miguel Sanfeliu es un hombre que escribe desde siempre, que escribe porque lo necesita, porque le gusta, porque lleva la literatura metida en las venas, su vida es la literatura aunque tenga un trabajo normal, una casa, un coche, una familia y lleve su rutina diaria prácticamente al margen del mundillo literario, una vida oficial de no escritor, pero la procesión literaria —la otra vida, la verdadera, la que le hace sentirse más vivo— va por dentro. (A estas alturas, es ésta la única mitología literaria que estoy dispuesto a admitir, la nada mitológica mitología de quien simplemente se entrega a lo que le gusta aunque sea en sus horas libres, “para los adentros”, a escondidas, y se siente íntimamente recompensado con ello.) Ahora, por fin, y ya era hora, Miguel Sanfeliu, el escritor casi inédito, ha publicado su primer libro: Anónimos.
Pero, al revés de lo que diría Umbral, yo no he venido aquí a hablar de su libro, porque para hablar de su libro tendría que destripar los argumentos de sus 4 relatos, y eso sería una falta de respeto, amén de una putada para vosotros, que lo que deberíais hacer es compraros el libro y disfrutar leyendo los 4 relatos con la emoción del que los va descubriendo por primera vez y se va dejando llevar por ellos, por sus misteriosos meandros y alucinaciones. Digo que tendría que destripar sus argumentos porque el estilo de Sanfeliu es tan diáfano que lo único que importa son las cuatro historias narradas. Desde la primera frase se ve uno atrapado en un juego literario muy gozoso, un mundo real de tan extraño, extraño de tan real, entre la alucinación y la pesadilla, tan kafkiano como sus dibujos (que también han salido de la mano de Sanfeliu, como los de Kafka). Su estilo, ya digo, es claro y exacto, limpio y conciso, y siempre nos empuja hacia adelante, como perros ansiosos, con la mejor técnica del cine de suspense. Y es que Miguel Sanfeliu se toma muy en serio la literatura como juego.
Anónimos es un libro muy pequeño que se lee de un tirón. Se te acaba casi en un trayecto de metro o de autobús. Pero se leería también del tirón aunque tuviese 500 páginas. De hecho, ojalá tuviese 500 páginas, ojalá fuesen 100 relatos y no sólo 4. Se me ha hecho demasiado corto. Lo que estoy deseando YA MISMO es que salga un libro suyo más gordo repleto de relatos que nos dure más.
Mientras tanto, seguiremos releyendo éste.

Wednesday, May 13, 2009

Desolation Row

"Están vendiendo postales del ahorcamiento, / están pintando los pasaportes de color pardo, / el salón de belleza está lleno de marineros / el circo ha llegado a la ciudad / allí viene el ciego de la junta municipal, / lo han puesto en estado hipnótico, / una mano la tiene atada al equilibrista, / la otra está en sus calzoncillos / y el pelotón de motines está inquieto, / necesita ir a algún sitio, / mientras la dama y yo vigilamos esta noche / desde la Vía de la Desolación. [...]
Einstein disfrazado de Robin Hood / con sus memorias en una maleta / pasó hace una hora por aquí / con su amigo el monje celoso, / y se mostró tan inmaculadamente correcto / cuando mendigó un cigarrillo, / después se marchó oliendo alcantarillas / y recitando el alfabeto, / no lo pensarías al verle / pero se hizo famoso hace tiempo / por tocar el violín eléctrico / en la Vía de la Desolación. [...]
A medianoche todos los agentes / y la banda sobrehumana / salen y acorralan a cualquiera que sepa más de lo que ellos saben / luego los llevan a la factoría / donde la máquina de ataques al corazón / es atada sobre sus hombros / y entonces el queroseno / es traído de los castillos por los hombres del seguro que vienen / y controlan que nadie se está escapando a / la Vía de la Desolación.
Orgulloso de ser el Neptuno de Nerón, / el Titanic zarpa al amanecer / todo el mundo está gritando, / “¿De qué lado estás tú?” / Y Ezra Pound y T. S. Elliot / luchan en el puesto de mando, /mientras cantantes de Calipso se ríen de ellos / y pescadores sostienen flores / entre las ventanas del mar, / donde abundan amorosas sirenas / y nadie tiene que pensar demasiado / sobre la Vía de la Desolación.
Sí, ayer recibí tu carta, / cerca del tiempo en que se rompiera el llamador, / cuando me preguntaste cómo me lo montaba / y si aquello era algún tipo de broma / toda esa gente que mencionaste, / sí, sé que están completamente lisiados, / tuve que rehacer sus caras / y darles otro nombre a todos / ahora mismo no puedo leer muy bien / no me envíes más cartas, no, / no, a menos que lo envíes desde / la Vía de la Desolación".
(Bob Dylan, Desolation Row)

Thursday, May 07, 2009

Dos ciclistas en Salzburgo

Imagen tomada desde el castillo de Salzburgo (aquí una breve panorámica de la ciudad).

Wednesday, April 29, 2009

Wittgenstein: remachando el clavo

Estaba en COU cuando leí por primera vez el prólogo del Tractatus de Wittgenstein. Aunque tardaría tiempo en comprender el verdadero alcance de lo que allí se decía, me impresionó la contundencia de aquellas palabras, su belleza inapelable, su profundidad, la mezcla de soberbia y derrotismo, de orgullo (individual, casi egotista) y pesimismo (trascendental, de nuestras facultades, como especie). Quizás porque allí vi resumida en unos pocos párrafos toda la grandeza y toda la miseria de la filosofía:
"Quizás este libro sólo puedan comprenderlo aquellos que por sí mismos hayan pensado los mismos o parecidos pensamientos a los que aquí se expresan. No es por consiguiente un manual. Habrá alcanzado su objeto si logra satisfacer a aquellos que lo leyeren entendiéndolo.
El libro trata de problemas de filosofía y muestra, al menos así lo creo, que la formulación de estos problemas descansa en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse.
Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento, o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos; porque para trazar un límite al pensamiento tendríamos que ser capaces de pensar ambos lados de este límite, y tendríamos por consiguiente que ser capaces de pensar lo que no se puede pensar.
Este límite, por lo tanto, sólo puede ser trazado en el lenguaje y todo cuanto quede al otro lado del límite será simplemente un sinsentido. [...]
Si este libro tiene algún valor, este valor radica en dos cosas: Primero, que en él se expresan pensamientos, y este valor será mayor cuanto mejor estén expresados los pensamientos, cuanto más se haya remachado el clavo. Soy consciente, aquí, de no haber profundizado todo lo posible. Simplemente por esto, porque mis fuerzas son insuficientes para lograr esta tarea. Puedan otros emprenderla y hacerlo mejor.
Por otra parte, la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de que los problemas han sido, en lo esencial, finalmente resueltos. Y si no estoy equivocado en esto, el valor de este trabajo consiste, en segundo lugar, en el hecho de que muestra cuán poco se ha hecho cuando se han resuelto estos problemas".
(Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus)